martes, noviembre 27, 2012

Autores extraños

  No llegó a publicar nada de lo que más apreciaba. En alguna editorial independiente publicó algún relato o algún texto disperso junto a otros autores de idéntico perfil. El momento de mayor transcendecia de su obra literaria es un tercer premio en un concurso municipal de microrelatos que debían incluir la palabra omisión y en el que hacía un laberíntico juego de palabras en el que lo omitido salía con poder a primer plano. Intentó escribir una novela gigantesca inspirada en la decandencia del capitalismo que jamás terminó y que comenzaba con un discurso radical y frenético contra el capitalismo. Quizá todo lo que escribió fue esa intro a algo que jamás se materializaría, quizá como primer sacrificado de su reflexión: "Todo es capitalismo. El gran poder de ese sistema es que al final, de cualquier modo, todo se hace capitalista. Incluso el anticapitalismo es capitalista. A su manera, los anticapitalistas son los guardianes del sistema, también su sistema en contra del sistema es capitalista. El capitalismo es la salida final de todo sistema, es donde todo concepto, toda abstracción, toda idea se hace realidad. El capitalismo es triunfal porque invisiblemente o descaradamente se apropia de cada gesto, de cada segundo de la realidad. Al final, la verbalización es el capitalismo. Porque toda concreción es, despiadadamente, capital. Capital ideológico. Capital verbal. Al final cada pensamiento es una propiedad privada, la autoria de cada uno de nuestros actos es una propiedad privada que nos otorga un beneficio, una ganancia. La única manera de luchar contra esa crueldad ideológica es inmovilizarse. Si el planeta entero, si cada uno de los habitantes se detuviera durante horas, durante días, sólo así el capitalismo desfallecería". Pero a lo que más horas dedicaría nuestro hombre sus letras, sería a la crítica cinematográfica. Si de algo no sabía era de cine, logró colarse en un periódico local como crítico como hay gente que termina dirigiendo países: por un azar indescifrable. No sabía absolutamente nada de cine y con toda seguridad jamás había visto previamente ninguna de las películas de las que escribó. Recibía la lista de películas que se estrenaban cada fin de semana y a partir de los títulos escribía una reflexión enloquecida siempre inspirada en el título, puntuaba de acuerdo a la empatía que sintiera con esa idea que le despertaba el título y la mandaba sin ningún pudor a una redacción donde nadie le ponía en tela de juicio. Los otros críticos: algunos afamados, otros mediocres, algunos muy malos, los pocos con criterio, eran conscientes de su truco, pero casi todos leían con devoción su juego, aunque jamás lo confesaran en público. Sólo uno de ellos, un crítico estrella, de prensa nacional, habló una vez de él en una entrevista digital: "seguramente estemos ante el mejor crítico de cine del continente. Al menos no es tendencioso; es, con toda seguridad, el crítico, menos prejuicioso en prensa".

 Murió joven. Sus críticas cinematográficas fueron reunidas en un libro simpático, casi homenaje al autor, titulado Crítica titulográfica del cine de finales de siglo.

