miércoles, agosto 29, 2012

La piel del tigre

  Flix ya no esperaba el momento, ese momento único, iluminado y preciso que esperan los mediocres y los creyentes. Flix no miraba a los lados o hacia atrás con la mirada incendiada del que se cree elegido, quizá porque Flix sabía que a los elegidos o a determinado tipo de elegidos, lo que les queda es la memoria de los hombres, la borroso y alterable memoria de los hombres. Flix había decidido habitar sin grandes aspavientos, respondiendo con nobleza y honestidad a la vida. Esperando la caída de la tarde con el sosiego del que sabe que puede estar presenciando, irrevocablemente, la última caída de la tarde de su vida. No era hombre de turismos convencionales, si conocía ciudades era casi porque las ciudades le llamaban y las terminaba recorriendo como si en cierta manera su vida hubiera sucedido ahí, de un modo paralelo. A su manera Flix habitaba en todas las ciudades que conocía a la vez, quizá porque Flix vivía, como pocos hombres hacen, en el presente continuo. Así que el México DF tampoco le resultaba ajena, la ciudad tenía ciertos parecidos con la ciudad donde nació o la ciudad donde estudió brillantemente Ingeniería Química. Había calles que había recorrido en ficción o en viajes previos y el DF también contenía anécdotas de su vida, porque anécdotas vitales son también las imaginadas, las leídas o las reales. Esta vez estaba en la ciudad acompañado, así que cedió al turismo de monumentos y de guías sin molestias e incluso disfruto los paseos. Los aztecas tenían una atracción casi hipnótica en Flix, por un efecto casi onírico. Para Flix los aztecas resonaban como una vida posible o que no le resultaba tan distante, tan lejana. Veía cierta traslación azteca en algunos símbolos de su vida, semejanzas casi yuxtapuestas, proyecciones de una forma de vida sobre su forma de vida. Flix creía que la evolución no era más que un cambio en los símbolos o en la identidad imaginaria de la realidad, pero no creía en una línea avanzando hacia adelante, el presente era único, permanente: también vivimos en el año mil cuatrocientos veintiocho.

 Comió con sus acompañantes en General Prim con Versalles. Al terminar de comer alguien propuso caminar hasta el Zócalo. Flix no contestó, pero pensó que un paseo vendría bien. No atendió a la conversación colectiva del camino. Atendió a las calles: a flix el DF le resultaba insultantemente familiar, también esa sucursal de las funerarias J. Garcia Lopez. Sonrió y  a su manera recordó un funeral acontecido ahí dentro, pomposo y pretencioso, porque hasta en la muerte se puede ser imbécil. Imaginó ese saludo serio de los funerales e incluso imaginó el ataud de madera y el vestido excesivo de la muerta, porque lo que Flix imaginaba recordar era una muerta, una muerta rubia, una muerta que en algún momento debió de ser su amante. Mientras el colectivo chismorreaba sobre algún alto cargo o sobre las peripecias de algún empleado buscando ascender con mediocridades. Conversaciones que a Flix siempre le aburrieron, además El Tigre, todos los asuntos laborales de El tigre ya quedaban atrás: lo que pasó en El Tigre se queda en El Tigre, pensaba FLix con sarcasmo. Para él había sido una epopeya salir de aquel pueblo imposible, ahora que lo había logrado y que trabajaba en otro país, recordar los recovecos y suciedades de las oficinas en El Tigre le aburrían o le parecían comentarios de otra vida, quizá aquella rubia imaginada en la funeraria de Prim con Versalles era, en cierta forma, la metáfora de su vida en El Tigre, eso pensó cuando, sin darse cuenta, habían alcanzado el Zócalo. Hubo fotos de esas que nunca se ven, el colectivo sonriendo a otro turista que amable se ofrece a inmortalizar la visita. En la foto no se detecta en Flix la abstracción en la que andaba sumido, pero Flix ya había notado que algo gobernaba el ambiente en el centro del DF, un algo pesado. Caminaron sosegadamente hasta la visita al templo mayor. Flix estuvo a punto de anunciar que les esperaba a todos fuera, quizá tomando algo en un café, leyendo las últimas páginas de un manuscrito extraño, delirado, sobre un movimiento artístico inexistente, pero prefirió sacrificarse y acompañar a los antiguos compañeros.

 Flix ya no esperaba grandes imágenes, anunciaciones. Flix, ese tipo asiduo al presente, se encontró de repente en el centro azteca del universo. Allí estaba deambulando por el templo mayor, entre guardias aburridos, vigilando la nada, porque nada harían si todo aquello se viera amenazado. Flix paseó como pasea por monumentos y reliquias el que ya las ha visto anteriormente, el que ya las conoce: Observando lo que ya se prefiere observar. Flix, el hombre presente, el hombre sin aspavientos, entonces, se detiene en seco. Él, que no espera nada, de repente sabe, por una vez en su vida, que ha llegado un momento, un momento preciso, un momento elaborado con su biografía, con su memoria, con sus años: un tigre tremendo, fiero, que pasea sosegado y amenazante por las ruinas del templo Hécatl. Cuando lo descubre, percibe también el pánico que ha congelado los músculos de todos los visitantes y de todos los vigilantes, nadie reacciona ante la presencia del felino, porque nadie contaba con un felino por allí. Flix, analítico y racional, culto y lector de mitología, sabe sin atisbo de duda lo que ya le toca a hacer, la llamada la ha recibido de ese maraña inescrutable de la causalidad, si por algo el tiempo, ese presente inamovible en el que habitamos, le ha empujado hasta ahí es porque de una vez por todas y para siempre debe deshacerse del Tigre, ese pueblo en el que vivió, se representa ahora en forma de felino cruel en mitad de las ruinas aztecas. A su lado, uno de sus viejos compañeros, otro ingeniero químico, azotado por la congelación muscular de los nervios le mira y le pregunta:

.- ¿Qué hacemos Flix? ¿Qué hacemos aquí, ahora?

