martes, febrero 28, 2012

La contracción del ratón

 De arranque haré algunas series de cuello y hombros. Tiendo a fortalecer demasiado los biceps y el cuadriceps y a veces descuido algunas zonas centrales. Estoy contento con el pecho y reconozco que la espalda es la envidia de algunos en el vestuario, pero es fácil satisfacerse con el halago y rebajar la exigencia. Creo que debo intensificar un poco las sesiones, sinceramente me he relajado con algunos aspectos y lo del cuello y los hombros es casi imperdonable. Tengo muy visualizado el cuello que busco. Hay un tipo que iba por el gimnasio, que duró muy poco tiempo. Un tipo callado, extraño, casi invisible, que tenía el cuello que quiero para mi. Las dimensiones, el grosor, las marcas precisas. El tipo tenía un cuello impoluto, poderoso, voluminoso, solemne. Nadie reparaba en él y es cierto que no fue muchas veces por el gimnasio. Aparecía siempre a última hora de la tarde, esa hora del intercambio, cuando se van los blandos y escualidos muchachos de medio pelo y nos quedamos los del colectivo La contracción del ratón. Aparecía con una bolsa antigua, fea, verde fosforescente. Se aligeraba de ropa, hacía estiramientos peculiares y se ejercitaba. Yo le miraba desde la Xpress 900 (una máquina deliciosa para los ejercicios de cuádriceps) y reconozco que había cierta fascinación en verle ejercitar el cuello. Su cuello no era un cuello, era un portento. No sé cuanto tiempo movía aquella mole, pero esos minutos no pasaban. Ese cuello prensándose, contrayéndose como un animal milenario, desplazándose como una máquina precisa, sin recovecos; exhibiéndose a la gravedad, casi retándola. Era inevitable no mirarle, aunque comprendí que yo era el único atraído por aquella bestia de la precisión. Luego dejó de venir. Jamás habló con nadie, jamás le oimos la voz. Un día hablando de cuellos le nombré, le describí, pero ninguno de los chicos recordaba de quien hablaba. Algunos se han burlado en ocasiones de mi, dicen que me he inventado a ese tipo. Yo, sin embargo, recuerdo verle. Recuerdo verle llegar callado, como si de alguna manera tuviera una misión precisa que cumplir, como si los días en nuestro gimnasio fueran un camino por el que pasar, un fragmento leve de un camino cuyo fin la humanidad desconoce. Su actitud distante, o no ya distante sino lejana, sideral, le daba un aire de potencia frágil, como ese vendaval que pasa, lo arrasa todo y se desvanece en una llanura más allá, agónico, triste. Ese tipo, ese cuello, en verdad, no parecían pertenecer a los hombres. Era un ser que venía de otro lugar, un lugar que, por otro lado, se sabía inexistente, un hueco, un agujero temporal en el que había emergido ese tipo. No volvió y de él quedó mi recuerdo en algunas de las conversaciones de nuestro colectivo. Desde entonces ejercito mi cuello buscando emular su cuello, esa obra escultórica casi irrepetible. Porque esa es nuestra visión en La contracción del ratón: Los músculos son piedras, diamantes en bruto. El ejercicio es el cincel. Como artistas que trabajan con lo real, aspiramos convertir nuestros músculos en esa obra precisa que visualizamos y que asumimos como obra cumbre, obra final. Y ese cuello me completaría, me lanzaría y colocaría mi obra cerca de lo que aspiro.

viernes, febrero 24, 2012

Tristeza

 Evidentemente nadie sabe la hora de su muerte. Tampoco sabemos la hora de la muerte de los otros. Desconocemos cuando es la última vez que veremos a alguien. No hay modo humano de saber si esto es la despedida definitiva y no una fugaz despedida. Nadie sabe las horas que le quedan ni a si mismo ni a los otros. Podría estar tecleando esto y dentro de diez minutos estar muerto o quedarme patitieso aquí, frente al teclado. Podría pasar que no vuelva a ver a muchos de los que he visto. Quizá Sanchez, quizá I, quizá J, quizá Dominguez, quizá Figueroa, quizá el chico ese que siempre saludo en esa oficina a la que voy dos o tres veces al mes. Un tipo simpático con el que una vez me encontré en un metro de Londres. Hay gente que hemos visto ya por última vez y no lo sabemos, lo que además, a la inversa, les hace a ellos habernos visto ya por última vez. Son despedidas inaudibles. Pienso en gente, mucha por la que apuesto a que ya jamás les volveré a ver. Ya me despedía de ellos. Seguramente jamás vuelva a ver a I, esas piernas memorables que ascendí con perversión en tardes lejanas y cálidas en las que mi vida estaba, únicamente, sujeta a sus piernas. Unas piernas que habrán sufrido los golpes de los años y con toda probabilidad muestren otro tipo de esplendor, pero en cualquier caso, en las que seguro aún hay esplendor. Seguramente no vea a Davis, ese tipo distinto y distante con el que me emborraché en unas calles que recuerdo un poco tristes y bastante mal iluminadas y llenas de mierda en las aceras o no mierda si no con grasa, porque aquella zona de la ciudad estaba llena de talleres temibles y feos y esos talleres dejan las aceras llenas de grasa, una grasa de motor o de demonio: esa grasa es la sangre del demonio. Seguro. Tampoco veré a Sandra. Aquella chica flaca del colegio que me regaló unos discos, que me dio un beso hermoso y al día siguiente empezó a salir con el tipo más grande del colegio, una especie de animal salvaje que debía ser una mezcla genética de bulldog y gorila y que parecía venido del planeta de los simios, lo que le hacía temible y desconcertantemente atractivo a un colectivo femenino incoherente o terriblemente e insaciablemente coherente con la especie.  No veré a Feliciano, el peor profesor del planeta y seguramente de los otros planetas remotos donde existan colegios e institutos, lo que seguramente convierte a Feliciano en el peor profesor del cosmos. Seguramente no les vea, tampoco a Sonia, ni a Susana, ni a Adriana, chicas por las que rocé el delirio o ese terremoto que llaman atracción, que besé y de las que si me esfuerzo, y con los ojos cerrados, puedo recrear con enorme precisión sus cuerpos desnudos, sus cuerpos de entonces, porque hoy habrán sufrido variaciones y las desconozco.  Ma habré despedido de ellas. Son despedidas que, están en cierta manera asumidas. Hay otras, no obstante, que me preocupan. Hay muchos otros de los que desearía no haberme despedido aún. Muchos. De los que espero no sólo una vez más, sino mil más. De los que deseo verles de viejo, cuando ya todo se vea por detrás y en una distancia incomprensiblemente cercana y lejana. No quiero despedirme de ellos hasta dentro de muchos años. Muchos. Sin embargo cabe la posibilidad que con alguno ya nos hayamos despedido.