sábado, noviembre 24, 2012

Perversidad

 No era el título, porque aunque no tengo buena memoria para los títulos, el título del relato si lo recuerdo. Era una frase incendiaria, tremenda, que recuerdo haber leído en la segunda mitad del relato, tiendo a verlo en la página izquierda, en la mitad de la página. Era concisa y brutal, esquemática y llena de sabiduría, pero no esa sabiduría académica o científica, no. Era esa sabiduría del que ha visto el sudor en el infierno, el que ha visto la perversión y la locura, el que ha visto la noche, esa noche que está reservada a las vidas más desquiciadas y alejadas de la cordura. Hablaba de los otros, del tiempo, de la forma fugaz y dolorosa que va tomando la vida y de como nos negamos a ver esa forma amorfa y terrible. La busqué durante años, releí el relato no una o dos veces, durante años lo leí casi a diario. Lo busqué desquiciado, incluso paranoico. Dudé de mi memoría. Pregunté a otros: a expertos en la obra de aquel autor, a desconocidos a los que vi esporádicamente, cada mucho, llevando ese libro en la mano. Todos me miraban siempre con el mismo gesto, ese gesto del que sabe que el otro, el interlocutor está claramente equivocado. Busqué hasta el hastío aquella frase implacable, aquella cita tremebunda. Envejecí y me formé teorías respecto a aquella frase: ¿Sería un invento mío? ¿Un momento de lucidez que jamás vuelve a ser accesible? ¿La escuché mientras leía aquel relato? ¿La soñé: soñé que leía ese relato y que mi sueño del relato incluía esa frase? ¿Soñé otro relato paralelo?¿Leí una edición alterada, no corregida? Morí. En la muerte encontré a ese autor y no sólo al autor, sino la realización de aquella frase. Aquella locura se hizo cierta en la muerte y me volví relato.

miércoles, noviembre 21, 2012

La condición de los colchones

 Siempre he rechazado los refranes. Me parecen peligrosos. Esas capsulitas de la mal llamada sabiduría popular. La gente se agarra a ellos con espíritu casi científico. Esa manía de ciertos interlocutores de concluir tu confesión, esa angustia que le expones, ese desasosiego con un "más vale pájaro en mano que ciento volando"o "mejor una vez rojo que ciento morado". Es, con toda probabilidad, esa filosofía basura, peor que un navajazo, peor que un mal consejo, y sólo te queda, mientras lo escuchas, recurrir a sus armas: "a palabras necias, oídos sordos". Siempre los he detestado, esos clichés, tan cargados de prejuicios. Pero de todos los refranes, de todo ese libro infinito de frasecillas de filosofía barata, la que más detesté, de siempre, era la nauseabunda "dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición". Porque aúna, en tan pocas palabras, la simplificación de las personas, elimina las capas, los pliegues personales, agrupa, etiqueta, con todo lo malo que tiene agrupar o etiquetar. Yo dormía con ella y en nada nos parecíamos y quizá ahí habitaba nuestra armonía, en nuestras diferencias, en nuestra condición distinta. Las parejas también su distancia, eso que provoca la tensión. Dormíamos juntos, en el mismo colchón y sin embargo éramos distintos. ¿Qué mayor diferencia que los sueños de cada uno? Ese mundo intransferible y personal, esa distancia inaccesible; tan abrumadoramente