viernes, octubre 28, 2011

El olvido

 En la maleta llevaba dos revistas pornográficas del año ochenta y siete, meses mayo y julio, de una publicación especializada en mostrar un porno fantasioso basado en películas de ciencia ficción. Además llevaba algo de ropa, artículos de higiene, un par de libros de poemas de autores checos, una biblia resumida e ilustrada por un dibujante de estética postmoderna y unos bocetos de un artista plástico con el que mantenía una profundísima relación de amistad. Cuando bajó del avión pensó, no obstante, que había algo que había olvidado y todo el camino desde el aeropuerto hasta el hotel donde tenía reservada una habitación doble fue haciendo memoria. La ciudad, a la que iba por primera vez, le parecía salvaje y caótica, anclada en un tiempo irreal, en un futuro desmembrado o un reflejo de otro tiempo que corrió paralelo a este. Se bajó del taxi, pagó y sintió el calor húmedo. En la acera un tipo vendía vinilos, los ojeó y le pareció haber descubierto un tesoro. El tipo de los vinilos le dijo que se parecía a un actor, a un tipo popular del que no recordaba el nombre. El trató de adivinar sin suerte. Compró un disco de una orquesta de salsa que el tipo le recomendó: "hay una canción sobre un tipo en la cárcel. Es una obra maestra". Subió al hotel. Allí vio, después de veinticinco años, a su amigo CC. Le abrazó y le dijo algo. CC le miró a los ojos y se puso a llorar. Segundos después le comunicó que IC había muerto horas antes. No entendió nada, miró a los lados esperando algo que jamás llegaría. Sintió una punzada irreversible en el pulmón izquierdo, era la forma más física que había experimentado en su vida de tristeza. Cerró los ojos, abrió la maleta y recordó, por fin, lo que había dejado en casa.

lunes, octubre 24, 2011

Gota

Los días de lluvia me agotan

domingo, octubre 23, 2011

Perdido

  Palacios había perdido la esperanza, cualquier tipo de esperanza, pero sobre todo la esperanza en sí mismo, que es la forma de desesperanza más absoluta. No quedaba un resquicio de espera, y cuando se espera siempre es por algo lumínico, algo que transforme con delicadeza el ritmo decadente de los días consecutivos. Conducía durante horas por la región cualquier día de semana, como el que se ha convertido en un autómata. El coche y conducir eran la única dinámica sostenible, como si pasar horas y horas haciendo kilómetros sin destino concreto le otorgaran una falsa dirección a su vida. Por eso fue a Bobare, por eso terminó allí. Por que llegó sin más, desviándose, avanzando hacia la nada más absoluta. Bobare le resultaba remoto, por eso cuando llegó a Bobare le pareció estar en un lugar inexistente o un lugar prefigurado en su cabeza. Se desplazó por las calles, observó con curiosidad las casas y detuvo el automóvil frente a la iglesia. Palacios no era creyente, nunca lo fue, pero entró por buscar algo fresco, algo que detuviera esa forma imparable de tiempo subterraneo. En el interior de la iglesia un joven arrodillado rezaba con devoción, una mujer sentada y algo encogida miraba al suelo y suspiraba. Palacios caminó, escuchó el eco solemne de sus pasos, recordó algo que no tradujo del todo en recuerdo tangible, narrable y salió. En Bobare, en ese instante, hacia un calor tremendo. Caminó. Las calles estaban vacías, el paisaje árido le pareció revelador. En la puerta de una licorería tres tipos silenciosos bebían cerveza con desgana. Palacios bebía poco, pero se detuvo y pidió una cerveza, estaba absolutamente fría y la bebió con ganas. Pagó y sacó un cigarro, lo encendió y se quedó cerca de los tres tipos, sin ganas de hablar. Uno de ellos le habló. Palacios, a pesar de los años en el país, tenía problemas con los acentos muy cerrados y no comprendió lo que el individuo le dijo. El tipo insistió, le preguntaba que si era extranjero. Palacios contestó que sí. Con voz arrastrada, casi de desconfianza y con profunda desgana y casi desinterés le preguntó que qué buscaba en Bobare. Palacios, que era profundamente reservado, contestó que nada, que estaba de paseo. El tipo le miró, bebió y le dijo que si andaba buscando a la señora Flora. Palacios le dijo que no tenía ni idea de quien era la señora Flora. Otro de los tipos le contestó, con mayor desgana aún, que sería conveniente que la fuera a ver. "Yo le llevo". No supo oponerse o le produjo cierto temor oponerse. Caminaros bajo el Sol bastantes metros, casi a las afueras, donde ya concluían las construcciones, se desviaron por un camino de tierra. Palacios respiraba de mala manera y la caminata le ocasionó una profunda fatiga. No dudó, casi quinientos metros después pensó que iba a ser atracado o maltratado por ese individuo extaño, pero no, vio una construcción prodigiosamente pobre que se sostenía milagrosamente. El tipo grito el nombre de la Señora Flora. Un perro ladró y apareció una mujer muy mayor, extremadamente arrugada. Palacios comprendió que estaba ante una situación extraña, novedosa, particular. LA señora Flora le miró con algo de desdén.

.- Un Europeo- dijo la mujer con desconfianza

 Palacios no habló. Miró a los lados y pensó que no tenía sentido haber llegado hasta ahí.

.- Pase- dijo la mujer.

Palacios regido por ese automatismo en el que estaba sumida su vida, cruzó la puerta y entró en la casa más pobre que había entrado en su vida.

.- Quítese esos zapatos, hijo

 A Palacios la palabra hijo le sonó como un eco, de alguna manera la palabra hijo le desmenuzaba. Ser llamado con sesenta años "hijo", le generó una ternura rotunda, contundente, triste.

 .- Palacios ¿Por qué ha venido?

 .-Yo no he venido, me trajo ese tipo. No sé que hago aquí. No se quién es usted

 .- No le pregunto eso, carajo. Le pregunto por qué terminó aquí, en Bobare, en este país. ¿Quién le trajo?

