lunes, julio 30, 2012

Los signos

 Los signos del cambio, entonces, se suceden uno detrás de otro: La puerta que cierras por última vez; el ascensor por el que desciendes, llegando hasta abajo una vez más, en un acto repetido miles de veces, sin emoción, se cubre hoy de un momento cargado de emoción: ya nunca más volverás a bajar ese ascensor, no al menos como inquilina de esa casa, quizá años después lo bajes en un acto de reencuentro con un pasado que será remoto y ese ascensor te recordará muchas cosas, también este último descenso. El portal que cruzas finalmente, el espejo en el que siempre te miraste de lado, caminando rápido, porque casi siempre se sale con prisa, hoy te devuelve la misma imagen, tu pelo más corto para afrontar esta nueva era, los leves cambios físicos que has sufrido inapreciablemente en ese periodo que has vivido en esa casa en la que hoy dejas de vivir. La primera impresión de la calle que era la imagen habitual, hoy es la última imagen de esa ciudad a la que, cabe la posibilidad, tardes años en volver. Entonces aparece ese sabor en el borde de la garganta, una forma difusa entre el tacto y el gusto; algo que has llamado todos los días previos como el desierto en la boca, y que no sabes muy bien por qué lo has llamado así y que, además, te suena pretencioso y mal, y hasta casi feo, pero lo has llamado así por que la sensación es como tener arena y sed y calor en ese tramo que va desde el paladar hasta la garganta, un tramo ilocalizable porque parece desplazarse o por qué no está fijo. Hay un coche al fondo, el coche en el que te has montado con frecuencia este último mes; el conductor, un tipo agradable y de voz pausada, levanta la mano animado, él será quien te lleve al aeropuerto. Cuando entras, después de meter la gran maleta y la mochila detrás, lo primero que percibes es la música, ese grupo que él no conocía hace un mes y que tu le enseñaste porque en cierta manera ese grupo ha sonado como una forma emocionante de banda sonora todos estos últimos días, sabes, de repente, que nunca volverás a escuchar esas canciones igual y te imaginas el día futuro en el que el azar te haga encontrarte de nuevo con esas canciones, que ya lo sabes, irán, inevitablemente, ligadas a este etapa, al final de esa era personal. El coche arranca y os quedáis en silencio, tampoco hay mucho que decir. Os dijisteis frases emotivas, emocionantes y cálidas anoche, después de hacer el amor por última vez y sobrevuela un cierto pudor, una forma de resaca de esas confesiones de anoche. El trata de llevar una conversación a lo práctico, primero dice que cual crees que es el mejor camino para ir al aeropuerto, él sabe de sobra que lo mejor es ir por la periférica y eso le contestas tú, pero todo es un relleno. Su papel es complicado, de haberte quedado igual hubiera sido una relación importante, pero tú te vas y el se queda. Para ti, cuando le abraces, empieza todo, para él nada cambia y además se acaba una posibilidad. El volverá por la periférica hasta su trabajo y el día se le hará largo y pesado y cuando llegue la noche tratará de pensar en otra cosa y se repetirá, obsesivamente, que desde ese día que te conoció, un mes antes, sabía que te irías, al fin y al cabo de eso se trató vuestra primera conversación. Tú sobrevolarás el atlántico cambiando música, saltando de una canción a otra. Mirarás por la ventana e inevitablemente sentirás un miedo a ratos molesto y en ciertos tramos del vuelo llorarás y dudarás muy seriamente de las decisiones tomadas y pensarás que quizá no tengas fuerzas para aguantar los cambios, las incertidumbres y pensarás que no estás realmente preparada para todas las decisiones que debes tomar. Después de algunos años te sentirás terriblemente inmadura, incompleta e incluso te recriminarás algunos aspectos de tu personalidad y tratarás de contener los sollozos casi infantiles para que no te escuche la gorda que va dormida en el asiento de al lado. Luego entrarás en una forma plana, no te duermes, pero el estado es enormemente parecido al sueño. Caes en cuenta que llevas varias horas sin sentir el desierto en la boca y respiras con los ojos cerrados, soltando el diafragma: como dicen que hay que respirar para liberar tensiones o angustias. De repente le recuerdas, recuerdas la última noche, el pudor que da recordar luego determinadas formas del sexo, cuando no tienes una confianza total con el que lo has practicado, pero en ese momento le ves lejos ya y te sorprende lo rápido que se ha quedado atrás, lo fácil en que se ha convertido en esa forma de imagen difusa y crees que te cuesta hasta reconstruirle bien la cara, has olvidado algo, quizá la forma de las cejas, quizá la forma precisa de los labios. Inapreciablemente y ajena a ti, el ánimo ha variado. Ahora escuchas un bloque de canciones que siempre te animan. Empiezas a imaginar el encuentro con tu hermana en el aeropuerto. El abrazo, el saludo sincero. No lo sabes, porque eso nunca se sabe y en el fondo no es real del todo, pero has empezado ya una nueva era, en cierta forma estás saliendo a la luz. Vas al baño, te miras en el espejo, acomodas el flequillo, haces pis en el instante que el avión da un bote brusco. Cuando sales de nuevo al pasillo te cruzas con una azafata que te recuerda a alguien, no sabes a quién y pasas los siguientes cinco o diez minutos tratando de descifrar el parecido. Anuncian el aterrizaje. Casi puedes escuchar al piloto diciendo: "bienvenida a tu nueva vida". Te acomodas, apagas la música. No lo sabes, no tienes ni idea, pero cinco o diez años después, recordarás ese vuelo con ternura, con calidez e incluso le otorgarás un valor incalcuable. El ser humano necesita sus signos.