miércoles, febrero 22, 2012

Fin

 14:52:

 Recibimos la última conexión. Los pilotos parecían agotados, exhaustos. Sin resquicios de fuerza. Apenas salía voz. Apenas eran audibles. La situación parecía definitiva. Tremenda. Incapaces de establecer coordenadas, desubicados, perdidos. La conexión fue traumática aquí, para los que les escuchábamos en casa. Era, definitivamente, la última. Sabíamos, mientras nos llegaban las voces cubiertas de interferencias que no habría vuelta, que de ahí avanzaban hacia la nada. Sin dramatismo o evitando la pena en nuestra voz les hemos deseado suerte. Sabíamos a cada segundo que ahí, definitivamente, acababa todo.

 Hasta siempre mis queridos Cosmonautas.

Fútbol

 Vivimos en un partido de fútbol. Y además no es un partido de fútbol cualquiera, es un partido terrible, violentísimo. Las gradas están incendiadas con llamas, las gradas rugen, insultan, los árbitros están comprados y hay que vencer pase lo que pase. Ahora da igual como juegue el equipo, eso ya lo solucionaremos, asuntos de táctica y entrenamiento, ahora hay que ganar, como sea. Hay pancartas colgadas de las gradas. Son ofensivas y nos reímos de esa ofensa. O no son ofensivas, porque en realidad no lo son, porque son adjetivos que en la sensatez a nadie ofenden, pero estamos en mitad del partido y cualquier vaciedad es insulto y pretende ofender y la grada celebra la ocurrencia del memo, porque el memo comanda este ejército de gritos. Abajo, en el césped, las cosas no varían. Los defensas llevan alfileres que incrustan en la piel de los delanteros cuando el arbitro gira la cabeza. Hay escupitajos y patadas. El balón no corre. Hace mil minutos que dejó de haber fútbol, lo que hay es otra cosa. Los aficionados no observan jugadas, un balón rodando con esmero y delicadeza por el suelo. Los aficionados quieren ganar, porque eso les otorgará la razón, una razón alejada de toda razón, pero les dará la razón o eso mostrará el marcador en el minuto noventa, un minuto al que, por otro lado, jamás se llega, porque este partido ya no se mide en tiempo o es un partido en el que nada se acaba. Nadie recuerda ya los goles, nadie sabe cuantos van, lo único que importa es éste minuto, éste y marcar cuanto antes y si se marca gritar y soltar la ira insultando al portero o al defensa estúpido que dejó camino libre a nuestro delantero del que ya no recordamos el nombre. Gol y vuelta a empezar. No se mira el marcador. Se mira a los jugadores de nuestro equipo y se les presiona, porque hay que marcar cuanto antes, otra vez, porque ya en la grada se han sumado, de nuevo, las ganas de gritar y ofender al adversario. Caen alimentos desde las gradas, los equipos se patean, nadie se percata, pero el balón a ratos, se queda aislado, en mitad del campo, ningún jugador se da cuenta. Allí está el balón detenido, inmóvil. En el césped lo que se sucede son marcajes a tipos que ya no saben ni donde están. Los entrenadores posan o gesticulan. Pero el balón sigue allí. Nadie corre hacia él y empieza una jugada, hilvanada, pases precisos avanzando, por el puro placer de jugar, hacia el gol. Ya nada de eso sucede, o quizá nunca sucedió. La grada grita, quiere ganar, porque le dará la razón.

martes, febrero 21, 2012

Inverso

 Nos dejaron aquella casa una temporada. Yo dormía en el sofá y me duchaba a primera hora. Los demás se distribuyeron con disputas acaloradas las habitaciones. Creo que hubiera preferido no vivir con ellos, pero lo gratuito siempre era un aliciente. Había perdido el trabajo en un bar de copas y mi futuro no tenía exceso de puertas. Creí que me gustaba escribir, pero comprendía, en cada intento, que no había nacido para ello. Intenté escribir novelas: novelas de ciencia ficción, novelas eróticas, novelas de falsa historia, novelas de detectives, novelas nihilistas, novelas experimentales, novelas autobiográficas, pero en todos los intentos, en cada uno de ellos, encontraba enormes carencias. También me hacía ver reflejos de cosas. En cierto modo, cada vez que intentaba escribir, todo se volvía la novela, el boceto de novela y los días se volvían obsesivos, pero inacabados, porque yo escribía sabiendo de antemano, que no acabaría y que las páginas que llevaba se quedarían en un boceto sin terminar. Y esa sensación se trasladaba a todo. En aquella casa no se dormía bien. De madrugada subía por el patio interior los graves de una discoteca que había en el sótano. Una discoteca ilegal y triste. Entré un par de veces y no sucedía gran cosa. La decoración era espantosa. Parecía una discoteca abandonada en una época de esplendor inexistente. LA discoteca parecía el recuerdo de algo no vivido, un recuerdo, por lo demás, triste e incluso turbio. Uno de esos recuerdos que se tratan de no recordar. Lo desconcertante de aquel bar es que ponían música electrónica alemana de finales de los setenta. El dueño era adicto a esa música y tenía discos imposibles, rarezas encontradas en sótanos de Berlín donde además de conseguir discos se conseguía droga. Aquella música subía por el patio interior y me llegaba de lleno al sofá donde dormía. Es curioso, pero toda aquella época recuerdo que soñaba cosas indescriptibles como todo sueño, pero alucinantes, muy sensitivas, muy siderales, también muy contundentes. Siempre atribuí esa capacidad emocional y estética  de aquellos sueños a la música que subía de la discoteca. Como si aquella música fuera gasolina onírica. También intente transcribir aquellos sueños, pero en cada intento perdía horas y horas tratando de describir cada una de las cosas sorprendentes de aquellos sueños. Concluí que cuando se sueña, el tiempo se desmorona, porque es imposible soñar tanto en tan poco tiempo. La realidad del sueño se sucede en un tiempo laxo, hiperlento, agónico, por eso se desentiende lo que parecía entendido. Por eso el sueño desracionaliza lo que parecía ya racionalizado. El tiempo descomprime lo que se ha pensado, también lo que se ha vivido o lo que se ha imaginado. No logré ser escritor. No sé si por eso o por más motivos, empecé a querer largarme de aquella casa. Hubo un par de peleas entre los compañeros en las que no participé. Uno de ellos se marchó. A los pocos meses me vi solo en aquella casa que no sabía muy bien a quien pertenecía. Cuando me quedé solo no salía. Pasaba semanas sin pisar la calle. Intenté otras formas de escritura. Con pinceles empecé a escribir poemas en las paredes. Si era malo en la narrativa, como poeta era lamentable, y además pretencioso. Había llenado las paredes de frases épicas cuando comprendí, definitivamente, que la literatura no era lo mío. Guardé todas las cosas en mi maleta y me fui de allí. Después de aquello conocí a L. Me fui a vivir a su casa. L decía que escribía, pero a mi también me parecía terrible lo que ella hacía. Un día se lo dijo y me dejó. Después todo fue difuso. No recuerdo como se fueron sucediendo las cosas. Un día me monté en un avión con destino a Londres. Trabajé haciendo camas en un hotel de cuatro estrellas. Llevaba uniforme y no pagaban mal. Pero no soportaba el clima. Después de años volví al banco. Me dieron un buen puesto. Volví con los amigos de entonces. Creo que sin proponerlo, fui haciéndome un tipo relativamente feliz.

