lunes, junio 25, 2012

Tren en verano

 Por las ventanas del vagón entraba el sol, atenuado por los cristales mate. Afuera el calor se ensañaba con los campos y las explanadas desoladas y amarillas, un calor que, desde el vagón, parecía lejano por la temperatura irreal, casi inverosímil, que el aire acondicionado le daba a todo el tren. No fui el único que tosió raspándose la garganta: el frío artificial empezaba hacer mella en todos los pasajeros. La voz automática anunció la siguiente estación y calculé cuantas me quedaban aún para llegar a mi destino. Un fallo en el recuento en la estación anterior me había hecho pensar que me quedaba una menos, así que mentalmente rehice el cálculo de minutos aproximado que me faltaban para llegar. Era la primera vez que hacía ese trayecto y desconocía el tiempo de duración. En el vagón había poca gente, ese mediodía, que hervía la tierra, tenía a la población enterrada en sus casas, bajo el ruido hipnótico de ventiladores ineficaces y las carreteras y transportes públicos parecían abandonados, como si el planeta estuviera habitado por los cinco extraños que íbamos en ese vagón. Un par de adolescentes hablaban sin esmero sobre asuntos desquiciados, una señora llevaba a un recién nacido en brazos: el bebé parecía desarmado por el calor, incapaz de moverse entre los brazos de la adormecida mujer, una chica miraba con delicadeza al otro lado de la ventana: miraba como si todo, al otro lado de la ventana, hubiera sucedido en una época inaccesible, que se recuerda con melancolía. El tren, entonces, se detuvo en mitad de la vía, se detuvo totalmente, como si el motor hubiera muerto definitivamente. Durante unos segundos nos miramos los pasajeros del vagón. La señora miró al recién nacido como si la asuencia de traqueteo le fuera a despertar, los chicos miraron hacia arriba, como si en el techo estuviera la explicación y la chica y yo nos miramos, como si en el otro hubiera una respuesta. No hubo voz por los altavoces. Nada supimos. Los siguientes minutos transcurrieron extraños. Nadie se movió, nadie habló: Como si el motor del tren lo hubiera detenido todo, también a los pasajeros. El paisaje estaba inmóvil, afectado por la luz cegadora de la cima del verano. El calor empezó a aumentar, el aire acondicionado había muerto. Uno de los chicos pidió una explicación a la nada, como si su voz se pudiera oir más allá y en el más allá le fueran a responder. La mujer con el recién nacido se puso en pie y camino moviendo levemente a la criatura. La chica se abanicaba con un panfleto publicitario y resoplaba con desgana:

.- Pero, ¿qué pasa aquí?- dijo con cierta angustia la mujer con el recién nacido en brazos, y nadie contestó.

 Los siguientes minutos fueron abotargados, como si todos los pasajeros estuvieramos pensando a la vez que dormir sería la mejor opción para esperar que el tren arrancara, pero no sucedió. Me puse en píe y abrí la puerta para pasar al siguiente vagón con la idea de consultar a los vecinos si ellos sabían algo, pero al abrir las puertas vi que en el siguiente vagón no había nadie. Miré, con desconcierto, el vagón vacío. Volví a mi vagón y lo comuniqué, pensando que debía trasmitir lo poco que supiera a mis compañeros de destierro:

.- En el siguiente vagón no hay nadie.

 Todos me miraron extrañados. Uno de los dos adolescentes se puso en pie y camino por el pasillo, hacia el vagón del otro lado. Abrió con brusquedad las puertas, todos le mirábamos actuar, se giró y con cara perpleja dijo que en ese vagón tampoco había nadie. Nos miramos extrañados, sintiendonos, por primera vez, una unidad, un grupo con asuntos en común. La chica se se seguía abanincando, me miró con decisión y dijo:

.- ¿Por qué no caminamos todos juntos a buscar otros pasajeros? Esto se prolonga y no hay explicación.

 Nadie se opuso. La hilera que formamos la hicimos con la idea de dejar en la mitad a la mujer con el recién nacido, de manera que pudieramos sostenerla tanto por delante como por detrás  por si el tren arrancaba rápido y hubiera algún tropiezo. Caminamos varios vagones, el tren, efectivamente, estaba vacío. Éramos los únicos pasajeros en el. La expedición duró bastantes minutos, quizá un cuarto de hora: recorrimos el tren de punta a punta. La última decisión fue abordar al maquinista, tratar de llegar hasta él y recibir información. La situación empezaba a ser delirada, preocupante.  Al llegar hasta la punta del tren, vimos que el conductor había dejado tirado el tren en mitad de la explanda inmensa, en medio de la vía. A la mujer, entonces, subitamente la aterrorizó la posibilidad de ser embestidos por un tren que viniera por la misma vía. Nos miramos con urgencia, buscando una solución. Uno de los dos adolescentes, se acercó hasta la primera puerta, con esfuerzo y ayudado por todos, la puerta se abrió. Bajamos y ayudamos a bajar. De repente, el grupo estaba a un lado de la vía, en medio de un espacio seco, árido, terriblemente caliente. La puerta, como si obedeciera aún a un sistema mecánico que parecía muerto, se cerró. El tren, incomprensiblemente, arrancó.