sábado, julio 28, 2012

Los últimos minutos de la tarde en la playa

 Hay unos chicos jugando un partido muy desigual cerca de la orilla. Uno de los equipos vapulea sin consideración al otro. Los porteros, cada pocos minutos, corren hacia el agua a refrescarse cuando la jugada esta en el otro extremo del campo, uno de los jugadores lleva el balón con elegancia sobrenatural: ese muchacho no debería desperdiciar su talento en pachangas de media tarde en la playa. Poco más allá, un grupo de chicas habla en círculo. Es curioso el modo en el que conversan: en cierta forma la conversación parece colectiva, sin embargo cada una de las chicas mantiene una conversación alternativa con la que tiene al lado. El calor ha descendido hasta esa temperatura sublime de la caída del Sol. Hace años que no fumo, pero me apetece fumar. El tabaco es un vicio infinito, imbatible. Recuerdo una frase de mi tío F, que decía que un día el encantaría fumar un cigarro que se extendiera hasta la linea del horizonte y fumar pausadamente y con sosiego, sabiendo que ese cigarro duraría horas, días, semanas, quizá años. Sin embargo no fumo, me pongo en píe y camino por la playa. Veo a dos mujeres hablando tumbadas en la arena, las dos se han puesto sus trajes cortos y lígeros para vovler de la playa, pero sospecho que la temperatura y ese ambiente como de tiempo detenido en un instante sublime, las ha hecho lanzarse al suelo y seguir esa conversación pendiente, ligera, hermosa. Una de ellas podría ser la mujer de mi vida. La miro más allá de lo discreto y me devuelve una mirada despistada, me mira sin mirar, sigue hablando. Sigo caminando. Hay un tipo, en las rocas de más allá, esas que entran en el agua como un animal agonizando, que está lanzando la caña de pescar, espera paciente el tirón, un tirón que podría no llegar jamás: la pesca desafía al tiempo, o lo amolda a otra forma, seguramente más parecida a la forma del tiempo de las mareas. Una marea que está muy baja y la playa se ha hecho ancha, muy ancha, preciosa. Veo mis pies contra la arena y me imagino el desierto, es un vicio infantil: siempre que camino por la arena de la playa evoco al otro, un yo ficticio, quizá guerrero, que camina desahuciado por un desierto terrible, exhausto, sin apenas fuerzas para seguir, avanzando sin rumbo, sin brújula, perdido en ese laberinto total de arena e inmensidad. No sé porque siempre imagino a ese guerrero, a ese yo en mitad del desierto, pero lleva una vida viniendo esa imagen en mitad del verano. Si creyesa en la reencarnación, diría que así morí en mi anterior vida. Luego vuelvo a esta vida, a esa playa ligera que vive el final del día. Miró atrás, uno de los chicos mete un gol de rebote y levanta los brazos, salen, a la vez, todos los jugadores corriendo hacia el agua, se meten y parece un espectáculo preparado, todos esos muchachos saltando las olas y saltando. El partido ha debido terminar.

martes, julio 24, 2012

Lo breve.