 Flix aguanta unos segundos, mira a los lados, el templo se ha detenido, se podría asegurar que durante segundos el universo ha detenido su marcha.

.- Ya sé a que vine. Yo sé que hago aquí- contesta sin apartar la mirada del felino amenzante, terrible.

.- ¿Qué dices, Flix? ¿Qué hace, que piensa?

.- Vine a quemar la piel del tigre. Aquí, ahora. En el templo Mayor.

Lo demás, lo que vino, fue presente.


martes, agosto 28, 2012

Artistas terribles (I)

  Retirado desde los cincuenta años, pasó los últimos años encerrado en una casa que se perdía en una de las esquinas más frondosas de la sierra. Rodeado de pinos robustos, la casa miraba a la cara norte de una de las montañas más altas, en invierno, muchos días, se quedaba aislado, sin posibilidad de comunicación. Eso era lo que había buscado y eso le fue acentuando esa lejanía social. Se convirtió en un huraño absoluto, en un huraño de libro. Su idea inicial consistía en concluir todos los proyectos ideados a lo largo de los años. No concluyó ninguno, porque según avanzaba su retiro fue sintiendo rechazo a cualquier forma de expresión anterior a su retiro. Escribió, se sabe que escribió. Se sabe que narró historias desconcertantes y complejas, historias llenas de recovecos, de estructuras laberínticas, con personajes terribles y temibles, con un lenguaje incierto, anormal, rozando la escritura ininteligible, algunas frases parecen juegos, cadáveres exquisitos sin más sentido que lo surreal. Se supon, también, que pintó. Su pintura es la pintura de lo feo, pero una fealdad provocada, el final último donde jamás se encontraría la belelza. No era el horror o el terror o el miedo, era la fealdad como negación de cualquier vestigio de placer. Su arte, en general, negaba al ser humano, porque había concluido, y eso estaba escrito en alguno de sus cuadernos, que el ser humano era despreciable de principio a fin, hasta en sus bondades era despreciable. Para él el ser humano era no sólo prescindible, sino necesariamente había que erradicarlo. Había que fulminarlo, fumigarlo. Por eso, seguramente, empezó por él. Fue encontrado en una de las habitaciones de aquella casa de campo, en el arranque de una primavera que anunciaba pocas lluvias. La casa olía a serrín y a incienso. Había algo de catedral en el ambiente. El cuerpo no presentaba un aspecto desgradable. Quizá en su suicidio encontró, por fin, el sosiego. No había nota o despedida. Pero la lectura de sus manuscritos nos tuvo meses, años, sumidos en su mundo. Un mundo hostil y tosco.

viernes, agosto 24, 2012

La mística del embalse

 Él recordaba, y yo nunca resté un ápice de idealización del pasado a su recuerdo, un embalse en el que había estado acampado de niño con sus padres. Un embalse en un entorno paradisiaco, decía; y yo era incapaz de imaginar un embalse paradisiaco porque los embalses, en principio, tienen mucho de terror o del inicio del infierno. Los embalses retienen aguas, aguas turbias. Hay una presa sosteniendo el ciclo natural de las cosas, su artificialidad inundando una zona que no debería de estar inundada, que por principio no debería haber quedado sumergida. Es la metáfora perfecta de todo lo que será residuo, es el futuro del horror, porque será agua consumida y agua residual, agua que correrá por grifos para terminar agonizando en alcantarillas. Pero él había estado por allí de pequeño y recordaba noches de verano con sus padres, noches con familias de otros lugares que también habían llegado allí con sus preparadísimas tiendas de campaña y de ciudades lejanas y hablaban de la vida familiarmente y el tiempo corría raro, como debe de correr el tiempo de los insectos o de las plantas o del agua del embalse. Y pasaban varias noches ahí, haciendo una vida distinta, correteando cerca del embalse y nadando en él, resaltando las ventajas que tenía el agua del gigantesco embalse con respecto al mar, allí, tan lejos, tan repleto de turistas, tan semejante todo. En el embalse eran pocos, poquísimos, porque pocos eran los que habían descubierto ese paraje de pinos y encinas y de agua dulce, donde se acampaba y el verano se volvía otra estación, como si fuera una no estación, como si la vida en el embalse tuviera que ver con una forma artificial de paraíso inalcanzable.

 En el trayecto ya fue saboreando el pasado. Esas imágenes reales del presente que se van enfrentando en atroz batalla a las imágenes de la memoria del niño de seis años que un verano pasó por allí. Iba desmenuzando el encuentro, haciendo una comparativa imposible entre lo que fue, lo que vio, lo que recordó y lo que íbamos viendo. Las carreteras distintas, más anchas, menos bruscas. Poblaciones que ya no nos encontrábamos de camino por que las nuevas vías habían evitado, sobre todo, atravesar poblaciones que se estaban, debido a ello, quedando solas y abandonadas en mitad de la meseta. Luego el camino estrecho que ya casi bordeaba el pantano. El encuentro con ciertas imágenes y las leves diferencias: "lo recordaba más frondoso", luego la vía de arena que ya no estaba, que había quedado enterrada bajo una capa de asfalto que también estaba empezando a envejecer. Desvios que confundían y bifurcaban las opciones de encontrar el punto preciso de la orilla del embalse donde pasó aquel verano lejano, las dudas, el empeño en encontrarlo, la hora que avanza y la noche que cae sobre el embalse.

 .- No sé, igual deberíamos acampar aquí y mañana seguimos buscando el punto preciso. Aquí hay árboles y se ve la orilla. Nos podremos bañar a primera hora y la noche será parecida. Tampoco creo que estemos lejos- argumenté temerosa, sabiendo que jugaba con un recuerdo incrustado en la fantasía.

.- Sí, pero es que no era exáctamente así. Era algo distinto. No soy capaz de reconocerlo del todo.

 Pero acampamos ahí porque en la oscuridad ya la búsqueda era imposible y la noche bajo encinas es la noche bajo encinas.