Visita

  Se quedaron algunos minutos allí delante. Intranquilos. La luz, casi perversa, reventaba en la placa y reflejaba violentamente en los ojos. No había manera de mirar  sin quedarse deslumbrado. Casi como un símbolo en el que ninguno creía. Finalmente alguien tomó la decisión:

.- Si no creemos en esto ¿Por qué caemos en los ritos?

 Y se mantuvo el silencio mientras la luz del sol se desplazaba y volvía a permitir mirar la placa; ya era, de nuevo, legible el nombre de la madre. Durante los siguientes segundos se quedaron quietos. Ninguno contestó la pregunta. Uno de ellos, entonces, vencido, derrotado por la tristeza, lanzó la mano y la colocó sobre la placa. No hubo ningún gesto más. La sola mano apoyada desmoronó a los otros. Sin embargo en ningún momento nadie se rebajó a la épica o a la lágrima. Finalmente uno de ellos colocó sin aspavientos el ramo. Miraron un poco más hacia la placa. El cuadrado enmarcado entre otros cuadrados. Nichos vecinos ligados por la fecha de vencimiento, por el día que se cerró todo en cada uno de ellos. Eternamente desconocidos, vecinos invisibles los unos a los otros, pegados unos a otros por la fecha. Edades distintas para un mismo día final. Caminos lejanos que confluyen en nichos vecinos. Es inevitable mirar las otras placas, comparar edades y prefigurar un rostro detrás de ese nombre que anuncia la placa y que será el vecino de la madre. Todos con un número asignado que servirá para encontrar el lugar exacto más rápido en la próxima visita. Ahí, en los nichos.

 Entonces se dan la vuelta y caminan despacio entre las callejuelas. Buscando la salida y tratando de memorizar ese camino que, esto no lo saben, no volverán a recorrer. No volverán, no va en ellos. Los nichos, se sabe, están vacíos. Se van vaciando lento y cuando se vuelve solo quedan un eco, también una placa.

lunes, febrero 20, 2012

Azotea

  Había pocos edificios alrededor. El tráfico era escaso, sin embargo la avenida era ancha. Desde la azotea se veía un reloj que siempre marcaba la hora unos diez minutos retrasado y que daba la impresión de llevar unos cuantos años fuera de órbita. Era un reloj grande, colgado de la pared del edificio de enfrente: un edificio bajo, bastante deteriorado y aparentemente deshabitado. Lo mirábamos desde la azotea mientras hablamos de la gloria y de la decadencia de nuestras vidas. Si es que hasta ese momento nuestra vida hubiera podido alcanzar algo de gloria o algo de decadencia. Veíamos la hora y bebíamos una bebida que pretendía ser vodka y era terrorífica pero barata, mezclada con jugo de naranja y hielo. Luego nos acostábamos en los colchones y sentíamos el mareo visual de la borrachera, el movimiento impreciso del alcohol, potenciado por estar viendo el espacio abierto de noche, los puntos de luz universales tambaleándose levemente bajo el manto negro. El suelo era duro y los colchones finos y viejos, pero la felicidad es un estado ajeno al entorno. La azotea parecía la cima de un mundo venido a menos y sin embargo sentíamos que estábamos coronando un planeta hermoso, estábamos borrachos y nos sentíamos filósofos de la era post industrial. A veces veíamos luces en casas cercanas. Y mirábamos dentro. La ciudad, aquella ciudad, tenía mucho de perdida y hoy, si se piensa con los años, sigue perdida, parece no existir del todo y toda aquella zona alrededor de la azotea estaba perdida dentro de esa ciudad olvidada, lo que convertía a esos que veíamos detrás de aquellas ventanas cercanas en individuos dotados de un poderoso halo de fantasía o de proyección. Los mirábamos actuar dentro de aquellas habitaciones y seguíamos bebiendo el vodka con naranja. Creíamos que eran parte del rito. Nos sentíamos inmensos en la azotea. La madrugada, sin embargo, nos iba mostrando el camino contrario, nos reducía a la nada o al sueño y caíamos rendidos en los colchones finos y viejos. Cada uno soñaba delirios o ideas que al amanecer comunicaba con euforia, otorgándole al sueño un valor casi de obra maestra. Recuerdo a FV narrar un sueño como el que ha visto la luz. Narrarlo con frenesí, con desgarro y al concluir mirarnos y decir que en realidad no importaba nada porque todo no había sido más que un sueño. Entonces nos poníamos de píe y mirábamos la hroa en el reloj y sumábamos los diez minutos de rigor. Bajábamos por la escalera y salíamos abajo, a las aceras de la avenida donde seguí sin haber mucho tráfico. Alguna vez, muy pocas veces, en la acera, a esas horas, nos cruzamos con alguno de aquellos que veíamos tras las ventanas. Los mirábamos como si les conociéramos y sin embargo eran desconocidos. Caminábamos hasta el terminal de autobuses y cada uno volvía a casa, con la falsa ilusión de estar cambiando el sistema desde la médula, una ilusión extraña, difusa, que se iba desvaneciendo al caer otras tardes, otras noches o enamorarte de una tipa creyente y practicante que te hacía dudar o hacer creer en la existencia de un Dios. Y dudabas y te preguntabas cosas,  y se te olvidaba la azotea mientras le escribías un poema triste y cursi con un bolígrafo parker en las piernas. Unas piernas que luego, esto no, jamás, podías olvidar.