Silencio

  Un momento, por favor. Aún no hemos empezado.

miércoles, junio 20, 2012

Verano rojo químico

 La recogía en el terminal de autobuses del norte a última hora de la tarde o ya casi de noche. En verano el termino tarde y noche es difuso, no hay una línea evidente en cuando empieza una cosa y termina la otra; las horas son largas y la luz va lenta. Ella venía de un pueblo muy cercano, un pueblo que se fundía casi con una especie de zona industrial que alargaba la ciudad por el noroeste, donde trabajaba en un laboratorio investigando una sustancia de color rojo y que tenía un nombre que en vez de una sustancia química parecía el título de una canción. Llegaba cansada, sin muchas ganas de charlar. Yo le preguntaba mientras avanzábamos por los alrededores del terminal: calles anchas y vacías, gobernadas por la primera brisa del día que llegaba cuando ya caía la noche. Aquel verano, entre otras cosas, fue terriblemente cálido. Conocimos un bar que por dos piedras nos daba cuatro cervezas y algo de comer. El bar era feo y siempre tenía encendida la televisión, pero a mi me bastaba para charlar un rato antes de acompañarla a casa y despedirnos para el día siguiente repetir las mismas acciones cuando el día agonizara. Ella generalmente no se bebía su segunda cerveza y yo la apuraba veloz, mientras ella miraba el reloj y calculaba las horas que le iban quedando para dormir. Esas horas de sueño que restaban, esas horas escasas y que la sumían en una forma de cansancio irrecuperable, marcaban la velocidad de nuestra cita diaria en el terminal del norte. Luego cogíamos un autobús hasta su casa, un autobús casi siempre vacío, con dos o tres pasajeros más como mucho. Nos sentábamos atrás y yo la cogía la mano, una mano que tenía algo de inmóvil. El trayecto era relativamente corto. Nos bajábamos en la parada cercana a su casa y caminábamos ese último trozo abrazados. Algo que yo imaginaba como un postre, la parte más sabrosa de una comida de comedor de fábrica. Al llegar a su portal nos despedíamos con laxitud y ella me besaba con cuidado. El beso, generalmente, era pausado, húmedo. En su saliva se podía adivinar, o eso imaginaba yo, como podía oler la sustancia roja con la que pasaba las horas del día metida en ese laboratorio minucioso e innacessible. A veces, cada ciertos días, en una frecuencia aleatoria, e indescifrable, ella abría el portal y me llevaba de la mano hasta el ascensor, subíamos al último piso y hacíamos el amor en las escaleras, en el último tramo, justo antes de la azotea, por donde jamás pasó nadie. La escalera siempre a oscuras, reverberaba con enigma nuestros gemidos contenidos. Cuando terminábamos de hacer el amor. Ella se subía las bragas y se acomodaba la falda y me daba un abrazo que parecía un eco, pero no un eco de la escalera, un eco de algo que empezó a sonar hace diecisiete o dieciocho milenios y cuyo sonido todavía cae y cae, y llegaba prácticamente inaudible y transformado en ese abrazo al que yo me sostenía como si mi cuerpo colgara en mitad de otros ecos. Luego me daba un último beso y bajaba hasta su piso por las escaleras. Yo escuchaba sus pasos escalón a escalón y me quedaba un rato sentado en ese tramo de escaleras, como si no hubiera muchos sitios más donde ir. Luego bajaba a la calle y caminaba durante algo más de una hora hasta mi casa. Dormía poco, me asomaba a la ventana de la habitación y trazaba líneas de edificio a edificio. En verdad creo que fue una época poco memorable. El tiempo se sucedía abotargado, como un día de bochorno. Un día llegué a la estación y esperé en el banco donde siempre la esperaba. Vi llegar el autobús de la línea que ella usaba, pero venía poca gente y ella no se bajó. Pensé que lo habría perdido y esperé al siguiente. Media hora larga que se me hizo algo pesada y que me produjo cierta ira porque reduciría media hora al escaso rato que pasaría con ella. En el siguiente tampoco llegó. Durante algunos minutos me quedé sentado sin encontrar mucha explicación. Finalmente decidí esperar uno más. Había anochecido y el terminal estaba bastante vacío. La sensación era rara. A la fealdad natural del terminal se le unía mi sensación molesta y ese vacío artificial. Tampoco llegó en el siguiente. El conductor, además, detuvo el motor y dejó parado el autobús en esa línea en el suelo que marcaba la parada de todos los autobuses de esa línea. Vi al tipo ojear con desgana todas las filas de asientos, recoger las monedas y guardarse las llaves, abrió la puerta de mitad del pasillo y salió por ahí. EL autobús parecía, de repente, un animal, una especie de ballena mecánica, lo que no parecía era un autobús. Transmitía, tan quieto, la sensación de un enorme animal dormido, o quizá en coma, en la orilla de una playa en una isla deshabitada. Salí del terminal sin nada decidido. Barajé posibilidades. Quizá había salido pronto, quizá no me había podido avisarme. Caminé por las calles anchas aledañas al terminal. En una esquina vi a unos chicos con las puertas de un coche abiertas de par en par, escuchando una música que jamás había escuchado. Los chicos fumaban y miraban hacia arriba, como si esperaran el paso de un avión o unas aves. Caminé mucho rato, sin decidir a donde caminaría, pero finalmente me vi debajo de su portal. Contando los pisos, vi luz en su casa. Miré un rato y me fui. Al día siguiente repetí los ciclos: tampoco apareció.