 Hay un tipo de relación sentimental, que dura seis o siete segundos, tan valida como cualquier otra relación, llena de recovecos, llena de detalles y de sus historias paralelas, con principios emocionantes y finales tristes pero nobles. No sucede con facilidad y en la imprevisión está su truco. Anoche pasé por esa esquina por un cúmulo de circunstancias absolutamente intraducibles, pero pasé en el momento preciso por Ventura de la Vega con la carrera de San Jerónimo sin saber diez minutos antes que pasaría por Ventura de la Vega. Tampoco había planeado diez minutos comprarme esa botella de agua agradablemente fresca y jamás había estado en mi mente frenar la bicicleta para sacar de la mochila la botella y darle un largo sorbo a la botella en esa esquina de Ventura de la Vega. El cuerpo marca su velocidad y en esa esquina la sed frenó la bicicleta, no fui yo o no fui yo conscientemente, pensando:"Está bien, ahora mismo freno la bicicleta y beberé de mi recién comprada botella de agua". No hubo un proceso consciente, pero frené. Puse los pies en el suelo y lancé la mano a la mochila buscando la botella y miré a un lado hacía abajo, hacia el congreso de los diputados y la vi venir, por primera vez la vi venir, lenta, ausente, recibiendo con amabilidad mi mirada. Mientras tanto giraba el tapón de la botella, en ese doble acto de mirar y tratar de mantener la actividad y fue ella la primera que vio el tapón resbalándose de mi mano y rodando, a poco menos de un metro de mi bicicleta y de mi, el tapón. Hubo un segundo, o una cantidad de tiempo a la vez miserable, escasa pero contundente y abismal, en que los dos, creo, mirábamos el tapón rodar imposible más allá de lo que la física casi permite. Lo siguiente que vi no fue el tapón, lo siguiente que vi fue a ella agacharse, agacharse segura, precisa, como si la cosa estuviera sucediendo en la intimidad de su habitación, donde quiera que esté su habitación, y yo la miraba agacharse como si estuviera viendo una escena de una película de esas que juegan a emocionarte vilmente, como depredadores de emociones fáciles en las que terminas cayendo muy a tu pesar, muy en contra de ti o muy en contra  de lo que crees que eres tú. Luego ascendió con flexibilidad admirable, las piernas bien juntas, el tapón en la mano izquierda y una sonrisa amable y educada capaz de detener el rumbo del universo un par de centésimas de segundo. Busqué lo más rápido en mi registro interior la sonrisa más expresiva, y la verdad es que no sé muy bien que encontré y en realidad sólo ella podría opinar al respecto, pero ya dejamos claro desde el principio la brevísima duración de nuestra relación. Sé, eso sí, porque educado si soy, que le di las gracias de corazón, absolutamente agradecido a ese cúmulo de caminos, de calles, de segundos sumados, de decisiones imprecisas, a mi torpeza, a ese tapón equilibrista y al agua que según la veía irse agoté de un trago largo. Luego me acomodé en la bicicleta y seguí mi camino, recordando con nostalgia y con una sonrisa, aquellos segundos en los que fui feliz junto a ella.

lunes, julio 23, 2012

Aviones

 Desde la ventana del salón de la casa del Silueta se veía la carretera que circunvala la ciudad; una carretera terriblemente mal construida y que se perdía, incomprensiblemente, por el valle hacia la nada o algo que debe ser realmente parecido a la nada, allí, al final del valle, donde arranca uno de los montes más irregulares del planeta. En realidad sólo íbamos a su casa a beber y a escuchar unos discos descomunales que nadie sabía como había conseguido. Nunca supe porque desde tan joven el Silueta  vivía solo. Su hermana se había largado de casa hacía algún tiempo y a sus padres sólo les veíamos en fotos. La forma de vida del Silueta era peculiar, muy peculiar y bastante inaccesible y desconcertante; en realidad hablábamos de psicodelia o de grupos inaccesibles para nuestro entorno, pero jamás nos contábamos nuestras vidas familiares. Cada fin de semana subíamos a su casa, el último piso del edificio, apagábamos las luces, pinchábamos discos y bebíamos un coctel del que jamás supe muchos de los ingredientes, un coctel algo dulzón y que llevaba zumo de naranja. El Silueta sacaba unas lámparas de la habitación medio vacía de su hermana, unas lámparas que giraban muy lentamente y que  proyectaban tenuemente los colores primarios sobre la pared y nos quedábamos callados escuchando guitarrazos que parecían venir del algún lugar perdido del extrarradio de la vía láctea. El descubrimiento de aquel sonido que venía como eco cayendo y sumándose unos a otros, nos dejaban en un estado cercano a la hipnosis. Terminábamos borrachos y narrándonos las visiones deliradas de nuestros viajes musicales. Luego volvía caminando hasta casa con al sensación de estar caminando por una planeta ajeno al mío. Repetíamos la cita con bastante frecuencia porque nos íbamos haciendo adictos a la música psicodélica y a ese coctel indescifrable que preparaba el Silueta. Una de las noches, un amigo basketbolista del Silueta sacó marihuana, una marihuana que debía haber cosechado un virtuoso porque en algunos momentos el cúmulo de imágenes y proyecciones en el salón de casa del Silueta, se nos fue de las manos, era mi primera experiencia con la marihuana; en realidad creo que era la primera experiencia de todos salvo del amigo basketbolista del Silueta, que nos iba adelantando algunos de los efectos que empezaríamos a sentir, hasta que su voz fue cayendo de pitch y se entremezclaba con el efecto flanger de una de las guitarras que sonaban en uno de aquellos discos excesivos y reverberados. Entonces la música, pero sobre todo los platos de la batería, me parecían colchones, colchones mullidos, colchones gigantes, de plumas, colchones que amortiguaban las melodías, las tonalidades, los agudos de todo lo que sonaba. No perdí el control externamente, me quedé sumido en un letargo físico apoteósico, pero internamente pensé varias veces, muchas veces, que me había vuelto loco o que jamás podría percibir la realidad de un modo normal. La realidad se había disparado y cada cosa se bifurcaba, también mi modo de pensar. Pensé que era extenuante percibir tanto, cada cosa contenía mil cosas, cada  objeto significaba más objetos y se volvían proyecciones de otros objetos, muchos de ellos irreales y delirados. En realidad una experiencia como cualquier otra, de un novato enfrentándose a la marihuana por primera vez y ciertamente todo corría normal, hasta que vi un avión sobrevolando la carretera que circunvalaba la ciudad. Un avión militar, un avión loco avanzando vertiginoso y terrible en mitad de la madrugada. Lo vi pasar de largo, tremendo, atronador, como si rompiera un muro sónico. Me tapé los oídos convencido de que estaba alucinando y que la imagen era una proyección mental. Giré y vi al Silueta mirando el cielo como el que mira una revelación, como uno miraría el cielo abrirse. El amigo basketbolista sonrió y con tono contenido dijo que aquello no formaba parte de los efectos a esperar de la fumada. Nadie habló durante el siguiente minuto, hasta que un nuevo avión o el mismo, pasaba disparado sobre la avenida. "Esa vaina son unos F16" dijo Lennon y miré a Lennon y le pregunté que como era posible que hubieran sobrevolado un par de F16 sobre la circunvalación. "Yo que sé" me contestó con la cara de mayor incertidumbre que he visto en mi vida. El resto de la noche estuvimos todos asomados en la ventana, esperando aviones, esperando bombas, prefigurando el principio del fin del mundo o el inicio de una guerra. Sólo a la mañana siguiente, cuando mi madre me avisó que había toque de queda, supimos que un Comandante gordito y encendido, convencido y testarudo, había intentando dar un golpe de estado.