 No durmió bien. Pasó mala noche, como si temiera una realidad atroz, como si de repentele aterrorizara encontrarse con un presente que haría irrecuperable aquel recuerdo impoluto y brillante. Sonaban chicharras, sonaba la noche y en cierta manera a mi me pareció hermoso. Soñé con una luna o un satélite quizá algo más azulado, quizá más grande. Desperté pronto y caminé hasta el embalse. La orilla estaba llena de bolsas plásticas y de latas de cerveza y fanta naranja y limón vacías. La imagen del embalse más que desoladora era obscena. Insulté a media voz y a solas al ser humano, a todas las razas, a todos los hombres y mujeres del planeta. Él recogía con nervio la tienda de campaña, como si quisiera, antes que nada, antes del fin del mundo, encontrar su esquina precisa del embalse, tuve ganas de avisarle de lo que vería :"tu embalse es un embalse de mierda, está lleno de residuos, de latas, de plásticos. Parece el apocalipsis" pero no lo dije, quizá debí decirselo, pero no lo hice. Él preparaba todo para un encuentro místico, no quería asomarse al embalse hasta no estar en su esquina mitológica. Subimos al coche y avanzamos por un camino terrible, lleno de piedras y agujeros.  Avanzamos guiados por un destino inexistente, el se dejaba llevar por su intuición:"lo voy a encontrar" y lo encontró. Encontró unos árboles que dijo que eran aquellos árboles y en los que yo no noté diferencia ninguna con los arboles del punto donde habíamos pasado la noche. Se bajó del coche. Señalo zonas del terreno:"aquí ponía la tienda mi padre y aquí mi hermano colgó una canasta en la que jugamos un campeonato" y entusiasmado, como si el niño de seis años hubiera vuelto, se puso el bañados y salió disparado hacia el embalse y le vi casi correr entre las encinas, le vi avanzar con emoción y me quedé sentada. No se abrió el cielo, no vino un grito desgarrador en forma de eco desde la orilla del embalse, pero sé que hundió la cabeza y seguramente, durante varios segundos, quizá un minuto, no quiso salir a coger aire.

domingo, agosto 19, 2012

Helter Skelter

 Trabajaba cobrando la entrada en una atracción peculiar en una feria desganada que montaron a finales de verano en el extremo occidental del paseo marítimo. La feria era desconcertante porque por esa zona alejada del paseo pasaba muy poca gente y la playa estaba casi siempre vacía y la feria resultaba evidente que era poco rentable. Contaba con unos coches de choque, una pequeña noria para niños, una especia de martillo donde la gente, aunque posiblemente nunca se subió nadie, se sentaba a ser balanceada absurdamente y una especie de vertiginoso tobogán que en Inglaterra llamaban Helter Skelter, o que Emma me dijo que llamaban Helter Skelter, y que inspiró una de las canciones más frenéticas de los Beatles: él trabajaba ahí, en la Helter Skelter, cobrando y encargándose del mantenimiento que jamás debió hacer o que yo sospecho. ahora, hoy, que jamás debió de hacer. En general en la pequeña feria no había nadie y menos aún en la Helter Skelter, pero cuando lo hice descendí con nerviosismo mientras creí entender la nerviosa canción de los Beatles. Descender la Helter Skelter fue comprender de golpe Helter Skelter de los Beatles. Eso pensé al llegar abajo; y se me había subido sola a la Helter Skelter era porque el día anterior me había enterado del nombre de la atracción y de la existencia de la canción de los Beatles y me había pasado toda la madrugada escuchándola con audífonos, mirando desde el apartamento de verano que habían alquilado mis padres, la playa vacía de madrugada, algún punto luminoso en la lejanía marina, barcos vertiginosos en la nada acuática; y mientras la escuchaba me imaginaba descendiendo sola por ese tobogán desconcertante y raro. Por eso cuando amaneció decidí que aquella noche iría a la feria a bajar por la Helter Skelter. La historia me la contó Emma mientras paseábamos por el paseo marítimo y caímos en cuenta que nos quedaba casi la mitad de las vacaciones por delante y al llegar allí, al extremo vacío del paseo, Emma miró la feria y sonrió confesando que le resultaba absurda esa feria ahí y fue cuando me contó que su padre, fanático de los Beatles, se había subido a ese tobogán surreal un par de días antes en homenaje a su grupo favorito. Entonces conocí el nombre de la atracción y la canción.

 Cuando descendí por la Helter Skelter grité y mi grito me pareció semejante al arranque de la canción. Ese riff desquiciado de guitarra, esa vértigo, esa voz enterrada bajo la distorsión. Llegué abajo bastante más rápido de lo que sospechaba y caminé hasta el suelo como si todo hubiera sido irreal, como si la Helter Skelter fuera parte de algo que jamás había sucedido. Me acerqué hasta la taquilla con la intención de comprar otro ticket para otro descenso o quizá sacarme un bono de cinco descensos que salía considerablemente más barato. Él estaba detrás, contando monedas con desgana, como si el dinero fuera una parte molesta de su trabajo. Levantó la vista y con una sonrisa distante me preguntó que si me había gustado el descenso, le contesté que no sabría contestarle porque había sido muy rápido y porque inevitablemente pensaba más en la canción de los Beatles que en el propio descenso. Él sonrió de nuevo, como si escuchar eso fuera parte de su trabajo y me aclaró que en realidad había cierta confusión con el termino y que creía que los hispanohablantes habían formado algo parecido a una fábula o una leyenda con respecto al Helter Skelter y como el mismo Charles Manson también había aportado confusión al termino. También me confesó cierta indignación con el hecho de que todo el mundo relacionara la atracción con los Beatles y esa forma certera de hablar me produjo algo de vergüenza, de repente me sentí vulgar o arquetípica y de un plumazo se me quitaron las ganas de volver a descender el peculiar tobogán. Me quedé unos segundos en silencio y él siguió contando monedas, con monotonía y me di cuenta que no había muchas y que seguramente esa atracción y la feria al completo eran un negocio fracasado que no sobreviviría a ese verano. Me volvió a mirar y me dijo que me invitaba al siguiente descenso y le contesté que de ninguna de las maneras aceptaría no pagar:

.- Ya nadie espera volverse rico con la Helter Skelter, ni siquiera el osado de su dueño que ya ni se debe acordar que el cacharro anda dando vueltas por ferias del litoral de todo el país. Sube y desciende y si te apetece pongo la canción de los Beatles a todo volumen para que las escuchas mientras bajas y contribuimos todos a la confusión y al engaño- y entonces soltó una carcajada suave.