miércoles, junio 13, 2012

Historieta de media tarde

 Recogió a su hijo en el colegio y estuvo caminando con él algo más de media hora. Escuchó con atención la narración de un episodio dramático de cierto personaje con alas que había tenido algunos problemas, esa mañana, en las azoteas cercanas al colegio. Una narración extensa y minuciosa que el hijo hizo sin freno, posiblemente sin comas. El final, un giro inesperado, terminaba con el héroe rescatando a unos muchachos de los peligros de un viejo profesor. Luego le preguntó qué tal iban las clases, los días. El hijo contestó con desgana, la desgana que cualquier niño siente ante las preguntas rutinarias sobre las actividades obligatorias. Se detuvieron en un café, le invitó a un refresco y se quedaron callados. El niño movió con precisión una miniatura de Spiderman por encima de los vasos y el servilletero. A ninguno de los dos les costó imaginar aquellos objetos: servilletero, cenicero, vasos, paquete de tabaco, como rascacielos de una ciudad amenazada por grandes peligros naturales y delictivos.  Bebieron sus refrescos con despiste y salieron. En la calle el calor parecía más suave y una leve brisa hacía agradable el paseo. Le propuso al muchacho visitar una tienda de Comics, el muchacho le miró incredulo, como el que sospecha que está siendo víctima de un fraude. Él le describe con precisión el local: la amplitud del sitio, la variedad de ejemplares, las reliquias escondidas, las posibilidades a la mano de números inaccesibles de sus superhéroes favoritos, los individuos que lo visitan, el halo de club para privilegiados que rodea las estanterías, el otro tipo de historias que también podrán encontrar, historias que describe como difíciles, sólo leídas por unos cuantos expertos. El muchacho imagina el lugar, en algún momento proyecta imágenes de películas sobre su fantasía, bibliotecas mágicas que ya vio en alguna pantalla. Imagina a los individuos dentro, tipos silenciosos que recorren las estanterías con seriedad, buscando algo con el rigor del que busca una vacuna contra una enfermedad mortal de contagio velocísimo. Mira al padre y se deja llevar, con la desconfianza del que recorre el último tramo para la consecución de un deseo. Caminan unas cuantas manzanas, el chico cree que el padre no tiene itinerario o que ese itinerario forma parte de un engaño. El padre gira en una esquina para avanzar y girar en la siguiente. Todas esas calles del centro de la ciudad al chico le parecen parte de una viñeta. En realidad desde ese momento todo sucede en viñetas, en trazos. En algún momento toman un autobús. El autobús va atestado de gente y hace calor dentro. El padre, de vez en cuando, le dirige una mirada amable. Se bajan, aún caminan unas cuantas calles más. Ven un letrero rojo que anuncia comics. El chico entonces empieza a creer que el lugar existe y que realmente caminan hacia el. Entran. El aire acondicionado está fuerte y la piel siente esa forma invisible de hielo. EN el interior hay mucho silencio. Algunos tipos de barba ojean con atención libros, títulos. El padre le alcanza algunos ejemplares antiguos de superhéroes pasados de moda. En algún momento el muchacho junta seis o siete títulos en sus manos, el padre sigue buscando joyas, la permanente sensación de fascinación en el muchacho es adictiva en él. Rebusca en su memoria historias que marcaron su preadolescencia, también nuevas obras de prestigio, autores underground con historias frenéticas. Le va pasando ejemplares. Uno tras otro. En algún momento gira y no encuentra al muchacho. Sonríe ante la idea de que se haya lanzado a su propia búsqueda, pero cuando recorre toda la tienda no hay ni rastro. hace una segunda inspección, pensando en la posibilidad de que las estanterias hayan tapado el paso de uno con el otro. Nada. Le pregunta al dependiente que está metido en la lectura de algo erótico, dibujos de mujeres excesivas con curvas de tinta. Se asoma a la puerta. Mira a los dos lados de la acera. No le ve. En ese momento no sabe si correr: lanzarse a izquierda o derecha; o esperar, pero esperar, en ese momento, le parece poco resolutivo. Se lanza a correr. Cuando lleva cinco, seis, quizá siete pasos duda de si esa es realmente la dirección acertada. Se frena en seco, mira hacia atrás, como pensando que igual la otra dirección sería más acertada. Suspira. La ciudad, entonces, sin transición, se convierte en un gigantísimo laberinto, un laberinto terrible, lleno de trampas, trampas perversas, ideadas su némesis. Entonces corre. Corre desaforado, eléctrico. Gira en esquinas sin razón. Simplemente confía en el azar o que las decisiones de ese itinerario no ideado, sea condescendiente y le devuelva a su hijo. Corre, corre como si quedaran diez segundos para la implosión del universo. Ve parejas pasear despreocupadas, tipos apurados, madres empujando el cochecito de sus bebes, niños que confunde durante décimas de segundo con su hijo. Suda. Se desabrocha los botones de arriba de la camisa. Sinte un dolor insoportable en la sien. La tensión es tal que la piel de las manos le tira, como si la piel estuviera a punto de romperse. Sigue corriendo. Sigue sudando. Gotas que caen. Decide quitarse la camisa, debajo, y eso no lo recordaba, lleva una camiseta. En el medio hay un logo con su nombre. Se quita los zapatos, en vez de calcetines, asoman unas mayas, los siguientes pasos son tan rápidos que ya casi no roza las aceras. Sigue veloz. Más veloz que nunca. El suelo, lentamente, queda abajo. Lanza el pantalón, ya todo su cuerpo va cubierto de una maya uniforme de color llamativo. Sobrevuela los primeros edificios, lanza las manos adelante para dirigir con precisión su primer vuelo. Abajo la ciudad es una encrucijada de calles, avenidas. Los peatones se convierten en simpáticas miniaturas. Observa la ciudad a doscientos cincuenta metros de altura. Observa con detalle las calles, la estación de tren, las plazas. Allí, junto a las vías por donde salen los trenes hacia las afueras, distingue la figura de su hijo corriendo en paralelo a las vías. Desciende veloz, colocando las piernas hacia abajo para descender con velocidad pero sin perder dirección. Se queda persiguiéndole algunos metros sin ser visto, el hijo jamás levantaría la cabeza hacia el cielo pensando en encontrar a su padre sobrevolando la ciudad. Descubre que el chico corre desaforado con todos los ejemplares de la tienda en las manos. Entonces desciende esos últimos metros y se ubica a su lado, le coge con potencia por la cintura y se lanza hacia arriba con él. El niño, en conmoción, le mira fascinado. El vuelo es silencioso, el niño a ratos mira la ciudad, a ratos mira el rostro de su padre. Al final le confiesa:

.- Es increíble, pero creo que tendremos que buscar otro logo para tu uniforme, se parece demasiado al logo de tu empresa.

.- Es que es la camiseta del equipo de futbol del trabajo.

martes, junio 12, 2012

Mariano escucha River of transfiguration

 La ventana está abierta, se cuela el murmullo del poquísimo tráfico y una brisa casi fría que recuerda que el verano también es efímero, aunque esa sea la primera noche real de verano. La vista desde el despacho es solemne, en cierta manera indica el poder del que se sienta, la carretera se extiende a lo lejos, hacia el país, hacia el norte, hacia el mundo. La noche es tan sosegada que asusta. Mariano se enciende el puro y apaga las luces. En la tiniebla del despacho presidencial sólo se ve la punta en llamas del puro del presidente. Aspira y el ruido del puro crujiendo le producen una nostalgia sobrenatural a Mariano, la nostalgia primitiva, la noche remota del hombre, del primer hombre alumbrado por las llamas del primer fuego. Extiende la mano y le da al botón de play del reproductor. Arranca River of transfiguration de Six organs of Admittance. La capa sonora se apodera de las sensaciones básicas de Mariano. Aspira y suelta el humo; el humo y el sonido grave y lejano de la música que suena se funden, como si el humo y el sonido fueran la misma cosa. Mariano contempla, entonces, la noche al otro lado de la ventana. Las luces rojas de los coches a lo lejos, que se van, ciudadanos de un país que gobierna, puntos siderales. El planeta de noche es hermoso, piensa. La quietud tensa de la madrugada sobrecogen a Mariano, tan poco dado a lo efímero, a lo abstracto; pero fuma y lo que le sobrecoge en cierta manera es bello. No hay ruido en Moncloa, no hay ruido en el despacho presidencial. Sólo se escucha esa anomalía que un azar delirado ha llevado hasta ese reproductor: River of transfiguration de Six organs of Admittance. Ese ambiente como de mundo perdido emocionan al presidente que, de repente, alcanza una nueva forma de percibir la solidez inamovible de la realidad. Todo se evapora.  Olvida la agenda del día siguiente. Olvida la piedra descomunal que es el compromiso, ese compromiso de gobernar un país y se pierde en sensaciones difusas. Se imagina en el centro de un mundo selvático, se imagina en silencio, más allá del lenguaje, se imagina conversando con individuos inaccesibles de cinco mil años antes, individuos en la tiniebla total del planeta de noche. Sin más luz que la intuición. Respira profundo. Mariano descubre que su cuerpo se aligera, como si ese mantra sonoro fuera el que gobernara ahora las funciones de su cuerpo. Algo entonces acude a lo más profundo de la mente de Mariano, el bloque insondable de los años de la tierra: Mariano percibe de golpe y con una angustiosa sensación de pánico el paso de miles de años, el tiempo inexorable, se ve desde fuera: primero se visualiza en mitad de la noche en el despacho presidencial, el puro soltando humo. Luego abre la mirada astral, se ve mínimo entre luces artificiales del país de noche. Sigue abriendo el ojo mental y casi ni se intuye en mitad del espacio total y el espacio total se abre, se abre imperdonable y el espacio se convierte en una manta en la que Mariano, como individuo se diluye. Sale, en esa noche de verano, de su cuerpo. Visualiza la infinidad, mantas sobre mantas, telas cuyos hilos deben ser galaxias. Hilos formados de sistemas, y allí, siendo invisible, inapreciable, se sabe él: presidente de lo intrascendente, algo que ni es hilo, ni siquiera mota de polvo: tan ínfimo que casi es inexistente. Abre los ojos. La música, esa música que a Mariano le resulta terriblemente hermosa, le trae de vuelta a su gran silla, a su mesa, a su despacho, el puro agoniza en el cenicero, por la ventana sigue la brisa. Mariano se pone de píe. Camina hasta la puerta. Recorre silenciosamente los pasillos del Palacio presidencial. Sale por detrás, por la zona íntima, baja por el jardín, salta algunas vallas y sale del Palacio sin ser visto, burlando la torpeza y la pereza de unos vigilantes irresponsables. Camina por calles vacías. Se deshace de la ropa. Se pierde su rastro. Al día siguiente el país no tiene presidente. Nadie, nunca, sabe nada más de él.