domingo, julio 22, 2012

Barco

 Tenía la sensación de que vivíamos como un barco. Todos y cada uno de los seres humanos me parecían ser barcos, pero barcos pesqueros, barcos pequeños, con unas cuantas redes y de madera que cruje, barcos mantenidos con el esmero de un pescador meticuloso y pobre. Barcos imprecisos, navegando en mares amplios, desperdigados, solemnes. Y me veía a mi como un barco, y cada decisión me parecía llevar una componente marina, decisiones tomadas por toneladas de viento y marea empujándome y amoldando mi destino. En cierta forma todo lo explicaba bajo la forma de vida barco, también me justificaba de todo bajo la disculpa de la vida barco; de la vida barco de los demás y la mía. Lo demás me parecían mares. Creo que me fui de casa afectado por mareas, por vientos que empujaban y también me fui por algunos motivos menos metafóricos. En realidad creo que empezábamos a no soportarnos o una forma confusa de amor. Apenas cruzábamos palabra, apenas convivíamos mientras convivíamos. Había un silencio oceánico, pesado absoluto. En ese agónico desamor ella me empezó a parecer otra, pero no una transformación de ella, sino una persona absolutamente ajena a ella, un organismo nuevo habitando bajo el mismo cuerpo, una playa gobernada por una nueva marea que viene de poniente. Me fui de allí sin aspavientos, sin agitaciones, sin movimientos. Salí de allí absolutamente consciente de que jamás volvería allí. Evité el trámite de bienes materiales y de pertenecias. En cierta manera asumía que aquello no me pertenencia ni siquiera lo que hasta ese momento había sido mío. No tengo claro porque actué de ese modo, no siempre somos conocidos para nosotros mismos, a veces me recuerdo y me parezco un desconocido absoluto, uno de esos tipos que uno se cruza por la calle y pasan de largo, pasan y siguen y se deshacen en la orilla de la memoria, donde dejan de ser reales o existentes. A veces pienso que no todo ese que te pasa al lado existe de verdad, son rellenos mentales, agujeros que rellenamos de peatones o conductores enajenados. Si recuerdo aquellos días, me siento uno de esos individuos, una ola. Durante algún tiempo estuve viviendo en otra ciudad, una de esas ciudades donde jamás pasa nada y todo el mundo es desconocido. Ves a esos tipos de tu calle, jamás llegas a saludarte con ellos porque fuerzas desconocerte. Tienes algunas costumbres cotidianas, repetidas y te vas volviendo silencioso y misterioso, incluso para ti, no sabes muy bien de qué vas. Luego hice un viaje largo, un viaje lento y del que básicamente recuerdo paisajes y esas sensaciones globales, abstractas y hermosas que te producen los paisajes. No me había trazado una ruta definida, tenía algunos puntos precisos a los que quería llegar, pero el viaje fue un avance inconstante y generalmente agradable. Conocí paises, conocí carreteras, pero no me moví del continente no atravesé mares y sólo de vez en cuando, alcanzaba alguna costa y miraba el mar con perplejidad y lleno de interrogaciones, cada vez que veía el mar me veía a mi mismo, mi vida, y también a los demás y me imaginaba mares y océanos superpuestos y barcos traspasando esos mares superpuestos los unos a los otros y todo me terminaba mareando como si mis pensamientos sucedieran en la bodega de un barco que olía a óxido y a salitre. En una de las ciudades que menos me gustaron, porque en esa época sólo me parecían hermosas las ciudades de costa, conocí a una chica que trabajaba en un café, en sus ratos libres jugaba al balonmano y hablaba de balonmano como el que habla del desasosiego, su relación con el balonmano era turbulenta y bestial y describía el juego con precisión hiperbólica. Las semanas que estuve en su ciudad, viví en su habitación de un piso compartido con otras dos tipas silenciosas, raras y sucias que jugaban en su equipo de balonmano, ella decía que una de ellas era muy mala pero que se acostaba con el entrenador, un tipo que parecía despreciable, la otra decía, era una de las mejores pasadoras del campeonato que lideraban comodamente. Creo que hacer el amor con aquella chica fue una experiencia emocionante y vertiginosa, el sexo era prolongado y excesivo, pero lleno de recovecos y sorpresas. Al terminar el viaje la escribí varias veces, no siempre me contestaba, durante un tiempo, un tiempo largo, cada vez que me masturbaba, y la frecuencia en aquella época era elevadísima, pensaba en ella. Fui dejando de escribirla, también fui haciendo algo parecido a una nueva vida. Fui olvidando que éramos barcos y olvidé que la vida se asemejaba a flotar por océanos.

