miércoles, noviembre 30, 2011

Conversación 8

  .- Lo idóneo- dice A- sería eliminar todo pensamiento preconcebido. Pensar de cero, por tu propio camino. Eso es lo idóneo, pero sabemos que lo idóneo no existe. Siempre hay una mosca alrededor, alterando, inevitable, el curso del sosiego en una sala silenciosa. No puedes eliminar lo que piensas porque lo que piensas está ahí, tan contundente y bestial como todo lo abstracto. No te lo fulmines, B. No te lo fulmines. No juegues contra ti mismo. Lo que piensas lo piensas. Puedes arreglarlo, modificarlo, sustraerlo, ignorarlo, pero está ahí. Por más que corras, B, por más que corras. Cada uno de tus pensamientos, los tuyos, los que llegaron por conductos internos propios, son y están. No escapes, B. No escapes de ellos. Míralos. Entiéndelos y ya, luego, comenzará, de nuevo, otro pensamiento que se superpondrá a estos otros. Piensa en tus pensamientos y pensarás de nuevo. Se abrirá la nueva vía, y si lo logras será la vía que tu quieras.

 .- Eso, A, sería lo idóneo.


Otra ciudad

 Me desvelé. No conseguía enganchar el sueño. Vi una película extranjera. El ritmo era extraño, como si no pasara nada pero hubiera sucedido algo terrible que nadie, ni siquiera el director, se atreviera a contar. Salían calles muy poco transitadas, desgastadas. Calles a las que al asfalto le va saliendo césped, colándose entre la masa bestial de cemento, aceras y calles. La película pasaba y no recuerdo mucho del argumento. Recuerdo una forma de tristeza total inapreciable a primera vista. Es decir, todo era triste pero no por lo que sucedía en pantalla sino por lo que uno intuía. Era una película mala, o a mi me parecía mala, no entiendo de cine, pero todo era débil, de poca calidad, cutre. Esas películas que ponen en esos canales esparcidos por el mando a distancia, de madrugada. Como si en esos canales supieran de antemano que esa película no la va a ver nadie y como si hubiera un tipo de películas creadas para eso, para ocupar espacios en mitad de la madrugada. Como si hubiera toda una industria para producir películas que serán emitidas en horas invisibles, para espectadores que miran sin mirar, que ven la pantalla de su televisión, a esa hora en la que los que están despiertos o sufren insomnio o están borrachos. La vi entera. Duró cerca de hora y media. Las calles raras de esa ciudad que no identifiqué. Una ciudad fría, con habitantes que parecen saber de antemano que van a salir en una película que nadie verá jamás. Como si fueran ciudades inventadas para esa industria de películas que nadie ve. Recuerdo a la protagonista, una tipa rubia que en los planos de perfil era atractiva pero que parecía otra cuando la cámara la enfocaba de frente, como si esa actriz fueran dos actrices. La imaginé rodando la película, tomando café entre toma y toma, en mitad de un equipo que sabe que está en ese trabajo transitoriamente con la idea permanente de conseguir cuanto antes un trabajo mejor. Me pregunté si prepararía el personaje como dicen siempre los actores en las entrevistas o si por el contrario esa actriz no tuviera método ninguno y su forma de actuar finalmente no fuera más que ella, su personalidad de verdad a la que le imponen unas cuantas frases. Luego imaginé un equipo estrafalario de guionistas escribiendo a toda prisa esa película extraña. Pero generalmente sólo observaba las imágenes de esa ciudad, la cara de la protagonista en las calles de esa ciudad. Cuando terminó, sin saber muy bien que había sucedido, apagué la televisión y se quedó la casa a oscuras. Me tapé con la manta en el sofá y pensé en esas calles. Me imaginé andando por esas calles, traté de imaginar ciudades con esas calles. Hice un recorrido prolongado por calles que se parecían a las calles de la película. Giré aleatoriamente con mi imaginación de un lado a otro en esa ciudad que iba proyectando. Al final de una calle imaginé una farola que daba una luz blanquecina y caminé hasta ella. En ese instante pensé que quizá me estaba durmiendo y me volví a desvelar. Abrí los ojos a oscuras. Escuché el motor de la nevera reverberando por toda la casa. Pensé en la actriz. Pensé:"¿Qué hará en este preciso instante esa actriz? Pensé en opciones, pero sobre todo la imaginaba durmiendo.

