sábado, septiembre 29, 2012

Azotea

 A Chris nos lo presentó el promotor del festival.  No éramos nadie entre ese montón de grupos destacados, pero por alguna razón emocional, el promotor nos había cogido cariño: un cariño entrañable, un cariño sincero, por qué en el fondo sabía q como grupo era muy probable q no llegaramos a nada, pero en su cariño había una forma de alegría. En cierta forma nosotros éramos su espectador ideal, su público objetivo o la forma humana que tomaba su proyecto vital, ese festival que había adquirido lentamente cierta reputación. 

 Terminamos con Chris y Edward, otro de los miembros de aquel grupo, en la azotea de un hotel extraño, un hotel sofisticado y enorme en una zona semi abandonada a las afueras de una ciudad del tour de norte américa.  Al principio cosimos a preguntas a Chris, además de ser un excelente multinstrumentista, era el productor de los discos de su grupo, un grupo que para nosotros era una referencia. La azotea mostraba una ciudad adormecida y a lo lejos, como una batalla en una galaxia lejana, las luces de los escenarios del festival tiritaban con urgencia y nervio, también nos llegaban los graves acentuados por el viaje de la acústica desde el lejano recinto del festival hasta la azotea aislada. Había un aire cálido, un viento que leve que parecía artificial. Ellos nos preguntaron por nuestro grupo y contestamos con pudor. Chris incluso se interesó por el estilo y nos pidió que le enviáramos algo. Anotamos su dirección de correo con la promesa de enviarle algunas canciones. Ellos hablaban poco o hablaban como sumidos en un letargo peculiar. Parecían andar lejos o cansados. Entonces Edward contó las tres semanas de viajes, el cansancio acumulado, lo que aún les quedaba: "Hay una parte terrible de todo esto, te va matando en cada escenario, en cada fecha. Hay una despersonalización. Vas mutando a otro. No creo que sea sano girar." Se quedaron callados. Tuve la sensación o una forma de visión, un golpe brutal: cuando llegas a trascender como grupo te sumes en una forma extraña de tu identidad, un modo que te protege de algo que debe sentirse como una amenaza. Una robotización de tus actos, de tus palabras. Como si la misma repetición metódica de las canciones se trasladara a todo tu ser y repitieras todo, también tu modus vivendi. En realidad Chris y Edward habitaban como si hubieran firmado un acuerdo, bajo un forma indescifrable de secreto. Chris entonces sacó unos vasos de forma rocambolesca y los acercó a unas velas que encendió. Sacó unas bolsas y preparo un menjunje de polvos y agua. Nos ofrecieron vasos y ellos sorbieron con sosiego: "¿Qué es esto?" preguntó Sorel como portavoz de nosotros tres. "Un viaje" contestó Chris con los ojos medio cerrados, como si estuviera empezando a soñar. Edward se puso de píe y miró la ciudad. Los tres bebimos con temor de los vasos. El efecto fue inmediato.

 Lo que vino a partir de ahí es bastante indescifrable. La realidad empezó a pesar de un modo abrumador. La brisa cálida se puso más espesa, como si se hubiera cargado, repentinamente, de más humedad. Chris sacó un pequeño equipo para escuchar música, un aparato diminuto que sonaba con una contundencia demoledora. La música que sonó acentuaba los efectos de esa droga desconocida. Era una masa de ruidos, unos ruidos que parecían grabados en una caverna, atrás, sin casi presencia, unas voces femeninas repetían una melodía tortuosa y triste. "Son unas grabaciones que hizo el asistente de grabación de nuestro disco en un viaje que hizo solo por Burkina Faso. Son tristes, ¿verdad? Duele escuchar esto y sin embargo uno no sabe por qué, pero duele" Las voces rompían enigmáticamente el ambiente. Las luces lejanas del festival rebotaban permanentemente en el aire, como si fueran una batalla contra la nada. En verdad todo me parecía una batalla imposible, un enfrentamiento en el que se conocía la derrota final. Un avance hacia el precipicio. Luego hubo mucho rato de silencio, un silencio sideral. Nadie habló y sentí vértigo. Edward nos miró y confesó algo que yo no comprendí del todo, pero algo confesó o su tono era de confesión, el tono del que asume su miseria y la verbaliza como forma de cura. Fue un discurso continuo del que no rescaté nada, salvo el final, en el que hablaba del grupo como una losa, como otra forma de droga, como una infelicidad y una insatisfacción adictivas. Me quedé dormido allí, en el suelo. Cuando desperté no había nadie en la azotea y estaba amaneciendo, el cielo estaba plomizo. Me había quedado helado. Bajé en el ascensor hasta la cafetería para desayunar. Nuestra furgoneta nos recogía pronto porque esa noche tocábamos en otro festival a seiscientos kilómetros de allí. No volví a ver a Chris y Edward. 