Six Organs Of Admittance - River Of Transfiguration from Funk Drops on Vimeo.

sábado, junio 09, 2012

El mono capuchino y el zoológico

 Los rumores venían desde hace tiempo y el ambiente se había visto muy resentido por las especulaciones. Al principio la Jirafa decía, siempre con tono agónico y cargado de angustia, que se hablaba de externalizaciones y que seguramente muchos de nosotros nos íbamos a la calle. Pero el tiempo no le iba dando la razón. Era cierto que las condiciones empeoraban y la despedida por la puerta de atrás del viejo Elefante, expulsado por su deterioro físico y por su poca rentabilidad dispararon la sensación de angustia y de precipicio. El argumento contra la salida del Elefante era despiadado: los presupuestos del zoológico eran cada vez más apretados y los recintos que ocupaba el Elefante eran amplios y costosos, requerían de mucha limpieza y su deterioro físico necesitaba de muchos cuidados veterinarios y al final tampoco era de los más visitados. Los visitantes se fascinan con el cuello de la Jirafa, los volúmenes del hipopótamo y los gestos humanoides del Orangután. El viejo elefante, el animal que más tiempo llevaba, no tuvo una gran despedida. Una mañana, sin aviso previo, le sacaron los mozos de mantenimiento y desapareció. Durante algunas horas el zoológico quedó sin elefante y eso, a nosotros, nos parecía una insensatez o una forma abominable de deslealtad. El viejo Elefante con sus ritos, sus ruidos diarios, su humor decaído, su nostalgia infinita. Algo giraba en el mundo si en el zoológico faltaba el viejo Elefante. Y esas primeras horas, en cierta manera, nos recordaban a todos los demás que la vida en el zoológico no había sido agradable, pero que se iba a tornar poco digna con los nuevos presupuestos designados desde el ayuntamiento. Recuerdo que brinque al árbol, me quedé apoyado en mi rama, ese lugar donde pasé tantas horas; y sentí que el olor del zoológico había variado: ya no venían los olores a comida mezclada de los puestos de la zona de descanso, como si allí, en las zonas extras, también se hubiera notado la salida del elefante. La mañana transcurrió aletargada, dispersa, los operarios limpiaron las instalaciones donde ya no estaba el elefante y algo del olor profundo del noble animal se diluyó en el ambiente. Sólo unas pocas horas después vimos una furgoneta aparecer, yo no me había percatado, pero un par de avisos del Rinoceronte indio me alertaron del movimiento. La furgoneta se detuvo en la puerta de metal y vimos, que a trompicones, y con cierta torpeza, los operarios, unos chicos bruscos en su trabajo y poco experimentados, bajaban a una pareja de elefantes jóvenes y los introducían en las instalaciones en las que hasta horas antes había habitado nuestro compañero. Luego supimos que los sustitutos habían nacido en la ciudad, no conocían África más que por referencias, habían sido criados para vivir aquí y apenas sabían de la esencia del Elefante. Sin embargo nos fuimos acostumbrando a ellos, les enseñamos cosas que habíamos visto del viejo Elefante, gestos que atraían a los niños gritones, y la vida, con un halo de nostalgia permanente, continuó.