 Y de repente el riff de guitarra reventó en toda la feria y se prolongó por el paseo marítimo, quizá hasta la zona donde había más bullicio y más helados y más ruido. Y mientras subía por las escaleras y las luces de la atracción se iluminaban y ejecutaban una animación que parecía venir de otra época, me di cuenta que en realidad esa canción de los Beatles no parecía de los Beatles, aunque yo no conocía muy bien a los Beatles; pero me parecía que la canción era de otros, de un grupo lejano que nadie, jamás, había conocido.  Me lancé con los ojos cerrados y llegué abajo y me sentí contenta y pensaba que era desconcertante sentirse contenta por haberse lanzado por un largo tobogán, pero me sentía muy contenta, en un estado de laxa diversión. Él esperaba abajo, como si fuera un controlador aéreo dirigiendo aviones desde su torre. Le agradecí con cierta euforia la experiencia de descender por la Helter Skelter escuchando Helter Skelter y le propuse invitarle a un refresco o a un helado a cambio y aceptó, pero me dijo que la feria no se cerraba hasta pasada la medianoche y que luego tenía que recoger y que quizá a mi me aburriría esperarle. No supe que contestar. Pensé en comprarme muchos tickets y esperar lanzándome una y otra vez en esa feria vacía, pero me pareció disparatado. Y finalmente lo que pasó es que me quedé con él allí, cada uno a un lado de la ventanilla de la taquilla. Él me contaba el itinerario que había seguido ese verano con la feria, el poco éxito que habían tenido en cada uno de los pueblos que habían estado, me contó como se había lanzado el padre de Emma y la relación que tenía con los empleados de las otras atracciones. Yo le dije que desconocía donde ponían la feria en otros pueblos, pero que en este lo habían puesto en la peor zona del paseo y que nadie llegaba nunca hasta allí, que esa era la peor zona de playa y que las casas quedaban lejos y él me dijo que ese era el lugar donde había dado permiso el ayuntamiento y que a las autoridades cada vez les interesaban menos esas ferias ambulantes y que con toda probabilidad terminarían desapareciendo. La confesión me resultó descorazonadora y me hundió en una forma que desconocía de nostalgia, y le pregunté que haría cuando todo se fuera al traste. Me miró y me dijo que él no temía los finales, que lo que temía era la agonía y que en realidad ya estaban sumidos en la agonía y que no estaba resultando tan terrible. Cuando me di cuenta era la noche absoluta, la noche de verano sobre el pueblo, sobre el paseo, sobre la feria. Las luces de las atracciones se iluminaban intermitentemente y su cadencia era melancólica, como si esas luces fueran conscientes de estar anunciando una forma de final, el final de esa forma de vida. Como si supieran de la inutilidad de estar parpadeando a la nada, a esa zona silenciosa y vacía del paseo marítimo y a esas personas que no pasaban. Entonces vimos dos parejas subirse en los coches de choque, sonó música y ruido y un locutor anunciando el arranque y las normas de seguridad, se chocaron sin fuerza algunas veces y se quedaron unos segundos quietos cuando se paró la máquina. Los cuatro en sus coches de choque, bajo el silencio de la atracción. Se pusieron en píe y se fueron por el paseo marítimo adelante. entonces él me miró y me dijo que ya era la hora de cerrar y todo sucedió mucho más rápido de lo que yo creía: cerrar las atracciones era un asunto sumamente veloz. Todo quedo a oscuras y quieto, como si jamás fuera a funcionar.

 Caminamos un buen rato por el paseo marítimo que a esa hora ya estaba prácticamente vacío. Me cogió la mano, algunos pasos después me pasó el brazo por el hombro, media hora después hicimos el amor en la arena de la playa, con ánimo y con cierto frenesí, como si en cierta manera recreáramos Helter Skelter. Luego volvimos a caminar por el paseo, el pueblo parecía, de repente, deshabitado, el reflejo de lo que sería en noviembre o en febrero, cuando no quedáramos ninguno de los veraneantes, cuando todo se sucediera en la realidad autentica de este pueblo. Me abrazó para despedirse y supe que aquello era, posiblemente, la mayor despedida a la que me había enfrentado en mi vida. Al día siguiente cuando me acerqué hasta el final del paseo Marítimo no quedaban restos de la feria. Los imaginé viajando por carretera, en dirección de otro pueblo donde también sería ignorada la feria.

