jueves, septiembre 29, 2011

Buenos días

 Hay días fríos, hay otros cálidos. Hay días templados y días de luz. Hay días blancos y días verdes. hay días sin color y días que brillan. Hay días variables: son varios días en el mismo día. Hay días que no hay día. Hay días que se escapan y días que se quedan. Hay días largos. Hay días que se parecen a otros días y hay días únicos. Hay días enormes. Hay días imborrables y días que se borran solos. Hay días que se amontonan a otros días y días que se quedan allí solos, libres. Hay días sin noche y noches sin día. Hay días que no son día, nunca estuvieron. Hay días que son gordos y días flacos. Hay días enfermos y días tremendamente saludables. Hay días sordos, días mudos, ciegos. Hay días sin tacto. Hay días que no huelen. Hay días constantes y días variables. Días en los que no pasa nada y otros en los que pasa de todo. Hay días grises y días azules. Días de nubes y claros y días claros y días de nubes. Días transporte y días parados. Días que caen y días que ascienden. Días que van, días que vienen. Días de mierda y días gloriosos. Días sin puertas y días claustrofóbicos. Días que volvemos y días que nos vamos. Hay un día que es el primero y uno que es el último.

miércoles, septiembre 28, 2011

Bocadillo Song

 Ayer comí tarde. Realmente no comí, porque cuando lo hice ya era la hora de la merienda o de la cena en la mayoría de los países del mundo. En España se come realmente tarde comparado con el resto del mundo o al menos con todos los países que yo conozco. El caso es que comí tarde o merendé o me salí de franja. Salí de ensayar y me detuve en un lugar de esos que definen nuestra época:comida rápida que batalla por ser sana y natural. Me gustan esos sitios porque cuidan la estética del lugar, ofrecen cosas que no están mal y son tranquilos. Pedí un zumo y un bocadillo o sandwich bien preparado y muy sabroso. Esos sitios hurgan en sus productos, tratan de dar un buen bocadillo, ingenioso, rico, poco grasiento. No son bocadillos excesivos pero tampoco raquíticos. Esperé sentado con el zumo, tenía hambre pero pensaba en el ensayo, pensaba en la música que hago. Estoy realmente obsesionado con este tema. Siempre lo he estado, pero llevo meses deambulando a golpes por los conceptos, en el estilo, en las formas. Nunca he descartado el formato canción por varias cosas: no tengo un dominio musical como para plantearme otras cosas. A la canción le pasa como al cuento, son formatos de una enorme precisión, de una duración casi perfecta, tanto para contar, para desarrollar, como para escuchar. Una canción es una fracción de vida muy exacta. Creo que debe tener una relación bastante directa con la duración de los recuerdos, de como la memoria recrea. No creo que ande muy alejado el tiempo que recordamos una situación, un momento, con el de la duración de una canción, pero no estoy muy seguro o muy satisfecho como abordo o me muevo, incluyo a mi grupo, en el espacio de la canción, tampoco estoy muy de acuerdo en como la pereza o la facilidad o comodidad se apoderan cuando afronto o mi grupo afronta eso, la canción, cualquier canción, todas las canciones. En eso andaba, porque en eso ando a menudo y cada vez con más frecuencia, cuando el tipo que me atendió me acercó el plato con el bocadillo. Me aparté de las reflexiones y mordí el pan. Me vino una bocanada inmediata, sabrosa, ligera, fresca, contundente. El bocadillo estaba buenísimo. Recuerdo la salsa que empapaba el pan: yogur y pepino bien triturado, con algo de orégano, el justo para no saber a orégano, que es el gran problema del orégano. Había unas pocas rodajas de tomate y algo de atún que se mezclaba con enorme exactitud con los otros ingredientes. Nada sobresaltaba, todo iba acomodado como parte total del bocadillo. No era un bocadillo de esos que saben mucho a uno de los ingredientes y los demás se pierden por ahí, entre la miga del pan o de esos otros que la salsa se termina volviendo un incordio. Todo en ese bocadillo era justo y convivía con el resto como si el bocadillo fuera de todo, como si al pedirlo, al hacerlo, todo lo que llevara ese bocadillo fueran un sólo ingrediente, ninguno independiente. Lo mordí varias veces pausado, disfrutándolo. Es tan placentera la comida cuando es placentera, se disfruta de un instante amable porque las sensaciones suceden rotundamente a raíz de un solo sentido pero cohabitando con los otros. En la comida se disfruta del sabor, pero por supuesto del olor, por supuesto del tacto, la vista anticipa y escuchas el crujir, los mordiscos. Hay un instante de hipnosis cuando se come algo agradable, todo esta concentrado y expandiéndose de adentro hacia afuera. Mordí, mastiqué con deleite, los cuatro o cinco minutos que duró el proceso. No era un bocadillo muy grande. Lo justo para ser engullido en poco tiempo. Lo terminé, sorbí el zumo y me limpié con la servilleta. Había terminado. Eso, así, exactamente, debería ser una canción. Detrás de eso ando.

