martes, enero 31, 2012

Música

 Huele a café en el patio. La mañana está gris y húmeda. He estado orinando unos treinta segundos, escuchando el sonido del pis contra el agua. He pensado que en todo eso, en la mañana, en el ruido, en el olor a café, hay una forma invisible y permanente de música. Una música que alguien lleva siglos tratande de descifrar, de transcribir. No me ha sido dado el don a mi, pero casi puedo oirla y con eso, realmente, casi me conformo.

viernes, enero 27, 2012

Las dos chicas del centro comercial

 Por los altavoces siempre suena música. No se distingue bien, porque el centro comercial es muy amplio, muy alto, muy abierto y sólo se distingue un murmullo inaudible, molesto, monótono. Es curioso, por otro lado, cada tantos minutos, una voz anuncia distintas cosas: ofertas en alguna de las tiendas, coches que molestan en los parkings, un niño perdido y esa voz se distingue clara, potente, nítida. La voz, la voz aunque no siempre la misma, uno se la imagina como el gran Dios del centro comercial. Y resulta cálida, agradable, acogedora. Todas las tardes entramos cuando aún las tiendas, los espacios, están vacíos. Compramos donuts en una tienda que los hace de mil formas, a mi me gustan unos que llevan crema por dentro, una crema que parece irreal, porque sabe a algo nuevo. Lleva unas chispas de colores adornando por encima, esas chispas me gustan menos, pero en general es mi donuts favorito. Lo pedimos siempre y nos sentamos en la tercera planta, en unos bancos que hay frente a una cristalera con vistas a la autopista y  al desierto y nos comemos las donuts calladas saboreando y mirando la vista. A veces pienso que el aire acondicionado está muy fuerte, pero cuando ves el desierto, piensas que mejor el frío artificial que ese calor terrible y natural. Esta ciudad, piensas mirando a través de la cristalera es hermosa y aburrida, como el desierto que desde ahí es hermoso mirarlo y sin embargo nadie va nunca, vivimos en mitad del desierto y sin embargo lo ignoramos. Luego paseamos por la planta baja o bajamos a la -1, allí entramos en el local de juegos, soy buena en el baile, repito con exactitud y con precisión y , sobre todo, con gran velocidad, a la máquina. Allí conocimos a dos chicos que van todas las tardes. Al principio a mi no me caían muy bien, pero con el tiempo les he cogido cariño. Tienen un coche equipado con un sonido atronador y decorado con motivos góticos, al principio el coche me parecía horrendo y ahora me gusta cada vez más. A veces nos montamos los cuatro y paseamos sin destino. Vamos a las afueras, donde el mirador y nos sentamos a escuchar música a todo volumen. Al mirador ya nunca va nadie y está abandonado y lleno de escombros. Cuando mis padres eran jóvenes allí iban mucho y mi madre contaba que en una de las piedras marcaron sus nombres cuando empezaron a ser novios. Un día busqué la piedra, pero no encontré sus nombres. Los chicos llevan bebida y bailamos cuando ya cae la noche y se ve la ciudad abajo, destartalada, luces esparcidas como si fueran agua que hubiera caído de un cubo inmenso, un cubo que estaba en el desierto y que se evaporó. Desde el mirador se ve mi barrio, siempre trato de ver la luz de mi casa, imagino a mi padre allí, sentado en el jardín callado, pensando en esas cosas en las que piensa, quizá pensando en mi madre, quizá no pensando en nada o en el desierto. Pienso en eso mientras miro desde el mirador y trato de adivinar cual es la luz de casa. Los chicos se emborrachan y se ponen torpes y confiesan amor por las dos y hacen bailes y gritan frases épicas o desoladas e insultan a la ciudad desde ahí, como si la ciudad fuera un ser amargado o desterrado del mundo y nos dicen que nos iremos de allí, que todos nos iremos de allí y que al final sólo quedará el centro comercial, el desierto y el centro comercial.

miércoles, enero 25, 2012

Lo que vio G

 Desde aquella ventana, como una anunciación, se veía el valle y la carretera haciendo un giro permanente hacia el sur donde se dejaba de ver allí y desaparecía entre cerros verdes y arenosos. En realidad la vista era privilegiada. Un enorme valle atravesado por un río turbulento, poblaciones diminutas a lo lejos, verde suave, cerros accidentados a lo lejos y una luz peculiar. En realidad la vista podía salvar a cualquier idiota del vacío. G miraba con esperanza esa fuga, porque la vista era una fuga. El río y la carretera se prolongaban hacia otro lado y a G le agradaba imaginar que había un muro o una línea donde se volvía a empezar o se pasaba de nivel. Sin embargo no había mucho más que mirar y esperar.  G miraba permanentemente desde esa ventana hacia el valle y lo que veía no era más que el valle y la fuga y contaba horas, como si estuviera en una cuenta atrás, en una gigantesca cuenta atrás, una cuenta atrás de dos millones de años y apenas se llevaran seis minutos. Le gustaba ver caer la noche y ver las farolas de la avenida que atravesaba el valle encendiéndose y sumarse unas detrás de otras hacía la fuga. En la calle había poco ruido y de vez en cuando veía algún coche ir por la avenida hacia la fuga y alguno volver de la fuga. Pasaban pocas cosas o pasaban muchas cosas. Pasaba el tiempo en aquella interminable cuenta atrás. Una noche G vio algo insolito. Un tipo cruzó la avenida. La imagen era extraña porque la avenida no tenía nada a los lados: dos carriles por dirección y alrededor valle y destierro. El hombre parecía venir del río y cruzó rápido a pesar de que no venían coches por ningún lado. Luego se fue perdiendo porque G, desde su ventana, había una parte del valle que no alcanzaba a ver. Desde aquella noche esperó, además de la interminable cuenta atrás, a ver cruzar el hombre de vuelta, al río o la nada, que era de donde venía. Pasaron muchas tardes, muchas noches, muchas fugas, muchos coches, hasta que pasó, de nuevo, aquella figura fugaz, aquel perfil difuso en la lejanía. hacia el otro lado. Esta vez el hombre no miró, no vio venir el coche que avanzaba hacia la fuga y lo que G vio fue ese cuerpo desplazado con violencia hacia arriba, un vuelo torpe, un cuerpo que sube casi rígido hacia una altura, empujado como si apenas pesara y cayera de nuevo. Vio el coche frenarse o derrapar hacia un lado. Salieron dos tipos o lo que a G le parecieron dos tipos, porque lo veía todo como si en el fondo no estuviera sucediendo. Aquellas dos nuevas figuras que habían bajado del coche corrieron hacia la figura del hombre que había venido del río, lo levantaron entre los dos, lo metieron velocisimamente en el maletero y arrancaron. Durante los siguientes minutos G se quedó viendo aquel coche perdiéndose hacia la fuga.