martes, noviembre 29, 2011

Intuiciones

 Estos días cerca de las seis es ya casi de noche, lo que adelanta determinadas sensaciones imprecisas, pero con una contundente presencia en la percepción. El reloj del coche funciona mal y despista. Noche temprana y reloj acumulan desconcierto temporal. El semáforo de la Quinta con Diecinueve es raro, el tiempo ahí juega al despiste. Parece que el tiempo se prolonga indefinidamente, como si jamás se fuera a poner rojo. Da tiempo a pensar en muchas cosas: en la hora, en el clima, en asuntos dispersos del pasado, en mirar por el retrovisor y ver con imprecisiones, sin nitidez, a la tipa que está en el coche de atrás. Da tiempo, incluso, a imaginar determinados aspectos de su vida, que vienen de un modo abstracto. Una vida fugaz en esos ojos que se cruzan en el retrovisor. Luego pasa un tiempo que parecen horas, años y se pone en verde el semáforo y arranco. Hay un trozo a partir de ahí que no parece una ciudad, siempre me despista. Hay terrenos vacíos, manzanas enteras de terrenos llenos de matorrales, como si en medio de la ciudad, se hubiera colado un trozo de una carretera, una carretera de otro lugar. Conduzco automáticamente y miro de nuevo por el retorvisor. Detrás de mi viene la tipa del semáforo. Me da por tratar de adivinar que música irá escuchando o si realmente va escuchando música. También trato de pensar que camino vital la ha llevado hasta este instante preciso en que su coche va detrás del mío. ¿Qué vida será su vida? Cruzo por la sexta a la derecha. Bajo hasta el bar que hace esquina, de madera, con un neón que parece una nave espacial y aparco lo más cerca posible. Subo los tres escalones que llevan al bar y cruzo la puerta. Suena música vieja, una pantalla gigante ofrece imágenes en cámara super lenta de una jugada de un partido de futbol americano. La jugada avanza extraña, hay un remolino de brazos y un vuelo peculiar de la pelota. Me siento en un taburete en la barra, pido un bocadillo mediano y una cerveza para hacer tiempo. En una mesa una pareja joven charla y ríe cálidamente. Miro la hora. El camarero envuelve el bocadillo con torpeza, le pago y me bebo la cerveza. Salgo al coche. La noche es fría. Siento olor a humo. Miro a los lados y todo está muy vacío. Me fijo en el neón del bar, hay dos letras que no se encienden, la J y la K. Enciendo el coche y salta la música. Conduzco por la sexta hasta la cuarta. Pienso en la tipa del semaforo. Perdida para siempre entre avenidas, entre todos esos edificios de la ciudad. Intuyo que jamás la volveré a ver y me da por pensar que conocerla hubiera merecido la pena y le invento un nombre pensando que los nombres inventados no son inventados, sino que pertenecen a alguien. Una vida imaginada que en finalmente es real.

lunes, noviembre 28, 2011

La señora L

  La señora L se dio cuenta que estaba en la sala de espera a las 13:35. Miró la hora y durante algunos minutos trató de rehacer el camino que la había llevado hasta esa sala de espera. Volvió a mirar el reloj: 13:36. La puerta de la consulta se abrió, una mujer mayor dijo su nombre y sonrió. La señora L se levantó y entró. Saludó y la Doctora la invitó a sentarse. Se sentó con extremo cuidado y con desconcierto. Miró alrededor y siguió callada. La doctora, una mujer elegante y que inspiraba sosiego y seriedad la miró de nuevo con una sonrisa afable y le preguntó cual era el motivo de la visita.

.- Sospecho que el motivo es no recordar el motivo por el que estoy aquí. ¿Qué hago aquí doctora?- La señora L hizo la pregunta con un tono tranquilo que revelaba cierto desamparo lejano.

 .- Bueno, al menos en el no recordar el motivo sabemos que ya hay un motivo. Lo cual nos ayuda para empezar a buscar un diagnóstico y para ayudar a su memoria. Su aspecto es formidable y no hay evidencias visuales de contunsiones ni nada alarmante. Las cosas no están tan mal, señora L.

 La señora L sintió ese alivio que sólo saben dar muy pocos médicos del mundo, poquísimos de la historia de la medicina. "Uno de los mejores regalos del azar es dar con un médico no alarmista, pausado y sosegado. Un médico que relativiza" pensó la Señora L conteniendo esa preocupación y esa sensación emergente de angustia. Miró el reloj. 13:38. Seguí sin recordar.

 .- Bien, lo más sensato sería hacerle un electrocardiograma y algunas pruebas. Creo que lo mejor será mandarla a urgencias del hospital, no porque me parezca que esté en una situación de urgencia ahora mismo, pero si para descartar algunos factores que si podrían serlo. La amnesia puede ser pasajera pero hay que descartar si es más profunda. ¿Recuerda que le haya pasado esto más veces?

 .- Doctora, ahora mismo todos los recuerdos cuelgan de un modo peculiar. Todo lo vivido está de un modo etéreo por ahí dentro. No recuerdo que me haya pasado esto antes, pero no recuerdo que nada haya sucedido de un modo concreto. Mi vida, mi memoria, en este instante, no parece mía.

 .- Ok. ¿Podemos llamar a algún familiar? Lo idóneo ahora mismo es que no vaya sola al hospital. Sería bueno que fuera acompañada.

.- Debo tener el teléfono aquí, en el bolso. Llamaré a mi sobrina.

 .- Perfecto, llamé.

 Las manos recorren ese túnel temporal que es su bolso. Busca entre objetos prescindibles y previsores el teléfono. Lo encuentra. Sin agilidad busca el número. Encuentra entre todos esos caracteres el nombre de su sobrina y marca. Al otro lado nadie contesta. Se queda pensando y se lo comunica a la doctora. La doctora le dice que llame a otra persona. Llamaré a mi hermana, contesta la señora L. Busca en el listín electrónico de su teléfono móvil. Marca. Ve el nombre de su hermana en la pantalla, la señal de un teléfono parpadeando que indica que está llamando a ese número. Espera paciente. Al rato se corta con un tono rotundo la llamada, lo vuelve a intentar y sucede lo mismo. Sin comunicarselo a la doctora decide llamar a su sobrino. No contesta. Llama a su vecina. Llama a su otra vecina. Al marido de su sobrina. Va encadenando llamadas con extrañeza, con vacío, con desconcierto. No mira a la doctora. Vuelve a llamar a su sobrina. Se desplaza por la agenda del teléfono viendo los nombres, poniéndole caras a esos nombres. Va llamando y nadie contesta. Duda un instante de la fiabilidad de su teléfono. Como si estuviera funcionando mal. Llama por orden alfabético y al rato no llama, se queda pensando. Piensa en los nombres y duda de ellos. AL se le entremezcla con BL, CD con CL y L con D. Como si todos entremezclaran su personalidad y estuvieran dejando de ser para ser otro. Conjuntos y subcojuntos de personalidades con fronteras difusas. En eso va. En eso. En letras que se mezclan. En una D que se convierte en C y esa C que va a una O, en marcas que van. Luces que se entremezclan, cuando mira la hora: 13:35 y durante algunos minutos trata de rehacer el camino que la ha llevado hasta esa sala de espera. La puerta de la consulta se abre y una mujer mayor dice su nombre.