sábado, agosto 18, 2012

Noche en el Ángel

 Soñó con un tipo dando vueltas a una rueda. El tipo sufría una tortura o una condena y estaba exhausto, al borde de la más absoluta de las fatigas. La rueda era pesada y chirriaba con espesura, como si marcara el ritmo agónico de ese que la movía. El sueño, para mayor dramatismo, sucedía en una especie de blanco y negro. Despertó y en movimiento velocísimo del pensamiento llegó a la conclusión de que el condenado era todos los seres humanos; el terrible dictador de su condena: el dios oscuro y terrible, escondido y vil que no existe y al que todos venerabann. Sudando y mirando alrededor con frenesí, como sólo mira el que alcanza una verdad contundente, se puso en píe y salió corriendo. En la calle no había nadie, en las esquinas cercanas del barrio ni un sólo ser humano, todos parecían dormidos en el mundo en ese instante. Corrió hasta la avenida vertical, vio pasar algunos taxis nocturnos, vacíos, sus conductores mirando a través de sus cristales como sólo miran algunos tipos de taxistas. Creyó escuchar de repente Manic Depression de Hendrix, a lo lejos. Miró a un lado levantó la mano, detuvo el taxi que venía pasando, en ese momento, a su lado: de ahí venía la música. Abrió la puerta y saludó con frialdad, la música reventaba en el interior del coche. "Lléveme al Ángel". El conductor aceleró mientras la guitarra se multiplicaba como un organismo vivo, la guitarra parecía estar siendo tocada en el interior del coche. El Taxista le miró varias veces por el retrovisor, el contestó con una mirada de desprecio, en cierta manera veía al taxista como un freno, como un trámite. Al terminar Manic Depression empezó a sonar Torture me Honey, fue cuando el taxista dijo "Sigue resultando fascinante el sonido de guitarra que sacaba este pendejo depresivo. Esa guitarra habla. Esa guitarra está hablando desde el destierro emocional en el que habitaba ese pinche negro".  Cuando llegaron al Ángel el taxista frenó y le cobró con desconfianza. Pagó. Vio al taxista perderse avenida arriba. Cruzó con nerviosismo al centro de la plaza. Abordó al Ángel de frente, como el que asume la batalla, el combate. Ascendió el primer tramo por la estatua que representa la paz. Miró, como el que mira un planeta lejano hacia abajo, esperando encontrarse ya con un policía, pero no vio a nadie. Desde allí comenzó, torpe y brusco la ascensión hasta Morelos. En Morelos se quedó quieto como si ahí fuera a suceder algo, algo terrible e inevitable, pero la noche sobre México seguía intacta, la ciudad a esa hora parecía el infierno, un infierno donde uno sabe que se está sucediendo el horror y sin embargo todo mantiene la apariencia del silencio y la oscuridad y las avenidas engañosas, un infierno cínico y falso, que juega al sosiego. Como buenamente pudo alcanzó la parte de Miguel Hidalgo y miró hacía arriba sabiendo que desde allí el siguiente tramo rondaría la leyenda. Maquinó la ascensión casi celestial de treinta y seis metros. Empezó a trepar como un mono cuando abajo una patrulla llegó con violencia a píe del monumento:"Bajé de allí, desgraciado" dijo un policía que retenía toda su gordura en una barriga prodigiosa y en un cuerpo finito que le daban un aspecto divertido: "No bajo" gritó sabiendo que ya estaba en problemas. Su misión definitiva de tumbar el Ángel corría cerca del fracaso. Desde esa posición miró de nuevo la noche, el cruce de avenidas, las calles. Recordó el sueño y la iluminación del sueño, también el blanco y negro terrible que decoloreaba todo el sueño. En cierta manera, ahora, él se veía a si mismo como el tipo del sueño, dando vueltas a una rueda terrible y pesada, abajo el policía sonreía degustando previamente el banquete de palos que estaba por venir: "aguante que ya vienen a rescatarlo, princesa" dijo el policía barrigón sonriendo.

jueves, agosto 09, 2012

Kurjo y Brigitte

 Me llamó como si en su interior estuviera ardiendo la llama que arde permanentemente en el centro del infierno. Había un frenesí desmesurado en su voz, hablaba con nitidez, esa nitidez terrible del que sufre una alucinación de la que no se vuelve:

.- Anoche, en pedo, me había bebido una botella de Charanda. Lo vi. Lo vi todo, flaco. Lo vi entero. Como si me lo estuviera dictando una voz cósmica. Lo vi de principio a fin.

.- Pero ¿Qué viste?

 Yo había dormido poco y su voz me resultaba molesta, pero hay un pacto ineludible con determinadas personas. Mi relación con Kurjo estaba basada en las carencias. No éramos amigos, pero nos resultábamos necesarios. A Kurjo no lo quería, seguramente le detestaba y me resultaba difícil encontrar algo que apreciara en vivir cerca de él, pero mi vida sin estar cerca de Kurjo no tenía sentido. No contesté con antipatía, jamás fui antipático con Kurjo, ni siquiera con la resaca que se amontonaba en mi sien y en la boca de mi estómago, ni siquiera en ese golpe violento que fue despertarme por su llamada telefónica la mañana después de haberme tirado a su novia, a la madre de su hijo. Y le escuché, le escuché aguantando las ganas de vomitar las cervezas y los chupitos de ron que me había bebido con Brigitte, su novia durante la madrugada más triste de mi vida

.- El libro abrirá con una cita de Malcolm Lowry. En la primera página empezaré con delicadeza hablando de un paisaje agridulce, casi al final de la primera página, justo antes, de que haya pasar a la siguiente describiré brevemente, pero con contudencia una explosión. A partir de ahí habrá muchas páginas en blanco. Quiero sumir al lector en un vacío sideral. El lector debe sentir el fin del mundo, quizá del universo. Va pasando páginas. Nada. En la imprenta se volverán locos porque sólo cada muchas páginas en blanco, introduciré frases sueltas. En ese fin de mundo, aún reverberan pensamientos, ecos del cosmos agonizando a velocidad de trueno. El lector se enfadará por segundos. Una página, otra página. Nada. Tratará de descifrar cada cuantas páginas si podrá encontrar una frase, algo que leer. No habrá regla en ese vacío. Porque no habrá regla en la explosión universal, cuando toda esta mierda desvanezca. Mi libro no será una metafora del fin del mundo, sino que hará sentir, aunque sea una decima de segundo, al lector, que algo ha pasado. Cientos de páginas en blanco, sólo algunas contendrán unas frases precisas. Al final, irá apareciendo, lentamente, cada vez con más frecuencia, de nuevo, la literatura. Los ciclos, después del fin del mundo, el mundo vuelve a su big bang. La explosión del fin del mundo, es a su vez, el big bang que lo vuelve a crear. Así será mi libro, al final de la explosión, al final de cientos de páginas en blanco, volverá el argumento. No es exactamente el eterno retorno. Es el ciclo, el loop, pero algo se pierde a cada vuelta. ¿No crees que ya hemos estado aquí, pero menos desgastados? Te recuerdo hace milenios, eras más hermoso.