lunes, enero 23, 2012

La otra punta de la ciudad

 Aquella gente hablaba de otras cosas. Hablaban distinto. Yo los conocí cerca de los catorce o con catorce y cerca de los quince. Eran amigos del hijo de un amigo de mi padre. Vivían en la otra esquina de la ciudad. Me gustaba salir con ellos porque todo era distinto, porque se hablaba con cadencias distintas y de asuntos ligeros y sofisticados. Vestían livianos y elegantes y conocían bares y esquinas de la ciudad que me resultaban ilocalizables y especiales. Así que dejé de bajar a la laguna, en mi barrio, cogía el metro y cruzaba dos líneas enteras y pasaba tardes y noches allí. Callado, mirándoles. Luego volvía a casa como podía, de un modo que me recordaba que todo estaba lejos, lejos de casa, lejos del barrio. Al tiempo empecé a tratar mucho a NM, uno de los tipos peculiares de aquella gente. Me hablaba de subgrupos literarios, de escritores invisibles, de tipos que debería conocer y que me cambiarían la visión de las cosas. Luego me llevaba a casa en el coche de su hermana, un coche destartalado y viejo, pero entrañable, y me decía que mi barrio no parecía de este mundo y que por ese le gustaba. Una noche se desvió y me llevó a una zona industrial, una zona extraña, metálica, con algunos edificios cuadrados. Cubos de metal con ventanas y luces de neón ligeras. Aparco frente a uno de los cubos. Bajamos. Tocamos una puerta. Nos abrió un negro de algo más de dos metros de altura. Sonrió al ver a NM y nos invitó a pasar. El lugar, totalmente diáfano, estaba decorado con esculturas gigantes y alfombras de pelo blanco por el suelo. Había una pantalla por la que pasaban fotos de tenistas y detalles de partidos de tenis: pelotas sobrevolando la red, una raqueta a punto de golpeas una pelota, etc. Nos sentamos en unas sillas de forma sideral. El tipo nos sacó unos vasos pequeños y los llenó de mezcal.Bebimos muchísimo. Fumamos marihuana y escuchamos música que yo jamás había escuchado. Todo sucedía en ecos. La voz del tipo me venía en eco, la voz de NM atravesaba un túnel de luz y me llegaba en eco, la música era vaporosa y moldeaba los ecos del lugar. Todo era eco. El negro me preguntó algo y tardé en descifrar la pregunta, se sonrió al ver que yo tardaba en contestar, pero no encontraba conexión entre la pregunta y lo que quería responder. La pregunta giraba en torno a la ciudad o hacia mis gustos musicales o toda la pregunta contenía ambas cosas. Contesté que me gustaría hacer música. Música que fuera como aquel espacio. El tipo sonrió y miró a NM y le dijo que yo parecía estar muy afectado por la marihuana. NM le dijo que yo no solía fumar y que su marihuana era muy fuerte y que todo el mundo terminaba muy afectado cuando la fumaba. NM le dijo que el ya estaba acostumbrado, pero que todos los amigos que habían ido con él allí, salían siempre muy fumados. El tipo se puso de píe y desapareció, NM entonces me dijo que el hombre era escritor, pero un escritor extraño porque además era pintor. Que escribía textos en lienzos pero que no escribía de un modo lineal sino que era una mezcla de pintura y escritura. Pregunté si podíamos ver algo y NM dijo que seguramente el tipo no quería. Que tenía una relación complicada con todo aquello. De repente el tipo volvió. Se sentó con otra botella de mezcal. Me di cuenta que nos habíamos bebido una entera ya. Nos sirvió. Bebí pensando que la borrachera diluiría el efecto de eco que había en todo, alrededor de mi. Le pregunté que a qué se dedicaba, me dijo que no sabía muy bien, pero que sobre todo vivía de robar obras de arte. La confesión y la naturalidad de la confesión me dejó desconcertado, pero también me hizo sentir más cómodo, como si para el tipo yo fuera alguien de fiar. Bebí más mezcal.  NM de repente le preguntó por algo, por si nos podía acercar a la fábrica par que yo la conociese. EL tipo dudó, me miró y le dijo a NM que yo no estaba en el mejor de los estados, pero al final, se quedó un rato largo callado, mirándome fijamente, un rato en el que yo no sabía si mirarle o desviar la mirada. Entonces me pareció que todo aquello, para él, tenía que ver con las fotografías proyectadas con imágenes de tenis. De alguna manera el tipo se comunicaba así, lanzando pelotas y esperando reveses y derechas liftadas. Aguanté la mirada, pensando que aquello debía ser un juego. Nos miramos un rato que a mi me pareció infinito. Le miraba a los ojos, y me imaginaba el sonido de la pelota de tenis, ese sonido reverberaba en la habitación. Finalmente él giró la cabeza y miró a NM que fumaba y se entretenía mirando el humo y le dijo que fuéramos a la fábrica. Salimos y nos montamos en el coche de la hermana de NM. El tipo me dijo que me sentara yo adelante. NM condujo callado, nadie hablaba. NM puso música y el tipo dijo que la apagara. Todo era silencio en el coche. Yo sentía el estómago revuelto. Abrí la ventanilla para sentir el aire. De la calle venía un aire cálido, cargado, lento, con estela. Lo respiré y noté el olor cargado de la ciudad, el olor denso y sucio de los coches. NM condujo concentrado. Salimos por el norte hacia las afueras de la ciudad. Entonces el coche de NM se averió. Lo detuvo como pudo a un lado. Bajamos y señalizamos la zona. El tipo miró a NM y le insultó. Le dijo que antes de llamar a nadie, antes de hacer nada, llamara a un taxi para que viniera a buscarle. NM estaba nervioso, tenso. Llamó a un radiotaxi. Diez minutos después apareció. EL tipo se montó y sin decir nada se fue. Nos quedamos NM y yo allí, en mitad de la autovía sin saber que hacer. NM finalmente llamó a su padre y media hora después apareció una grúa. Nos acercaros hasta casa de NM. Me dijo que si quería podía dormir en su casa, pero le dije que mejor no, que mejor me volvía. Nos despedimos de un modo frío. Siempre pensé que NM todo el rato tenía ganas de llorar. Me vi ahí y me puse andar. Fui andando todo el rato, crucé la ciudad y dos horas y media después llegué a casa. Esas dos horas las recuerdo vagas, como si no hubieran sido dos horas y media sino cinco minutos en los que habían estado concentrados toda mi vida. En ese paseo pensé en NM y en el tipo. Pensé que aquella era una época rara de mi vida y me sentí desubicado. Caminé y creo que no lo hice en línea recta sino que tomé desvios equivocados o siempre he pensando que fue así, pero quizá si caminé bien, siguiendo una línea recta invisible entre aquella zona de la ciudad y mi casa. El caso es que pensé que en el fondo era un extranjero entre aquella gente y que quizá no debería volver, también asumí que todo aquello, la noche, el tipo, el nombre de la fábrica, todo aquello, me habían producido un profundo desasosiego. Cuando llegué a casa me tumbé  y tardé en dormirme, pero decidí no volver jamás, a ver a aquella gente.

domingo, enero 22, 2012

La huida total

 Corred, hijos de puta. Aquí no sale bien parado nadie, pero corred, corred con la vana esperanza de huir sin vía de escape. Corred que ya ni siquiera lo ocultan. Nos van a devorar.