lunes, septiembre 24, 2012

Autobiografía horaria

 Hoy hace quince años me convertí en emigrante retornado o en una nueva forma de inmigrante. El asunto además de los vericuetos nominalistas, tenía mucho de psicológico, porque aún no sé si yo volvía o me iba. Hay edades en las que tu identidad nacional se diluye como humo en tu laberíntico problema de identidad personal. ¿Era español en ese momento? Quiero decir: ¿podría ser español, además de lo que indicaba el pasaporte, cuando realmente había olvidado que era ser español? Y aquí no digo olvidar ser español en un sentido filosófico o histórico. Pocas cosas recordaba de España salvo el patio de la casa de mi abuela, salvo algunas calles intrascendentes de los bordes de Madrid, algunas costumbres arquetípicas y algunos recuerdos confundidos y trastocados de Vigo por haber vívido el final de la infancia, la adolescencia y el principio de la veintena en Venezuela. No sé explicarlo de otro modo, pero realmente había olvidado que yo era español o el modo de ser español y la mayoría de España, aunque tampoco fuera venezolano. Hoy hace quince años que volvía o me iba o regresaba o me escapaba. Aún hoy no tengo del todo claro el verbo, la palabra precisa y sinceramente creo que da bastante igual mi problema linguistico al respecto. Recuerdo aquel viaje absolutamente irreal. Era irreal por muchas cosas, pero sobre todo porque cuando me vi sobrevolando el atlántico pensé que volar nueve horas sobre el atlántico era una autentica osadía y una prepotencia descomunal por parte del ser humano. No tenía (ni tengo) miedo a volar, pero no puedo evitar fascinarme cuando pego la nariz a la ventanilla del avión: volar es un delirio maravilloso. Y en aquel viaje lo sentí de un modo abrumador. Volar, queramos o no, es un delirio. El caso es que si algo resulta incomprensible de ese viaje no es tanto volar, como si el tiempo o la forma de tiempo externa que rodea al tiempo interno de vuelo. Duró nueve horas o cerca de nueve horas y lo desquiciado de la forma externa de tiempo es que yo salí hoy hace quince años, pero llegué mañana hace quince años. Está la explicación evidente, por supuesto: los husos horarios. Yo salí casi a las seis de Venezuela y llegué casi a las ocho de mañana. En medio algo, una masa negra, un cúmulo cósmico o la nada, absorbió sin ninguna consideración una parte muy extensa de la noche. Cuando salí aún no anochecía, ni siquiera agonizaba la tarde, cuando llegué ya había amanecido. En cierta manera mi madrugada desapareció. ¿Dónde? No le pregunté al piloto, no le pregunté a las azafatas porque supuse que, como yo, también eran víctimas de ese robo inexplicable de tiempo. Si hubiera un registro pormenorizado y detallado por horas de mi vida o de aquellas azafatas o de los otros pasajeros de aquel vuelo semivacío: ¿dónde quedó la madrugada del 24 al 25  de septiembre de 1997? ¿Dónde coño se quedó? La pregunta no tiene respuesta aparente. Aceptemos la burda explicación de los husos, esa matemática horaria de centro comercial. Pero si imaginamos un diagrama que registra mi existencia por horas: ¿qué sucedería en el diagrama en aquella madrugada? ¿Volví de una muerte no anunciada, no publicitada, sin esquelas? ¿Una muerte sin registro de la que se revive sin saber que se está reviviendo?¿es eso el jet lag: un nuevo parto, un nuevo alumbramiento? ¿dónde quedan las horas de la diferencia horaria? No lo podemos evitar, volar es una osadía, si, pero lo es porque nos convierte en unos inconscientes viajeros en el tiempo a los que les es robado el tiempo, las horas, la vida.