lunes, septiembre 26, 2011

Los nombres

 A tu mejor amigo no te lo presentan: aparece. M tenía año y medio, casi dos, cuando conoció a C. C un par de meses menos. M era sonriente y entusiasta, C era alegre y explosivo. Nadie pronunció las palabras de presentación en dos seres humanos tan minúsculos. Nadie dijo: "M este es C, C esta es M". Nadie dio a conocer el nombre del otro. Simplemente, en el instante que se miraron, comenzaron una amistad que se prolongó en el tiempo. Una amistad basada en las entrañas, en los instintos, que son los cimientos de esas amistades tan tempranas. Los primeros encuentros fueron simpáticos, primarios, emocionantes. La concentración de cada uno en determinados juegos era variable y sólo cada ciertos periodos esporádicos coincidían en la misma actividad. Pero el ser humano crece a velocidad de vértigo y en seguida hablaban, gesticulaban, eran independientes. Tenían cinco años. M proponía entretenimientos a C, C accedía y cambiaba algunas normas. Así treparon algunos árboles, saltaron algunos muros, corrieron por caminos imprecisos y descubrieron el escondite, el juego que define la infancia, posiblemente la vida, seguramente la historia de la humanidad. C era más pícaro que M, M era ingenua y emocional, C se escondía y asustaba a M, M caía, casi siempre, en la trampa. Sin embargo C acudía a M cuando se asustaba o cuando se hacía daño. La amistad era sólida a los seis años. En el colegio C conoció a otros grupos, expandió su radio. M también, pero la influencia de esos grupos era menor, para ella C era el epicentro; para C, no obstante, M tenía cierto halo del pasado. Las reuniones sucedían los fines de semana, cuando sus padres, los de M y los de C, programaban viajes o actividades lejos de la ciudad. Un fin de semana, a los siete años, viajaron. Durmieron en un camping lejano, entre el silencio del campo y bajo árboles que a M le recordaban o le sugerían otros lugares, lugares lejanos, remotos, casi inaccesibles. A M le gustaba llamar a C y C odiaba, cada vez más, que M dijera una y otra vez su nombre. Entre los caminos, entre los árboles, M le buscaba diciendo una y otra vez:"¡C! ¡C! ¡C!" y C se escondía para evitar a M, la constante voz de M llamándole. Y M se preocupaba porque C se perdía entre paisajes irregulares, entre árboles indescifrables. Anochecía y M comprendía que era la hora de volver a la zona de acampada, reunirse con los padres, preparar la noche, abrigarse bien. Llamaba incesante a C y C huía, agotado, exhausto, de oír su nombre una y otra vez. Entonces a M, aquella tarde, se le apareció un hombre mayor. Caminaba pausado. Les había estado observando mucho rato, quizá toda la tarde. Se acercó y le dijo: "Los nombres se gastan. Si dices muchas veces un nombre la persona va desapareciendo. Si quieres que C no desaparezca, no podrás pronunciar más de siete mil veces su nombre. Si lo llegas a hacer, si en algún momento alcanzas las siete mil veces, C desaparecerá". M miró al hombre entre asustada y revuelta, entre nerviosa y alucinada, había vértigo y misterio, atracción y rechazo. El hombre se giró y se perdió entre los árboles, segundos después apareció C: callado, ausente, sin hablar.