sábado, noviembre 26, 2011

V en el río

 Frío intenso. V no está acostumbrado al frío, a los ritos del frío. Tampoco está acostumbrado a la ropa del frío y no se abriga bien. Las tardes se hacen largas, porque son frías y grises. El invierno, a V, le parece un invento mal desarrollado, un fracaso climatológico. Piensa V que lo ideal es el calor, que es el estado natural de las cosas es el calor. Que las cosas van bien cuando se va en manga corta, que lo que signifique abrigos, bufandas y llevar la cara enterrada entre prendas es síntoma de dolor, de tristeza, de vacío. Para V el invierno es existencialista, porque invita a plantearse, inevitable, el sentido de las cosas: el sentido de la tarde que se prolonga, el sentido de la noche en la que uno sólo se puede esconder.  El sentido de las cosas porque para V el invierno bloquea y no permite hacer. En invierno no se puede pasear, piensa V: ¿Para qué entonces las calles? ¿Para qué esto?

 V lleva toda esa tarde que cae fría y oscura sobre la ciudad sentado en un banco. Entra la noche. Se ha sentado al lado del río. La calle que lo bordea, s ese río sucio y desganado, es oscura y silenciosa. V está congelado y recuerda el trópico, los días de playa. Come pipas para permanecer en movimiento. Saca una libreta escribe algo, son unas diez o doce frases impulsivas, no por escribir, no por trascender sino por buscar un calor que tarda en encontrar. Al otro lado del río, hay un edificio. Le da por pensar que ahí hay alguien, no sabe quien, pero alguien, una persona, solo una. Imagina que habla con ese ser, que hablan incansablemente como si fueran los dos últimos habitantes en la tierra. Luego se levanta y camina. La noche es densa, cae algo de niebla. Se monta en un autobús casi vacío. Se sienta casi atrás. Dos chicas de su edad van hablando. Sonríen y hablan animadas. En ese instante a V el invierno le parece un castillo de cristal donde habitan seres frágiles, lejanos. Reflejos.

miércoles, noviembre 23, 2011

Encontrado

 Se llega en barca. Una de estas barcas que avanzan lento, con motor antiguo y ruidoso. Anunciando que después uno se puede encontrar con algo que luego no es. El ruido de ese motor será lo último bullicioso que suceda en el viaje. Al bajar de la barca y despedirte del hombre pausado que te ha traído hasta ahí, algo te hace intuir que las tierras lejanas existen y que acabas de entrar en una. Hay un camino muy vegetado que te lleva por entre una montaña de la que eres incapaz de distinguir perfiles. Tratas de adivinar algunas plantas que ves por el camino. Cada rato te sobrecoge el sonido de aves. Hay un momento que dudas de tu ubicación, pero sigues adelante. La ropa que llevas no te pertenece y cuando miras hacia tus pies te parece el cuerpo de otro. Sudas, pero no es un sudor violento, es una capa de humedad sobre tu piel, sudor invisible. Tienes sed pero aguantas sin beber porque no sabes cuanto camino queda. Tienes pocas referencias. La sensación de desorientación y de duda te atrae y la rechazas a partes iguales. No obstante sigues adelante. El camino, sin duda, te parece el mejor viaje de tu vida. Casi dos horas después llegas, finalmente, a la playa que buscabas. El lugar te sobrecoge. LA colocación natural de las cosas te conmueven. Es el primer paisaje que te lleva a un terreno tan emocional en tu vida, puesto que mirándolo tienes ganas de llorar. Te quitas los pantalones de tela fina y los zapatos duros. Te quitas la camisa y caminas hasta el agua. Te metes lentamente. Te sumerges y buceas con los ojos abiertos, bajo el agua todo parece cobrar un sentido nuevo. Piensas en que la música es una ordenación distinta y novedosa del tiempo. La metáfora absoluta de la fugacidad y la inexistencia del pasado. Emerges y braceas. Miras al horizonte. El mar se tambalea y respira. Nadas a la orilla. Sales y miras a los lados. Corres. Estás a salvo y lo sabes. Sonríes.

martes, noviembre 22, 2011

Huidizo

 En el instante en el que comenzaba este cuento corto se acabó.