domingo, septiembre 23, 2012

1915

 Morí en 1915. Pocos acontecimientos recuerdo de mi vida previa salvo los precisos. Me mataron en una ciudad centro europea, previsiblemente una capital. Sé que mi posición frente a la guerra era ignorarla, desentenderme de ella, no por cobardía o sumisión; sé que mi posición era ignorarla porque mi intención hasta el último momento fue rechazarla frontalmente. Pensé, aún no sé si lo sigo pensando,  que ignorar la guerra, seguir habitando en un país en un terrible conflicto bélico despreciando con la indiferencia era posicionarme valientemente frente a ella. La guerra me pareció, aún hoy, la cúspide del fracaso. Sufrí sus atrocidades: la guerra se llevó miembros de mi familia, pasé hambre, sufrí sus consecuencias, pero yo no hablaba de la guerra, yo no varíe mis rutinas; y lo intenté hasta el instante que esa bala me atravesó el estómago. Mi batalla era no participar en la gran batalla. Mi batalla era despreciarla porque si la masa la hubiera ignorado aquello no hubiera existido. Nunca fui un tipo culto, no lo fui y no lo soy, pero despreciaba la guerra antes de la guerra y la desprecié mientras se implantó en mi vida, rotunda y sin paliativos. Seguí bajando a la misma hora al portal, haciendo la ruta a mi pequeña tienda que sufrió bombardeos, pero seguí yendo. Escuché la pólvora y la olí. Cayeron edificios y vi gente morir frente a mis ojos. Yo acudí a las ruinas de mi tienda imaginándola aún en píe, aún en esplendor, esperando clientela que dejó de aparecer. Hacía la misma ruta a casa, esa casa que también fue ruinas. Mi propósito era abismal, una empresa desorbitada, pero creía en ella, creía profundamente en mi posición antibélica y mi ejercicio antibélico era ignorar y seguir con mi vida, aunque supusiera un acto delirado de imaginación. Al final debía de reconstruir todos los escenarios mentalmente, mis rutinas ya no tenían cabida entre los escombros y el horror, pero seguí en el empeño: ignorar hasta el final la guerra. Me dispararon y no vi venir la bala. La muerte fue relativamente rápida y aunque no terrible, su sufrí dolor. La bala pareció incrustarse en las cuevas inaccesibles del cerebro. Más que un dolor muscular o un dolor físico, la bala me produjo un dolor ilocalizable y lejano, como si estuviera sucediendo en un cuerpo mucho más dentro de mi cuerpo. Luego cerré los ojos.

 No describiré las siguientes fases. Tampoco haré un resumen de mi vida actual. Ignoro si es común recordar la muerte previa y detalles de la vida anterior. Lo ignoro. Tampoco creo en esta vida en la reencarnación, pero sé que morí allí y que fui aquel, porque en verdad de la guerra, de la gran guerra, me quedó eso, también fuimos aquel.

sábado, septiembre 22, 2012

Los recuerdos borrados de A

 El pasado es un asunto inapreciable, hay muchas partes que suceden todo en una nebulosa tremenda. Se escapan al análisis porque no quedan casi evidencias. En realidad todo parece no haber sucedido. Recuerdos confusos de los que recordamos pocas cosas, con poca precisión y no sabemos si sucedió o fue un sueño que tuvimos en un pasado lejano, quizá de niños. Sin embargo, si se hubiera realizado un diario de acontecimientos, hubieran estado allí, seguramente mal descrito, muy impreciso, pero hubiera quedado reflejado: a una hora, en un día, en una semana perdida en el pasado, pero los acontecimientos, al menos, no habitarían entre la duda de lo soñado o lo recordado borrosamente. Se pueden recordar muchos elementos del pasado, no se pueden reconstruir con precisión. El paso del tiempo, como a los muebles, como a las paredes, como a los cuerpos, también erosiona la memoria y arruga su textura inicial y se llena de grietas y arrugas y se pierde la imagen inicial. Pero no siquiera así lo recordaba A aquella madrugada cuando se encontró con aquel tipo que le hablaba de su pasado con precisión y él era incapaz de reconstruir aquella época que A había ido borrando lentamente. "también soy ese" pensaba A, mientras aquel viejo compañero del que no recordaba nada, o apenas una bruma incierta, le desmenuzaba anécdotas divertidas y frases que aparentemente A había emitido y de las que no se sentía autor. Opiniones que no sólo no recordaba sino que no compartía "¿Cómo pude ser ese miserable y no recordarme?2 Quizá frases sacadas de contexto, quizá frases dichas como pura supervivencia, adaptándose a un medio que curiosamente ya no recordaba.