.- No fue una decisión única. Terminé aquí por un hilo de cosas. No sé muy bien en qué momento lo decidí.

.-  Lo que pasa es que ha perdido las coordenadas. ¿Me entiende? A cada uno le corresponden coordenadas, habita dentro de ellas. Cuando se vive en esas coordenadas que le corresponden, las cosas avanzan, siguen. Puede haber problemas, sí, pero son sostenibles. Cuando uno se sale de sus coordenadas, de las que le corresponden, uno pierde su ubicación en la tierra, se está siempre fuera de la linea temporal. Usted lleva años sin habitar en su tiempo. Usted se ha perdido. Está aquí, pero no está, deambula, habita en un limbo. No significa que las coordenadas de uno correspondan con el lugar donde nació. Los nómadas, por ejemplo, tienen coordenadas móviles, por eso se desplazan, para ubicarse siempre en su momento. Hay quien debe recorrer miles de kilómetros, trasladarse una y otra vez para encontrarlas. Usted se salió de ellas. Y ¿sabe qué? Es realmente difícil volver a entrar en ellas. Complejo, muy complejo y requiere de sacrificios a los que usted, sospecho, ya no está preparado para asumir, paraa soportar. Usted está perdido, muy perdido de su tiempo. Su cuerpo pierdo la ubicación. Por eso deambula, por eso esa mirada de profunda desesperanza. Coja el coche, vuelva a casa y aprenda a vivir fuera de coordenadas. Si aprende, si lo asume, si entiende que ya no hay lugar para usted, podrá empezar a entender.

sábado, octubre 22, 2011

Las cuerdas

 Hay que dejarse  de imposturas. Por ese camino no se llega. Despójate de  lo aparente. Llega hasta dentro y que empiece lo que tenga que empezar, pero que sea sincero. Que seas tú de una vez por todas. Que esto seas tú. Ya te toca. Pierde, pero no peques de temeroso. Rompe los invisibles celofanes de lo que no eres. Mata al otro que se interpone entre lo autentico y tú y se disfraza de ti mismo. Esas caretas llevan al abismo de lo anodino. El miedo imperceptible a los juicios, el bloqueo no evidente de la corrección. Eso sí, no dejes jamás de disfrutar. Tampoco esperes glorias y elogios. Todo lo que venga del otro lado sólo sirve para marear y olvidar la esencia. Imágenes superpuestas.

jueves, octubre 20, 2011

Los fantasmas de Demi Moore

 Conocí a Demi Moore de un modo casual, en un vuelo trasatlántico. Ella iba a mi lado en primera clase. Ese viaje, entre otras cosas, era mi primer vuelo en primera clase, así que ver a Demi Moore a mi lado, descubrirla y entablar una larguísima conversación con ella me pareció parte de esos privilegios que suceden al otro lado de la cortina de la clase turista. Nos caímos bien si no no me hubiera hablado de tantas cosas, de tantas confesiones, de tanta intimidad. Debo reconocer que poco conocía de la carrera cinematográfica de la atractivísima actriz. Recordaba Algunos hombres buenos; una película infumable donde se mostraban desaforadamente los pechos que ahora tenía tan cerca y de la que no recordaba el título y, mientras charlábamos, evoqué constantemente aquel laberinto perverso que proponía una película desconcertante en la que Robert Redford ofrecía un dineral a su novio por acostarse con ella Una proposición indecente. El caso es que no hablamos de cine, sino de Descartes, de los filósofos griegos y algunos jóvenes poetas latinoamericanos por los que Demi mostraba un enorme interés. "Esos muchachos tienen el orden del mundo en sus manos. Esos poetas escriben con el delirio como bandera y ahí esta nuestra propia salvación, en lo que ellos proponen, en lo que ellos escriben, está el destino invisible del hombre, la esperanza de lo que podremos llegar a ser si finalmente el hombre obedece a sus sentidos estéticos más puros" decía Demi mientras sobrevolabamos ese desierto azul que es el atlántico en mitad del vuelo. Me confesó la profunda distancia que sentía entre su carrera y su forma de entender el mundo, la volatilidad diaria del tiempo y esa pretendida inmensidad y perpetuidad a la que tenía que ofrecerse como estrella hollywoodiense, esa farsa que era Demi la actriz, esa celebridad irreal y su forma distante y fugaz de entender la existencia. Eso me dijo hasta un punto en el que descendió a mínimos el tono de voz. Supe que una confesión profunda venía sobrevolando desde lo más profundo de ese oceano profundo que era Demi:

 .- ¿Te acuerdas de Patrick. De Patrick Swayze? Lo recordarás. Se murió el año pasado. Llevó una vida terrible. Era buen tipo. Nos llevábamos bien. Era un tipo oscuro. A veces, los últimos años, le daba por caminar descalzo por carreteras, de noche. Iba a lugares lejanos. Entraba en bares inmundos donde no le reconocían. Bebía mucho. Una bebida rara, una bebida que yo no he visto que bebieria más gente. Patrick sufrió mucho. Creía en cosas raras, estaba apegado a todas esas historias de lo paranormal. Leia revistas, se reunía con tipos fanáticos de esos asuntos. A veces me llamaba, siempre terminábamos hablando de Ghost, la película que protagonizamos juntos. Lo quería, pero era tortuoso oirle hablar siempre de aquel guión, de las situaciones vividas en el rodaje. Yo no siento apego por los rodajes, los olvido. Bien: murió. Todos saben que murió. Fuimos al entierro. Allí, en la celebración, todo fue oscuro. Como si todo estuviera impregnado de miseria, pero una miseria extraña, una miseria que sólo hay en mi país, es una miseria difícil porque es la miseria de la miseria. La miseria de la inmundicia, la miseria de este sistema mal comprendido, la miseria y el error del fanatismo, un fanatismo de la nada, la miseria del vacío, la miseria total, porque es una miseria irreversible. Todo aquel ambiente decadente, triste, donde unas tipas que parecían muñecas hinchables  berreaban y una mujer algo deformada por las operaciones rezaba oraciones terroríficas, eran católicas, rezos típicos, pero en su boca sonaban desquiciados, angustiosos, terribles. Todo aquello me afectó. Me puse terriblemente triste y sentí un dolor que jamás había experimentado recordando a Patrick. Me fui a beber sola a un sitio cerca de Pasadena. Era un sitio muy amplio y casi vacío, con muy pocas mesas como si su dueño hubiera decidido hace años cerrarlo y por pereza nunca lo hubiera hecho. Bebí, bebí muchísimo. Nunca bebo y me afectó muchísimo. Salí de allí conduje temerariamente por la autopista de Pasadena. Atardecía. Me metí en un motel. Me encerré en la habitación, me puse a leer a un poeta colombiano que acaba de descubrir, uno de sus poemas me hizo llorar desconsoladamente. En ese instante sucedió lo que lleva sucediendo desde entonces. Apareció, exáctamente igual que en Ghost, Patrick. Rodeado de esa aureola cutre, de ese glow mal integrado. Era él. Me habló. Yo creí que estaba muy borracha. Él me contó muchas cosas, sus últimos meses, confesiones que no puedo desvelarte. Luego me dormí. No sé cuando, me quedé dormida. Salí de allí ala amenecer. Viajé a casa. Desde entonces diariamente me encuentro con Patrick. Igual que en Ghost. Y ahora, de verdad, lamento tanto haber hecho aquella película, aquel drama edulcorado. Estoy tan marcada por esa visita diaria de Patrick. Este viaje es un intento de huida. Pensé que viajando a Europa, a otro lado, lograría no volverle a ver aparecer.

 .- Quizás lo logres. Quién sabe- dije yo tratando de darle apoyo

.-  No. Ya sé que no lo lograré. Sé que tampoco esto funcionara.

.- ¿Por qué crees que no funcionara?

.- Porque ahora mismo está detrás de tí


miércoles, octubre 19, 2011

El tipo del traje de todas las mañanas

 El tipo del traje que no parecía suyo entraba en el metro a las ocho y treinta y cinco cada mañana. Generalmente se ubicaba en el mismo vagón, el primero, el que va surcando el túnel, el que anuncia la entrada en la siguiente estación. Por la hora pocas veces encontraba sitio libre y se apoyaba en el fondo, en el cristal que contenía la puerta por la que entra en conductor. A veces iba con sus audífonos escuchando música terrible, a veces miraba, observaba a los otros pasajeros y contaba las estaciones (siete) hasta llegar a la suya, donde se bajaba para terminar alcanzo, setecientos pasos después, la oficina donde pasaría la jornada laboral. Sentado en la mesa, repetía no exactamente, pero sin con enorme similitud, las distintas actividades diarias. Sin ser brillante, cumplía con precisión su trabajo. No sobresaltaba y seguramente no ascendería grandes posiciones en la empresa, pero no era un tipo que pasara del todo desapercibido. El tipo del traje que no parecía suyo salía por la tarde y bajaba de nuevo al metro. Generalmente no lo pensaba, pero algunas tardes sueltas, le daba por pensar que el metro no era el mismo sitio por la mañana que por la tarde, como si la evolución del día modificara algo que no era perceptible y descompusiera y ordenara de otro modo ese universo subterraneo. Al bajarse en su estación caminaba pausado por el andén, por las escaleras mecánicas, salía a la acera y recorría su barrio con contención, con la agradable nostalgia de ver morir el día. Llegaba al portal y subía a píe, por las escaleras. Al entrar en casa lo primero que hacía era quitarse el traje y colgarlo. Evidentemente él no tenía conciencia de que el traje cuando lo llevaba puesto no parecía suyo. El, en cierta manera, sentía apego por ese traje. Se ponía ropa de sport y zapatillas de tela. A veces iba al salón y se sentaba, a veces se quedaba sentado en el borde de la cama, a veces salía a pasear hasta la hora de la cena. En cualquiera de los casos, una vez cenado volvía a la habitación y se quitaba la ropa para ponerse el pijama, se acostaba en la cama y leía fragmentos de un libro sobre determinados misterios irresolubles que esconde la naturaleza de la tierra, preguntas a las que la ciencia aún no ha sabido contestar. Luego apagaba la luz y soñaba. Cada noche soñaba algo distinto o muy pocas veces algún sueño era recurrente:

  Soñaba por ejemplo, con un lugar donde a nadie le correspondía su cara o soñaba con un tipo que hacía magia y que no siempre lograba hacer el truco, soñaba a veces con un sótano con una luz agradable donde gente diversa se sentaba a hablar de sus sueños y entonces durante toda la noche el soñaba los sueños que contaban en ese sótano. Soñaba con números que no significaban nada, ni siquiera eran traducibles a cantidades, números que perdían la esencia de ser números. Soñaba con compañeros de trabajo. Soñaba con celebridades atormentadas que le pedían ayuda en el último momento. Soñaba con calles que no conocía y que le parecían calles tristes. Soñaba con ciudades que se mezclaban con otras ciudades, era invierno y todo le parecía pesado y silencioso. Soñaba con comics. Soñaba con alguna mujer con la que hablaba de paisajes inventados. Soñaba que se quedaba dormido y llegaba tarde a todo. Soñaba que estaba despertandose. Soñaba que se meaba. Soñaba con un tigre dando vueltas en círculo. Soñaba con una mujer rubia. Soñaba con su padre, en el sueño aún estaba vivo y el le preguntaba porque había fingido su muerte y que donde había estado todos esos años. Soñaba con un hombre silencioso que vivía en un lugar remoto. Soñaba con una familia en mitad de una carretera. Soñaba con viejos coches americanos detenidos en gasolineras europeas donde no había nadie. Soñaba con un paisaje Danés. Soñaba que la nieve se derretía. Y soñaba, y este era el único sueño recurrente, con un mudo sentado en un banco al que le contaba todos los sueños.