La servilleta de tela

 Las servilletas tienen treinta años. Los sofás seguramente más de treinta y cinco. Las alfombras cuarenta. El reloj del salón veinte, el anterior, casi exacto, se detuvo de repente y jamás se pudo arreglar. Muchas tazas y vasos siguen ahí, desde hace mas de veinticinco años. Las cortinas son más recientes, quizá nueve o diez años. También es reciente la televisión, es un regalo. No obstante el equipo de sonido, que cada vez falla más, tiene diecinueve. Las mismas sábanas y mantas de toda la vida. La impoluta cortina de la ducha parece eterna. La jarra del agua no es eterna es absoluta. Lo congrega todo. Han pasado tantos litros de agua por ahí como por algunos riachuelos. Esa jarra ha contenido agua eterna, agua que ha pasado por la jarra más de una vez. Las cucharillas del azúcar, los cuchillos, las cucharas, los tenedores son de la prehistoria. El tiempo, básicamente está colgando y todo está en un estado casi inalterable. No hay deterioro ni decadencia en esos objetos. La casa sigue en orden y sigue siendo absolutamente cálida y acogedora. Todo parece congelado en un tiempo único y muy preciso, un tiempo que solo pertenece a esa casa. Es el tiempo inabarcable de la casa de mi abuela. Un tiempo inexistente y real entre el año cuarenta y cinco y el año ochenta y seis. Una fecha precisa y que se estira interminablemente en el tiempo. Allí sigue todo. La servilleta de tela con la que me limpié tantas veces siendo muy pequeño. La reconozco, la cojo. No hay deterioro, no hay agujeros ni resto de suciedades, está limpia, impoluta. Está viviendo allí, no aquí, en un tiempo que no pasa. La cojo, me la paso por los labios, el tacto es el mismo. Todo está colgado indefinidamente. Y es una lección. Una lección contra mi forma de vida en la que todo caduca cada treinta minutos. No tengo servilleta asignada en casa. La jarra de agua no tiene más que dos años y está vieja, lejana, ya casi no me pertenece. Esta semana pensé en ir cambiando los sofás. El tiempo, mi tiempo se desvanece, desaparece a cada minuto. En cierto modo, mis colegas de generación y yo, no existimos. Nos han ido desgastando nuestros caducos objetos. Nos han devorado.

lunes, noviembre 21, 2011

Inversamente proporcional

 Es muy poco creíble como para ser mentira.

viernes, noviembre 18, 2011

La armónica

  Bajamos hasta el puerto. Hay un bar que cierra tarde o que no cierra nunca, que empalma borrachos con desayunos de los astilleros. En los soportales hay un viejo vagabundo que toca la armónica con virtuosismo y delicadeza. Sopla la armónica y casi no suena, sale un hilillo que es casi inaudible. Si te acercas te quedas idiotizado escuchándolo. Sin darte cuenta cierras los ojos y escuchas las melodías que toca, son de un caracter notablemente marino. A veces he imaginado que el tipo fue marinero, o eso lo imaginaba antes, luego imaginé que era el diablo porque eso decían en el bar de madrugada; y la noche que bajé con ella, primero lo estuvimos escuchando bajo los soportales, hacía mucho frío y la noche estaba tan húmeda que parecía que los huesos se habían petrificado o habían capacidades. Ella escuchaba y le miraba, jamás cerró los ojos o los cerró a la vez que yo, porque nunca la vi con los ojos cerrados. Ella le dio todas las monedas que le quedaban. Entramos al bar y le conté que todo el mundo decía que ese tipo era el diablo, Satán, el demonio. Ella me miró incredula o asustada y bebió rápido el licor. Se quedó callada, en el bar sonaba una música que me resultó hermosa y que me daban ganas de llorar, porque era suave y prologada. Bebí mucho y sali muy borracho, abrazado a ella. En la calle aparecía esa luz que recuerda al gas del principio absoluto de la mañana, cuando aún, realmente, es de noche. Caminamos sin destino, nos sentamos en un banco y ella me preguntó triste, preocupada si creía que el vagabundo de la armónica era realmente Satán. Contesté que a veces creía que sí, pero que generalmente pensaba que no era nadie, que me lo había inventado yo. Se quedó callada y empezó a llorar. Lejos, como el silbido de la brisa, sonaba el hilo inaudible de la armónica.

La factura

 Me debes mucho dinero. Mucho. Me debes todo aquello que pactamos, me debes muchas horas, muchos fines de semana, muchas vacaciones. Kilómetros. Muchos litros de gasolina de todos los viajes. Me debes muchísimo dinero. Comidas, dietas, hoteles, aviones. Me lo debes y me lo vas a pagar, porque de aquí no me voy sin cobrarme todas las deudas. Me debes ropa, regalos. Me debes horas extra, todas las horas extra. Me debes mucho esfuerzo, un esfuerzo que vale mucho. Me debes cenas, muchas cenas, invitaciones en reuniones. Me debes trajes que compré para ir arreglado para la ocasión. ¡Paga! ¡págame ya lo que me debes! Estoy en la ruina. Me debes tanto, tanto esfuerzo, tanto trabajo. Todo ese trabajo descomunal por entenderte. Me debes los diálogos, lo que me inventé. Me debes lo que me he dejado. Todo eso que he dejado. Lo he perdido todo. Me he quedado sin nada. Las facturas del teléfono. Los taxis. Devuélveme que no soporto más. Damelo de vuelta y quítame esta presión. No puedo ni respirar. Págame una explicación. Dame algo. Explícamelo. Necesito que me lo des. Una razón. Un solo motivo. ¿Por qué te largaste? ¿En que momento me dejaste de querer? Págame. Por dios. Págame.

jueves, noviembre 17, 2011

Biografía breve de D

 Con veintisiete años se montó en un autobús que le llevo al norte,volvía después de cinco años a casa. Al llegar reconoció sin ningún problema cada uno de los rincones de ese pueblo del norte. Los árboles, eso no lo percibió pero lo imaginó, quizá estaban un poco más altos. Cruzó el jardín de la casa de piedra y en ese instante en el que rehacía de nuevo el camino de su casa, le pareció que el tiempo era algo vago y bastante improbable. Tocó la puerta, su madre saludó con solemnidad,se abrazaron y tuvo ganas de llorar. La madre le dio algo de comida y le acarició la cara varias veces, no comentó nada de sus años fuera, que había abandonado los estudios cuatro años antes era conocido en la casa. La madre en ningún momento se planteó recriminarle su ausencia, su silencio absoluto. Caminó hasta su habitación. Se lanzó al colchón y le dio la sensación de tener diez años menos"La felicidad se percibe después" pensó con nostalgia.