 Claro que A recordaba a muchos del colegio y aún mantenía trato con algún compañero. Claro que A tenía memoria y recordaba tardes memorables o mañanas aburridas de su vida escolar. Por supuesto que evocaba y no huía de aquel pasado, pero mientras aquel compañero rememoraba un pasado divertido y simpático A sentía que él no había estado allí y sin embargo ciertas descripciones si venían, o si coincidían. Pero lo que más angustiaba en cierto modo a A era el tipo que le hablaba, podría ser un psicópata inventándose esas historias porque él no recordaba nada de ese individuo de sonrisa feroz y entusiasmado ante el reencuentro. Y mientras el tipo hablaba de ese pasado erosionado en la mente de A, A buscaba con linterna en las cavidades más profundas del recuerdo y el recuerdo caprichoso, no aparecía. Incluso ansioso, A trataba de descifrar ese mecanismo de la memoria que de repente abre una compuerta y desvela ese pasado en la tiniebla. A recordó reencuentros en los que el mismo reencuentro revelaba e iluminaba zonas de la memoria olvidadas y aparecían recuerdos uno detrás de otro, casi atropellándose. Eso buscaba A, ese mecanismo inescrutable de la memoria que brotaba eufórico en los reencuentros con viejas relaciones o con ciudades en las que se estuvo. Calles que ves de nuevo y te arrastran a esa misma calle en aquella época que parecía olvidada y emerge, como hubiera estado enterrado en el asfalto, voces, caras, olores de cuando se pasó por ahí.

 Disimuló A como pudo y evitó ser preguntado para no ser descubierto, también como pudo salió de allí, a la calle. Caminó en la madrugada sin recordar nada de aquel individuo con el que había estado hablando: Lo curioso, pensó A, es que ahora siempre recordaré este reencuentro sin, seguramente, recordar el pasado previo a este reencuentro con este individuo sin pasado en mi memoria. Decidió caminar por las calles hasta su casa. Ensimismado, evocando, de repente, aquella época entre séptimo y octavo de bachillerato, aquellos meses difusos donde aparecen las caras de esas chicas o aquellas peripecias o la primera cerveza. A recuerda paisajes diarios, el timbre de salida al patio, la bajada por las escaleras, los pupitres y su orden establecido, su pupitre casi al fondo, delante de B y detrás de S, pero no aparece en esa reconstrucción ese tipo que se le ha acercado y que ha recordado una tarde de futbol, una pelea cobarde, una chica de la que ambos se enamoraron. No recuerda nada de eso A y sin embargo también A es eso, todo eso que no recuerda y que jamás, seguramente, volverá a recordar.

miércoles, septiembre 19, 2012

Etérea

 Ella solía caminar ligera. Mirándola uno tenía la sensación de que caminaba al revés, como si viniera yendo. En ella el tiempo se hacía elástico, un juguete. Con ella se habitaba en una forma juguetona de realidad, en cierta manera volvías a ser tú desvestido de toda camiseta, esa ropa que te ha ido cubriendo. La ropa de todas tus épocas se iban de vuelta al armario, a los cajones.  Si se volvía era una vuelta a un lugar desconocido, remoto e indescifrable. Con ella se habitaba con la alegría que da saber que la vida no tiene sentido, que se empuja ajena a nuestros designios. Con ella las viejas calles eran aquellas calles siendo nuevas. Con ella se daba la vuelta y se estaba al derecho sabiéndose al revés, como si no te dieras cuenta que ahora percibías todo desde el otro, tú mismo allí, en el otro lado del espejo. Un día era un mes, los años se diluían: el tiempo acordeón. No había urgencias porque se sabía todo breve y tremendo, abrumador, inabarcable. Nunca se pisaba el mismo suelo, nunca los pasos se repetían. Nunca se volvía. El destello daba siempre en la espalda y el sol se escondía por delante.

viernes, septiembre 14, 2012

Personaje

 No le recuerdo sin una chaqueta negra de cuero malo. Con lo cual soy incapaz de visualizarle en mitad del verano. Por su naturaleza, en verano, es posible que se sumergiera en cavernas bajo tierra o quizá no, quizá se escondía en la ciudad, en alguna habitación triste del noroeste; pero lo que es seguro es que jamás le vi sin esa chaqueta negra que olía a humo y a tiempo, un olor preciso que sólo coge la ropa de invierno. Un olor triste y cálido, porque huele a armario, pero no a intemperie. Es el olor de ropa del que no ha pasado frío extremo. Recuerdo su pelo sucio y caótico, pero no extremadamente sucio ni caótico, era un pelo que se sabía no limpio y no peinado, como ese pelo que se nada mas levantar y lo mojas velozmente porque te quedaste dormido y llegas tarde, muy tarde a un cita importante. El tono de voz pausado y lejano, ese tono del que ya no tiene muchas ganas de hablar y sin embargo habla porque el silencio tampoco es la solución. Bebía, pero no extremo y fumaba hasta el delirio. Lo demás que recuerdo son frases que fueron cayendo cada vez que le vi. Hablaba sin prisa, como el que ha olvidado la hora y no tiene ninguna cita, ningún compromiso, en los próximos tres milenios. Hablaba como si estuviera mirando al mar.