vasta, porque es infinita. En el mismo colchón y en la madrugada sucediéndose secuencias remotas unas de las otras, en esas cabezas casi pegadas, separadas por unos cuantos centímetros de colchón y almohada. Los sueños, eso que sucede en el colchón es, para contradecir al refrán, lo que nos diferencia, nuestra distinta condición. Y sin embargo sucedió lo impredecible y nos costó darnos cuenta, porque los sueños, si algo tienen es que nos son tan ajenos, incluso a sus autores, que es difícil verles la firma, señalar su autoría: ¿cómo sabes que un sueño es de otro si sólo has tenido acceso a los tuyos? No fue inmediato que lo descubrimos. Yo noté, lentamente, que con frecuencia, aparecían elementos en mis sueños que no reconocía, ambientes, situaciones tan ajenas, que por más que fueran mis sueños, no identificaba, me eran tan ajenos que ni la explicación de que eran sueños me satisfacía. Un día, una mañana de domingo, sin prisa, con la calma de saber que no hay prisa por levantarse, le hablé de esas novedades en mis sueños, de esas historias que además de tener la componente absurda del sueño tenían algo más, aquello no era yo y entonces ella me contó que a ella le estaba pasando lo mismo. En seguida nos narramos algunos de esos sueños ajenos y fue entonces que comprendimos, sus sueños y mis sueños se habían intercambiado. Algo físicamente en nuestro colchón hacía que yo soñara sus sueños y ella los míos. Una alteración física sin mucha explicación. En cierta manera soñar se volvió incómodo, porque accedía a su absoluta intimidad, a sus deseos inconscientes, a sus frustraciones ocultas, a sus visiones alteradas. Me veía a mi desde la perspectiva de su yo inconsciente. Yo era ella cuando deseaba a alguien en esos sueños en los que deseas, de repente, a alguien que no deseas. Yo era ella cuando entraba en habitaciones nuevas, y cuando descubría sensaciones enquistadas, pero además, cada mañana, nada más abrir los ojos, sabía que ella era yo, que aún era yo cuando la veía ahí, dormida con los ojos cerrados, habitando en ese mundo que sólo me debía pertenecer a mi, que era yo cuando se acostaba con esa compañera de trabajo que el día anterior había mirado de reojo y se había quedado incrustada en mi retina y de mi retina a mi subconsciente, donde ya el deseo fabricaría una historia enloquecida para, en sueños, terminar acostándome con esa compañera y ella era yo, allí, en ese encuentro fortuito en una fiesta extraña y ella era yo cuando comenzaba el deseo a trabajar en mis sueños, esos sueños míos que ella estaba soñando. Y así nos fuimos dando cuenta de nuestra distinta condición, de que el colchón no nos igualaba, al contrario: el colchón nos demostraba que el otro era más amplio, más inabarcable aún de lo sospechado; y nos fuimos haciendo tan remotos, tan ajenos, nos fuimos descubriendo tan desconocidos el uno al otro que nos fue insoportable seguir engañandonos. Soñar sus sueños me demostró que dormía con una desconocida, que nada sabía de ella y hasta nos fue dando pudor compartir cama con esa persona tan ajena que íbamos descubriendo y desconociendo a pasos agigantados cada noche, hasta que no pudimos más, hasta que casi nos daba reparo saludar a ese desconocido.