 Las instalaciones iban perdiendo en brillantez. Los recortes presupuestarios habían afectado a la plantilla de operarios y quedaban menos de la mitad. El zoológico estaba menos cuidado y nuestro entorno era más sucio. Anímicamente todos nos habíamos sumido en una especie de laxitud acuosa. Mi jaula estaba considerablemente más sucia y los cuidados eran escasos. Discutí varias veces con el Panda y me recriminó mi mal humor. En general los Monos Capuchinos somos malhumorados cuando las cosas no van bien y el ambiente enrarecido se me hacía pesado. A veces recriminé a los nuevos elefantes su falta de esencia. Era curioso ver como un elefante puede ser tan torpe, tan humanizado. Sentía que la rueda, una rueda oxidada, daba una vuelta sin eje. Los meses, esos meses, fueron una barca de madera avanzando por un río de aguas quietas y casi estancadas. Se rumoreaba que el número de visitas había disminuido casi a la mitad y que el zoológico era cada vez más prescindible. El dromedario lloraba con frecuencia y esa decadencia sumergida eran molestas, como es molesta la aparición veloz de nubes cargadas un día de sol estupendo.

 No hubo comunicado: Max, el operario más antiguo del zoológico, se acercó una mañana y sin mucha emoción entró en mi jaula:

.- Mono Capuchino, las cosas se han complicado. El ayuntamiento incluso ha hablado de cierre y de liberaros, pero tras muchas propuestas y estudios, se ha concluido que lo mejor es que os hagáis freelance. Os llamaremos los días de más enredo y de más visitas concertadas de colegios. Mientras tanto viviréis en los alrededores del parque campo a la intemperie y liberados. Buscando vuestra forma de vida. A cambio, cada vez que os llamemos, os proporcionaremos comida y de vez en cuando algún chequeo médico.

 Max entonces, por primera vez, salió y dejó la puerta de mi jaula abierta, sin el temor de mi huida.  Caminé por el zoológico vacío. Por primera vez salía de esa jaula infame, pero sabía que no era una liberación, sino un cautiverio quizá más amargo. No tenía donde ir. Cruzar a sudamérica no era una posibilidad para mi, no era una opción puesto que no tenía medios para asumir esa huida. La jirafa caminaba torpe y me miró como si yo pudiera dar una respuesta a nuestra nueva situación. Al alcanzar la salida del zoológico Max nos indicó, que de frente, era todo zona virgen del Parque Campo, que allí podríamos vivir con cierta tranquilidad, aunque las características climatológicas nada tuvieran que ver con nuestra forma de vida. Subí a los pinos. Salté sin mucha conciencia. Las ramas, las formas de los árboles me recordaban que en cierta manera mi vida era un cúmulo de azares torpes. Recordé a mi familia y esta vez, al contrario de como les recordé muchas veces en la jaula, sentí que eran remotos, inaccesibles, seres de otro mundo. Después de algunas horas saltando con violencia, gritando y recreándome con melancolía en el eco de mi grito me detuve. Se hacía de noche y una humedad sólida y algo fría se hacía presente. "Soy un Mono Capuchino que dejó de ser Mono Capuchino" pensé. Por primera vez sentí la verdadera dimensión de el vacío sideral que rodeaba mi  destino: animal de zoológico, azotado por una grave crisis económica.