Los cuentos y batallas de X

X escribe un cuento. Lo termina y sale a la calle. Cuando camina piensa en el cuento corto y siente un ataque de rechazo profundo hacia ese cuento. No le gusta. En realidad a X no le suelen gustar los cuentos que escribe, pero había logrado en los últimos tiempos un poco más de aceptación de si mismo. Este último cuento le hace vislumbrar mucho de sus fallos. X se toma la escritura como una batalla o como una guerra de larga duración, una guerra que dura, que no cesa nunca, sin paz posible. X se ve en esa guerra perdiendo combates una y otra vez con la sólida y abismal esperanza de perder la guerra, pero al final de los años, recordar una sola batalla, entre miles, ganada. Así que X ve cada cuento como una batalla descarnada, violenta, salvaje, sin leyes. Si bien siempre sale cosido a balas, los último combates, le habían permitido disparar, ver en la mirilla a ese enemigo inexistente y escapista. Si bien las bajas son numerosas, las últimas batallas habían descendido el número de víctimas, los soldados fallecidos. Este último cuento es una vuelta a las derrotas sin paliativos, a las derrotas sanguinarias, desorbitadas y crueles. Todo esparcido, todo lleno de sangre y desorden, todo lleno de debilidad y dolor. X no obstante sigue, porque si hay algo, una sola cosa admirable en X, es su capacidad de no darse por vencido cuando lleva vencido desde el primer disparo.

sábado, enero 21, 2012

Celebración

 El hombre entra en el restaurante. Mira a los lados esperando un toque de atención. Su ropa, su aspecto e incluso su olor, sabe, no serán bien recibidos. Desde el instante que cruza la puerta espera que su abrigo sea un impedimento, también su barba y la ausencia de un peinado. Los zapatos con las suelas algo despegadas no llegarán a ser vistos, hay muchos elementos previos que le delatan. A esa hora, temprano aún, el local está vacío, solo al fondo, una pareja de extranjeros come mirando a través de las hermosas cristaleras que hay pegadas a las mesas más hermosas del local. Un chico uniformado, elegante, recto y de andar preciso se le acerca con educación y rigidez:

.- ¿Qué desea?

.- Una mesa para uno.

.- Lo siento, pero hoy tenemos todas las mesas reservadas. No será posible.

.- Tengo dinero. Si ese es el problema. Se lo puedo mostrar. También acepto la mesa más escondida.

.- Mire, no se trata de eso. Se trata de que de verdad hoy no tenemos espacio. Lo siento.

 El chico mira a los lados. El restaurante  en ese momento hay una curiosa quietud en el exterior y uno sabe que todo sucede tras la puerta de la cocina, donde a velocidad de urgencia se prepara la batalla que se librara en un rato.

.-  Llevo tiempo reuniendo dinero para darme este capricho. No es casual que haya caído en este sitio. Sé los problemas que ocasionan mi aspecto, mi presencia, mi olor. Pero para mi es importante. Es una celebración, si cabe.

 El chico le mira. Algo le conmueve en ese hombre destartalado, mugriento. El hombre continúa:

.- Es importante para mi hacer esto. Hubiera deseado encontrar ropa mejor, poder arreglarme, pero no ha sido posible. Sin embargo es de suma importancia entrar aquí hoy.  Celebrar algo.

 El joven sigue mirando a los lados, tenso. Sin saber que hacer. Mira a la calle esperando la posible entrada de un cliente que enturbiaría las cosas y generaría problemas, incluso quejas. El lugar tiene reputación, élite. El chico le dice al hombre que le siga. Abren la puerta que da a las cocinas y almacenes. Bajan una escalera sin hablar. El chico de vez en cuando mira al hombre, llegan a unos baños que hay en el sótano. Hay poca luz. Hay unos percheros con chaquetas y pantalones de tela. El chico le da ropa y le indica un baño:

.- Arréglese. Rápido. Júreme que no montará una escena, que no me saldrá caro esto.

.- Créame joven. Me está salvando la vida. Le recordaré eternamente por ello. El chico sale mientras el hombre se arregla, se lava con urgencia y se acomoda una ropa que le resulta extraña. Sale del cambiador, suben las escaleras juntos. El aspecto es forzado, la ropa le queda algo estrecha y extraña, pero se disminuye el efecto. Mientras le indica una mesa, el joven le mira e intuye un hombre elegante detrás de todo. Es capaz de intuir una vida previa a esa vida inimaginable de la calle y las aceras. Le pone agua y le pregunta que desea tomar. El hombre pide agua para beber y unos platos sin ni siquiera mirar la carta.

 Al rato el hombre paga. Cuando el chico viene a darle la bandeja con la vuelta el hombre le pregunta que como puede devolverle la ropa:

.- No se preocupe. Lo único que venga a primera hora de la mañana a buscar la suya. La que tiene abajo.

 El hombre le agradece con ternura todos los favores. El joven ve una emoción incontenible. Le ve salir a la calle y perderse por la acera, al otro lado de la cristalera.

jueves, enero 19, 2012

Los laberintos de L

 Ante los acontecimientos diarios, L tiene serios problemas de percepción. No identifica con exactitud lo que sucede y lo que siente. Con su tendencia a la melancolía no reconoce con precisión que es lo que es y que es lo que viene dado por sus leves tristezas. Y todo se amontona y le genera dudas y desconcierto. No identifica con precisión el modo de actuar de los demás y duda de sus conclusiones, desconociendo sin acertadas o se mueven en ese terreno resbalidizo del error de la percepción. L es dubitativo porque no sabe leer las lecturas de la vida o lee más renglones de la cuenta y entre las posibilidades se aturde y se confunde. L camina rodeado de nieblas, nieblas que difuminan un montón de pensamientos que se suman, a veces, descoordinados. L no sabe si lloverá mañana. L ha vivido siempre así, enredado en percepciones que desconoce su naturaleza. Sin embargo L, esta vez, está convencido. Ha encontrado la respuesta y sabe que es lo que ha pasado. No duda de su resbaladiza percepción y le viene lo experimentado como un bloque, con solidez, casi como una verdad científica, comprobada, irrefutable. Mira, ha mirado a cada una de las esquinas de la situación y concluye que, por una vez, sabe cual es el misterio inamovible de lo sucedido. No le engañan ahora los falsos recuerdos o las múltiples interpretaciones. L está en posesión de una pequeña verdad. Eso sí, por la falta de costumbre, ahora no sabe como actuar, que hacer con algo, cuando se está tan convencido. L, entonces, duda de nuevo.