 La separación fue amistosa, absolutamente amable. Tan amable como eres con ese vecino con el que te saludas en el ascensor de vez en cuando, al que le muestras tu sonrisa más cortes. Nos despedimos con un apretón de manos y un "ha sido un placer". La vi irse, y me confirmé, porque me lo había demostrado que no, que no es cierto, Que dos que duermen en la misma cama si algo no se vuelven es de la misma condición. Y lentamente, noche a noche, fui recuperando mis sueños.

jueves, noviembre 15, 2012

Invisibles

 La primera vez le escuché desde su habitación. La puerta estaba abierta y me llegaba su voz susurrada y juguetona, como todas las tardes. Yo estaba en la computadora, perdiendo el tiempo o enredada con fotos, despistada, porque las tardes se me hacen largas y el niño juega solo y muchas veces no sé me ocurre un plan, algo que hacer. El niño estaba al fondo y le escuché nombrar a alguien, mantener una conversación larga con alguien al que llamaba Bruno. Me acerqué despacio, de repente sentí un golpe inesperado de temor, un temor angustioso, una amenaza. Recorrí el pasillo, pero antes de llegar el niño salió y me dijo que tenía sed, y caminamos a la cocina a la par. Entonces le pregunté qué con quién hablaba y me dijo sin filtro, sin pudor, con normalidad y algo de tedio: "Hablaba con Bruno, mamá". Los siguientes segundos transcurrieron despacio, una lentitud que a mi me resultó pesada, ingobernable y el niño dijo:"Mamá, la casa está llena de fantasmas, pero Bruno es mi amigo" El niño terminó de beber agua y regresó a su cuarto. Desde entonces me sentí vigilada, comprendí la dimensión de las palabras de Bruno y sentí un vértigo gigante, un vértigo desde un lugar que no tiene final, un agujero despiadado. De repente el niño volvió a hablar, con la naturalidad con la que se habla con un tu más intimo amigo. Miré a los lados, esperé una señal, un movimiento de persianas, las sillas, pero sabía de antemano que las cosas no sucederían cinematográficamente. Recordé viejas conversaciones sobre el tema, amigos que había estado rodeados y dudé. Me acerqué sigilosa a la habitación del niño, hablaba despacio y le contaba a Bruno que me acaba de contar que ellos también vivían en casa. Grité. El niño salió corriendo, asustado. Me preguntó aterrado que qué había pasado. Disimulé, no quería preocuparle. No dije nada concreto. Volvió a la habitación. Volvió a hablar con Bruno. Busqué el libro de los salmos. Un ejemplar que tenía en casa de cuando viví en Guatemala, que me regaló una mujer que limpiaba la casa. Hice memoria, pero no recordaba que salmo era el recomendado para salir de este vacío. Finalmente recordé. Abrí el libro. La primera lectura la hice en silencio, la segunda la hice en voz alta, suave, pero alta: ..Y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad. No temerás el terror nocturno, Ni saeta que vuele de día, Ni pestilencia que ande en oscuridad, Ni mortandad que en medio del día destruya... Lo leí varias veces, cada vez más alto, cada vez más liberada. FInalmente decidí salir con el coche. Avisé al niño y salimos. Nos montamos rápido en el coche. El niño preguntó donde íbamos. Contesté una mentira. Conduje mucho rato, al pasar por la Avenida Grecia todo, en cierta manera, se desvaneció, todo se me hizo gaseoso, también los peatones y los otros autos, Avenida Grecia me pareció fantasmal y sus componentes, sus peatones, sus conductores me parecieron amenazas, también el estadio nacional, como si todo fuera una capa superpuesta donde todo se había vuelto fantasmal, inorgánico, lejano. Giré en Pedro de Valdivia y sentí como si esas calles no existieran, como si nunca hubieran sido así, como si se las estuviera imaginando un tipo que escribe sobre esas calles, pero jamás las ha visto. Entonces, en una decisión irracional, porque jamás tomé esa decisión racionalmente o de un modo consciente, detuve el auto en la Iglesia de Santo Domingo Guzmán, por la puerta salía una pareja y tras ellos dos ancianas con cara de dolor. El niño me preguntó qué hacíamos allí y no le contesté. Le dije que me esperara. Entré. No había nadie. Tosí y mi tosido reverberó de un modo único, solemne. Lloré y pedí ayuda divina. No hice mucho más. Salí al coche. El niño se había quedado dormido. Me monté, volví a casa. Anocheció en el trayecto, porque me desvié varias veces sin saber donde ir. Cuando llegamos a casa, ya había llegado Paulo, leía y estaba preocupado. El niño se fue a la cama, y yo me senté en el salón junto a Paulo, que era ajeno a todo aquello. No dije nada, simplemente me quedé esperando avisos, movimientos, señales. Luego me dormí. Recuerdo que esa noche no soñé  o jamás recordé lo que había soñado.