  Hubo días de desolación, también de dolor. Pensé en el camino de los hombres. Pensé en el vacío y la miseria. En el concepto desequilibrado de la libertad, una libertad mal asumida. Pensé en la ambición, en esa droga corrosiva de la ambición. El vicio de la insatisfacción. El vicio y el vacío de los insatisfechos. Pensé en el delirio. Pensé en el cautiverio. Pensé en rejas. Pensé en los días. Pensé en el desequilibrio. Imaginé a los otros que conmigo habían abandonado la jaula cuidada, por la jaula gigante de donde eres ajeno y víctima. La Jirafa, el Marabu, el Búfalo, el León Atlas, el Oso. Recordé al koala. Le imaginé devastado por el Parque Campo, sufriendo ese clima que le resultaría atroz, despiadado.

 Entonces Max me llamó. Me citó para un par de visitas. Me indicaba la hora a la que me debía presentar.  Fue así como me convertí en un animal Freelance del zoológico de la ciudad.

miércoles, junio 06, 2012

la sociedad de los pequeños mandatos

   A las 19:23 de una tarde de clima espeso de finales de mayo, forman la sociedad de los pequeños mandatos. En cierta manera asumen que el mundo está descarrilado y su forma de actuar en la invisibilidad arreglará mucho de los desbarajustes. No hay grandes palabras, ni discursos, ni gestos grandilocuentes. Hay buenas dosis de alcohol y algo de drogas y bastante silencio, pues ambos, son poco dados al verbo, básicamente porque son torpes en palabras y en pensamiento. En cierta manera ellos asumen el pensamiento, las ideas, como un bloque, un bloque tremendo pero que en el interior está repleto de hielo. Ese hielo es el que hay que mantener al margen de los otros, puesto que las ideas, el pensamiento, se puede derretir al estar expuesto al calor de los pensamientos de los otros, incluso hay que protegerlo del aire cálido que sale de las palabras de los otros al ser pronunciadas: el aire que forma vocales y consonantes, mezclado de aliento y saliva. Sus bloques rellenos de hielo explican su actitud vigilante, parecida a la de aquellos tipos de seguridad de eventos deportivos que no miran lo que sucede en la cancha, sino que miran atentos a las gradas, donde los corazones del público sufren las variantes y la emoción del juego.

 La sociedad de los pequeños mandatos comienza su andadura. Incursionan en el mundo empresarial. Contratan a unos cuantos muchachos. Hablan de amistad, de lealtad, de proyección, de futuro. De momento no hay dinero, pero lo habrá, habrá mucho, prometen; sólo piden paciencia. La estrategia es sencilla. A los muchachos les hacen ver que su trabajo aún no está preparado para que la empresa de el gran salto, así que les piden esfuerzo en el aprendizaje y velocidad. Los muchachos se atropellan en el intento. A veces se revelan, pero la posibilidad de crecimiento empresarial y la sensación de culpa les hace obedecer. La sociedad de los pequeños mandatos vende su producto sin demasiado criterio. Hay que ser una gran empresa, esa es la idea. Esa idea preconciba en ese bloque inaccesible relleno de hielo. La empresa que funciona a empujones tiene algunos altercados. Algunos de los muchachos se quejan y tratan de dejar escritas algunas reglas. Las dos cabezas pensantes de la sociedad de los pequeños mandatos se reúnen a solas con los muchachos rebeldes, les escuchan con frialdad y al final del monólogo del muchahco afectado simplemente le dicen que los otros muchachos se quejan de su actitud y de lo poco compañero que es. Los muchachos rebeldes se sienten, entonces, desmoronados y vuelven silenciosos y ensimismados a la empresa a seguir trabajando en camino de la promesa.

 La siguiente estación de la sociedad de los pequeños mandatos es el espectáculo. Montan un circo. Se rodean de payasos amateurs con proyección de profesionales. Las reglas son muy parecidas a las que siguieron en el mundo empresarial. Viajan con el circo. Se fusionan con otros circos, algunos de ellos manejados con maestría, observan y roban algunas ideas y  las aplican a su circo. Los payasos los van renovando. En general los payasos se cansan de sus métodos y abandonan el circo. Son reemplazados por nuevos payasos a los que se les ofrece la bonita experiencia de pertenecer a un circo que está a punto de ser popular y al que pronto vendrán muchos niños y algunos adultos nostálgicos.

 A veces las dos cabezas de la sociedad de los pequeños mandatos discuten entre sí, pero en realidad sus hielos se mantienen ajenos al calor que emite el otro. Con lo que las discusiones se diluyen en una forma peculiar de ecos. Las palabras del otro llegan a sus propios hielos para convertirse en más hielo.