sábado, febrero 18, 2012

Sara

 Anoche contactamos con la Tía Sara, una tía abuela de H. No sucedió mucho más. Hizo aparición cerca de la medianoche. A esa hora no esperamos a nadie, suelen llegar más tarde. La tía Sara apareció sin muchos aspavientos. Saludó con un repentino Hola y cuando preguntamos quien era contestó solemne: "S-O-Y-S-A-R-A-L-A-T-I-A-D-E-H" con una velocidad a la que no estamos acostumbrados. Hay que reconocer que las visitas suelen darse cierta importancia, y tardan en dirigirse de una letra a otra. Sin embargo ayer todo fue rápido. No sucedió nada espectacular de cara a los demás, pero H se quedó meditabundo y silencioso. Le preguntamos sobre su tía Sara, pero contó rasgos generales: Mujer silenciosa, extraña, solitaria. Vivió hasta los noventa, era viuda desde los cuarenta y cinco. Murió atropellada por un coche. Pero H se quedó afectado, como si algo en esa visita inesperada le hubiera resultado desolador o terrible. De camino a casa, a las tres de la mañana, memoricé todas las cosas que había dicho la mujer. Frases nada contundentes. En general se podría calificar la visita de la Tia Sara como de las menos jugosas, sin embargo, en como afectó esta visita a H, había algo que nos dejó a todos bajo un estado de profundo misterio.

 Hoy hemos quedado sin avisar a H. La idea es hacer una sesión sin él y tratar de llamar a la Tia Sara. J afirma con severidad que él ha aprendido en estos meses a llamar. Hasta ahora sólo hemos sido visitados y siempre hemos investigado por lograr ser nosotros los que llaman. J asegura que ya está preparado. Yo dudo de J, a veces también dudo de las sesiones. Todo lo que ha sucedido ha trastocado en exceso nuestras vidas y nos condiciona. Creo que hemos llegado a un estado de cierta neurosis. Algunas visitas han sido rotundas y salvajes en sus afirmaciones. Como aquel futbolista legendario que dijo a velocidad de vértigo que J moriría en pocos meses en un accidente de tráfico o el soldado italiano que confesó temor ante la cercanía de la fecha del fin del mundo. Cuando le preguntamos sobre su temor, puesto que él ya no era un ser vivo, dijo que el fin del mundo abarcará también lo fantasmagórico, el más allá, a los muertos: "El fin del mundo será absoluto y nada quedará". Todas esas visitas dramáticas han ido condicionando nuestras vidas. De algún modo nos hemos ido abandonando, sabiendo que el futuro no nos tiene reservado un buen lugar. H, por ejemplo, hace meses que no trabaja. J vive en un estado preocupante de ligereza, ya no paga hipotecas y acumula deudas terribles. El argumenta que no le importa si sus meses están contados. Yo trato de llamar al sosiego. las sesiones me parecen divertidas, pero tampoco creo que haya que creer a rajatabla las reflexiones o predicciones de un soldado italiano o un futbolista habilidoso de los setenta. No creo que sean más que opiniones y nada nos asegura que sus predicciones son absolutas. Pero de todo lo que ha sucedido, lo más preocupante es el estado triste y apagado en el que quedó H después de la visita de su tía Sara.



 J abre las manos, cierra los ojos. Permanece en silencio. Hemos dejado una luz rojiza en la esquina del sótano. No sucede nada. J hace aspavientos. Al rato, con voz pausada, solemne, pretendidamente misteriosa dice:

.- Tía Sara, ¿puedes volver?

 La habitación se queda quieta, muy quieta, como si todo, absolutamente todo, se hubiera detenido.

.- Hola. Soy Sara.

 J me mira y sonríe. En su sonrisa hay algo detestable. J siempre ha pecado de un ego desquiciado. Hay una forma de triunfo en este acontecimiento.

.- Desde ayer H ha quedado sumido en un estado triste, meditabundo, silencioso. Todo sucedió a raíz de tu visita ¿Sabes que es lo que ha podido suceder.

 Sara contesta veloz:

.- No me tutee.

.- Perdone- dice J algo sonrojado.

.- Cuidad de H y cuidad de vosotros. Las cosas no vienen bien. Si algo sucede con H es que ayer le dejé ver algo que deberías haber visto vosotros también. Que las letras no se escriben solas. Que si os giráis ahora mismo, me veréis, ahí, pegada a la pared.

 Y allí está Sara. Iluminada tenue por la luz roja del sótano. Allí, en la esquina, acomodada. De píe. Joven. Es Sara con veinticuatro años, radiante, plena, vital, exuberante.