 Luego despertaba. Diariamente anotaba los sueños en un cuaderno que tenía en la mesilla. Se levantaba. Tomaba café. Finalmente se ponía el traje que no parecía suyo.

martes, octubre 18, 2011

El hombre y la tierra

   Desde la altura contempló durante un buen rato la forma en como iba cayendo la montaña, la distribución de los árboles, el colorido dispar de las hojas, el ritmo variable en que estas iban cambiando de color  e iban formando una suma inabarcable de colores que parecían casi la suma de uno, pero sin embargo no había, prácticamente, dos hojas igual. Entonces rezó, durante un buen rato entre leves suspiros de gratitud, rezó. Creyó ver el orden preconcebido, la gran obra en aquella extensión milenaria. Rezó y agradeció la existencia, la suya,  el regalo de vivir y el privilegio de habitar en ese planeta creado para los hombres: a medida, hermoso, exacto. Un engranaje basado en la belleza. El colorido de las hojas y la extensión de la tierra describiendo un texto escrito por ese Dios misericordioso y solemne, le parecían una obra única; la cadena infinita del cosmos describiendo la existencia de ese ser superior que por motivos imposibles, inexplicables e inalcanzables, había generado la vida, el correr de las cosas; había arrancado el tiempo, el infinito. Sintió ganas entonces de saltar, el frenesí de sentirse vivo; y consciente de su existencia y del privilegio de haber sido una de las formas de existencia elegidas por ese dios perfeccionista e inmenso, le producían una forma de felicidad casi insostenible. Hubiera gritado, pero gritar suponía alterar, de alguna manera, el orden de todo aquello, de toda aquella inmensidad. Entonces se puso de píe, notó una gota, la anunciación de la lluvia. Velozmente sacó su chubasquero, se cubrió. Pensó que lo correcto sería empezar a caminar montaña abajo, pero esperó unos minutos, disfrutando de ese encuentro a solas con la eternidad o con ese instante eterno. Miró arriba, a velocidad de vértigo las nubes se desplazaban, todo lo abarcado con su mirada, estaba cubierto ya de nubes. Creyó escuchar un perro ladrar, puso atención pero no volvió a escucharlo. Se quedó quieto. La lluvia arrancó con violencia. Se fue empapando y decidió empezar a bajar la montaña, el camino era largo. Encontró con facilidad el camino de regreso, pero algo le parecía distinto. Primero: ese efecto de lo inverso, el camino al revés, hacia abajo, siempre difiere del que se ha hecho previamente hacia arriba. Son otras las vistas, otras las dimensiones de lo que se ve, pero más allá de eso, le pareció que el camino, quizá por la lluvia, se había deformado. Avanzó atosigado por la lluvia, el sonido de las gotas sobre la tierra producían un ritmo amable y repetitivo. Bajó concentrado, mirando con atención el camino estrecho que avanzaba entre la frondosa montaña. Se habían ido formando pequeños ríos que se sumaban a otros ríos. Volvió a escuchar a un perro. A veces se resbalaba.  Encontró la desviación que recordaba, el camino a partir de ese instante se ponía más accesible. Caminó con más seguridad. Sus botas iban llenas de barro. Con decisión y firme hizo el resto del camino hasta su coche. Cuando llegó al coche abrió la puerta. Encendió la calefacción y se metió. En el interior se quito todas las ropas empapadas. Las fue guardando en bolsas de plástico, las metió en la mochila y se quedó en calzoncillos, sintiendo el calor de la calefacción del coche en su piel húmeda y fría. Por la estrecha carretera, un coche pasó en la curva anterior que giró y siguió subiendo. Encendió la radio. Escuchó unos minutos. Un locutor hablaba en tono constante sobre personajes, le escuchó atentamente. Por la ventana entraba lluvia. Sintió una nausea, una nausea profunda. Una nausea pasajera, que vino y se fue. Apagó la radio. Lanzó el dedo al cristal frontal, trazó un dibujo al azar. El dedo lo desplazaba por la capa de vaho. El dibujo le recordó a una constelación, un lugar remoto. Un lugar lejano. Pensó en la imposibilidad humana de viajar en el tiempo y también en lo que le gustaría desplazarse por galaxias. Avanzar sin detenerse durante siglos por ese todo absoluto, el todo total. Trazó otro dibujo al azar. Ese nuevo trazo le pareció un gato, pero un gato con aspecto humano, un gato que le recordó a su gato, al gato que tuvo de pequeño cuando vivían con sus padres. Miró el trazo gato, lo miró, lo borró. Sin darse cuenta la marca que habían dejado sus manos habían creado un nuevo dibujo en el cristal frontal. Ese nuevo dibujo le parecía incomprensible, extraño, caótico, desoncertante y por motivos inexplicables le producía desasosiego. Lanzó de nuevo las manos y las extendió por todo el cristal quitando todo el vaho. Arrancó el coche y empezó a bajar carretera abajo. Las curvas cerradas le obligaban a ir muy concentrado. Siempre descendiendo.Algunos kilómetros más abajo llegó al pueblo. Detuvo el coche, bajó y en ese instante se dio cuenta de que aún iba en calzoncillos. Se metió rápido en el coche, pero inevitablemente unas chicas que fumaban bajo un soportal ya le habían visto. Arrancó y condujo indefinidamente y sin destino.