miércoles, enero 18, 2012

Madre


A los 18 años ella se va de casa de un modo que roza lo radical, pero realmente y como sucede con las grandes revoluciones, esconde la mas pura ingenuidad. A los 21 tiene dos hijos, un marido alejado de la realidad, de cualquier realidad, de todas la realidades; ella vive aún en cierta inopia y se siente mas adulta de lo que realmente es. Su ideal sucede en unas agradables vacaciones en la playa, en paseos a media tarde y en cierta tranquilidad, y eso no lo sabe, que le está negada. Comienza a intuir que el entorno puede ser cruel, que recibe mas frases de las que debería. Conoce el lado dictatorial del ser humano. A su alrededor todos dirigen bajo una forma oculta de desprecio, su vida. 

 A los 23 conoce el destierro o una forma de destierro. Un destierro total porque es el destierro del que es expulsado de la tierra. El abandono supone un disparo inconcebible. Conoce el desasosiego, el dolor y el desplante, tras todo eso se esconde una forma muy radical de desamor. Conoce también ciertos sentimientos de rechazo. Sin consciencia comienza a ocultarse de algo, de algo invisible pero quizá arrancada de cuajo de los juegos infantiles, comienza a jugar al escondite, una evocación de aquellas tardes en el barrio. Se esconde de los otros sin saber porque lo hace o sabiéndolo, deseando no oir a cada paso la voz que dicta lo que es correcto y lo que se debe hacer. Se cambia el pelo y mira con instinto brutal de supervivencia a sus dos hijos. Comienza un camino basado en la intuición.

A los 25 siente que las ciudades, el mundo, el universo entero pueden tener la forma de un desierto. Son laberintos de la desolación.

A los 29 ella descubre que los paisajes no son eternos. Lo que fue desierto se hace frondoso, ameno. No es el paisaje soñado, pero se siente cómoda. Pasea por esas orillas con sus hijos y ese otro hombre del que le gustan las manos y la voz le entrega un ritmo sosegado y desconocido de existencia. EL hombre, que parece venir de lejos, de tan lejos que ni siquiera ya es un lugar, ese hombre viene de allí, donde quiera que sea que esté allí. La imagen la resguarda y lo que es más importante, le entrega la pausa.  Corren hacia el norte. Viven en el mar. Los días lluviosos de invierno detienen el coche en playas vacías, la imagen los sostiene en un limbo, un limbo creado para ellos o por ellos. Los días de verano corren los chicos corren por la playa y el hombre fuma mirando al mar, como si vislumbrara una posibilidad más allá.

 A los 35 se hace emigrante. Conoce el trópico. Conoce playas donde el tiempo se detiene. Conoce otras formas del ser humano. De algún modo el trópico es una metáfora de la vida para ella, tiene los extremos. El Sol y el día del trópico son sublimes. Pero del trópico no se vuelve o se vuelve siendo otro. Los niños ya no corren, se quedan viendo la montaña que bordea la ciudad y hablan de existencialismo. El hombre conduce por carreteras perdidas y siente que no frenó a tiempo en muchos momentos de su vida. Al hombre le gusta el trópico porque les aleja de las otras formas de la realidad que ya no soportaba, pero sin embargo del trópico ya no hay vuelta atrás y cuando conduce concluye, que en cierto modo, se ha quedado sin hueco en la tierra. Como si conducir, el movimiento permanente de su coche, fuese la única posibilidad de tener un sitio. 

 A los 39 se queda embarazada y lentamente van formando una explanada solitaria. El mayor de los hijos crece y busca salir del destierro en el destierro, el pequeño que ahora es mediano se queda anclado bajo un árbol, parece un naranjo, un naranjo en mitad de la llanura extensa, mira desorbitado la masa cósmica sobre su cabeza en noches que se suceden bajo cantidades abundantes de ron. EL pequeño crece protegido del destierro pero en mitad del destierro. El hombre entonces calla, calla para siempre. Ella mira la explanada, prolongada, gigante, acogedora y tremenda y siente que no hay, por ningún lado, vuelta a casa, porque la vuelta, desde el trópico no existe. Los caminos, quizá por la humedad, están deshechos. 

 A los 42 no hay nada alrededor. El hombre, ese hombre ahora extraño, incomprensible, mira, permanentemente un planeta del que desconoce el nombre. Sólo mira ese planeta. Ella le mira por las noches, en mitad de la explanada, sospechando que el hombre de algún modo se fuga allí, a ese planeta que mira con desesperanza o con una esperanza frágil, como el que sabe que jamás llegará. El niño que ya camina, da vueltas en círculo, sonriendo, jugando con perros y aviones. El mayor corre bajo el desasosiego y el temblor, bajo una fortaleza innata y empujado por la supervivencia. El mediano se aleja, de un modo semejante al hombre, a otros planetas inalcanzables. El mediano cree, está convencido, que debe haber una manera de escapar de la explanada.

 A los 45 vuelve, después de años, a su casa natal. No reconoce del todo las caras, son los mismos pero distintos. Cuando ve a su padre, comprende, entre muchas otras cosas, que la vida no siempre tiene sentido o que no tiene sentido en absoluto. Que se corre y es un sálvese quien pueda. El hombre desaparece a ritmo acompasado, menguando, convirtiéndose casi en sombra. El niño crece y se sabe mirado. Desconoce, como niño, que ya no habitan en la explanda y el contraste le desubica. El mayor se quedó en la explanada gigante luchando contra el enemigo. El mediano huyó de la explanda por el único hueco que había abierto. Salió ileso y vivo. Cambió la ropa, la forma de hablar. 