 Y así fue como todos nos enamoramos de la Tía de H, la Tía Sara. ASí fue como J y yo volvimos una y mil veces a las sesiones y H jamás apareció.


jueves, febrero 16, 2012

El no fín

 Se acabó. Hemos llegado al final. Comienza lo que hay después. De aquí en adelante: adelante. Se abre, se cierra detrás. Un abrazo. Hasta siempre. Ni siquiera vamos a correr campo através. Paseo del sosiego. Si algo hemos alcanzado es eso: sosiego. Caminamos sin prisas. Se acabaron las urgencias. La planicie es extensa. Dejamos las paredes, los ventanucos, los límites. Ahora es la extensión. Caminamos sin tiempo marcado. Lo hemos agotado. Ya no hay medida. Nada nos espera. No hay fin porque cuando se ha acabado, ya nada termina. Nada puede agotarse después del fin y ahí, es el verdadero comienzo.

miércoles, febrero 15, 2012

Hombre en un pueblo de mar

El pueblo es hermoso, en cuanto que es autentico. Conserva casi todo intacto, incluso la decadencia de cierto esplendor lejano. El paseo marítimo está muy deteriorado, pero una reforma sería un error. Esa acera levantada por los árboles, el muro y las escaleras que dan a la playa parece algo del terreno, como si emergieran en vez de estar construidos, llevan tantos años ahí que ya pertenecen al suelo y no a la mano y obra de los hombres que décadas atrás trabajaron y construyeron este paseo alegre y triste. La playa es ancha durante el día y se empequeñece repentinamente al final de la tarde. El agua entonces llega hasta el muro del paseo marítimo, asciende algunos escalones de las escaleras que comunican paseo y playa. La luz cae al final del mar, porque la playa mira a occidente. Quedan algunos chicos por allí, todavía en bañador, peloteando o fumando inexpertamente, sin saber que esas tardes se quedarán incrustadas en su memoria: gasolina de futuras, y lejanas aún, melancolías. Hablan y gesticulan con aspavientos y ríen. Las chicas siempre sentadas, sujetándose las rodillas con las manos cruzadas, sonríen las gracias de ellos. Pasean los ancianos, lento, mirando sin mirar porque el paisaje y la luz les pertenece desde hace años. Parejas eternas que están y estarán eternamente aquí. Al fondo, donde suben las calles hacia la ermita, se activan los bares de neón. La imagen, sobrecoge a E, que pasa unos días en el pueblo. No conoce a nadie, no conocía el lugar, pero hay algo que le parece permanente o le recuerda a algo olvidado. E siente que ha vivido y que permanecerá ahí. Sin embargo es breve la estancia y en tres días se irán.  Durante un rato se debate entre quedarse viendo ese tiempo inalcanzable que se prolonga en ese atardecer hermoso y monótono o volver al pequeño apartamento que han alquilado esos días, donde hace rato se fue su pareja  y su hija.  Se queda subido en el muro del paseo unos minutos más. Se impone la noche y parece subir la humedad. La marea entonces muere y se queda casi laguna, reverberan las luces como intermitencias nerviosas sobre la superficie del mar. A su espalda oye voces que pasan: planes nocturnos, frases fugaces, eventos deportivos mundiales, el tiempo, la humedad, las chicas. E, entonces, durante unos segundos, piensa que está en un recuerdo, pero un recuerdo futuro, percibe con exactitud, la tarde lejana en que recordará ese instante y entonces le parece sentir un eco, un eco interno y externo. Imagen que se alimenta de la luz sobre el paseo cuando ya casi es de noche. Camina por las calles del pueblo y sin saberlo, el tiempo, algunos minutos, se queda estático, detenido. Se ha parado el ciclo y nada se sabe. Sube a su apartamento. Ve a su hija. La besa en la frente.

lunes, febrero 13, 2012

Testimonio anónimo

 Llegué a última hora de la tarde a casa. En la calle todo el mundo caminaba rápido, el frío era terrible, agudo, intenso. El frío lo puede todo. También con las malas horas. Durante los trayectos que caminé no pensé en otras probabilidades. Si pensé en otros inviernos, en otras fugas, también pensé que todo había perdido el sentido, el más absoluto sentido. Como si hasta ahora siempre hubiera habido una cuerda, una cuerda gruesa, con nudos, que iban arrastrando por poleas, la realidad o la vida o el tiempo o el presente.  El presente, un bloque sólido, inamovible, era trasladado sobre cuerdas gruesas. Pero las cuerdas, las poleas, esos nudos esporádicos, habían sido devorados, exterminados de golpe.  Cuando entré en casa también me di cuenta que determinadas sensaciones se habían quedado frígidas, anestesiadas con el frío. Yo no recordaba un frío semejante, aunque siempre hablan de la mala memoria climatológica. Yo no recordaba ese frío en la ciudad; ese frío solemne, absoluto, dictatorial. Me quité la bufanda, los guantes, el abrigo. Lo lancé todo al sofá. Me quedé quieto, frente a la librería. Vi mis libros, los viejos discos, la televisión apagada. Fueron segundos de desconcierto, porque no sabía que hacer en casa. Como si ese asunto de cuerdas y poleas lo hubiera alcanzado todo, también el salón de mi casa, la estantería, mi casa entera. Me quedé unos segundos pensando en si ir al baño a orinar o sentarme y no hacer nada. Aún conservaba el frío en los píes y parecía como si ese frío de los píes dirigiera todo, también las decisiones. Me senté. Me quedé pensando en los días previos. Luego pensé en actos lejanos, situaciones de años atrás. Recuerdos desconectados unos de otros. Eran, basicamente, sensaciones olvidadas. Las sensaciones de otros inviernos, de otros fríos, de mi cuerpo algo más joven. Recordé a una chica que conocí de niño, una chica que era del norte y que me hablaba de su abuelo y de un tío que tocaba el oboe y ella hablaba de aquellos dos seres como si los hubiera soñado o se los hubiera inventado. Cada día me los describía y yo, no sé porqué motivo, los idolatraba o idolatraba eso que ella contaba y me los imaginaba y me imaginaba sus caras, sus casas, sus habitaciones, sus voces y todo aquello que imaginaba me parecía perfecto o sublime, o algo con sensaciones religiosas, porque incluso en ese entonces yo no creía en nada o creía en asuntos terrenales de un modo religioso, pero no creía, no tenía fe. Tenía fe en aquellos dos tipos de los que me hablaba aquella chica del norte: el tío del oboe y su abuelo, que tenía un trastero con vinos y quesos y escribía bajo una lámpara vieja, un cuarto que olía humedad y a mar, y que yo me imaginaba viejo, muy viejo y escondido, no sé de qué, no sé donde, pero escondidísimo. Luego miré de nuevo la estantería. Los libros, mis libros. Muchos que aún no he leído, muchos que jamás leeré, muchos que ya leí. Algunos de los que recuerdo cosas, algunos que he olvidado casi por completo y unos pocos que me dejaron devastado, agitado, conmovido. Me puse en píe, guardé el abrigo, el gorro y la bufanda. En la habitación me quité los zapatos, también los calcetines y me asomé a la ventana. Volví a pensar en las cuerdas, en las poleas. Juro que sentí que nada de todo eso merecía ya la pena. Juro que sentí que no quedaba un ápice de interés, porque tampoco quedaba mucha fuerza. Como si esas cuerdas que imaginaba hubieran estado siempre arrastradas por mis brazos y mis brazos se hubieran desgastado, fatigado y no hubiera ni un músculo con vestigios de energía. La fatiga absoluta. Busqué emociones, algunas cuantas emociones, pero todo estaba enquistado bajo la piel aún fría. Por la calle pasó una mujer empujando un carrito de bebé. Metros más atrás un chico caminaba ligero, como si fuera deportista y caminara hacia una cancha. Luego no pasó nadie durante segundos, hasta que apareció un tipo, un tipo que caminaba rápido, metiendo la boca bajo la bufanda, encogiendo el frío. Miré el cielo oscuro y sin ningún motivo, concluí que esa noche nevaría. Bajé la persiana y dejé la casa, unos segundos, a oscuras. Me volvía a sentar en el sofá. Encendí la televisión. Algo, inevitablemente, cambió entonces. La televisión hablaba de caos. Las calles de algunas ciudades estaban agitadas, sumidas en un desorden absoluto. EL tono de la locutora era catastrófico. Noté las cuerdas. Las noté arrancando duramente, con dificultad, pero aumentando crecientemente la fuerza. Volví a la ventana, vi unos chicos pasar corriendo, unas llamas, unos gritos. Ruido urbano. Las cuerdas arrancaban. Salí a la calle. Me fui acercando al centro. Me fui cruzando cada vez con más gente. La calle en llamas. El ruido atronador de la violencia callejera. Comprendí que empezaba una nueva era y lancé mi primera piedra.