lunes, octubre 17, 2011

Payaso en el parque

 Debo a un payaso y a una tarde de domingo el mayor momento de felicidad de mi vida. Nada hacía prever ese instante aquella tarde de otoño. Un otoño estupendo porque parecía un prolongadísimo verano y los días eran cálidos y luminosos. Aquel domingo paseamos al azar, moviéndonos sin un destino concreto. Calles que nos empujaban a otras calles. El ambiente encendido y alegre de los días buenos. A ratos hablando de cosas sin importancia, a ratos mirando a los otros que paseaban. La ligereza de los días tranquilos. No sé como terminamos en ese parque, llegamos sin más, sin saber que íbamos. La niña se lanzó a la arena, al tobogán, a juegos indescifrables, al robo de juguetes ajenos. A correr sin destino para frenarse en seco y mirar a los lados como el que busca libélulas. Yo no me di cuenta en que momento entró el payaso en escena. Cuando miré el tipo estaba allí con unas gafas inmensas y con un gorro achatado, con profundísimo acento argentino y sacando de una maleta vieja algunos artilugios para hacer sencillos y simpáticos trucos de magia. Me despisté un par de veces de la niña viendo al veterano payaso jugueteando con un amplio grupo de niños de entre cinco y siete años que había logrado atraer. El tipo era bueno. Me gustaba por que no trataba a los niños como imbéciles o pequeños tontos, el gran problema del trato a los niños en el siglo 21. Mantenía la distancia con ellos y su humor le hacía respetable. Los niños pierden el respeto a esos adultos que tratan de bajar su humor y su lenguaje al mínimo con la equívoca intención de hacerse iguales. A uno, a cualquiera, le atrae el humor que es más inteligente que tú, también a los niños. Los trucos eran sencillos, un cambio de colores de pañuelos dentro de un sombrero, un muñeco en forma de conejo que aparecía de la nada, breves chistes que a los adultos también le sacaban la sonrisa. La niña curioseó, vio a niños sentados alrededor del hombre y se acercó, la invitamos a sentarse y la dejamos entre los niños. No pude quitarle la mirada un solo segundo.  A ratos se despistaba, a ratos miraba con fascinación los movimientos del payaso, sus gafas, sus gestos, sus cambios intencionados de tono en la voz. Se entretenía mirando a los otros niños mayores interactuando a gritos con el payaso. El payaso mantuvo el ritmo, aguantó, fue desmenuzando el espectáculo en un tiempo preciso, no se prolongó en exceso, pero no iba rápido esperando ganar rápido la propina generosa de los padres del parque. Me despisté un par de veces de la niña mirando al tipo. El acento argentino invitaba a novelar su vida, la profesión aún más: payaso argentino que se busca la vida en las calles de Madrid. La mirada apagada y las arrugas avisaban de un tipo veterano. En medio de su charla soltó destinos en los que había ejercido, no parecían fantasía para los niños, habló de otros países donde fue payaso e incluso jugueteó en inglés con una niña extranjera mezclada entre todos los niños. Un payaso con recorrido, pensé. El tipo entonces sacó la guitarra, miró a todos y preguntó si querían bailar. El estruendo afirmativo reventó en el parque. La niña miraba los niños mayores volverse locos de píe y sin saber por qué, ella también se levantó, miró un par de veces a los lados, quizá buscándonos, quizá tratando de comprender algo que resultaba incomprensible. El payaso soltó acordes y comenzó a cantar, entonces la niña, rodeada de gigantes de seis años, impulsada por una canción legendaria bailó, bailó como si no hubiera un mañana, como si el universo estuviera dependiendo de ese instante, de la energía producida en ese baile. Bailó, saltaba torpemente entre los habilidosos muchachos más mayores. Sus piernas que a trompicones ya caminan, se dejaban arrastrar por un canto colectivo desenfrenado, bailaba sin mirar a nada. Si hubiera cerrado los ojos, me hubiera creído el gesto, pero ni siquiera miraba al payaso, miraba al suelo, miraba a los niños y bailaba y juro que en aquel baile, en aquel inocente baile, en aquel movimiento impreciso comprendí, no sé el qué, pero algo comprendí y mereció la pena haber nacido para verlo.

Para Daniela, por la hermosa manera en la que baila.

domingo, octubre 16, 2011

Historia del Señor B

 El señor B vivía en la casa que había pegada al hotel en las afueras de un pueblo pequeño en la sierra de Cedros. Realmente no era un hotel, tampoco era una casa al uso la del señor B. El hotel era una construcción de dos pisos, con algunas habitaciones y una finca amplia y poco cuidada, la casa del señor B estaba dentro de la finca y se desconocía la razón por la que ese hombre y los tres hijos ocupaban ese lugar. Nadie lo cuestionaba, nadie ponía peros ni dudaba de su presencia. En el hotel, si aquello era un hotel, vivía una pareja con un hijo, el hijo jugaba siempre con los hijos del señor B, pero la pareja y el señor B, a pesar de la cercanía, jamás mantenían conversación, ni un trato más allá del saludo. Evidentemente la relación era extraña porque la finca estaba apartada de todo, terriblemente fría en invierno y soleada y agradable en verano, jamás era visitada por nadie. La pareja desconfiaba del señor B y el señor B no hablaba, mantenía no sólo distancia con el mundo, sino que realmente parecía habitar lejos, en algún lugar inaccesible de un planeta desolado y perdido en el año 7019. La pareja observa con desprecio el trato de el señor B a sus hijos, este pasaba el día deambulando en incomprensibles actividades en la inmensa finca, en los terrenos inabarcables de aquel lugar remoto y no llevaba jamás a sus hijos a la escuela, no les preparaba ninguna de las comidas diarias y andaban siempre con ropas viejas y sucias. La pareja sabía que el señor B había enviudado tres o cuatro años antes, cuando el tercer hijo acababa de nacer y los niños, tan pequeños aún tenían que aprender a subsistir diariamente. El mayor preparaba bocadillos anárquicos para los tres y acudían a la escuela cuando el hombre de la pareja del hotel, indignado, los montaba en el coche y los acercaba solidario hasta la escuela en el pueblo, a nueve o diez kilómetros de distancia. De resto nada ordenaba aquella casa, cada uno se regía por sus instintos; esa parecía ser la lección educativa del señor B, que se perdía entre los árboles y volvía a las horas con alguna rama o alguna piedra, observándola como quien ha encontrado un preciado tesoro. A veces hacía extraños apaños a la casa, colgaba cristales de un modo indescifrable por el patio, extendía tuberías con trozos de otras tuberías y plantaba semillas, a veces empezaba a levantar tabiques que terminaba derrumbando días después. Claro que, eso lo reconocía la pareja, no había desorden, ni ruido, ni malos olor; salvo por la actitud extraña hacía sus hijos y hacia él mismo, nada era recriminable en el señor B. Nada era reprobable pero todo era desconcertante y preocupaba a sus vecinos el modo en que el señor B entendía el mundo y ese mundo que trasmitía o que simplemente no trasmitía a sus hijos. Unos hijos que parecían una forma peculiar de nómadas o unos gatos deambulando por aquella finca lejana. Unos niños que desconocían el mundo porque de alguna manera no habitaban en él.