 Los siguientes tres años habitó en esa casa silenciosamente. Los padres aceptaron sin problemas, era un tipo que molestaba poco, apenas se le notaba. Pasaba las horas leyendo autores antiguos y escribiendo en una libreta frases sueltas. Por la tarde caminaba por el bosque verde, volvía con los zapatos llenos de barro. En la noche salía al jardín. No obstante no logró deshacerse del peso, de esa carga imbatible.

 Dejó una enorme herencia de canciones bien hechas, honestas, desconocidas. Con los años un anuncio de coches le popularizó. Se mitificó su historia, también al personaje. A su madre, envejecida y con poca memoria, le parecía que cuando hablaban de él hablaban de otro. Su padre escuchaba las canciones una y otra vez tratando de leer, como si las canciones escondieran un mensaje a punto de descifrarse.

lunes, noviembre 14, 2011

El momento preciso de la decisión

 Dos de la madrugada:

  Parece un tópico, y lo pienso según lo veo, pero por la ventana se cuela la luz del neón con el nombre del Hostal. Me asomo y sonrío porque la imagen completa el arquetipo de escena decadente. Por la calle pasan dos chicas hablando aceleradas, se van contando algo con cierta euforia, el resto de la calle, como debe ser, está vacía y mal iluminada. Vuelvo a la cama, retomo la lectura.  Visualizo con cierta precisión los paisajes descritos en el libro. Me gusta ese ambiente descrito y lo que anuncia, hay ciertos libros que tienen algo elevado, no se sabe que es, pero mientras se leen, se sabe que hay algo que ya no será igual. Oigo un coche pasando y pienso en el motivo que me ha traído hasta esa habitación de hostal, pienso en ese hostal y pienso en los motivos. Imagino a mi hija en ese instante, dormida, tapada con la manta, imagino la luz de mi casa. La casa, mi casa, el hostal, la luz, el libro, la colcha que me cubre, me parecen proyecciones. La ciudad en la que estoy me resulta algo fea, un error. Sin darme cuenta me he desconcentrado de la lectura, dejo el libro en la mesilla y decido apagar la luz, antes saco de mi mochila el iPod y me pongo música, un ambiente sonoro prolongado, profundo, intenso me conducen hasta el sueño. En ese momento aún no lo sé, lo sabré días más tarde, pero he tomado una decisión rotunda, sin vuelta atrás.

jueves, noviembre 10, 2011

Los recuerdos de Julio

 No es extraño que vinieran imágenes difusas de unas rocas superpuestas, formas orgánicas que no logro descifrar. A veces son olas, unas olas que amenazan, que aterran, que angustian. Son olas que vienen hacia a mi y en el momento menos preciso se desvanecen; pero son olas que en su crecida, en esa prolongada formación, amenazan con no romper jamás y llevárselo todo por delante. Las olas son algo más precisas, las otras imágenes no. Una especie de laberinto arquitectónico, piedras talladas que emulan piedras no talladas que parecen una costa, edificios que se meten en el mar o que salen del mar y crecen en las orillas. Todas esas imágenes venían en los momentos menos esperados. En mitad de una clase de matemáticas o en el trayecto en bus del colegio hasta mi casa. Las imagenes de esas olas también vinieron, claro, en el primer beso a S y confundí aquel beso, aquel primer beso con mares, con océanos y sus mareas.  También se crece con eso, con esas imágenes escondidas, incrustadas de un pasado remoto que da la sensación de no pertenecer a nadie. A veces creía que eran imágenes de mis primeros sueños en vida, a veces fantaseaba con que eran recuerdos trasmitidos a través de la genética, a veces, delirado, sospechaba que esas imágenes me habían sido introducidas por una tribu de habitantes de un planeta invisible. El caso es que el tiempo, lo que es absolutamente irrefutable, fue pasando y por pura lógica, fui creciendo. Crecí. Aquellas imágenes estaban insertadas de un modo regular en mi vida diaria. Trabajando veía las formas rocosas y casi orgánicas, veía las olas. Olas y rocas. El asunto se resolvió de un modo sencillo la noche en que mi madre murió en mi casa biológica. Los recuerdos de mis tías, las frases de mi padre, la memoria colectiva describió unas vacaciones en mi primer año de vida. La playa lejana, la marea descrita, el edificio a pie de playa donde pasamos aquel verano coincidían con las imágenes que, entonces supe, simplemente recordaba.