jueves, febrero 09, 2012

Aquel día del noventa y siete

  En ese momento del año noventa y siete, JC está imbuido en sensaciones imprecisas. Aún falta un rato para el mediodía y no tiene nada que hacer en esa ciudad donde ha llegado horas antes para arreglar unos cuantos papeles ministeriales que le posibilitarán la huida definitiva. El arranque de la mañana fue desesperanzador en las largas colas del ministerio. Un tipo le narró punto por punto las hostilidades del proceso: "Sí no pagas prepárate para venir mil veces a hacer cola a este agujero". El individuo habla rápido, como si llegara tarde a todo y le habla de unos gestores, unos freelance, unos tipos independientes, que hacen el trabajo, que tienen los contactos y consiguen los sellos y las firmas necesarias para conseguir la regularización de los papeles. JC le pregunta al tipo si conoce a alguno:"Yo soy gestor". Intercambian teléfonos, JC le da los papeles y le paga un adelanto: "En dos semanas sabrás de mi. Tendrás este asunto resuelto" JC le dice que el no vive en la capital, que viene del interior, pero que le dará el teléfono del familiar donde se queda estos días, para que se a esa persona a la que le de los papeles. Entonces JC vuelve al metro. Los vendedores ambulantes de música pirata promocionan su producto con equipos  portátiles de sonido atronador. La idea es sonar más alto que la competencia. En el camino al metro JC piensa en las posibilidades de encontrar una forma de armonía en ese submundo caótico. "El futuro será esto" piensa JC sin saber el motivo de ese pensamiento.  Entonces decide irse al parque del centro. Un parque vegetado, vacío rodeado de edificios y tráfico. Un parque curioso, verde violento y fresco. Se sienta junto a un árbol, cierra los ojos escucha el tráfico. Un poco más allá junto a una valla que separa el parque de la autopista con el transito más espeso del continente, un heladero con un pequeño carro fuma y se mueve esporádicamente la gorra. JC silba y ve una pareja pasar a su lado. Ella va encogida, como si estuvieran huyendo de algo. Les ve pasar y piensa que de algún modo la pareja se parece a su silbido. JC está silbado y mira hacia el cielo. Entre los árboles, casi como un cielo artificial, se ven ventanas de los rascacielos, las ventanas altas desde donde se verá un suelo verde, frondoso; un suelo esponjoso que incitará al salto desde el piso cincuenta y tres.  Lo que se oye desde el parque es inabarcable, tremendo, astral. Una masa violenta de tránsito: coches atronando, miles de ruidos indescifrables, bocinas, conversaciones, aviones, el caos de una capital caótica,"mensajes ocultos", piensa JC. Hay algo en esa sensación imprecisa que a JC le parece única a esa ciudad. Como si esa sensación fuera la identidad esencial de esa capital demesurada, ingobernable. Es una sensación que JC percibe con precisión pero que es imposible de nombrar. Esa sensación es la ciudad y está en ese ruido, en ese heladero fumando, en su silbido, en esas ventanas de los rascacielos pegados al parque, en esa humedad desaforada, erótica. Eso piensa JC: "la humedad de esta ciudad es erótica" por eso JC piensa que la ciudad vive en esa excitación y en esa forma desproporcionada de irrealidad o de realidad vaporosa. Llega el mediodía, JC camina hasta el conjunto amplio de edificios y rascacielos. En los pasillos del subsuelo que unen los edificios camina una masa de gente a grandes zancadas, el subsuelo, el pasillo, recuerdan un pasado que debió ser mejor que ese presente: "El futuro para aquellos fue un lugar decadente. Fueron, inevitablemente, a peor y llegaron a aquí, a este pasillo descuidado, con grietas, bullicioso, lleno de puestos de comida y de vendedores ambulantes" Allí, en una esquina, JC se encuentra con su hermano. Se saludan y JC le cuenta las aventuras en el ministerio, también hablan de la ciudad, de la masa:

 .- Ven, te invito a comer.

 Recorren el pasillo. Llegan a un comedor amplio, ruidoso. Se sirven comida en unas bandejas. El hermano de JC come rápido. JC siente que hay algo peculiar en los ritmos. Es como si todo individuo ajeno a una ciudad viera el ritmo desde fuera y no tuviera ninguna posibilidad de subirse a él. Ese ritmo es el que ve JC, un ritmo en el que todos van, como empujados, como jinetes cabalgando hacia el futuro, hacia la fuga y en el que él no ve. EL hermano de JC le dice que cuando se está en el ritmo uno no piensa globalmente en el ritmo, sino en el ritmo único, en el propio ritmo y que seguramente, ese ritmo individual no sea sino no una manera desesperada de unirse a ese ritmo que nadie ve desde dentro.