 El destino de la sociedad de los pequeños mandatos es difuso. ¿Tiene éxito? Nada se sabe del éxito, que es su único fin. Nada se sabe del triunfo, que es a lo que aspiran. Nada camina por la explanada terrible de la vida. Las ambiciones y los vicios, el camino no es disfrutable. No hay libertad en los años cabalgando. Hay una huida, una huida en la que nada importa salvo huir. Hay un camino rodeado de muros unicolor que se prolongan y prolongan tristemente hasta el éxito, hasta el triunfo. Es el camino a la muerte, una muerte que todos encontraremos y que será la que evalúe el éxito. El éxito, una palabra vacía porque en realidad el éxito no existe. Lo que único que realmente debería importar es que el camino no tuviera muros a los lados y que el hielo...

martes, junio 05, 2012

El taxista

 El taxista con el que nos montamos hoy dijo que en España el uso del taxi es una cuestión de costumbre. También habló con una inmensa ternura sobre la paternidad después de ver a nuestra hija de ocho días dormida y silenciosa. Reflexionó con sensibilidad y bastante inteligencia sobre el acto de nacer: ese largo trayecto que va del útero materno al exterior frío donde nos recoge, generalmente, las manos de un médico. Y se preguntaba sobre el como afectará eso en nuestra forma de afrontar el mundo de ahí en adelante. También narró el trayecto de una señora que llevó días atrás a encontrarse con su hija y de la sorpresa que se llevó al escuchar que la mujer tenía noventa años y la segunda sorpresa que se llevó, claro, al ver que la hija, que la esperaba en una esquina, en la puerta de un oftalmólogo, donde se iban a revisar la vista, tenía cerca de setenta años. "La vida se ha prologado". Nos preguntó por nuestras hijas y sobre los celos de hermanas y pensó que los celos, en buena medida, son asunto de los padres, un error de gestión. Luego nos habló de su hijo, un preadolescente algo temeroso y finalmente habló del destino y de como sabe que su hijo tiene un destino que él no puede gobernar y que lo único que le queda es darle cariño, un cariño limpio y honesto. Ahí, curiosamente, mientras hablaba de destino llegamos al nuestro. Quise despedirme de un modo más cercano que al modo de una despedida de taxista-cliente, pero luego me pareció extraño hacerlo o tampoco supe que otra manera había de hacerlo. Pagué.

lunes, junio 04, 2012

Reflexiones vacías que morirán al final de la tarde

 La búsqueda del éxito es un rotundo fracaso.

 También se roba la ilusión y en ese delito el robado, además, sufre la pena.

 La única manera de plantearse hacer una actividad artística es la de disfrutar el proceso y no esperar un efecto en su culminación.

  Visualizar un final acaba con las sorpresas, indispensable para afrontar cualquier final. Los finales ni en literatura, ni en las ambiciones, deberían de existir.

 Tiene que haber un coqueteo permanente con aquello que se está haciendo, sobre todo si son canciones.

 Es imposible no absorver, por eso es tan difícil ser honesto a uno mismo. Es fácil confundir quien creemos que somos con quienes somos.

 Conversar como víctima, regañar como víctima, hacer ver que eres siempre la víctima en cada una de las relaciones de tu vida te delata como gran culpable.






La rutina

 La rutina: su cadencia, su ritmo acompasado de horas, los ritos invisibles, los códigos asumidos, las ideas inamovibles. La rutina y su variaciones leves, inapreciables. La lenta aparición de las canas. La caída de un pelo, de otro pelo. El camino que se va haciendo visible de una arruga que terminará siendo profunda, despiadada. La caída del músculo, los gramos sumándose en la báscula. La rutina y sus trampas, porque la rutina no existe. Construimos algo que pretende ser rutina, pero la rutina no existe, no seamos prepotentes. Luego, cuando la creemos construida, gobernada por nosotros, renegamos de ella y hastiados de esa efímera construcción, buscamos una nueva, creyentes en nuestro poder para construir rutinas, mundos; pero la rutina no existe. No tenemos el poder de gobernar nuestro día a día. Lo creen los que asumen que esto se repite día a día, pero no hay tal poder. Es una ficción que sabemos se desmoronará en cualquier instante, en cualquier leve accidente de lo cotidiano, en cualquier asalto del tiempo. Los miércoles se dinamitará esa sesión de gimnasio de todos los miércoles. Los lunes estallará en la nada cósmica esa creencia de que todos los lunes iremos al curso de diseño web. Se han ido colando otras rutinas. Creimos que ya era habitual pagar esas facturas, llegar a fin de mes y cumplir con el pago de la hipoteca. Repetir esos viajes a distintos puntos del extranjero: porque asumimos que siempre fue así y que seguramente siempre será así. Y sin embargo, nuestra vida era otra cosa. Las rutinas estallan, se estrellan contra muros invisibles en carreteras de conductores, que no lo saben, pero son suicidas.

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