.- Sólo es irónico el que ha sido triste. Sólo da la vuelta al humor y lo retuerce quien ha conocido la desdicha y la amargura. La ironía es la esperanza del que sabe que se luche como se luche la batalla está perdida. La ironía es el paliativo del que agoniza- decía, quizá concluyendo alguna frase escuchada al azar, alguna muletilla.

 En cierta manera era un pensador. La realidad, todo lo que iba sucediendo, le llevaba a alguna conclusión:

.-  Lo jodido es que ni siquiera puedo optar a ser el tipo más pesimista del mundo. La vida es una mierda, pero siempre habrá alguien que piense que todo es más mierda de lo que tú crees.

 A pesar de su perfil no era adicto a nada salvo al terrible tabaco:

 .- Los tipos más optimistas del mundo son los drogadictos. Una vez aceptada esta realidad mucho les debe de gustar cuando aceptan ir a conocer otras realidades. No creo que huyan de aquí. En verdad esto les parece hermoso y quieren ver otras realidades. A mi me basta con esta realidad para saber que cualquier realidad es igual mierda, por muchos colorines y formas nuevas que esta tenga: más vale malo conocido.

 El rumor o la leyenda decía que había sido músico. Que había publicado dos discos uno de ellos glorioso y mítico. Que había vivido en la capital, con poco dinero, grabando y componiendo en un estudio pequeño. Nadie sabía cual habría sido su nombre artístico por lo tanto nadie lo pudo comprobar y si se le preguntaba la pregunta caía en la nada, en la ignorancia absoluta. Se decía que el éxito no le llegó en el presente sino que su mérito artístico fue reconocido después. Que abandonó después de batallas feroces con la discográfica, que le pedía singles y él les daba cada vez más experimentación y más sosiego, porque todo el mundo hablaba que su música había sido profunda y sosegada y triste, seguramente irónica. La leyenda era sólida, muchos la asumían como tal, incluso alguien hablaba de los discos, de las canciones, de la leyenda. De los conflictos, de que huyó de la capital porque aquello le resultó infecto: la música, el negocio.

.- La batalla es la honestidad. La batalla real es contra uno mismo. Mantenerse a salvo del disfraz y del autoengaño. Lo demás es porquería.

jueves, septiembre 13, 2012

El Gago

 Esas cosas no se sospechan: la genialidad es indescifrable. ¿Quién lo iba a imaginar? ¿Quién iba a intuirlo? Cuando nosotros teníamos trece o catorce años, él deambulaba por los alrededores del edificio casi sin pertenecer porque en realidad pertenecía del todo, el edificio era inseparable a él. Vivía en el séptimo, en casa de un tío que le había acogido sin esmero, por una obligación que no parecía querer asumir del todo, con rabia. Si su hermana, la madre del gago,  había muerto a destiempo y le había dejado en herencia a aquel muchacho asalvajado no era una desgracia que le despertara ternura, era una desgracia que le despertaba rabia. Su hermana parecía joder con su actitud de atolondramiento extremo hasta desde el más allá, y el Gago asumió la vida con su tío como un trámite más en ese infortunio lineal que había asumido que era la vida. La vida era eso: seguir donde fuera y él la recorría con caminar zumbado, como el de Pedro Navaja.

 Nosotros tratábamos con el Gago por muchos motivos, porque siempre andaba por ahí, porque era omnipresente en los alrededores del edificio y porque cada cierto tiempo sus deliradas mentiras nos hacían reír silenciosamente. Su falta de pudor ante la mentira era asomobrosa y sus narraciones, desestructuradas como su propia vida, hacían inverosímil y absolutamente increibles sus anécdotas disparatadas. Como fanático del fútbol sus mayores historietas sucedían con grandes de la historia del balón: charlas metafísicas con Maradona, entrenamiento a puerta cerrada con Romario, conversación sobre el mundial del 94 con Ronaldo, etc, etc. Si estábamos mucho con el Gago era porque el Gago era inevitable. Nadie se planteaba al Gago, el Gago estaba sin más. Vivir en aquel edificio y relacionarte en aquel entorno llevaba impreso relacionarte diariamente con el Gago: era una ley natural.