domingo, noviembre 11, 2012

Sueño Capranos

 Mi sueño es cogerme a Alex Capranos. Pero no cogermelo porque sea famoso o porque tenga una banda popular. Mi sueño de cogerme a Capranos viene de su cara de desgana y porque Capranos sino tuviera una banda de rock no cogería nada, porque Capranos es un ángel cansado o un ángel que no aprobó la oposición, por nervios en el examen, a ángel. Me cogería a Capranos en casa, en la habitación, con ese temor de gemir y que el gemido traspase los tabiques y nos escuche mi madre. Y Capranos no aguanta y gime, y yo le digo: "Capranos, cuidado que mi vieja nos escucha" y finalmente mi mamá nos escucha y toca a la puerta de mi cuarto y me pregunta:"¿Qué haces, Flora?" Y contestarla con desprecio: "Mami, me estoy cogiendo a Capranos. Este pendejo escocés que no sabe coger, pero que tiene una banda de rock. ¿Sabes, mamá? Este puto flaco tenía reventado el auditorio nacional y las flacas de la Condesa le daban el culo a este escoces. Pero ¿sabes, vieja? Estos escoceses no saben coger. Saben beber, no beben igual que uno, pero saben beber. Beben distinto, porque aguantan menos tiempo sobrios pero más tiempo ebrios. Se emborrachan rápido, pero luego tardan más en caerse. Nosotros no, aguantamos más tiempo sobrios, pero luego caemos de una vez. Como si la borrachera fuera un sólo movimiento sísmico. Bebe, vieja. El muchacho bebe. Pero coger no sabe". Ese es mi sueño real. Porque cogerte a Capranos no es sólo cogerte a Capranos, es cogerte a todas esas imbéciles que gritan en mitad del Take me out y cogerte a todos los imbéciles que luego hacen grupos que quieren componer, de nuevo, el take me out. Y cogerte a Capranos es cogerte a esa masa uniforme del auditorio nacional, esos muchachos que buscan y sueñan que el auditorio nacional no es el auditorio nacional si no que es el holograma de Europa allí, al lado de reforma, un agujero donde la ciudad deja de ser esta ciudad y se convierte en la ciudad invisible que todos esos imantados muchachos quieren que sea esta ciudad. Cogerse a Capranos es cogerse la fuga, el aburrimiento y la desidia de esos chicos inertes. Cogerte a ese escocés de mierda es cogerte la mediocridad y el dolor soterrado de esa escoria. Cogértelos a todos de golpe, cogértelos como masa total que susurra a gritos. Ese era mi sueño anoche, en mitad de ese enloquecimiento y esa basura y Capranos es ajeno, porque Capranos desconoce esto, se imagina otra cosa y toca y corre y envejece y morirá. Porque Capranos morirá y lo olvidará todo, olvidará, también, la noche en el auditorio nacional, la confundirá entre rutas y noches y camerinos amontonados como un solo camerino, ciudades que dejan de ser ciudades. Capranos olvidará que todo esto se cae, y los gritos sumados como una furia y una angustía absoluta los gritos de esos chicos en mitad de sus estribillos. Gritos tristes, disfrazados de locura y frenesí. Y esas chicas repetidas como una sola chica. Mi sueño desde anoche es cogerme a Capranos. Porque cogerse a Capranos no es sólo cogerse a Capranos, es cogerse el triste regreso a casa, el miedo a bajar del taxi, la batería agonizando del celular, subir en ascensor, es cogerse la oscuridad de casa cuando entro de madrugada, el silencio roto en fragmentos por la respiración rasgada de mi vieja, al fondo del pasillo, esa respiración que aún no es ronquido, pero que casi lo es. Cogerse a Capranos es cogerse el desvelo y la desgana y el despertador sonando pocas horas después.