 A los 55 todo parecía un país remoto. Un sistema alejado de cualquier sistema. A los 55 se encontró consigo misma. Se saludó con respeto, con enorme educación. Tenía en su posesión algunas verdades universales. Caminaba con vigor y calma. La batalla, definitivamente, había terminado. Lo demás, desde entonces, sería un juego. Viajó al mar, viajó al pirinero. Conoció Paris, Roma y Londres. Los tres chicos, sentían una profunda devoción, por aquella mujer memorable, universal, eterna. 


martes, enero 17, 2012

La procesión descomunal

 Cerca de un millón de personas andando concentradas. La fe en su máximo esplendor. Vendedores ambulantes, conversaciones vaporosas y un calor del demonio. En medio camina V. Cada poco levanta la vista hacia la luz, como si en el destello solar de ese mediodía abrasador  pudiera encontrar algún motivo concreto para saber porque está ahí. Observa a los creyentes caminando con fervor. Busca entre las caras. Caras que pasan una detrás de otra, sumándose, sin demasiada nitidez. Busca caras entre las caras. Para V ese es el único motivo. Su fe, su única fe es encontrar alguna cara. Mira de vez en cuando a grupos de chicas pasar. Piensa en la posibilidad de ofrecer otra fe a alguna de las chicas de esos grupos, una fe basada en lo carnal, en el desenfreno. Salirse de esas avenidas atestadas de humanos y correr hacia esas calles de la ciudad que hoy estarán vacías. V se imagina las otras calles, la calle de su casa, las calles cercanas vacías; la ciudad, al otro lado de esta fe desmedida, está vacía. Todo el mundo se ha sumado como un bloque, cabalga detrás de su fe, amontonados. V piensa en esas chicas ligeras, que caminan con la ropa suelta porque hace calor y busca una cara y piensa en perderse por las calles vacías con una de ellas. Hay una cara en mitad de todo eso que es el único motivo cierto por el que permanece ahí. Camina bajo la cadencia marcada por esa masa que camina a ritmo de fe, levantando la vista y mirando a las caras. Un millón y pico de caras. De ve en cuando, en el amontonamiento de caras, V se encuentra con caras conocidas, saluda y sigue. En el fondo, lo que desconcierta a V es la cantidad de fe, la suma total de fe que hay en esa avenida, en toda la ciudad, en ese día preciso. Pero en ese momento V no está para debates, para procesos mentales. V busca la cara. Lejos de sentir cercanía, V camina entre el gentío, como el que camina sobre suelo movedizo, sobre un camino en mitad de otra región. Lejos de sentir el agobio de la masa, V se mantiene ajeno, Visto desde arriba, V está ahí, en la fotografía cenital no se le vería, sino que sería una cabeza y pelo en una suma mareante y casi hipnótica de cabezas y pelo, pero V no está ahí. Le gusta estar ahí por la posibilidad remota de cruzarse con esa cara que busca y que le hará sentirse, paradójicamente, menos solo, pero V ahí siente que no está en su ciudad, que no está en compañía, que ni siquiera está en el presente. V lleva un tiempo con ganas de mandarlo todo al cuerno y esa masa le recuerda que debería ser así. Que debería salir corriendo por las calles vacías, donde hoy no hay nadie y olvidarse de las caras, de todas las caras, de todos los rostros de la fe.

lunes, enero 16, 2012

Fiebre

 Con fiebre se tiene una forma incoherente de lucidez. Es lucidez mental, pero una lucidez aplicada a un planeta regido por distintas reglas o a este mismo planeta que hubiera seguido otra trayectoria, no sólo cósmica, sino interna. Que las piedras lanzadas hace seis mil años hubieran caído boca abajo. Con fiebre se piensa que hoy, por ejemplo, puede ser, indistintamente, diecinueve de enero de mil doscientos tres o dieciséis de enero de dos mil doce o quizá hoy es hace tres días. Con fiebre, es cierto, las horas dan un poco igual, todo sucede en un limbo vaporoso, el cuerpo está distanciado. Si creyera, si de verdad creyera en yo que sé que cosas, pensaría que con la fiebre se separa el alma y el cuerpo o no se separan pero discuten o hacen el amor de forma ambigua. Entonces, en mitad de la fiebre, en un acto casi onanista, imagino a mi cuerpo revoloteando por las praderas cósmicas con mi alma, un alma, por otro lado, formada de efluvios cálidos que salen de la piel dolorida. Con fiebre se tiene, también, la lucidez de no pensar en el mañana. Con fiebre se habita absolutamente en el presente. Se está sin más. Ahí, en la fiebre. Con fiebre se sueña y los sueños son de una solidez descomunal. Emerge de la cabeza una forma de fuga hacia la nada. Una fuga hermosa porque todo sueño se convierte en un agradable y fugaz delirio. Las sábanas te recogen como una cueva y no hay el más mínimo interés en conquistar nada. Estás ahí en esa batalla de corporal inmejorable. Tu cuerpo contra tu cuerpo. La pelea de uno mismo que te deja derrotado. No hay vencido ni ganador. Eres tú huyendo ahí dentro perseguido por ti mismo; y en ese proceso todo lo demás se relativiza. ¿Qué mas da la avería del coche? ?¿Qué mas da la deuda contraida? Si todo, lo realmente trascendental está sucediendo en ese terreno invisible de tu propio cuerpo.

sábado, enero 14, 2012

Beto o el Demonio y su destino

 Eran amigos del Demonio. En realidad eran amigos de Beto, pero Beto podría haber sido, sin ninguna confusión, el Demonio. Beto murió joven, como correspondía. Cualquiera que le hubiera conocido habría apostado por ello. El día que te lo presentaban y le veías actuar, moverse, hablar, maquinar, te decías a ti mismo: "Este chico morirá joven" Ellos no se sentían cómodos siendo amigos de Beto, no es fácil ser amigo del Demonio, pero sin embargo, al final de cada jornada, de cada encuentro, al volver a casa, sentían que había algo que contar, que lo que sucedía con Beto, otorgaba a tu propia vida un nervio y un trasfondo intenso. Con Beto se vivía al margen de tardes aburridas, él no lo permitía. Nada era predecible y siempre contaba con un plan para huir del sosiego o del aburrimiento. Conocía zonas de la periferia de la ciudad ajenas al resto de amigos, conocía lugares y gente que parecía habitar en el subsuelo o en sótanos de fábricas o en chimeneas de fabricas lejanas. Gente irreal que ellos nunca hubieran conocido sino llega a ser porque eran amigos de Beto. Beto y su frenesí y ellos agarrados con temor al frenesí de Beto. Fiestas con la puerta cerrada,  beber en un bar desenfrenadamente para salir corriendo sin pagar, peleas con tipos mediocres, chicas que asumían que a Beto no se le negaba nada, carreras ilegales de coches prefabricados, saltar vallas en clubs elitistas para colarse en fiestas desorbitadas, ser señalado como el enemigo de una generación, ser mal visto, ser perseguido en barrios de latinoamerica por tipos terribles, la cercanía de las armas, los clubs de la carretera más triste de un continente, clubs donde todo es arquetípico y triste y un chico desconsolado le habla a una prostituta de Descartes y la puta le contesta que pensar, en el fondo, es miserable y no sirve para nada, que si le paga le hará olvidar esos vacíos filosóficos que destruyen en vez de empujar. Y Beto siempre mirando a sus amigos como el que invita a sus familiares a su casa recien estrenada, porque Beto en el fondo es generoso, quiere compartir ese universo con esos chicos inocentes y atontados. Y les conduce de madrugada a playas lejanas y llegan al amanecer y se tiran en la arena borrachos y desesperados porque en el fondo todos, Beto y sus amigos, saben que ese pobre diablo morirá joven. Y así fue. De un tiro en el parking del Burguer King de la avenida Lara. "Una bala perdida" confesó alguien. "No era una bala perdida, era una bala que llevaba una vida buscándole" dijo uno de los amigos de aquel Demonio.