 Nadie quedó allí, en el edificio, y de la mayoría de la gente poco supe con los años. El Gago, por supuesto, quedo borrado. No hubo huella, no hubo vestigio, no hubo eco. El Gago se quedó instalado allí, en aquel pasado, en aquella Isla. Con los que mantuve contacto a veces sacábamos el nombre, ese nombre musical y contundente: El gago; y construíamos una vida cercana a la delincuencia y marginal. La imagen que proyectaba en nuestra prefiguración era un resultado casi matemático, resultado de aquel presente, de su personalidad y de su biografía conocida.. El Gago habría seguido con su andar zumbado, habitando en la mentira, en la fábula desmesurada. Seguramente su tío le expulsaría de su vida pronto, al alcanzar la mayoría de edad. Una vez solitario y responsable absoluto de su destino, aunque en realidad siempre lo fue, se buscaría artimañas rocambolescas para vivir, para mantenerse. Quizá en negocios fraudulentos de ropa al por mayor o de suministrador de material a buhoneros de la Avenida 20. En nuestra construcción hipotética, el Gago habría ido engordando paralelamente a Maradona, pero mientras el héroe Argentino se operaría para disminuir y volver permanente a la obesidad, el Gago cabalgaría descontrolado hacia la obesidad amorfa, lo que moldeaba a la perfección a nuestro excelso mentiroso habitando en un mundo fronterizo con la mafia. En nuestra proyección Gaguiana, todo rondaba la fechoría y la corrupción, pues al fin y al cabo Gago cumplía al dedillo con la característica del pillo y del corrupto: mentir hasta el delirio.

 ¿Quién lo iba a sospechar? ¿Quién entre nosotros, que nunca le miramos con esos ojos o nunca prestamos atención a su forma de mentira más que de un modo burlón? Nosotros que hablábamos de Kerouac o de Borges, de Bioy Casares o de Poe. Nosotros que jugueteábamos con curiosidad la ficción, sin saber que la primera gran mentira asumida es la ficción o esa otra  realidad, mucho más honesta, que es la ficción. El Gago hablaba de futbol o de la muchacha del 12-B, a quién decía haberle hecho el amor repitiendo con precisión y sin parar, todas las posturas del Kama Sutra, sin saber, claro, que era el Kama Sutra. ¿Quién iba a imaginar la vasta obra que se forjaba tras cada una de sus mentiras?

 No fui yo quién lo descubrió. Fue Altazor, siempre atento al talento y sensible a la literatura quién descubrió en una pequeña librería al Oeste de aquella ciudad quien encontró "Elogio de la mentira exagerada" de Gregorio Platón. Que confesó leerse en pocas horas, no por que el libro fuera escaso, que no lo era; sino por el poder narrativo, la contundencia filosófica y la originalísima historia que encontró en aquellas páginas de estructura absolutamente novedosa. Altazor escribió un mail a todos lo que habíamos vivido en el edificio en aquellos años:

 "He encontrado y he leido una de esas pocas obras que marcan puntos de ascensión en la autobiografía de cada uno como lector. Hay cuatro o cinco obras que marcan el perfil de nuestra vida de lectores. Obras que aparecen y se suman casi a nuestra propia biografía. Uno de esos libros que se cuelan no sólo intelectualmente, sino que abarcan, también, el campo de la experiencia vital. Hay libros que todo lo transforman, no sólo nuestra percepción, también nuestra vida. Elogio de la mentira exagerada es, desde ya, desde esta misma mañana, uno de esos libros que ya no salen. Un paradigma. Y luego de varias horas de investigación he descubierto algo que desde ya les obliga a todos ustedes no sólo a leer este, sino todas las obras de este excelso autor. Él, el hombre que ha aparecido para agitar y modificar definitivamente el rumbo de la literatura, no sólo nacional, no sólo en nuestra lengua, sino la literatura universal. El hombre que retoma y gana el pulso, ahora que tanto se debate sobre el futuro de la novela. Porque este hombre, nuestro hombre, no es tan solo Gregorio Platón. Nuestro Hombre es El Gago."