jueves, noviembre 08, 2012

Edmundo Sócrates

 Cambié algunas rutinas. Retrasé la ducha de la mañana, por ejemplo. Adelanté la hora de despertar. Me alejé de algunos vicios ligeros. No era fetichismo, en realidad mi idea giraba en torno a que si modificas tus rutinas, inevitablemente modificas tus ciclos biológicos, lo que con suerte darían una nueva forma de entender algunas cosas y por lo tanto una nueva inspiración para afrontar la tarea creativa. Con el tiempo me percaté que esos cambios habían sido, ciertamente, muy ligeros. Nada biológicamente podía verse muy afectado si apenas modificaba horarios de duchas o retrasaba horarios de comidas. Entonces decidí ser algo más rotundo. Modifiqué la alimentación: eliminé la carne de ternera y de cerdo, seguí comiendo pollo. Aumenté el consumo de alcohol y me apunté a un gimnasio. Creativamente no sufrí grandes avances. Todo mi proyecto literario seguía estancado. Las ideas fugaces de novelas me parecían detestables. Los intentos de cuentos caían en viejos vicios y no aportaban nada. Noté una profunda falta de libertad en mi forma de crear, además de una notable inconsistencia. Entonces me mudé, dejé el trabajo fijo y empecé a experimentar con mi cuerpo. A veces no comía, otros días comía compulsivamente. Aumenté el consumo de alcohol, de la cerveza pasé al ron.  Mi nuevo apartamento era un local que quedaba libre en una nave en una zona industrial periférica, al norte de la ciudad. El apartamento tenía una sola ventana que daba a una zona de la autopista de confluían y se bifurcaban avenidas y desviaciones. La idea de construir un argumento a partir de aquella imagen me pareció que escondía algo interesante. Consumí drogas populares y probé algunas más inaccesibles. Probé la ayahuasca. En una noche de la que recuerdo pocas cosas, salvo imágenes aterradoras y líneas milenarias expandiéndose por campos secos. También un desdoblamiento en el que me veo viéndome y dialogo de forma desconfiada conmigo mismo. Después de la ayahuasca intenté escribir poemas, poemas pretenciosos y nauseabundamente hippies: frases JimMorrisianas y de post adolescente idiotizado, enfrentado a un mundo del que es el mayor participe. Conocí, entonces, a Edmundo Socrates, traficante de perfil bajo de drogas. Cocaína y heroina. El tipo es inquieto y toca percusión en un grupo de mambo psicodelico. A veces le acompañaba a ensayos en un local cercano a mi apartamento, en la misma zona industrial. Los ensayos son a oscuras, la música es frenética. Probé, allí, en ese maremagnum atronador, la heroína fumada. Si hay mucha gente que vende su cuerpo a la heroína es porque el viaje de heroína es irrepetible o eso me pareció. No obstante me cuidé mucho de no caer en vicios. Edmundo no consumía, sólo vendía. Hablaba con desprecio de los drogadictos, también de las mafias y del mundo de la droga, y se maldecía por dedicarse a eso, pero el mayor problema de los traficantes es que empiezas joven y te jode el resto de tu vida: "De cualquier trabajo te vas. Pones tu renuncia en una mesa y te largas. De este nadie se va. Es una cárcel".  A Edmundo le confesé mis intenciones. Le hablé entonces de mi proceso creativo de mi idea de potenciar la creatividad modificando mi vida. A Edmundo todo aquello le pareció una profunda imbecilidad: "Sólo hay una manera de potenciar el proceso creativo: en activo. El arte se haciendo corriendo hacía adelante. En el enfado, en el testadurez, en el hastío, en el agotamiento, en la desidia y en la felicidad fugaz.   Esa experimentación física, esa idea de que las drogas o la sordidez invocan a la creación es el markenting de los traficantes. Es la mejor campaña publicitaria de la historia. El underground es comercial. Pon a unos cuantos yonkies, el frenesí de la mala vida, unas cuantas imágenes distorsionadas y tendrás a millones creyéndose artistas. El arte es otra cosa. El arte no puede ser esa cosa tan vacía de pseudorecokeros y de niñatos insatisfechos. El arte es un viaje absoluto, pero un viaje de verdad, con todas sus consecuencias. También la de la indiferencia y la de saberse mortal y mediocre. El arte no es esa arrogancia de pelearse por ser especial, único. El arte no es autobiografías de ciudadanos jugando a la autenticidad. El arte es la sangre y la piel. Las lágrimas cayéndose en mitad de algo incomprensible. La fuga por temer la locura. La locura de verdad. La locura que hace daño. No ese juego infantil y estúpido. No. Eso no es el arte"