miércoles, enero 11, 2012

SA sociedad anónima

 S y A podrían haber formado, perfectamente, una sociedad anónima. Las posibilidades de nombrarla serían infinitas y siempre peculiares o chistosas: S y A S.A.; SA sociedad anónima; AS SA, un palíndroma sencillo pero efectivo. El caso es que S y A además de ser, a su modo, una sociedad anónima, tenían una forma menos evidente de sociedad, una sociedad invisible y poco concreta: la sociedad de la realidad inamovible. S y A formaban el conjunto de la verdad única, de la imposición de lo correcto o más concretamente aún, la sociedad de lo que se debe hacer, de lo que está bien hecho. Daba igual con quien hablaras. S o A, ambos tenían una visión única de las cosas. Lo demás, fuera de esos márgenes, era un error y su sociedad se encargaba de indicarlo e incluso multarlo. S y A lo tenían claro, todo aquel que actuase fuera de esa verdad, estaba equivocado y o bien se le esperaba a que comprendiera su error, cosa que sólo se le permitía a ciertos privilegiados, o bien  se le hacía saber, contundentemente, de su visión errónea de las cosas; la mayoría de los mediocres habitantes del planeta. S y A, no obstante, respetaban a ciertas figuras externas a su sociedad. Individuos esporádicos, preparados en terrenos precisos y de los que se podrían valer para que su sociedad avanzase a ritmo de crucero. Tipos que, transfigurados en su discurso, le daban solidez a su realidad. Creyentes absolutos en sus formas, las que siempre caminaban en el lado correcto del bien, no cabía en ninguna de sus actuaciones, palabras, discursos o gestos, la equivocación. Si algo, eso sí, no salía bien en la sociedad, la culpa, esa palabra, siempre recaía en los mediocres agentes externos de la sociedad de la realidad inamovible. Esa montaña infinita de seres erróneos, ese cúmulo brutal de equivocados. Ellos no. Ellos siempre estaban en lo acertado, en lo correcto, en la razón: sólidos, contundentes, enquistados, cerrados, claustrofóbicos.

lunes, enero 09, 2012

Anónimo

   No es de repente que se empieza, aunque inevitablemente siempre hay que marcar un arranque y en esta caso coincida con un coche deteniéndose, aparcando y apagando el sonido del motor. Se abre una puerta y se ve a un individuo que protagonizará de aquí en adelante la historia a contar. El tipo pasa la llave en la puerta y comienza a caminar por la acera. Va bien abrigado y respira acompasadamente. Hace frío. Las manos en los bolsillos y la mirada bastante fija en la acera. Durante su trayecto piensa en sistema financiero y en algunas cosas más, nada concreto, pensamientos de primera hora de la mañana que se irán desfigurando y evaporando hasta la noche en que quizá, por un azar o por una explicación racional laberintica, se conviertan en sueños. Algunos metros después cruza en un semáforo. Nota un dolor de cabeza, recuerda y contabiliza el alcohol consumido la noche anterior. Durante unos minutos se recrimina el consumo y se promete disminuir ese tipo de noches. Alcanza un portal. Toca en el Tercero C. Le abren sin preguntar. Va hasta el ascensor. En ese momento duda de si ha cerrado bien y rehace el camino. Trata de recordar el gesto de pasar la llave. Duda, piensa en volver para comprobarlo, pero finalmente no lo hace. El ascensor se abre. Sale, entra en un apartamento. Se escucha una música que tarda en reconocer. Deja el abrigo en un perchero y saluda a una chica que está sentada en una mesa. Se sienta y enciende el ordenador. El proceso tarda unos segundos, mientras mueve algunos papeles y ve anotaciones en una agenda. Se abre el ordenador. Entra a su correo. Ojea velozmente la lista de correos que han entrado buscando ese único que le interesa. No lo ve. Ve algunos formales, de trabajo, algún intercambio con íntimos, asuntos diarios. Hay uno de un desconocido. Es el primero que abre. Lo que lee es esto, este texto que hay escrito hasta aquí. Cuando llega a este punto del texto donde estamos mira a los lados, mira a la chica y en alto dice:

.- Tengo un correo de un desconocido muy raro. Bastante paranoico.

 La chica le mira, callada unos segundos, como si aún no tuviese reacción. Respira y le dice:

.- ¿Tú también? ¿Tú también estás leyendo paso a paso tu vida?

.- Sí. Incluso esto que hablamos está escrito. ¿Qué coño es?

.- No lo sé. Llevo toda la mañana así, desde que he llegado. Cada cosa que leo es el presente. Llamé a mi novio y también. En su oficina a todos les está pasando.

.- ¿Es un virus?

 Lentamente nuestro protagonista sigue leyendo aquí su historia, comparándola con la de los demás. Todos van encontrando este correo y sus vidas se van unificando. Nuestro protagonista llama a algunos amigos, comprueba que a todos les ha llegado el correo y que a todos su presente les está siendo enviado en forma de mail. Aquí, en este punto trata de levantarse, de dejar de leer ajeno a lo que sigue. Lo hace. Se pone en píe, se asoma a la ventana. Vuelve al correo. Lo relee y llegado de nuevo aquí, lo cierra y lo envía a la papelera. Lo que sucede a partir de ahí ya lo leeréis en vuestro mail.