 Lo que encontramos a partir de ahí fue salvaje. El Gago vivió en el límite, porque la mentira es el límite. Vivir en la mentira es una terrible verdad. Mantener las mentiras es seguramente, uno de los trabajos más arduos, complejos y matemáticos del hombre. En cualquier caso supimos que habitó hasta el delirio en ese mundo de mentira y las versiones que nos llegaban de su vida no aclaraban la biografía. A veces leíamos entrevistas que no sabíamos si eran verdad, encontrábamos referencias a viajes quizá fomentadas por el propio Gago o por alguno de sus discípulos que si nombraron a si mismos Los Neomentirosos. había una vertiente que creía que El Gago salió del edificio y recorrió parte de Latinoamérica, que conoció y vivió en comunas de nuevos literatos, que perteneció a grupos underground de nueva prosa. había otra vertiente que decía que había sido taxista y que su inabarcable obra literaria se había forjado en conversaciones nocturnas con clientes extremos. Nada quedaba aclarado mientras devorábamos libros. Literatura tremenda, frenética, excesiva. Personajes raros, complejos, difíciles, sórdidos. El Gago o Gregorio Platón narraba con detalle un mundo complejo, lleno de casualidades difíciles. Nada se sostenía, todo parecía deambular, porque todo parecía flotar en una irrealidad contundente o esa realidad total que es la realidad de los que viven al margen, que al final somos todos. El padre de los neomentirosos había fundado un movimiento distinto, todo parecía mentira, pero se dudaba de su irrealidad. ¿Aquello sucedía o no sucedía? ¿Es posible que estuvieramos leyendo aquello o por el contrario todo era una contundentísima mentira? Quizá ni siquiera aquello estuviera escrito. Quizá ni siquiera estaba publicado. Cuando uno terminaba de leer al Gago no sólo dudaba del libro, de las frases; se dudaba hasta de uno mismo y se concluía, no sin drama, que quizá la verdad sería la primera gran mentira.


 Obras más representativas de Gregorio Platón, El Gago:

 Elogio de la mentira exagerada

 Verdad - Mentira = Mentira

 El silencio es el primer ruido

 La incertidumbre de lo cierto

 Realidad Fragmento o cómo engañar con la verdad.

 Maradona no jugaba al futbol

 Política

 Confesión

 Fluctuación







lunes, septiembre 10, 2012

Diálogo

 .- La vida empieza su decadencia cuando se acaban los ídolos. Cuando ves el error y la grandilocuencia en la épica. Cuando la imperfección gana la batalla a la perfección. Cuando el pero se adhiere a todos los análisis e incluso cuando ya todo es análisis. Hubo un tiempo en que no perfilaba cada instante, en que no afilaba las melodías. Hubo un tiempo de frescura en que las cosas corrían y llegaban plenas. No es temor, es el vicio de verbalizarlo todo. Cuando hay música, las notas vienen rápido con la deconstrucción. Ahora no escucho, analizo. Se interpone el pensamiento. En seguida hay palabras. En seguida hay frases, incluso comparaciones. En el pasado la música tenía momentos limpios. Todo sucedía directamente entre el movimiento sonoro y el vital. La música era una plenitud. Ahora hablo y todo viene masticado, o algo que parece masticado, resabiado. Como si en cierto modo se hubiera acabado la novedad. Soy decadente. Soy viejo. Eso siento en este constante pensamiento que se antepone a la novedad y sin embargo no lo puedo evitar.

.- Son los escudos. Te proteges. La vida es un ciclo raro en el que te vas alejando constantemente. Son batallas permanentes. Es una búsqueda retorcida de la identidad. Creo que la decadencia empieza cuando buscas tu autenticidad, tu verdadera identidad. Cuando la buscas, en el solo acto de buscarla, ya no hay honestidad. No puedes actuar:"voy a ser honesto buscando ser honesto, autentico" La autenticidad no se busca: está. Pero hay un momento en el que te descubres a ti desde tu punto de vista y de repente te sientes deshonesto:"ese no soy yo" y el juego es perverso, porque observándote ya hay un desdoblamiento que no te permite ser lo internamente objetivo para saber si eres honesto. Ya tú no eres ese, por lo tanto ya no le puedes juzgar como autentico o no. Sin embargo ya te has juzgado y comienzas a buscarte, buscas tu verdadera identidad: evidentemente jamás la alcanzas. Ahí empieza la decadencia.

.- Hay algo perverso en vivir, todo sucede un poco tarde. Piensa tu vida con dos días de antelación, con cinco minutos previos.