miércoles, julio 18, 2012

La maqueta del universo

 La carretera es rectilínea. Avanza entre arena. Arena y asfalto, arena y asfalto; y si quedan dudas: arena y asfalto. Hay un momento que el tiempo se bifurca o se desacompasa o se desinfla. Hay un momento en el que no tienes ni idea cuánto lleva viaje: si medio día, medio año, medio minuto o si sólo, en toda tu vida, has avanzado por ahí: carretera y asfalto. El conductor lo sabe, sabe que, para los que recorren por primera vez esa carretera, hay algo de incomprensible y de abrumador y nos narra algo atroz o increible. Cuenta que los hombres que construyeron esa carretera desaparecieron en el desierto y que durante meses o años la carretera se quedó detenida, en seco, en un punto preciso del desierto, que hubo quien trató de buscar a los desaparecidos y que se barajaron hipótesis de todo tipo: enterrados bajo la arena, perdidos, secuestrados por guerrilleros de los pueblos que se negaban a ser accesibles desde la capital por esa carretera inhumana e que incluso hay quien hablaba de secuestros extraterrestres, una hipótesis que nuestro conductor consideraba infantil e idiota, porque nuestro conductor que si creía en vida extraterrestre, consideraba carente de interés a diecinueve o veinte obreros de carreteras, sudorosos y, seguro, mal olientes. El conductor también desvela otras hipotésis más irreales: que los obreros se hubieran convertido en arena por una leyenda negra que circulaba por las poblaciones más recónditas del desierto que decía que todo aquello que pretendiera transformar el desierto sería transformado en arena. En esa hipótesis el conductor tiene un discurso incendiario en el que dice que, de ser cierta esa teoría, la leyenda tendría un componente terriblemente injusto hacia la clase obrera, puesto que quien ambicionaba modificar los desiertos no eran aquellos pobres hombres mal pagados o quizá esclavizados, sino los dirigentes terribles y oscuros de la capital y que debían ser aquellos hombres quienes tendrían que haber sido convertidos en arena. El discurso es largo y duro, con lo cual concluyo que el conductor cree firmemente en que esta es la hipótesis verdadera. Luego calla, todo queda sumido en ese viento golpeando el coche, un viento distinto a todos los vientos, porque el viento del desierto no pasa, gira. El viento del desierto no avanza, golpea y te pega y te persigue: es un batallón alucinado e invisible, que defiende el vacío o ese principio del vacío. La maqueta del universo en la tierra. Creo que la historia de los obreros de la carretera no concluye, no nos cuenta el conductor quienes siguieron construyendo, años después, la carretera despiadada, no supimos que decisiones se tomaron o como se retomo la labor. Queda inconclusa la historia. Horas después, viendo el Sol caer, pienso en la historia de nuevo y me parece, que pasadas las horas, cobra un tinte irreal, como si no me hubiera sido contada, sino que en alguna cabezada en mitad del viaje lo hubiera soñado. Dudo y estoy a punto de sacar el tema, pero cuando me doi cuenta se ha hecho de noche y se instala en el interior del coche una sensación de fragilidad y silencio. Como si ese coche triste estuviera avanzando hacia un punto incomprensible o como si definitivamente nos hubieramos perdido, pero no perdido en el trayecto o en nuestro viaje o perdidos con respecto a un punto, sino perdidos del todo, sin tiempo, ajenos ya a las horas y a los hombres y a los ciclos y a las líneas. Perdidos de nosotros mismos y de cualquier reflejo de vida. Pienso que aquella noche sería infinita, inamovible y definitiva, hasta que unos tipos alzan sus manos frente a nosotros, iluminados, de sopetón, por las luces frontales de nuestro coche. El conductor frena en seco, creo que el eco de la frenada está cayendo horas, reverberando indefinidamente en aquel espacio abierto. El conductor me mira y con una serenidad desorbitada, mientras aquellos tipos en mitad de la carretera se van acercando hasta el coche me dice: "Estamos jodidos".