 Esa era la rutina del señor B y sus hijos, una no rutina. Sus tres hijos deambulaban siempre cerca de la casa, jugueteando con el hijo de la pareja a juegos deportivos con extrañas normas o inventados en el momento y que al hijo de la pareja tanto le atraían. Esa era la rutina hasta aquella mañana en que el señor B vestido de un modo distinto a lo habitual, besó pausadamente a los hijos, habló con ellos dos o tres frases en las que confesaba necesitar viajar un tiempo y cambiar de aires y que volvería en algún tiempo. Eso pasó y eso vio la pareja desconcertada desde su porche: el señor B abriendo la puerta de fuera y saliendo a la carretera y perdiéndose por el asfalto hacia abajo, en la dirección opuesta al pueblo y desapareciendo. Esos vieron mientras los hijos volvían a planear un partido de un juego indescifrable en el que siempre perdía el hijo de ellos. Eso vieron y luego la quietud y los tres chicos deambulando día y noche por la finca, comiendo frutos y cosas que iban encontrando.

 Nadie supo más del señor B, hasta veinte años después. Veinte años no son nada pensó el hombre frente a la puerta que ese tiempo atrás le había visto salir. El señor B sintió el golpe de la memoria, recordó con exactitud los días que vivió allí veinte años antes. Los olores, las distancias, la luz. No pensó nada salvo la felicidad relativa que le dio encontrarse de nuevo con ese lugar donde había estado tranquilo y había convivido en armonía con esos chicos a los que ahora iba a buscar. Levantó el cierre y abrió el portón bajó el camino de tierra y se encontró con un japonés con el que no supo comunicarse. El japonés estaba agitado, tenso, neurótico. Le miró fuera de sí, el señor B quiso preguntar, cuando vio una ambulancia que salía a trompicones por el camino. El señor B vio la casa, su antigua casa vacía, había grafittis con los nombres de sus hijos por todas las paredes, en la casa que antes vivía la pareja ahora vivían tres japoneses. Uno de ellos, el único que conservaba la calma, le hizo entender que ese era el último de los tres chicos que quedaba vivo, que seguramente no llegaría hasta el hospital. El señor B, entonces, desconcertado, con dudas, sin entender del todo por qué, comenzó a correr a un ritmo relativamente rápido tras la ambulancia. LA ambulancia giró hacia el pueblo, lenta, porque la carretera seguía destrozada después de tantos años, el señor B, a su velocidad, casi podía seguir la ambulancia, preguntándose cual de sus hijos sería el que iba ahí dentro. La ambulancia daba botes y saltos con los profundísimos baches del asfalto, hasta que alcanzó una recta algo mejorada y aceleró y se perdió lentamente. El señor B, entonces, se frenó, miró a los lados y por primera vez no supo donde ir.



jueves, octubre 13, 2011

No se culpe a la compañía de Correos

  L había escrito una larga carta a D. En aquella carta, no sin falta de épica y dramatismo, L narraba algunas visiones y opiniones y ciertas confesiones que D desconocía. La carta no llegó o L sospechó que no llegó al ver el prolongado silencio y falta de respuesta de D. Durante algún tiempo L no sabía que hacer, sí escribir una nueva carta contándole la anterior carta a D o esperar alguna respuesta un tiempo más. En medio de esa duda, que se prolongó, terminó pasando más tiempo y D seguía sin dar respuestas, sin mostrar síntomas de haber recibido la carta. Tras muchas dudas L decidió, finalmente, escribir una nueva carta a D donde le decía que, previa a esa carta, había escrito una que le interesaba mucho que hubiera leído y que empezaba a sospechar que esa carta no le había llegado. D, pasadas las semanas, tampoco dio respuesta a esta carta y aquello, lejos de darle respuestas a L, le introdujo en una extraña marea de confusión y preguntas. En este punto L no sabía si D había recibido las dos cartas o si no había recibido ninguna, lo que era evidente y que descartaba esa opción era que sólo hubiera llegado la segunda carta. Nadie quedaría mudo ante esa segunda carta en la que se hablaba de una primera que no llega. L, entonces, no supo que hacer, si enviar una tercera carta, narrándole lo sucedido con las dos anteriores o pasar de largo y comprender que sus confesiones habían producido un efecto contrario al esperado. De haber recibido las cartas, D habría concluido de una manera distinta de la esperada por L. L esperó paciente, abriendo ceremonioso cada mañana el buzón, con la fe de encontrar respuesta a ese extraño laberinto epistolar. Pasados los meses, sin reducir la angustia, decidió enviar una tercera carta. Solemne, contó lo sucedido con las dos cartas anteriores, que una primera carta llena de intensas confesiones y opiniones prácticamente intransferibles no parecía haber sido recibida y que pasado el tiempo había escrito una segunda para contar lo de la primera y que ninguna tenía respuesta y que por eso escribía esta tercera, con la esperanza de que esta si llegara y al menos hacerle saber que había habido dos cartas previas que no le habían llegado. Cerró el sobre, escribió direcciones, puso los sellos y fue a correos. Pidió un acuse de recibo, pagó un servicio más caro que aseguraba llegar en menos tiempo. Vio el sobre perderse entre otros sobres y cintas eléctricas en la inmensa oficina de correos central de la ciudad y tuvo, durante unos minutos, una forma de temor parecida al vértigo. Le hubiera gustado ir pegado como el sello, hacer el viaje pegado al sobre y asegurarse definitivamente de que D recibiría el sobre. Esperó respuesta, poco más pudo hacer. Hasta que el buzón, definitivamente, le regaló la imagen de una carta de D. La abrió en el portal, casi con violencia, con ansiedad. Desplegó el folio, reconoció su letra:

 Por favor, no soy D y me temo que la D a la que escribe no existe. No insista más. Déjelo ya.