.- Por eso el retroceso, por eso los escudos. La decadencia es vivir sabiendo que siempre se llega tarde y nos ponemos a salvo.

Suena el timbre. Se acaba el recreo.

Nombre en la fiebre

  La fiebre te empuja al pasado, pero no te traslada allí, te hace ver la escenografía y los hologramas de algunos individuos que fueron inconclusos, que no habitaron con contundencia allí, en aquel tiempo lejano. La fiebre te trae un travelling lento por un escenario que ahora aparece vacío, evoca nombres que parecían borrados, caras que siguen siendo difusas. Esa gente del pasado que fue intrascendente y también tú para ellos, también ellos verán tu rostro una noche de fiebre y te nombrarán en ese suave delirio del cuerpo hirviendo y recordarán torpemente esta cara o esta cara en aquel pasado ambiguo y difuso. Hay una parte de nuestro pasado que no transcurrió del todo, pasó y ya, eso era todo lo que tenía que suceder, pasar de largo, pasar sin prisa. También ese pasado, no obstante, eres tú. También esos días borrosos, esas noches amontonadas como una. Esas sensaciones difusas en una calle que se recuerda llena de imprecisiones. Una calle por la que pasabas sin más, a media tarde, recién duchado, bien peinado o creyendo que ibas bien peinado, pasando sin más. Te encontrarías con esas caras que hoy, en mitad de la fiebre, han llegado incompletas, de un modo casi absurdo. Pasarías la tarde en un suave coqueteo, en un dejarse llevar sin saber que todo eso sería una imagen rara en mitad de una noche de fiebre muchos años después y que los nombres de esas tardes caerían como palabras inconexas entre sudores y escalofríos de una gripe molesta. A veces el pasado es un suave delirio febril,  o quizá eso fue todo lo que pasó antes de esto: un delirio leve, un poco inconexo. Sudores y escalofríos. Nombres en la fiebre.

lunes, septiembre 03, 2012

Texto

 Desperté creyendo que anoche había escrito un texto en el blog. No lo dudé, la información estaba adherida como piel a mi memoria. En esencia, la sinopsis y algunas sensaciones de ese texto, transitaban como ya escritos por los recovecos inaccesibles de mi cabeza. Había una sensación general a ese texto ya trasladado a escritura. A grandes rasgos el texto narraba un sueño que debía haber tenido hace una o dos noches, un sueño en el que Madrid y posiblemente más ciudades del país quedaban sumidas en una forma peculiar de agonía: todos los servicios básicos colapsaban: luz, agua, etc, etc. Las noche en Madrid se volvía tremenda y el ambiente rozaba lo que uno imagina que sería la ciudad amenazada por una guerra. El caos y el pánico colectivo eran el pulso permanente de las calles, de los habitantes. Desaparecían paulatinamente, y con cierta velocidad, las normas, las reglas, las leyes y se imponía el sálvese quien pueda. El sueño y su posterior transcripción en texto estaban muy inundados de temores con respecto a mantener a salvo a mis hijas y volvía a comprobar algo desde que ellas nacieron: mis sueños espesos o pesadillas ahora se proyectan en ellas. Mis temores básicos han saltado de mi a ellas. No es un mal sueño ya para mi los peligros en mi vida, ahora el temor es por sus vidas. Algo biológico, algo ancestral hay en ese salto en el temor de los sueños. Mis pesadillas son más pesadillas cuando la amenaza cae sobre ellas.

 Desperté ajeno a todo eso, porque en mi memoria, ese sueño y esa transcripción de sueño a texto había sucedido ya, quizá ayer, quizá antes de ayer. No calculé porque actué con la normalidad del que ha vivido ya algo y no lo examina. En mi memoria habitaba el recuerdo de ese sueño y de ese texto como habitan recuerdos de antes de ayer, la cena del viernes o el paseo entre piedras y sol del domingo. estuve trabajando, sumido con bastante concentración en mi tarea. A media mañana revisé mi correo, paseé por la red y pensé en escribir un texto. Fue ahí cuando me pregunté: ¿Cómo había titulado ese texto? En esa pregunta cayeron otras preguntas. Recordaba haberlo escrito pero se iba borrando todo, su sinopsis, su esencia, sus sensaciones. Corrí a buscarlo y vi que no había nada. Recordé que sueño y la escritura del sueño fueron sueño y entonces escribí este texto que ya no sé si es texto o parte de ese sueño inabarcable.

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