 JC empieza la tarde. Sale del subsuelo de los rascacielos. Camina por una avenida amplia, repleta de autobuses destartalados, desobedientes. Que aceleran y adelantan sin norma. Ve un tipo con una mesa de plástico llena de libros. Se acerca. El tipo fuma. JC, con pudor, le pregunta por un autor. El tipo le dice:

.-  Aquí, en la mesa no tengo nada de él. Si de verdad lo vas a comprar puedo traerte en unos segundos uno.

.- Sí. Claro, lo quiero comprar.

 El tipo le dice que espere. Sale disparado, cruza la avenida esquivando autobuses, coches, motos, millones de motos sin control. Desaparece en una esquina. JC se queda esperando sin entender. Está parado, en mitad de la ancha avenida, rodeado de infinidad ruido, de gente que camina, subida en el ritmo inalcanzable. Baraja posilidades. ¿Es posible el tráfico de libros? ¿Existirá un mercado ilegal? ¿Autores que se consiguen bajo cuerda, en las esquinas con agujeros en el asfalto de la capital, en la puerta de una arepera? ¿Tendrá, el tipo, escondido según un criterio insondable, algunas ediciones o autores? ¿Por qué se ha ido a otro sitio, de repente, sin ser un gran negocio, a buscar ese libro para él? Pasan algunos minutos. Un rato en el que cada poco alguien se para en mitad de la acera y ojea los títulos sobre la mesa de plástico y se va. Aparece el vendedor de entre el tráfico, esquivando la avalancha de metal. Le da el libro. JC lo mira. Hay algo inevitablemente emocionante en coger el libro. JC mira el título, pregunta el precio, muy barato, y paga sin rechistar. El tipo se sienta y le ignora, se enciende otro cigarro y lee un libro viejo, muy deteriorado. JC se despide sin obtener respuesta. Hace el camino hasta el parque y se sienta en el mismo lugar donde estuvo por la mañana.  Lee, lee algunos fragmentos y se siente inspirado. JC no es escritor, pero los fragmentos que lee le hacen querer escribir. JC entonces escribe y piensa en otros parques, en otras ciudades y se imagina a sí mismo, escribiendo y narrando esa mañana, ese día lejano del año noventa siete en el año dos mil doce, y así lo hace llegado aquel lejanísimo momento, ese año remoto, inaccesible. Así lo hace y así lo escribe.

Al otro lado

  He escrito mi mejor cuento. Giré la hoja, ahí podrá leerlo.

miércoles, febrero 08, 2012

lunes, febrero 06, 2012

Trópico

.- Al fondo hay un habitáculo donde podrán dormir. Ahí hace menos calor por las noches y no entra el ruido de abajo. Por las noches los presos se ponen algo agitados y duermen poco, pero aquí no sube el ruido. Hay quien ha inventado leyendas con ese ruido de los presos, que si por las noches se cuela el aire o asuntos medio fantasmagóricos o que si visitan los que habitaban este edificio antes. Narraciones absurdas de los ignorantes. Los guardas son muy ignorantes, por eso son guardas y son los que más hablan de esas leyendas, por eso pasan la noche vigilando sin vigilar. Les da miedo entrar al pabellón. Se quedan dormidos y no cruzan las puertas. Las dejan cerradas con las cuatro vueltas de llave. En el pabellón por las noches hay ruido, mucho ruido. Bullicio indescifrable. Uno no sabe si se pegan, si festejan o si hacen vudú. Y créanme, no voy a ser yo el que cruce para ver. Yo creo, esa es mi teoría, que no duermen, que tienen miedo a dormir por la noche, porque se terminaron creyendo esas leyendas o porque en el fondo le tienen miedo a los compañeros. Uno no se mezcla con presos. Por eso tampoco les he preguntado nunca.  No habla con ellos. Aquí estarán bien ustedes dos. Hay dos colchones mullidos y por ese ventanuco entra fresco. Dejen el equipo ahí. No se separen de él. Aquí uno no debe fiarse ni de la brisa. Ya le digo que los vigilantes culpan a la brisa del bullicio nocturnos de los presos y esa cámara es grande y llamativa. Duerma con ella como si fuera un hijo. Si hace falta bajo el brazo. Ustedes son los primeros extranjeros que han venido aquí. Es su primer día aquí y deben estar cansados, este lugar agota. Yo llevo diez años trabajando aquí y cada día me agota y cada día creo que es el último o a veces siento que estoy más débil y que a lo mejor estoy débil de salud, pero luego cada día vengo, porque tampoco sé donde ir. Al final la rutina, la vida diaria te trae. Me imagino que no vengo, pero empiezo a estar mayor y además me imagino que pienso en esto y me da una sensación peculiar, porque no lo voy a extrañar, esto no lo extraña nadie, pero me produce un eco, como si este lugar tuviera expansión o fuera un precipicio y la única manera de salir de aquí fuera saltar a un hueco que no se sabe que hay abajo. Uno también es preso, uno trabaja aquí pero también es preso. Preso de otra categoría. Privilegiado porque los vigilantes no te tocan y los superiores te ignoran y eso es un beneficio. Tienes acceso al médico y mejor comida que esos desgraciados. El trabajo pasa y no hace tanto calor en las plantas altas. Aquí, créanme, es importante evitar el calor. Beban agua hervida: eso es una obligación. Si van a grabar el pozo, grábenlo de lejos. Ese es el foco. Ese pozo es terrible. En las peleas o en las revueltas, algún preso siempre termina ahí. Yo creo que nunca los sacan o si los sacan yo nunca lo veo. Yo tengo poco conocimiento de abajo. A mi no me pregunten de allá abajo. Yo creo que si cumple las normas, pero nunca entro. Tampoco entiendo de legislaciones, ni reglas, ni de nada. No sé que condiciones son las reglamentarias. Bueno, yo les voy a dejar descansar, porque estarán agotados y mañana querrán trabajar. ¿Escucharón? Sí. Ese es el ruido que hacen. Aquí, como ven llega lejos, como algo casi inaudible, pero abajo, abajo no podrían ni dormir. Otra vez. Sí, eso eso. Bueno. Ustedes acuestense. Mañana búsquenme para lo que quieran. Yo estoy a su orden.