sábado, enero 07, 2012

Tierra Santa

 En Buenos Aires existe un parque temático llamado "Tierra Santa". Había pensado, inicialmente, recrear una historia con cierto toque surreal, a partir de esa localización. Juguetear con un personaje que trabaja allí, diariamente. Ubicado quizá en el muro de los lamentos o en las atracciones de la resurrección. Un actor de bajo perfil, que por los caminos enrevesados de la vida, termina trabajando en alguno de los shows del parque. El protagonista, un tipo con ausencia absoluta de fe, diariamente ejerce de Judas en la última cena, allí, casi al final del parque, donde los niños y las señoras llegan exhaustos, delirados. Allí nuestro héroe sufre diariamente la tragedia de ser el traidor, el tipo que todos miran mal, el enemigo señalado, el aceptado miembro débil, frágil, corruptible. Algunos niños le insultan en breve silencio. Las madres o abuelas explican con recelo, con una mirada inquietante, que ese, aquel de allí, el que está sentado a la izquierda, fue el que reveló el lugar donde podía ser capturado Jesús. Mientras fantaseaba con la posibilidad en mi cabeza, traté de encontrar algunas fotos, algo de información sobre el lugar. Me di cuenta que mi ejercicio, de alguna manera quedaba obsoleto, anta la potencia de la realidad. Encontré fotos de aventureros en el parque tematico. Osados que pagan una entrada por disfrutar de los eventos y los shows. Individuos que se habían fotografiado con Jesús crucificado, en su agónica travesía. Encontré la web del lugar. Vi los circuitos, los shows disponibles y finalmente leí testimonios de los visitantes:

 "Todo lo que vimos me conecta con Dios de una manera diferente"


 Y pensé que mi ejercicio, en verdad, no tenía ningún sentido. Y no lo intenté. No lo lograría. Nada lo lograría.


miércoles, enero 04, 2012

Extraños en El Viso

 Se citan en esa esquina de El Viso. Fuman y esperan a uno de ellos que viene en coche. Se montan y se quedan durante mucho rato metidos. La calefacción empaña los cristales. Al rato, siempre sale alguno y se apoya en un árbol a mear. Vuelve a entrar. De vez en cuando se puede ver el humo, la llama de los cigarrillos deambulando por el interior del coche. Hay una chica, lleva el pelo suelto y está siempre callada. Uno de ellos se pone de copiloto, visto desde fuera, sin escuchar sus voces, se diría que es el director del extraño grupo. Cuando pasa una hora o algo más, hora y media. Arrancan y desaparecen. Jamás vuelven a esa esquina. Aunque una vez, al rato, les vi en una de las calles más cercanas a Joaquín Costa. . Seguían los mismos, parados. Estaban delante de la puerta trasera de un restaurante vasco. Salió uno de los cocineros y los cinco miraron al unísono. El cocinero no se percató, hizo algo que no descifré y volvió a entrar. Al rato, quizá quince o veinte minutos después, arrancaron y se fueron. Desde entonces sospecho que se citan en la esquina y van recorriendo El Viso durante toda la noche. Generalmente no se acuden los fines de semana, aunque alguno sí. Estoy tratando de descifrar, también en esto, si hay una frecuencia. Si los fines de semana se repiten con una periocidad programada o si, por el contrario, es aleatoria. Desde hace dos semanas la chica ha faltado a alguna de las convocatorias o reuniones. Desde entonces me planteo buscar un coche o una moto y realizar la indagación hasta el final. Seguirles toda la noche.

 Los descubrí por azar. El  Viso, aunque lejos de casa, es una excelente zona para pasar corriendo. Me gusta correr por la noche, tarde. Cuando la ciudad está más sosegada. Avanzo los kilómetros concentrado, sin prestar atención más que a un ritmo invisible que trasmite la ciudad a partir de determinadas horas. Me gusta ver a esos peatones que parecen desubicados, perdidos, pasar a mi lado. Van, generalmente, mirando al suelo. Al final, en Serrano, casi al final de Serrano y giro y me meto en El Viso. Está todo tan vacío, tan callado, tan ausente. El Viso no parece Madrid, y en cierta forma no es Madrid. No lo conocía hasta que empecé a visitarlo de noche, en esas carreras silenciosas. Repetía el circuito todas las noches, atravesaba El Viso, por calles al azar, en cada carrera. Hasta una noche en que me di cuenta que en esa esquina siempre les veía. Un detalle constante que una noche me llamó la atención: ¿Que hacen esos tipos siempre metidos en el coche, en la misma esquina? Un día paré y miré. A partir de entonces la observación fue en aumento. La intriga, la duda, la curiosidad no se frenó. Cada leve descubrimiento encerraba aún más a esos muchachos en una caja de misterio.


 El chico que conduce y que llega, siempre, en el coche. Ha usado tres autos distintos. Cada vez son más caros. Los otros dos que se sientan atrás, junto a la chica, actuan de un modo similar, como si en cierta forma fueran gemelos de comportamiento. No logró terminar de identificarlos.Todos fuman. Beben de vez en cuando, generalmente en las noches más próximas al fin de semana. A veces el copiloto tiene un libro entre las manos que lee en voz alta, todos le miran o escuchan o hacen que escuchan. He querido acercarme alguna vez para tratar de escuchar las conversaciones, pero no logro identificar más que un murmullo, acercarme más supondría jugar en terreno peligroso. No debo arriesgar. Ser descubierto supondría el fin del ciclo, me negaría de tajo, la posibilidad de descubrir su enquistadísimo universo. Lo que si he decidido, definitivamente es traer un coche y seguirles. Debo ampliar el campo de acción, descubrir más movimientos, más rutinas, más ciclos.

 He logrado aparcar muy cerca. Me he sentado en la parte de atrás del coche. Desde aquí el campo de visión es privilegiado, puedo ocultarme con enorme facilidad tras los asientos. Si soy cuidadoso, es imposible ser visto. Acaban de llegar. La chica ha sido, curiosamente, la primera en llegar hoy. Se ha sentado en la acera, al píe de una farola. Tenía un libro entre las manos, no he logrado leer el título. Luego han llegado los gemelos de comportamiento, luego el lider y, como siempre, por último, el conductor. Han entrado, han encendido cigarros. El lider ha hecho circular algo diminuto, inapreciable desde aquí, entre las manos de todos. El conductor es el único que no ha tenido en sus manos el objeto. Ha pasado una mujer mayor, extranjera, por la acera. Todos la han seguido con la mirada. El conductor ha mirado por el retrovisor y me he agachado. No me ha visto. Sé que no me ven. La chica ha salido, ha estado hablando por teléfono. He aprovechado para identificarla mejor. Nunca la había visto tan cerca. Me ha parecido más joven. Se ha vuelto a montar. Los gemelos la han mirado. Han arrancado el coche. He seguido a una distancia prudente. Han bajado muy despacio hasta Balbina Valverde y han girado en Joaquín Costa. Han frenado el coche en el carril bus, el lider ha salido y ha cruzado debajo del elevado. Allí le ha dado algo a un vagabundo y ha vuelto al coche. Han arrancado. Han bajado por la Castellana hasta Gregorio Marañón. Han girado y han subido por Vitruvio para alcanzar Maestro Ripoli.  Se han parado. He seguido un poco para disimular. Unos metros más adelante me he parado desde donde podía observarles por el retrovisor. La chica ha salido del coche. Ha caminado por la acera. Se ha parado en mi ventanilla y ha tocado con los nudillos. He bajado la ventanilla y he saludado con incertidumbre. Ella no me ha dicho nada. Ha metido la mano y ha abierto la puerta:

.- Arranque el coche por favor y siga adelante.