martes, noviembre 08, 2011

Un viaje de ida y vuelta

 La carretera corre paralela al cerro. El cerro tiene algo imprevisible, da la sensación, constantemente, de que no está, que es una superposición, un efecto óptico, una deformación visual producida por el cansancio del viaje. La carretera es estrecha y está deteriorada, pero el vacío o esa sensación parecida al vacío, producen algo parecido al placer. Es un vacío amable, un vacío acogedor, un vacío lejano. No recuerdo cuanto dura el viaje hasta llegar al pueblo de la costa más al norte, recuerdo el camino, un camino que trasciende y se implanta en la memoria y se queda durante años deambulando. Luego llegas a ese pueblo vacío, con algunos síntomas de abandono profundo. Las casas, la mayoría de alquiler, están vacías y afectadas por las humedades marinas, el asfalto de la carretera carcomido por la arena de la playa. En general es difícil cruzarse con alguien en esa época del año. Al final de la carretera, que coincide con las últimas casas del pueblo, y casi se podría decir que las últimas casas del país, está el lugar donde duermo y pasaré los siguientes días. Si la memoria no falla estamos a seis días del final del año y del principio de una década. Paso los días deambulando por el pueblo vacío y tocando la guitarra encima de una piedra desde la que se ve el mar y esas formas extrañas que hace la marea, el agua es muy espesa. Desconozco, evidentemente, mi futuro. La guitarra en ese momento, no es un instrumento, es un órgano. Este trato, esta relación con ese instrumento popular es básicamente siempre esa. Un asunto biológico, más que una forma de expresión. Evidentemente hay una necesidad invisible de imágenes grandilocuentes, pero en general el trato con el instrumento es de salvación. Recuero ahora ese viaje, porque creo que ahí se marca el principio inevitable con el instrumento. Llevo un par de años tocando, pero en ese viaje descubro que el asunto va para largo. Nunca fui guitarrista, tampoco lo he sido después. Nunca he tenido problemas con aceptar mi interés menor por la parte técnica del instrumento, porque nunca me he proyectado como músico. La guitarra desde esa época en la que éramos emigrantes, era un refugio, un escudo. Hoy lo sigue siendo. Es inevitable caer en ciertas trampas cuando tocas algo tan popular como la guitarra, pero la relación más real nació en aquella piedra. Pocas veces he sentido corporalmente tanta fluidez como cuando toco a solas arpegios sin un sentido final. Podría decir mil cosas, analizar el resto de mi vida, pero si toco la guitarra es por esa sensación huidiza, esa leve irrealidad que se genera cuando la madera de la guitarra vibra por encima de tu camiseta. No cogí una guitarra eléctrica hasta pasados algunos años. Al principio siempre toqué la guitarra clásica. Me inventé grupos, tocaba con dos amigos del colegio, luego con tres amigos del edificio, quizá la parte más feliz de mi vida musical. Nos reuníamos los sábados, intentábamos tocar canciones inventadas y que eran terribles y finalmente tocábamos larguísimas improvisaciones. En esas improvisaciones desproporcionadas y gigantes tocadas con una batería, una guitarra clásica que hacía de bajo y mi guitarra han sido, sin ninguna duda, mis momentos más enormes y disfrutables como pseudo músico.

 Una crisis existencial del demonio y la desesperanza me hicieron viajar de vuelta algunos años después, al país en el que había nacido, y empezar una vida nueva. En el aeropuerto, un amigo del que no volví a saber me regaló mi primera guitarra eléctrica. Sin saberlo, empezaba una nueva relación con el instrumento. Los primeros meses en la nueva vida, la guitarra seguía funcionando como escudo, pero el instrumento me serviría, eso lo sabía, para adaptarme y relacionarme con el nuevo entorno. Busqué grupos. Entré en uno. El azar había repartido cartas. Conocí una nueva relación con la música. Las estructuras preestablecidas, las intenciones de trascender, las ganas de profesionalizar, el orden, las formas, las relaciones basadas en el interés por crear algo que fuera admirable. Lo vi con recelo, pero me sentía solo y quería adaptarme rápido al país. Fueron dos años peculiares. Recuerdo escribir sobre aquello: nunca me sentí dentro, pero el esfuerzo mío por adaptarme, como el de aquellos chicos por adaptarse a mi, me hicieron aguantar. Conocí nuevas formas de relacionarse, formas de amistad que me desconcertaban, porque nunca he estado ligado a pandillas, pero debía adaptarme. No era fácil estar siempre fuera de juego y había que hacer concesiones para sentirse dentro.

 Aquello no era real. Lo peor que puede hacer un grupo de pop es obsesionarse con trascender. Obsesionarse con ser contado, con proyectar. La pseudomúsica, así la entiendo desde aquella piedra al norte de aquel país, es un asunto biológico. El flujo tiene que ir contigo. El debate es antiguo, pero es es el debate. Aquello desmorono aquel grupo pop.  Seguí a mi ritmo, pero en intervalos he ido volviendo a aquellos intentos que siempre han terminado muriendo por lo mismo, por falta de realidad, por falta de honestidad hacia uno mismo. Por una extraña necesidad de trascender.

 Hoy he recordado la piedra, la piedra donde pasé aquellos días de final de año, soltando notas sin mucho cuidado, por el puro placer de encontrar una vibración. Un asunto curioso y placentero. pura biología. Hoy he rehecho el camino hasta allí, la larga carretera que corría paralela al cerro. La agradable sensación de vacío. La hermosa libertad de la soledad elegida.

sábado, noviembre 05, 2011

Asteroide

 .- ... como los asteroides que andan por ahí, deambulando enloquecidos por la nada, por el absoluto. Llevaran una fuerza, una dirección, un desplazamiento físicamente explicable, pero ¿dónde coño van? No van. Van, claro que van, hay desplazamiento espacial, temporal, pero no van. Se van encontrando con elementos en su camino frenético. Pasan entre planetas, con el peligro permanente de una colisión bestial. Vistos desde un planeta son polvo que se pierde y pasa. A veces me da por pensar que uno va cabalgando  encima de uno de ellos, como un surfista desquiciado, enorme, salvaje total, primitivo absoluto. Deslizado por ese mar invisible, ese mar de la nada. Y visto desde cierta perspectiva, a eso se parece: los coches, la gente en las aceras, las parejas en la cama, las naciones, los escritores, los locos, los dibujantes, las fronteras, los solitarios, los enfermos, los corredores, el patio del colegio, las familias, los bosques, los mismos surfistas que se deslizan por las olas de ese otro mar que es reflejo del mar total, del mar absoluto, del mar que es todo el mar, uno y todo. Así visto así eso es. Surfistas fugaces sobre las olas del tiempo. Asteroides.