viernes, febrero 03, 2012

Tierra incógnita

  A pesar de ver otros coches pasar al lado esporádicamente, de ver poblaciones en las riberas, la carretera parece una tierra incógnita. La luz a esa hora es tierna y todo parece flotar sobre una manta vaporosa. N recuerda, entonces, viajes de cuando era niño y otro coche y otros conductores avanzaban por otras tierras que ahora las recuerda como tierras lejanas, seguramente también incógnitas. Queda poca luz del día y el silencio es agradable dentro del auto. La niña acaba de despertar y mira la tierra, esa tierra incógnita, donde de vez en cuando se ven siluetas o animales a los lados, en prados, en campos abiertos, en mitad de paisajes solemnes. Cae la noche, lenta, pero aun permanece el día. En realidad, en ese rato el día y la noche están a partes iguales, un acuerdo de luz y tiniebla. Los neones de los sitios lúgubres se encienden ya a los lados, hay camiones detenidos en gasolineras y los hostales vacíos siguen vacíos, allí en mitad de la nada, donde nadie debería dormir. La niña mira el mundo porque apenas lo conoce. La carretera empieza  a ser un volátil juego de luces, una metáfora del tiempo, del hombre, del universo. La niña mira las luces venir o las que van por delante, también ve una vaca, una vaca solitaria, una vaca en medio del planeta y ve los restos de una valla publicitaria que ya no anuncia nada. M conduce atenta, viendo ese espectáculo sobrecogedor, casi inconcebible, posiblemente definitivo: el asfalto negro, los autos veloces, las luces rojas, los neones, los hostales, los burdeles, las gasolineras, el transito del hombre en la tierra. Y le dice a N que no llegarán a tiempo que se hará tarde en la carretera y que prefiere no conducir de noche. N consulta el mapa, la ruta. Queda mucho, concluye. Se desvían: entran en una carretera estrecha. Numeración desconcertante, enigmática, jeroglífico para los habitantes del año 3097: AX-108 dirección AX-109. Avanzan en la oscuridad. A los lados la nada o lo que se presupone como una forma descomunal de la nada. Avanzan unos treinta kilómetros. Unas vallas y unas señales oxidadas anuncian el final de la AX-108. A un lado una fábrica les recuerda que aún están en el planeta. "Nos hemos perdido" concluye N. M mira el panel del auto: poca gasolina, tarde. Retroceden, porque en ese momento sólo hay un camino, volver atrás. Las luces del coche revientan en el asfalto. Ya es de noche y la niña protesta, está cansada, tiene hambre. Una señal anuncia gasolina comida y hostal. Da igual, la urgencia de la noche no está para elecciones. Cogen el desvío y ven unas luces en mitad de la noche. Casi como un anuncio religioso, un belén sideral. Detienen el coche en un parking vacío. Salen del coche, N coge a la niña y con la otra mano la mano de M. Entran al restaurante o algo que debería ser un restaurante, no hay nadie, suena un bolero y a N le parece que están en otro país o el mismo país repetido con ligeras variaciones en un planeta remoto, una tierra incógnita. Se acercan a la barra. Un chico joven con uniforme desgastado sale a saludar. Preguntan por comida y cama. Cenan bocadillos y suben a una habitación sorprendentemente limpia. Se ponen el despertador pronto y se duermen casi a la vez. M sueña con arena y luz. N sueña con su padre. La niña sueña una canción que nadie conoce:


jueves, febrero 02, 2012

Antes de grabar

 En la vieja canción encuentro, de repente, los vicios, los defectos, las trampas. Cuando la veo ahora, descubro las cosas que se dan por hecho. En esas cosas están los futuras recriminaciones. Es curioso, pero una canción tiene mucho de reflejo o sobre todo es un reflejo. Cuando se empieza a construir hay una esencia que, generalmente, por los vicios, se va enterrando. Creo que es la primera vez que veo esto con absoluta nitidez y que lo percibo. Nació velozmente, porque esas cosas que vienen de dentro nacen sin ninguna dificultad. Los acordes nacieron una mañana, tocaba la guitarra sentado en la cama de la habitación, entraba una luz clara y era un buen día. Toqué con fuerza, casi como si alguien me fuera dictando lo que venía después. Aporreaba la guitarra casi como si fuera un instrumento de percusión. Le daba golpes, no la tocaba. El tres por cuatro y los acordes mayores le daban dulzura a esa intensidad. La canción fue creciendo, o decreciendo, en el local. Se comprendió la explosividad, pero se trasladaba a esa explosividad evidente del rock. Uno de los aciertos originales era tocarla con guitarra española. Cuando golpeas una guitarra española hay más explosividad que dando guitarrazos a una eléctrica distorsionada. La letra, paralelamente, hablaba de alguien que se impone un destino sabiendo de antemano que es contrario a su opinión y a su forma de ser.  Hay, no obstante, algo de celebración. Es una boda en la que uno de los dos de la pareja no creee. Ve la fiesta, ve la celebración a su alrededor sabiendo que aceptó sin creer, en el fondo, en ese amor, y por supuesto en la celebración. Asume el protocolo y lo acata. Su negación es interna, de la sonrisa hacia dentro. Hay bullicio alrededor.

 Hoy, al trabajar sobre aquella vieja canción, pensé: El bajo la estandariza, la hace común. El ritmo tiene que ser más brutal, porque brutal es lo que habita en la cabeza del protagonista en medio de la celebración. Todos beben y brindan por él y él no cree en eso por lo que se brinda. Hay violencia interior y fiesta y baile en el exterior. Tiene que haber ruido interno. La batería debería marcar con ira, una ira creciente contra el destino autoimpuesto. La melodía vocal debe ser narrativa, es la voz interna que se impone y que a su vez se niega esa realidad.

 Lo idoneo, así escrito, sería:

.- Guitarra española tocada con cierta violencia, los acordes

.- Guitarra eléctrica ruido de fondo, violencia interior

.- Voz narrativa, el pensamiento que narra lo que sucede

.- Bateria la ira, el ritmo biológico del cuerpo del protagonista

.- Coros que nos muestran las voces de los otros, los que festejan.

 Probemos.


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