 No he tenido valor de negarme. He sido descubierto.


martes, enero 03, 2012

Fiestas inolvidables.

  Hay fiestas inolvidables. Fiestas que se incrustan en tu memoria, en tu biografía, en tu manera de sentir porque aquella noche, en cierta manera, cambió todo. Se abrió una puerta o se cayeron muros o barandillas o rejas. Acababa de empezar el año, un año que se anunciaba catastrófico para los previsores de la economía, esa ciencia bruja. Un año que se abría como un vértigo en mi propia vida. Salí de casa después de abrazar a mi familia y desearles un buen año. Quería evitar los atascos con los que se entra en el año en la ciudad. Llegué pronto al metro, donde había quedado con J para subir a la fiesta a la que le habían invitado y en la que yo no conocía a casi nadie. Llegamos a un portal antiguo, cogimos el ascensor viejo, de doble puerta y de los que ascienden a ritmo de película de terror. "Es en el último piso" me comentó J." Tienen una terraza gigante. Una terraza memorable" Hacia una noche con una temperatura así que visualicé la terraza abierta, con tránsito, aprovechada para la fiesta. Cuando llegamos arriba, la puerta estaba abierta y se oía música y bullicio, no éramos los primeros en llegar. Cruzamos la puerta y seguí a J por el largo pasillo. La casa estaba decorada con unas luces que le daban un aire de película espacial o de apartamento de un era que aún está por venir. Al final del pasillo empezamos a encontrar gente, J saludó y me presentó a algunos. Al final salimos a la terraza donde le dimos el feliz año al dueño, me presenté y saqué de la bolsa mi aportación alcohólica:

.- Ponla por allí, en aquella mesa.

 Caminé hasta la mesa de la terraza donde una hilera desbordante de bebidas anunciaban una noche prolongada, gigante, desorbitada. Puse la botella y me serví un ron con hielo. Me apoyé en la barandilla y me encendí un cigarillo. Vi la ciudad extendida, casi como una metáfora del año que se abría. El tráfico era intenso abajo, coches buscando celebrar esa metáfora del tiempo, esa invisible vuelta de ciclo. Un gigante y extraño acuerdo mundial de comenzar, de nuevo, la vuelta. La ciudad parecía sobrevolar la noche, los puntos de luces se perdían. El universo y las reglas, la vuelta, el ciclo. En ese momento la descubrí a mi lado. Sospeché, pensando lo mismo que yo. El golpe siempre es de primeras, sin transición, me pareció potentemente atractiva:

.- Qué bonita vista- dije

.- Es preciosa. Parece que se abre. Como si nada se fuera a acabar.

 Miré con cautela su ropa, sus manos apoyadas en la barandilla.

.- Igual nada se acaba nunca. A lo mejor todo está empezando todo el rato- y sentí un vacío absoluto, un golpe de ridículo por haberme dejado llevar por ese vicio de la ñoñez y de la falsa poesía.

 Sin embargo ella sonrió y dijo que a ella le gustaba el principio de año porque no podía evitar sentir una forma amable de esperanza, de oportunidad, de revancha. Que con el año nuevo sentía que había la posibilidad de redimirse. En ese instante me separé unos centímetros de la barandilla, giré a mirar a través del cristal el interior de la casa. No sé porque lo hice. Me giré sin buscar nada concreto. Quizá por buscar alguna frase que encadenar con lo que ella decía. Escuché un sonido metálico, extraño, en décimas de segundo giré la cabeza y vi la barandilla desmoronándose al vacío, ella se iba con la barandilla. No sentí nada. No me dio tiempo a sentir nada. Vi la terraza abierta, sin ese freno visual de la barandilla, vi el vacío y sus pies desapareciendo hacia abajo. Se que se me ocurrió un chiste con muchísimo humor negro que jamás he vuelto a recordar. Sé que giré y vi caras y vi la ciudad y el año abriéndose como una raja por toda la ciudad. Supe, claro, que esa fiesta sería inolvidable.

lunes, enero 02, 2012

Anotación de una imagen

  A media tarde bajaba a la playa con la niña. Nos sentábamos en la arena, la niña deshacía montañas que previamente había formado y el ciclo del Sol agonizaba a nuestra izquierda. Esos días del final del año eran formidables allí. A lo largo de la prolongadísima playa apenas había gente. Kilómetros de arena y olas y la amable soledad. A lo lejos, la tenue luz del atardecer, dejaba ver leves siluetas enredándose con una especie de suave neblina, parecían irreales o parte confusa de la memoria. De vez en cuando algún paseante nostálgico pasaba frente a nosotros con un perro que jugueteaba algunos segundos con la niña.  Podía pasar doce, quince, veinte minutos, viendo las manos de la niña abriendo caminos en la arena, luego levantaba la vista al mar y me daba por despistarme con las olas, la espuma, el perfil borroso de África frente a nosotros. A veces la niña se ponía en píe y caminaba por la playa sin destino preciso. Avanzaba algunos metros, giraba hacia el Este, luego Sur, luego Norte. Miraba a los lados y arrancaba de nuevo. Todas las tardes de aquel final de año repetíamos el rito de quedarnos una hora o hora y media ahí. La última tarde del año bajamos, la luz y la temperatura eran excepcionales en ese invierno cálido. Entramos a la playa por el camino de siempre. Alcanzamos la arena, nos desperdigamos y repetimos los juegos, los caminos de arena, los castillos aplastados; la luz caía lenta, anaranjada, suave, preciosa. A nuestro lado había un hombre sentado. Miraba al frente, sosegado, con una quietud atractiva. Seguimos jugando, pero de vez en cuando no podía evitar mirarle. Jamás quitó la vista del frente. Al principio pensé que miraba el mar, las olas, esa otra forma de lectura del tiempo que es la espuma reventando, luego comprendí que miraba más allá, los perfiles y contornos de Marruecos allí enfrente, diluidos por ese juego   de humedad y luz. El tipo, por aspecto y rasgos, indudablemente, era marroquí. Miraba a casa. Casi como si pudiera ver algo, casi como si viera el día a día, casi como si estuviera proyectando allí, en ese lado donde ya no estaba. Forma curiosa y algo cruel de melancolía echar de menos tu casa y verla con el mar de por medio, allí, tan cerca, pero lejos

domingo, enero 01, 2012

Los ciclos

Al final todo empieza de nuevo.

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