martes, julio 17, 2012

Hombre en el Sur

  Viajó unos días a un pueblo de una sierra en el Sur. El pueblo era amable, peculiar, arquetípico y pequeño. Durante el día, el calor hacía imposible la concentración. Pasaba las horas encerrado en esa habitación tratando de encontrar el modo preciso de escribir algunos fragmentos de todo lo que había sucedido, pero la humedad y la lentitud de las horas se amontonaban bajo el ventilador inconstante. Por las noches agotado de no precisar salía por las calles del pueblo y bebía cerveza. Conoció a Caimán, un  fontanero cocainómano que le habló de la costa como quien habla del éxtasis, también le describió unos pueblos ajenos al turismo donde sólo se escuchaba el mar y el ruido irreal y loco de las gaviotas. Le pidió que le bajara allí, que si conocía donde podía dormir en esa zona. Caimán le miro y en ese mismo instante le llevó hasta el coche. Condujeron un par de horas por una carretera de montaña que descendía por curvas diabólicas. La carretera era terrible, el modo de conducir de Caimán era incendiario, frenético, infernal. No conducía, descendía extasiado una montaña rusa. En el trayecto escucharon música heavy o una variación aguda, salvaje y bestial del heavy. Grupos del norte de Canada que habían fundado algo llamado shit metal y cuyo fin más evidente era llevar al oyente a la locura o al horror, escuchar shit metal en aquella carretera era una tortura. A ratos Caimán describía el pueblo donde iban, a ratos hablaba del orden del mundo, de la idiosincracia de los pueblos, de los alemanes, del origen del nombre de los pueblos, de la desmemoria, de la conquista árabe, del abismal problema del agua. Pero no hablaba sin más, cada una de las frases poseían todo el frenesí y  el desasosiego del desequilibrio emocional. Caimán nunca dejó de consumir cocaína. Llegaron casi al amanecer. Al fondo el mar, un mar tremendo, silente, abría hacía el oeste. A lo lejos un barco petrolero desmoronaba la justificación de la existencia del hombre en la tierra. Para llegar al pueblo había que atravesar un último tramo de carretera sin asfaltar. Caimán le bajó hasta la playa, fumaron viendo el paisaje, un paisaje solemne, rocoso y húmedo, la vegetación rozaba una línea delgada entre lo escaso y lo suficiente. Tomaron un café en el primer bar que abrió, el camarero saludó con recelo a Caimán, este le preguntó por las habitaciones para rentar. Media hora después se despidió de agradeciendole el trato a Caimán, el viaje y todos los favores: incluida la invitación al café. Dejó la bolsa de la ropa en el suelo y abrió la ventana. el día era cálido y no corría el aire. Pensó en bajar al mar, bañarse, alimentarse del ambiente. Se cambió de ropa y se puso unas chanclas. Caminó pueblo abajo hasta el mar. Pensó, sin motivo aparente, que en cierta forma su vida había cambiado de ciclo. Un ciclo menos evidente que los cambios de ciclos pequeños. Este era un ciclo gigante, desmesurado. Se miró la piel de las piernas, la forma de las manos y trató de recordar su mismo cuerpo. Esa piel años antes, muchos años antes. Había algo casi imposinble en el ejercicio, en cierta forma ese cuerpo siendo el mismo cuerpo le negaba la posibilidad de recordarse cuando las variaciones aún no habían sucedido. En la playa sintió el absurdo. Un absurdo que vuelve la vida disparatada. La empresa de escribir ese pasado reciente, de repente, le pareció un ejercicio innecesario, cargado de egocentrismo y tontería. Nadó, nadó con entusiasmo mar adentro. Nadar, durante aquellos minutos, se convirtió en un acto lleno de certeza, un acto autentico: como si por primera vez su vida sucediera en paralelo a la vida. Se detuvo allí, lejos. Vio la costa, la forma dinosaurica de la costa, las casas reducidas en la distancia. Imaginó a volviendo Caimán por la carretera, esta vez ascendiendo esa montaña, tuvo el temor repentino de que el cansancio y el exceso hicieran peligrar a Caimán en su camino a casa. De repente Caimán le pareció su vínculo, casi un familiar. Hundió la cabeza en el agua. Buceó unos segundos, vio un banco de peces pasar realmente cerca. Se sintió indefenso, minúsculo, intrascendente.