martes, noviembre 06, 2012

Urbanizaciones

 Ella tenía un novio. Un tipo que andaba en coche con sus amigos por el pueblo y que no debía ser extremadamente amable con ella. Ella pasaba las tardes sola. Vivía en una casa preciosa a las afueras, donde comenzaba el camino de pinos. Todo quedaba apartado y ella parecía disfrutar de ese sensación periférica, de frontera entre pueblo y el sendero de pinos. Hablaba poco y parecía sumida en una especie de permanente post siesta, como si siempre hiciera poco que se acabara de levantar de la siesta. A mi, es cierto, jamás me prometió nada, y y tampoco me hice ilusiones. Tampoco fue una etapa prolongada, yo iba mucho por el camino de pinos porque en esa época sacaba fotografías de setas y de hojas en el suelo y me gustaba estar allí, ella salía a pasear cerca de su casa porque decía que la tarde se le hacía larga. Hablábamos poco, le mostraba las fotos que hacía y nos contábamos anécdotas de la infancia, como si fuera más lejana aún de lo que realmente era. El día que le di el primer beso, fue el día que le confesé que su novio me parecía un imbécil. Mi frecuencia por la zona quedó marcada por aquel beso y empecé a pasar todas las tardes por allí. Un día saltamos un viejo muro de piedra de una finca abandonada, me enseño una casa destrozada en mitad del inmenso terreno. La casa estaba totalmente destrozada, pero conservaba algo hermoso. Allí dentro, en el salón vacío, lleno de bloques de ladrillos desmoronándose y olores húmedos y tristes, hicimos el amor por primera vez. En mi cabeza, en cierta forma, la casa era un lugar absoluto, un lugar remoto e inaccesible donde iba a hacer el amor con ella. Me sentía lejos, lejos del pueblo, de casa, de compañeros, del asfalto, de todo. Allí, el tiempo, se me comprimía. Aún en invierno, en los días mas duros del invierno saltábamos y recorríamos la inmensa finca para alcanzar la casa y colarnos en las ruinas para hacer el amor. A veces era en los restos de la cocina, a veces en la parte de arriba, donde sólo se intuían habitaciones, a veces en el salón o en la estructura de las escaleras en la que ya casi no había escalones. Luego nos quedábamos quietos, como si pudiéramos recuperar la forma original de la casa, como si después de hacer el amor viniera el esplendor pasado de esa mansión triste. A veces oíamos llover y veíamos como algunas gotas se colaban por todos los huecos que las ruinas y el tiempo había ido abriendo. Era hermoso ver lluvia cayendo dentro de la casa, el agua entrando por huecos del tiempo y el abandono.

 La última vez que fuimos fue en otro día de lluvia. EL tipo del tiempo había anunciado temporal y recuerdo a mi madre preguntandome al salir de casa dónde iba con la que estaba cayendo. Subí en bici hasta las afueras del pueblo, ella me esperaba en casa, donde siempre estaba sola. Salió corriendo con sus botas de agua y un chubasquero. Saltamos la valla, corrimos entre loas árboles de la finca y alcanzamos la casa. Ni siquiera hablamos, nos arrinconamos en la esquina del salón, junto al hueco de la chimenea. Ella dijo algo susurrado, algo que no comprendí, pero que sonaba preocupada. Seguí, seguí con los ojos medio cerrados, y confesé casi a la vez que me arrepentí de confesarlo, que la quería. Decirlo me sonó a drama o película mala o a pomposidad o a pretensión de poeta. Decirla te quiero no sólo me pareció cursi sino impreciso. Y me avergoncé en el acto, cuando noté varias gotas cayendo de lleno sobre nuestros cuerpos, las goteras y las ruinas se agrietaban velozmente con el temporal. Ella, casi inaudible por el ruido de gotas contra la casa y el sonido disparado del viento, me dijo que también me quería, pero lo dijo suave, sin tono, sin modulación y me pareció tremendo; y en ese momento noté algo, arena cayendome en el pelo, su cara llena de polvo, entonces entre gemidos y suspiros un ruido atronador. La casa, inevitablemente, se estaba viniendo abajo. El temporal y la lluvia eran despiadados, nosotros nos íbamos quedando enterrados entre escombros.

 No nos vimos más. Salimos como pudimos. Se hizo de noche, paró la lluvia y un buen día llegó la primavera, luego el verano.A veces la veía pasar con el imbécil de su novio, como si nada de aquello hubiera pasado. Por algún tiempo, los escombros estuvieron allí. Un día unas máquinas levantaron y movieron la tierra, con los años aquello se convirtió en la urbanización donde hoy vivo con mi esposa.

sábado, noviembre 03, 2012

Declaración

 Todo este asunto, toda tú ausencia, toda tu desaparición, la resolveremos en la próxima guerra. Vete preparando.

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