 C

 Subió hasta su casa por las escaleras. Se sentó en el escritorio, cogió un folio blanco y un bolígrafo de punta fina, de los que se deslizan suavemente, casi como pluma y que son los que prefería usar para escribir:

  Querida D:


  te escribí tres cartas previas a esta, pero algo raro sucede...

domingo, octubre 09, 2011

Pretensiones artísticas

 Huir despavorido de las sentencias categóricas. He estado a punto de empezar el texto con una de ellas y a poco que se mire, realmente, la primera escrita, la que está ahí, arrancando este  texto, es una de esas, una sentencia pretenciosa. No obstante la que he censurado era, si cabe, aún más peligrosa en ese sentido. Son un vicio recurrente, posiblemente el gran cáncer de la literatura. El asunto, a la hora de escribir, está en eso, en ser o no ser pretencioso. En ser o no ser honesto. Es fácil caer en las trampas artísticas.  Las metáforas sentidas, las frases intensas, los textos o argumentos emocionales, pero sin embargo, creo que lo que conmueve suele ser mucho más honesto y menos enrevesado, menos fingido. Lo pretendidamente artístico es mierda. Ayer sucedió algo que en cierto modo va acorde con esto. Mañana luminosa en Madrid. Salimos a pasear pronto mi pareja, mi hija y yo. Las calles son livianas los sábados por la mañana, es tan evidente que se está en sábado, que hay otro ritmo, que todo se vuelve distinto, los sábados uno también es turista en su ciudad, porque en cierto modo, no es la ciudad habitual. Caminamos sin destino y terminamos entrando en una exposición de "cultura urbana". No juzgaré ahora los valores artísticos de la exposición. Entramos con la silla de la niña, la bajamos y caminó con nosotros con pasos alegres. La sala estaba prácticamente vacía y ella observaba con curiosidad los elementos de la exposición que, para ella, se entremezclaban con los elementos fijos de la sala, tales como extintores, columnas o paredes blancas. No había diferencia. La exposición era marcadamente crítica con el sistema. Frases duras con pensamientos veloces, paredes pintadas, figuras críticas con la actitud humana en las urbes. Una de las obras eran tres muñecos de apariencia muy cómica y divertida, la niña, constantemente se acercaba a tocarlos y jugar con ellos. Nosotros la teníamos que retirar porque varios carteles indicaban que estaba prohibido tocarlas. Eso, el hecho mismo de que la niña no pudiera jugar con esos muñecos críticos con el sistema invalidaban de antemano su valor critico, su esencia, su concepto. El que la niña no pudiera jugar, se le prohibiera, se le hiciera inaccesible, definitivamente invalidaba, para siempre, el valor de toda aquella crítica, de toda esa frívola y vacía exposición. Si se quiere crear, inevitablemente hay que ser honestos. Seguramente este texto tampoco lo sea. Seguramente lo expuesto también lo invalide.

sábado, octubre 08, 2011

Nueva york me está matando

 Por el patio entraba olor a humedad y a comida vieja, comida de otra era que se había quedado impregnada en los cimientos del edificio. Siempre se asomaba a esa hora, nada más llegar a casa de madrugada. Le gustaba fumar por ese patio desolado, por donde el humo cobraba todo su aspecto fantasmal y solitario. Generalmente, y eso lo pensaba a menudo, se fuma por el humo, por los juegos del humo, por lo que va y viene con el humo, por la metáfora indescifrable que es el humo. Luego cerraba la ventana y se tumbaba en ese colchón que olía a él mismo, un olor que era capaz de reconocer: "así huelo cuando duermo, cuando sueño". Cuando alquiló ese pequeño apartamento pensó que viviría en el poco tiempo. Llegó a Nueva York con la idea de tocar mucho y crecer como músico, lo que lentamente supondría más ingresos. El crecimiento no llegó, quizá tocaba algo mejor y ahora había añadido estilos musicales nuevos y liberados a su paleta musical, pero no tocaba mucho o cuando lo hacía eran promesas que luego no se materializaban. En Nueva York, como en toda ciudad grande, hay mucha actividad, pero también hay mucho proyecto ahogado, mucha idea zombie en medio de otras ideas, fatigadas porque al final cualquier proyecto cuesta el triple de lo planeado y las ideas, los proyectos desfallecen en la marea infinita de proyectos que es el puzle social de una ciudad. Sin embargo se negaba a buscarse otra forma de vida. Él había llegado allí por la música y después del desanimo y de no encontrar caminos se negaba a buscarse trabajo de cualquier cosa por un sueldo. Lo máximo a lo que podía aspirar era a pelar patatas en un restaurante mediocre de Queens. Volvía de madrugada, no le gustaba atravesar ese callejón donde vivía, había una forma casi concreta de amenaza y generalmente veía ratas, con lo que a él le aterraban las ratas. Venía de clubs latinos y de besarse con mujeres de las que no conocía el nombre y a las que le prometía amor eterno con la esperanza de acostarse con ellas una noche. Caía en el colchón a plomo, dejando el cuerpo suelto, que había ido transfigurándose en otra cosa, un cuerpo que era ya distinto, marcado de alguna manera por Nueva York o esas zonas de NuevaYork a las que él tenía acceso.  Junto al colchón, como islas, por el suelo, había libros y la ropa estaba amontonada junto a los fuegos que hacían de cocina. El apartamento no tenía nada más, esos eran lso elementos de su decoración. Aquella noche, como casi todas las noches, cogió la guitarra y tocó sin mucha concentración, acordes sueltos que iba uniendo uno detrás de otro. Se encendió otro cigarro y tocó una canción que había compuesto años antes de decidir venirse a Nueva York, la toco, recordó la letra en fragmentos, no toda entera, sino que la fue recordando a frases. La cantó con algo de emoción. Al terminarla, dejó la guitarra en el suelo y se quedó dormido.