domingo, julio 15, 2012

El mago

 El primer día le vimos nada más llegar a la playa.  A primera hora, esos días, en la playa no había casi nadie. La niña y yo llegábamos casi los primeros a esa extensión de arena que a esa hora parecía pertenecernos o no tener límites. Dejábamos las toallas y los cubos y las palas al azar, me dejaba llevar por los pasos torpes, imprecisos y cómicos de la niña sobre la arena, me quedaba detrás como ese vigilante silencioso en el que te conviertes cuando te haces padre. La veía levantar los píes y lanzarlos deliciosamente para terminar tropezándose  y caer de lleno en la arena cada ocho o nueve zancadas y volver a levantarse, sin épica, sin queja, sin negatividad; como si los tropiezos en la arena los asumiera como una parte más del caminar, de su inexperto andar. Aquel primer día coloqué las toallas y la cubrí de crema protectora, ella cogió los cubos y lanzó las palas en busca de algo, un tesoro o algo más valioso: la invisibilidad de las cosas, que sólo se ve con menos de tres años. Yo animaba su incomprensible juego de palas y cubos y movimientos. De vez en cuando ella se ponía en píe, corría hacia la orilla, mojaba sus píes y volvía a su indescifrable misión en la arena. El tipo se acercó sin más. Creo recordar que ni saludó. Miró a la niña y le dijo: "Soy el mago". La niña le miró sin atención, todo su mundo se concentraba en eso invisible que enterraba y desenterraba de entre la arena. El hombre se quitó un sombrero de paja, que le cubría la cabeza del Sol, y sacó un conejo. Reconozco que la sorpresa, la verdadera sorpresa y el autentico efecto de incomprensión, sucedió en mi y no tanto en la niña, que se quedó mirando al conejo correr playa adelante y perderse como se pierden los desesperados ante una última y agónica oportunidad de escapar del encierro o del horror: el conejo jamás volvió. Miré al hombre y con cierta emoción contenida le dije: "muy bueno". El hombre me miro y me dijo, tratandome como si yo fuera tan niño, tan minúsculo como mi hija: "digamos que el mérito no es mío, sino del conejo. Fue el quien decidió aparecer" se giró y en toda la mañana no le volvimos a ver. Juro que a ratos miraba a los lados esperando ver aparecer al conejo que había corrido sin mesura. Todos aquellos dias la niña y yo repetimos horarios y rutinas. Bajábamos pronto y jugábamos con arenas, cubos y palas, a veces hacíamos simulacros de piscinas cerca de la orilla, castillos que no prosperaban o dejaba que la niña intentara enterrarme en la arena. El mago aparecía cada mañana en horario impreciso, pero siempre cuando aún no habían bajado los grandes grupos de bañistas. Nunca saludaba o creo recordar que nunca saludaba. Se acercaba a la niña y hacía alguna filigrana con su sombrero, o se sacaba artilugios de la manga de la camisa. Nunca, ninguno de los trucos, dejó de sorprenderme. En algún momento, víctima de un extraño orgullo, quise desvelar su secreto, encontrar el truco, pero todo sucedía de un modo sorprendente. Creo que fue el quinto o sexto día, cuando se acercó como cada mañana y le preguntó a la niña si tenía sed, la niña contestó despistada, casi desganada que sí. El hombre giró la cabeza hacia la orilla y vimos venir en una de las olas una botella plástica de coca cola, la niña se puso en píe y corrió a recogerla. Desde la orilla miró al hombre y le dijo:"Gracias, Señor Mago". Quise negarle a la niña la botella. No me parecíá sana o fiable, una botella que venía del mar y que el mago había aprovechado para usar como truco. Me puse en píe y según me acercaba a ella me convencí y preferí asumir el riesgo de que bebiera esa botella imprecisa a quitarle el efecto de ilusión. El mago, antes de irse me dijo: "Es de fiar el refresco. Recién lo compré" y se fue. De la sensación de misterio y simpatía fui pasando a la sospecha y al recelo. A partir de ese momento su aparición me producía algo parecido a la irritación, sin embargo, una parte juguetona e infantil de mi, esperaba con cierto entusiasmo el nuevo truco. El penúltimo día de vacaciones volvió, repitiendo sus gestos, su no saludo. Miró a la niña y le dijo: "ya se acaban las vacaciones, ¿verdad?" La niña contestó que al día siguiente nos iríamos. Me despertó cierta ansiedad, un temor inexplicable. Tanto enigma y ese conocimiento de nuestra fecha de finalización de las vacaciones me angustiaron y me pusieron en guardia. No dije nada, pero mi gesto dejaba ver que su presencia cada vez me resultaba menos agradable. El hombre miró a la niña y dijo: "mírame ir por la playa, ya nos veremos en otros lados" y se puso andar. La playa a esa hora aún estaba poco concurrida. La niña y yo le vimos irse alejando. A unos cincuenta metros de nosotros, sin transición, desapareció. Miré a la niña, volví a mirar. Miré a los lados. Aún hoy no logro explicarme como lo hizo. Iba caminando y de repente su silueta desapareció, sin más, como si hubiera sido sustituido por el vacío, por la brisa marina. La niña, sin necesitar explicaciones, aceptó la desaparición sin más. Yo me puse en píe, caminé en aquella dirección, volví a donde la niña: había desaparecido, sin más. Miré a la niña que jugaba con arenas, con palas. Miré el mar, miré el horizonte, miré las nubes, las pocas nubes dispersas, vi pasar un avión. A lo lejos, en la línea brumosa, vi un barco, el perfil de las montañas por el oeste, tracé una línea en la arena, vi señoras caminar por la orilla de la playa: jamás entendí.