viernes, noviembre 04, 2011

Una vida anterior

 Me casé a los veintinueve años. Me sorprende siempre recordar los siguientes dos años. Ahora lo miro y con aquella mujer no tenía nada en común, pero el ser humano logra proyectar mentalmente lo que le da la gana. Aquellos dos años fueron peculiares porque de algún modo en ningún momento fui yo, no sé quien era, pero no fui yo. Viajé con ella a menudo, salíamos a cenar, compramos una casa agradable en un barrio elegante. Nos iba bien. Nos separamos por mutuo acuerdo. Ambos sabíamos que vivíamos en un acuerdo peculiar, un acuerdo invisible pero caduco. El tramite de separación no fue muy largo, tampoco doloroso. Ambos conocíamos ese final de antemano. Recuerdo un café de despedida en un lugar que me agrada y al que no he vuelto. Ella dijo que ambos recordaríamos como un parentesis nuestra vida en común. Me gustó su conclusión: "Lo que nadie nos quitará es que lo hemos pasado bien". Nos abrazamos y nos fuimos caminando. Es curioso lo que te une a alguien es tan inapreciable, tan abstracto que a veces es difícil saber qué es una imposición y qué es cierto, qué es una proyección y qué es lo que realmente se vive. No volví a saber en mucho tiempo nada de ella. Una noche me encontré con su hermano en un bar de copas. El tipo estaba absolutamente ebrio y se me acercó cariñoso. Me abrazó durante unos segundos de un modo solemne y algo trágico. Me miró a los ojos y en medio del bullicio me dijo que su hermana se había muerto la semana anterior. Hay noticias que dejan todo como colgado en de un hilo, como si la realidad fueran luces móviles, luces que se desplazan velozmente y cambian permanentemente de color. Creo que respiré lentamente, creo que recordé algo que no parecía cierto, la memoria tiñe la vida. Me vino la imagen de una mañana precisa: un domingo, la luz entraba por la ventana de aquel apartamento hermoso que tuvimos. Ella se levantó de la cama en ropa interior, yo la miré de espaldas, desde el colchón. Caminó por la habitación y se asomó. Me habló de una idea, de asuntos imprecisos, de las calles, de como cada calle era única pero que se confundían entre si. Me habló de ciudades, de la noche anterior y yo la escuchaba desde la cama mirando su cuerpo casi desnudo y pensando y reconociéndome que yo no la deseaba. Esa imagen me vino cuando el hermano me volvió a abrazar y se le empaparon los ojos. Le dije algo ambiguo, un par de frases huidizas, pregunté por sus padres, por la familia. El narró algunos episodios de la muerte, un asunto algo trágico y repentino. Salí de aquel bar poco después. Volví caminando a casa y en el camino me desvié para ver aquel apartamento donde vivimos. Me quedé en la acera de enfrente mirando las ventanas. En una de ellas había una luz suave como de lamparilla de mesa de noche. Imaginé a alguien leyendo. Miré el portal por el que durante dos años había salido. Por más que esperé nunca me llegó una tristeza profunda, sino más bien una forma de desconcierto o incomprensión vital. Como si esa vida, eso que recordaba no fuera sino algo que había sucedido novecientos años antes a otro, a otros, en otro lugar.

jueves, noviembre 03, 2011

El valle

 A las siete y media solemos salir a la terraza. Desde allí se contempla el valle. Los camareros colocan mesas y alguien pone música. Son melodías remotas que recuerdo de la infancia, canciones que cantaba mi abuela. No hay mucho ruido. Algunos charlan entre sí, otros nos quedamos callados mirando la vista que por más que la veamos todos los días, constantemente, no deja de imponerse como una forma silenciosa de espectáculo. Va anocheciendo y se va oscureciendo todo lo que se ve. Aparecen en la lejanía las primeras luces en los pueblos lejanos, esparcidos por el valle. Sacan algo de comida, pero siempre sobra, en general todo el mundo está cansado del sabor monótono de la comida de aquí. Los cocineros se esfuerzan, hay que reconocerlo, pero es inevitable un sabor constante y subterraneo en todo lo que comemos.  Cuando cae la noche del todo, los camareros van recogiendo y nosotros, escalonadamente, vamos retirándonos a las habitaciones. Mi habitación es amplia, es donde más me gusta estar. Saco los cuadernos de Loria, los he ido leyendo todos estos años, algunos los he releído varias veces. Me voy deteniendo en la lectura. Me gusta ver su letra, leer cada uno de los días de su vida. Cosas que me contó al conocernos, cosas que fui viviendo a su lado, cosas que desconocía. Me desconcierta leer narraciones sobre cosas que hicimos, es como recordar en el otro, también es raro leerme. Leer lo escrito sobre mi. Paso horas así, releyendo su vida. Me da la madrugada. Antes de apagar, me asomo a la ventana, está todo a oscuras. El valle es la tiniebla interrumpida por pequeñas luces esparcidas que son casas lejanas, poblaciones en el valle. Luego apago y me tumbo. Sueño muchas cosas, generalmente las olvido. Otrasvecesrecuerdo: sueño continuaciones del día, sueño cosas incomprensibles, sueño con que ya no soy yo, sueño con Loria, sueño con el tiempo, con formas distintas del tiempo, con que volvemos atrás y recuperamos esa imaginaria perpetuidad que creímos constante, sueño con manos, sueño con otros cuerpos, sueño con melodías, sueño con animales, sueño que soy lobo o león o pájaro, sueño luces y gente que aparece, sueño con el valle. Despierto pronto, cuando la primera luz tenue entra por la ventana. Me asomo, el valle sigue ahí, extendiéndose indescifrable. Bajo al comedor, me siento siempre en la misma mesa, me tomo el desayuno con sosiego, es el rato más agradable del día: hay una forma de esperanza renacida. Al terminar paseo por la montaña, hay caminos cerca que son preciosos. Alcanzo una piedra donde desde hace años con otra piedra, tallo el nombre Loria: despacio, sin prisa, en una esquina en la que apenas se aprecia. Es un juego, algo casi infantil, pero la tarea diaria me anima. Luego me siento y recuerdo las lecturas de los cuadernos de Loria. Luego, antes de bajar, miro el valle.