 Nunca me separé del teléfono, pero si vomité mientras le escuchaba. También pensé en Brigitte, en la hija de Kurjo y Brigitte. Les vi a ellos,a los tres. Los imaginé en esos ciclos anteriores que describía en su delirio Kurjo. Imaginé a Kurjo contándome lo mismo, siete mil millones de años antes.

.- Es interesante, Kurjo. Es interesante y delirado, pero es interesante. Creo que es un proyecto hermoso y creo que deberías ejecutarlo.

 Kurjo quería ser escritor. A los catorce años me enseñaba sus poemas. Unos poemas terribles y tristes, unos poemas que hablaban de tipos que escapaban de paises que colgaban en el cosmos, deterrados galácticos. Tipos con dos cabezas  o cuerpos disparatados, pero terriblemente sensibles y débiles. Maltratados por deidades crueles de mundos desamparados. A los dieciseis años escribió una novela corta sobre un detective homosexual que se enamoraba del asesino en serie que llevaba una vida persiguiendo, al final los dos morían fornicando en una carcel triste en mitad del desierto y el detective mataba al asesino por dolor, por despecho, pero por dolor y venganza. A los veinte años no midió con los ácidos y escribía cosas absurdas, se creyó un genio, confundió la alucinación de los ácidos con la genialidad y no midió las consecuencias.  A los veintidós conoció a Brigitte, Brigitte era deportista. Había ido a unas olimpiadas y consiguió un diploma olímpico en salto de trampolín. Kurjo se desenganchó de las drogas, que a esa altura abarcaban muchos tipos: LSD, cocaína, heroína esnifada. Para Kurjo había algo metáforico y hermoso en que Brigitte saltara de trampolines, porque para él escribir era una experiencia parecida, un salto en trampolín, una prueba olimpica, un salto al agua, un vértigo y la precisión de ese vértigo, controlar la gravedad para hacer una filigrana en la caida, eso era escribir para Kurjo, por eso iba a los entrenamientos de Brigitte, porque creía inspirarse: verla saltar era una inspiración para Kurjo.

 Kurjo se enganchó a Brigitte comos e había enganchado a las drogas. La necesitaba para vivir y se fueron del país. A los dos meses me llamó: "Flaco, te necesito cerca. Vente. Vive con nosotros". Yo no hacía nada. Dejé de estudiar periodismo en segundo año. Tocaba la batería en un grupo con ínfulas de estrellas, pero eéamos basicamente malos. Vivir fuera me pareció agradable, además detestaba la ciudad, detestaba el país, seguramente lo que más detestaba era a mi mismo, pero largarme me pareció una opción. Cuando llegué a Roma, Kurjo y Brigitte me recogieron en el aeropuerto, en el trayecto a su casa me contaron que esperaban un hijo y que a Brigitte le había tocado un dinero en la lotería, era poco, pero suficiente para vivir sin trabajar los tres el siguiente año. Kurjo y yo pasábamos las horas paseando por Roma. Kurjo buscaba que escribir, yo buscaba nada. Creo que Kurjo me rellenaba mi nada. Kurjo ha sido eso, lo opuesto a mi soledad, una soledad pesada, aburrida, cansada. Bebíamos café y por la noche nos emborrachábamos en el salón viendo películas italianas. Brigitte perdió el niño. Aquello supuso un cambio. Para Kurjo, en cierta manera, fue un alivio, para Brigitte fue un drama. Abracé a Brigitte en el hospital, cuando le hicieron el legrado, Kurjo se había ido a casa a buscar ropa, cosas; realmente no sé porque no estaba Kurjo en ese momento, pero no estaba y yo abracé a brigitte para consolarla, pero para consolarme. Ese fue el instante exacto en el que me enamoré de Brigitte y en ese instante preciso descubrí que mi vida era un río afluente. Nos fuimos de Roma pocas semanas después. Volvimos a la ciudad. Nos alquilamos un local. Kurjo, entonces, escribió otro libro. Un libro sobre unos músicos que tratan de hacer música material. Kurjo se empañaba en merodear la ciencia ficción y todo se volvía delirado y absurdo y atroz y repugnante y amateur. Kurjo era amateur en todo: escribiendo, como novio, como amigo, como ser humano, pero en la ciencia ficción era del inframundo, era terrible. Una noche, después de leer el manuscrito bebimos mucho y se lo confesé. Kurjo se puso a llorar: "Sólo quiero ser escritor. Un buen escritor. Con estilo propio, con cadencia, con cierta magia. ¿Qué hago, Flaco? ¿Qué hago?". Le miré y al rato le contesté:"Sigue, Kurjo. Sigue en ello" Le mentí. Kurjo jamás escribiría nada.  Kurjo hubiera sido un buen camionero, un buen barman, seguramente un buen personaje para una novela, pero Kurjo no era escritor.

 Brigitte dejó el deporte. Culpó al ejercicio del aborto. Encontró trabajo en una empresa de turismo. Nunca supe que hacía exactamente allí. A veces Kurjo y yo la íbamos a buscar por las tardes y caminábamos medio callados. Nunca, jamás, hablábamos de Roma. Volvíamos a la casa. Nos sentábamos en el sofá y veíamos películas. Con el tiempo y sin darnos cuenta fuimos cambiando de vida. Kurjo consiguió un trabajo en un canal de televisión, ayudaba a montar decorados de telenovelas. Le pagaban bien y el horario era cómodo. Brigitte montó un bar con su mejor amiga. Una  especie de taberna que se llamaba Roma. Ponían música poco conocida. Grupos que nadie de los que iban conocía. Yo encontré una habitación pequeña y barata cerca del centro, escribía noticias inventadas para un periódico amarillo que se llamaba "Crónicas criminales". Cuando caía la noche me iba al Roma a ver a Brigitte y Kurjo, pero sobre todo a Brigitte.