viernes, octubre 07, 2011

El fuego de Orwell

 Del diario de guerra de George Orwell:

 "19 de octubre

 La indescriptible depresión de encender el fuego cada mañana con diarios de hace un año y echar un vistazo a los titulares optimistas mientras los consumen las llamas"

lunes, octubre 03, 2011

Freddy y la UNEY

 Días atrás quise escribir algo sobre Freddy. Nada aportaría, pero algo hay que hacer, algo hay que decir, aunque sea inaudible lo que uno diga, con respecto a lo que está sucediendo con Freddy, con la UNEY. Me senté y estuve a punto de escribir algo sobre un tipo que desde que le conocí, con quince años, siempre, permanentemente, he recibido cultura. Estar cerca de Freddy es aprender; porque, sin ninguna duda, es no sólo una de las personas más cultas que jamás he conocido, sino que es también de los mas sabios y de los más pedagógos. Freddy es conocimiento y es intercambio del conocimiento. Freddy enseña porque comparte lo que conoce, que es inmenso, y lo comparte de un modo atractivo, amigable, dinámico. Freddy nos hablaba de Borges y de Gil de Biedma, pero se preocupaba por saber que leíamos, que música escuchábamos, que nos conmovía. Con Freddy la cultura es dinámica y eso es, básicamente, la educación. A mi, y a mis amigos más cercanos, Freddy nos enseñó mucho de la literatura que luego se hizo fundamental en nuestras vidas. Hay algo que hace especial a Freddy: su manera de ser y su pasión por la cultura te motivan. No hay una imposición aburrida del típico profesor desmotivado de colegio:"chicos tienen que leer" sino que la conversación con Freddy, la forma de ser de Freddy, te hacen intuir que leer es un privilegio, una aventura irrepetible. Te deja intuir la luz que será la cultura si la persigues.  En una sociedad ideal, Freddy sería un pilar básico en la educación o más rotundo aún, Freddy será la educación, la enseñanza. Porque entiende como nadie que la educación es un asunto colectivo, de intercambio y basado, sobre todo, en el juego intelectual, uno de los mejores asuntos de tu vida. Supongo que la prueba más evidente de ello es que no hablaría de este modo de los padres de muchos amigos más.

 El caso es que iba escribir sobre todo eso porque lo que sucede con la UNEY es un asunto preocupante a niveles húmanos. Si queremos tener esperanza, si creemos en la cultura, la UNEY como la entiende Freddy debe seguir. Venezuela es un país con problemas, muchos problemas. La UNEY de Freddy es una esperanza. Sólo la cultura, la educación y la enseñanza impartidas de un modo admirablemente abierto, profundamente y sin imposiciones pueden reestructurar y hacer crecer, paso a paso, un país sin alejarse de su identidad. Eso hace la UNEY, eso hace Freddy. Entonces recordé que la última vez que vi a Freddy escribí algo. Ajeno a lo que sucedería hoy, sin  imaginarlo siquiera y sin embargo tan oportuno y cierto. Supongo que algo de azar concurrente tiene esto:

DOMINGO, OCTUBRE 11, 2009

11 de octubre. 8:11
Creo que se ha dicho millones de veces, pero el valor de los amigos es infinito. Cuando percibes la magnitud de este encuentro, aún más que nunca, te das cuenta que la vida es azar. Eliges a los amigos, sí, pero es el azar el que reparte las cartas. La mayoría de la gente mas importante en mi vida apareció en un contexto casual. Los vecinos de Barquisimeto se terminan convirtiendo en una parte fundamental, entrañable, familiar, pero no hay una decisión inicial, terminé viviendo en ese edificio como pude haber terminado viviendo en otro. Una llamada, un cartel, un teléfono, a mis padres les resulta conveniente ese apartamento y 18 años después estas despidiendo a uno de esos vecinos en Madrid; al padre de un chico que conociste casualmente y con el que de repente hablabas de música. Este se monta en el taxi, se va al aeropuerto y giras y sientes todo el privilegio que te ha dado el azar. Podría haber sido el padre de un amigo, nada más que eso, y sin embargo se ha convertido en tu amigo, en un privilegio. Si tuviera mas habilidad para ello escribiría un elogio de este hombre admirable, del valor incalculable y de lo que aportan los hombres, los pocos y contados hombres como él. El cambio, la revolución, están en su manera de conocer profundamente al ser humano. Cuando el conocimiento, un conocimiento tan vasto, la brillantez y la agudeza intelectual y la acción, se juntan en una sola persona no se puede esperar mas que beneficios, pero no beneficios personales, sino beneficios colectivos, el cambio real del mundo. Son esos pocos hombres lo que cambian a mejor el curso de la historia. Es en ellos donde empieza el cambio, pero el cambio real, donde la idea se hace tangible. Lo logran en su trabajo diario, pero lo logran también con la gente que tratan a diario. Unas cuantas conversaciones emocionantes, la recomendación de unos cuantos libros que ahora tengo a mi alrededor, cerca del ordenador, y que seguro se convertirán en importantes, las anécdotas e incluso los recuerdos, la honestidad y el rigor intelectual. Eso dejan a diario, en sus trabajos, en sus contactos, a los que les rodean. Eso me deja a mi según se ha montado en el taxi aquel hombre que conocí por azar, porque terminé viviendo en un edificio en el que obviamente yo no había decidido vivir, sino que fui llevado de niño. El azar barajó y repartió las cartas y me tocaron todas las cartas. Escalera real de mano.


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