miércoles, noviembre 02, 2011

Turquía

  Conduzco por una carretera de Turquía. Evidentemente no sé que hago en Turquía, pero me esfuerzo en mantener la concentración en la conducción. He tratado de sintonizar alguna emisora, pero la tarea es imposible y sólo oigo locutores interrumpidos por interferencias. Apago la radio. Miro la velocidad a la que conduzco, voy excedido. La carretera atraviesa un paisaje común, nada reseñable, pero me recuerda a otras carreteras, a otros viajes. Mis manos sujetan con cierta tensión el volante. Tengo una molestia constante en la encía y temo un dolor de muelas nocturno. Llegaré en unas horas a mi destino y de antemano sé que esta noche dormiré en un lugar difícil, el dolor de muelas sería absolutamente inoportuno. No tengo medicinas para paliar el dolor y sé que no las conseguiría. Una bandada de pájaros viene de frente, me suben el ánimo y acelero. Los veo perderse por el retrovisor, pienso en su ruta, en su destino y durante unos minutos me comparo con un pájaro, mi vuelo es por carretera, por Turquía. Miro el móvil, sé que sigue descargado, pero es un gesto, un tic. Lo lanzo al asiento del copiloto. Veo una especie de restaurante de carretera. Freno el coche y aparco sobre la arena. En la puerta un chico joven fuma y me mira. Paso a su lado y dice algo que no entiendo. Entro pido un té. Busco el baño. En el baño veo una pintada en inglés, es un fragmento de un poema que recuerdo de Allen Ginsberg y me sobrecoge. El baño está bastante sucio, me veo reflejado en el espejo, me sigue costando reconocerme sin barba, con el pelo corto y con tantos kilos de menos, pero soy yo. Mi mirada, no obstante está algo más encendida. Descubro que mi aspecto, mi forma de mirar, tienen algo de tipo perdido. Salgo del baño. El lugar está algo más vacío. Bebo el té velozmente y cuando voy a pagar, veo en la televisión imágenes de un país donde se están produciendo unas tormentas terribles. Veo objetos, coches, gente arrastrada por la lluvia. Me pregunto donde está ocurriendo eso, pero nada me hace descubrirlo. Salgo al coche, veo al chico, me vuelve a decir algo y le contesto en inglés que no entiendo. El chico me mira desafiante y en un inglés extraño me dice:

 .- Ahora no comprendes, pero en unos cuantos días comprenderás.

 La frase, extrañamente, me altera. Me acerco y le digo que repita. Lo vuelve a decir. Le pregunto que cual es el sentido de su frase. Sonríe irónico. Le pregunto con cierta violencia y tratando de ofender que si es un brujo para saber lo que sucederá en el futuro. Contesta que no, pero que todo el mundo sabe lo que hay en esa zona del país. Me dan ganas de darle un tortazo, pero me contengo. Al montarme en el coche, le miro por última vez. Se ríe y entra al bar. Arranco y levanto polvo. Vuelvo a la carretera y conduzco algunas horas más. Siento que nada de lo que estoy haciendo tiene sentido, pero sin embargo hago todo el viaje, cumplo los plazos y llego a tiempo a Londres, una semana después, con el encargo. Me pagan bien y me despido del ministro:

.- Se cauteloso- me exige.

 Cuando voy saliendo y lanzo la mano para cerrar la puerta de su despacho me dice:

.- Ni una palabra. Ya lo sabes. Las consecuencias ya las conoces, ¿verdad?

.-Sí- respondo.

martes, noviembre 01, 2011

El hombre y el baile

  A los cincuenta y cinco tuvo una especie de ilumiación. No fue exactamente una iluminación, porque nadie, jamás, las tiene, pero durante un tiempo masticó opciones vitales y llegó a la conclusión filosófica de que la vida y la manera de existir sólo merecen la pena si se baila, si uno libera los músculos con soltura absoluta, lanza las vértebras a posiciones complejas y dirige la posición de los huesos a posturas imposibles. Fue así como empezó a bailar muchas horas al día. Su única misión vital. Fuera donde fuera, pasara por donde pasara se lanzó a la calle, a la vida, a su existencia, a golpe de baile. Bailó hasta el delirio y  murió, evidentemente, en una pista de baile. Su vida, de más esta decirlo, fue asombrosa.

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