 Brigitte se quedó embarazada cuando Kurjo escribía una novela sobre un planeta hiperpoblado, un planeta con una densidad de población parecida a la de un macroconcierto de Rock. Los habitantes del planeta se movían en masa, copulaban en masa. Surgían movimientos politicos opuestos para liberar al planeta de semejante problema. Algunos movimientos buscaban la expansión cósmica, otros hablaban de sacrificios, otros de acortar la vida químicamente. La novela era igual de nefasta y terrible como todas las novelas de Kurjo. Brigitte tuvo un embarazo hermoso. Su barriga era hermosa, su cara previa a la maternidad era hermosa, Gina fue hermosa desde el día que nació. Kurjo se vio superado por la paternidad, pero adoraba a Gina. Escribió una novela corta donde prefiguraba un mundo ideal para Gina. Dentro de la escasa calidad literaria de Kurjo, aquella novelita era entrañable y dulce y  delicada y dejaba entrever que quizá Kurjo había subido un escalón en su terrible carrera literaria.

 La noche que me acosté con Brigitte pensé cosas terribles sobre mi, sobre Brigitte y sobre Kurjo. Pensé que nos estábamos convirtiendo en argumento para una novela de Kurjo. Un argumento decadente, incoherente y triste, pero también fui feliz. Kurjo se había ido a un encuentro de escritores sudamericanos. Un encuentro que Brigitte y yo creíamos que había inventado. Bebí mucho en el Roma aquella noche y Brigitte me contó cosas de las olimpiadas a las que fue a competir. Me confesó que se había costado en la villa olímpica con un atleta camerunés que había sido bronce en una prueba de medio fondo. Le pregunté entre risas y borracho si era verdad lo de las vergas de los negros y ella contestó con cara una sonrisa dulce que la verga del etíope era más pequeña que la de Kurjo y aquel detalle me hirió, una herida que quizá tenía pendiente del patio del colegio. Me da igual el tamaño de las vergas, pero me dolió saber que Kurjo tenía una verga grande, más grande que la del etiope medalla de bronce. Y luego seguimos hablando de vergas y de sexo y yo estaba muy pedo y Kurjo estaba lejos, en un encuentro que quizá no era cierto y pensaba que Kurjo igual estaba en otro bar o se había ido de viaje solo, por mitad del país, quizá sabiendo de antemano que esa noche yo me acostaría con Brigitte y yo le dije a Brigitte que era hermosa, que siempre había sido hermosa y que Kurjo era un afortunado, que escribía como el pedo, que jamás conseguría escribir bien porque ese era el precio deestar con ella, de acostarse con ella, de vivir con ella. Y ella me miró y me dijo: "Flaco, tú estás loco y estás muy borracho" y me llevó a al almacén y me besó despacio, muy despacio, como si fuéramos a romper algo, como si besarnos más fuerte fuera a quebrar el universo y me imaginaba a Kurjo en un bar de carretera, quizá masturbándose borracho o llorando o quizá contándole a cualquier guevón el argumento que acaba de iluminarle la vida, miles de páginas en blanco como metáfora del fin del mundo, del loop eterno y del desgaste de las vidas, de las cosas a cada vuelta, en cada ciclo. Y entonces Brigitte y yo cogimos un taxi, de esos de lata, de esos que llevan a Oscar de Leon a todo volumen y huelen a ambientador de frutas tropicales y nos tocábamos atrás mientras atravesábamos la ciudad en dirección a mi habitación. Y llegamos a mi habitación e hicimos dos veces el amor. La segunda vez mucho rato, como si ninguno de los dos jamás fuera a orgasmar y luego nos quedamos tumbados, separados, como si se hubiera terminado el tiempo de la infidelidad. Me quedé dormido. Soñé con el mar, con un par de amigos de la infancia, con una mujer mayor que me hablaba de discos, de canciones. Me despertó el sonido del teléfono.

viernes, agosto 03, 2012

Amenazado

 Sigue estando ahí, apuntándome. Sigue persiguiéndome insaciable el asesino más cruel del planeta: el tiempo.

jueves, agosto 02, 2012

Los brillos en la piel (1)