miércoles, julio 11, 2012

Saxofón por la ventana

 No llego a dormirme, pero lo que pienso se diluye de un modo tremendamente semejante a cuando sueño. Por la ventana abierta de la sala se escucha un saxofón que, con toda seguridad, viene del parque, de una de las entradas del parque central. El tipo toca melodías difusas, pero es preciso. Frente a donde dormito, sentado en esa butaca diseñada para esa espera, dormitan otros padres que también dormitan esperando carcomidos por la incertidumbre de la urgencia de la salud de esos pequeños seres adorables que están en salas esterilizadas al final de un pasillo de luz arquetipicamente amarillenta. Sin embargo, durante un rato que cuelga en el vacío, un vacío que parece relleno de una luz leve; escucho con atención a ese saxofonista laborioso que toca invisiblemente en ese rato que cuelga del vacío. Escucho sus variaciones y le voy prefigurando un rostro, unos gestos, incluso unas sensaciones abstractas. Del mismo modo que imaginas y predibujas las ciudades que desconoces cuando escuchas por primera vez su nombre. Calles que no existen más que en tu fantasía o en ese empeño de encontrar lo concreto en la abstracción de un nombre vacío. Vigo, por ejemplo. Como alguien imagina Vigo sin conocer Vigo. Un ciudadano lejano, ajeno a este trozo de tierra, imaginando Vigo cuando escucha esa palabra por primera vez en su vida. Calles que salen de calles que existen a calles que no existen, calles que se superponen sin dirección precisa, sin brújula. Calles que tienen pendientes imposibles o que terminan en una plaza inventada o esquinas donde pasan coches que no existen, con conductores que no existen, con vidas fugaces, tan fugaces como la de los conductores de  coches que de verdad pasan por las esquinas de las calles que si existen. Suena el instrumento, suena el saxofón desde el parque y alcanza la ventana de esa sala donde los nervios y otras prefiguraciones agotan a los padres meditabundos, reencontrándose de verdad, de golpe, como una bofetada, con el sentido real de la vida; esa fugacidad insaciable que revienta en esa sala silenciosa donde se espera con paciencia a que las manos de unos tipos cubiertos de batas y guantes esterilizados hagan su oficio con esmero y en un rato, de sus voces, sólo vengan buenas noticias. Y eso sucede y el saxofón o el tipo que toca el saxofón a unos quinientos metros de allí es ajeno a las angustias y temores de esos padres que cierran los ojos y le escuchan como el que escucha un salmo o una profecía, como si en el saxofón, en esas notas que entran por la ventana de un modo peculiar y sorprendentemente alto, viniera escondido un mensaje en clave o una lectura lejana, adivinatoria. Una frase para apaciguar la incertidumbre. En ese saxofón hay una boca soplando. Imagino el rostro, las calles de su rostro, las plazas inventadas, la barba desordenada y casi inapreciable, el pelo ligero y liso, cayendo hacia adelante, como calles que terminan en un puerto que huele a salitre y a olores indescifrables y cargados de profecías, olores remotos. Un puerto de noche de donde salen barcos gigantescos cargados de mercancías pesadas, barcos de carga que avanzan y dejan la ciudad atrás y vaya uno a saber si vuelven o donde coño es que van, dónde se llevan toda esa mercancía imposible, metida ahí dentro con máquinas desorbitadas, robóticas. Barcos atravesando la noche, cargueros avanzando por mitad del mar, avanzando a ciudades lejanas, donde llegarán y se bajarán los individuos que llevan el viaje largo por el mar, buscando un reposo y  así aprovechar la luz de la ciudad nueva y uno de esos chicos caminará por calles nuevas, desconocidas y a ratos mirará arriba, hacia las ventanas de ese edificio junto al parque donde se ha sentado a escuchar a un tipo de pelo liso que toca el saxofón y arriba, arriba no llego a dormirme, pero lo que pienso se diluye.

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