 Con esa familia el ser humano lograba la metáfora perfecta del verano. Ellos, los seis, eran el verano o esa forma donde culmina un concepto hedonista y feliz del verano. Ese tiempo detenido, esa ligereza, la belleza de la luz del sol reventando en un mar pausado e inmenso; los días libres, amables y hermosos del verano y ellos conviviendo o entremezclándose con ese tiempo liviano, con esa forma de tiempo sublime, perfecta. Los seis habitando esos días como si esos días les pertenecieran o hubieran sido creados para ellos o casi por ellos. Seres humanos pero casi entes mitológicos, leyendas deambulando por aquella urbanización de veraneo, pasando como proyecciones celestiales por el césped que rodeaba la piscina. Asomados con quietud, casi como estatuas perfectas en esa terraza que miraba al mar, donde conversaban y reían, casi conscientes de que el verano, el mar, la luz que cae en las tardes estivales, les pertenecía porque para ellos había sido creado ese ciclo, esa estación. Eran, basicamente, hermosos. La madre, atenta y dulce con los cuatro hijos, conservaba aún el esplendor de una juventud que a pesar de los cuatro hijos, de los años de entrega a ellos, de los partos ya lejanos, de la edad, aquella mujer aún resultaba atractiva, el cuerpo muy poco azotado por el desgaste que debería ser más evidente, la mirada de quién fue irresistible antes de ser madre aún conservaba buena parte de ese poder, todavía las cabezas masculinas de distintas edades giraban a su paso por la orilla de la playa. El padre, alto, atlético, feliz, fuerte, la cumbre de ese prototipo de líder de la manada. Admirado por sus hijos, habilidoso aún en los deportes que todavía practicaba junto a sus hijos, serio pero de sonrisa profunda, esa sonrisa del que no desfallece, podría dedicarse a una actividad intelectual o física, daba igual, estaba preparado para todo. Los hijos bronceados por un Sol que era amable sobre sus pieles brillando en esos chapuzones divertidos en la piscina. Los hijos, que jamas se peleaban y se trataban concariño y diversión, como sabedores de formar parte de un grupo excelso: el mayor, el más pausado, sonreía y enseñaba habilidades a los dos pequeños, esos gemelos divertidos, pícaros y juguetones, que saltaban y brincaban como si la vida, toda la energía vital del planeta se encerrara en en esos cuerpitos bien hechos. La hija, la segunda de los cuatro, era una adolescente delicada y tierna, la más callada de los cuatro hijos, también la que más se ausentaba y a la que menos se la veía en esos chapuzones repletos de saltos y piruetas habilidosas en el bordillo de la piscina de los gemelitos pequeños y el hermano mayor sensato. Sin embargo cuando aparecía sonreía a los gemelos, con una sonrisa que pasaría inadvertida entre sus amigos adolescentes, pero que anunciaba a alguien sublime, capaz de detener el tiempo en un acera de cualquier ciudad, y los gemelitos la adoraban y la salpicaban tiernamente para que les brindase un baño con ellos y ella, dulce les decía: "ahora no gemelitos pícaros, luego nos vemos en casa".

 Uno podía mirarlos horas, perseguir sus pasos en aquellos días de verano para encontrarse, siempre, con una postal de idilio, con el brillo de ese bloque familiar. En el camino de bajada a la playa uno podía cruzarse con esa pareja, padres de cuatro espléndidos muchachos, caminando abrazados y pausadamente, como esas parejas que no han sido rozadas por los vértigos del hastío, disfrutando de sus virtudes, confesándose, aún, secretos de atracción en el otro o quizá rememorando los rasgos diferenciales de esos hermosos gemelos carismáticos. A veces les veía en el restaurante cercano, cenando intimamente, alejados del bullicio de dos adolescentes y dos niños en permanete movimiento. Disfrutando el uno del otro, aprovechando el verano para no descuidarse el uno del otro. Sin embargo su intimidad no descuidaba las funciones de padre; otras veces se les veía jugar con los chicos o hablar con ellos, como si en el verano hubiera ratos para dedicarse a hablar de otras cosas, conversaciones a píe de playa sosegadas, donde alguno de los padres parecía aconsejar que en la vida también es importante charlar, conversar con los que quieres. Era increíble, pero había tiempo para todo, para cada una de los virtudes y momentos que requiere una familia perfecta, feliz. No había hueco en ellos, no había posibilidad de conflicto. Uno era incapaz de imaginar una discusión fuera de tono, recriminaciones o rencillas. Todo parecía conversado entre todos. Eran el verano. El verano absoluto. Les mirabas y eras incapaz de imaginarles en Madrid, en mitad de un día nevado del invierno, uno de esos poquísimos días que la capital se cubre de nieve y luego la nieve se descongela fea, cubierta de restos de pisadas. Uno no podía imaginarles allí, en cualquier calle de esa ciudad, en mitad de un tráfico o acosados por la rutina, bostezando en un semaforo o mostrando signos de hartazgo de la monotonía. Ellos parecían habitar ahí, en esos pocos días de verano, en esa despreocupación, en esa laxitud, en ese brillo solar reventando al atardecer contra el mar. Daba igual, uno podía verles a los seis juntos o al mayor de los hijos solo, a la muchacha caminando a media mañana por las callejuelas cercanas a la playa: nunca, jamás, había aburrimiento o pereza o cansancio. Iban siempre, cada uno por separado, o en conjunto, felices de vivir, disfrutando cada segundo de la la existencia, de esa existencia fugaz de la que todos somos víctimas. Si me preguntaran, diría que eran eternos y que vivirían eternamente ahí. Y eso lo pensaba cada día que me cruzaba o cuando los veía desde mi balcón, donde alcanzaba a ver esa terraza amplia donde cenaban y sonreían. Con toda seguridad no era una forma de felicidad ansiada por todos los seres humanos, no era ni siquiera mi ideal de vida feliz, pero todo en ellos parecía rondar una cierta plenitud. Había algo de mirar admirado o uno miraba buscando encontrar el hueco, porque en cierta forma siempre se espera el hueco en esas formas que son las formas que visualizan tus ideales. Nunca hablé con ellos, creo que cruzábamos uno saludo educado en las periferias de la playa, tan cercana de esa urbanización donde ellos pasaban los días y donde yo sumaba tiempo para no volver, ese lugar insospechado por los otros, en el que sabía que jamás me encontrarían. En esa diferencia creí que podría encontrar, cada día de aquella estancia en aquella costa, un analisis. Como si su esplendor familiar tuviera algo que completarse con mi decisión de permanecer allí, ajeno a todo. Si yo había llegado allí, era precisamente porque en mi estereotipo no entraba en su estereotipo. Yo estaba tan lejos de aquellos gemelillos adorables, de aquella atractiva mujer madura, madre noble y pareja cariñosa, de aquel hombre que representaba los valores del buen padre. Me completaban en mi huida, allí donde nadie jamás me hubiera encontrado. Por eso les observaba, porque mirarles era encontrar mi negación, porque en todo aquel esplendor, estaba mi opuesto, lo que yo no era. No deseaba aquello, no había vestigios de envidia, era simplemente una forma casi documental de aprenderme en ellos. Si algo no era yo, era aquel esplendor, aquel verano, aquellas horas largas del día repletas de actividad acuática y cenas sosegadas, en aquel restaurante con cristalera al mar...


Confundido

 Parecía que venían, pero finalmente sólo era la bruma.

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