 M jamás contó lo sucedido. Dudaba entre lo cierto y lo manipulado. No sabía si el viejo estaba encompinchado con C o si simplemente era un loco o, si en el fondo, lo que dijo era cierto. Desde aquel día, paciente, obsesiva, preocupada contó y fue sumando una a una las veces que decía el nombre de C. C entre juegos, C por teléfono cuando fueron creciendo. Sin nombrarle los días que se llevaban bien para no desgastarle. Nombrándole enloquecídamente los días que se llevaban mal para acercar se desaparición. Todos recuerdan la tarde en que M, durante un minuto, quizá dos, dijo el nombre de C repetidamente, deliradamente; una y otra vez. Iba contando, iba sumando. Iban creciendo. Tres mil veces nombrado y llegaron a los nueve años: nuevos juegos, otros amigos. Cuatro mil veces y llegaron los once: primeras tardes en el cine. Cinco mil veces y llegaron los trece: el abismo de la pubertad. Llamadas para contarse secretos y M diciendo "C, es que me ha pasado esto " y la cuenta se iba agrandando y seis mil veces y llegaron los quince. M jamás olvidó sumar. Cada vez que pronunciaba el nombre de C recordaba mentalmente la cifra. Seis mil setecientos. "Sólo me quedan trescientos y somos tan jovenes" Y M se preocupaba, porque ella cumpliría la promesa que se hicieron los ocho años de ser amigos siempre, hasta el final. Y con dieciseis quedaban cien y empezaron a salir por las noches, juntaban los amigos de él con los amigos de ella y descubrieron el alcohol y en las primeras borracheras conocieron la pasión y la confusión y M se despertó una mañana pensando que lo mejor era separase de C, no por los besos de la noche anterior, no por incompatibilidad, no por C, sino por salvar a C, porque desde la noche anterior sólo quedaba una vez. Sólo podría nombrarle una vez más. C nunca comprendió. Habló mal entre la gente de M, del trato que había tenido con él. C lo vio como un engaño, como una perversión. Si la llamaba ella nunca atendía. Sí la veía a lo lejos en la calle, ella se giraba y desaparecía. Todo lo que intentaba M era, por todos los medios, jamás volver a pronunciar el nombre de C. M llevó una vida sosegada. Buena estudiante, viajó y vivió en el extranjero. C no terminó la carrera.  C se casó pronto y se divorció rápido. Tuvo algunos trabajos y algunas etapas complicadas. M tardó en volver de fuera. Se dedicó a algo que no la completaba y durante años sintió una profunda y poco evidente insatisfacción. Cada cierto tiempo recordaba a C y caía en una nostalgia hermosa. C viajaba por carreteras y pasaba poco tiempo en el mismo sitio. Cuando recordaba a M recordaba bosques y a su padre, cierto esplendor, cierta luz. M mantuvo bastante parecido con su cara de la infancia, no ensanchó mucho con los años y lo más notable era el cambio de color de pelo. C seguía siendo delgado pero había perdido mucho pelo. Asunto que vivió con cierta angustia.  A los treinta y algo, el azar que sigue su curso y gana siempre la jugada, los cruzó en el centro, a la salida del metro, una tarde de sábado. M subía las escaleras, C venía andando por la acera. C la reconoció en seguida. Sonrió a lo lejos y se acercó, casi corriendo, con emoción infantil, a saludarla, la tocó el hombro. M giró:

.- ¡M! Soy yo. Soy C

 Ella le miró, reconoció los rasgos, las formas de la cara algo desgastadas pero manteniendo casi las mismas líneas. Percibió la perdida de pelo y reconoció la mirada de C. Esa mirada lejana y ausente. Suspiró e inevitablemente dijo.

.- ¡C, eres tú!

martes, septiembre 20, 2011

El ruido de la tienda

 Desde hace dos horas viene un ruido atronador desde la tienda de abajo. Es un ruido salvaje, como generado por una tribu que habita en un mundo olvidado del año 2987. Cuando me asomo a la ventana, no obstante, en la tienda no se ve luz, tampoco movimiento. lo que me hace pensar que hay un efecto acústico que traslada la dirección de procedencia del sonido. La acústica juega al engaño, al escapismo. Sin embargo por más que cierro los ojos y me concentro, esa catarata caótica de audio si parece provenir de la tienda. Esa tienda extraña. Pertenece a un chico extraño, hablador y despistado, ajeno. Hay personas que parece que no pertenecen o que deambulan por un lugar superpuesto al mismo lugar por donde van los demás. Ese chico tiene mucho de eso, incluso la tienda tiene mucho de eso. Entra poca gente, ojean los libros ilustrados, todos esos comics que muestran mundos desconcertantes, angustiosos, basados en una enquistada nostalgia por la era infantil de la que a todos nos arrancaron a base de tiempo. Una vez entré y vi libros muy distintos. Dibujos negros, títulos aprensivos, narraciones grandilocuentes, poesía urbana, el encierro de la metropolis en cabezas activas. El chico observa a los clientes, recomienda lecturas. Es un experto en la materia. Su tono de voz es de un extreme nervio contenido extremamente. Cierra y se va apurado, como si siempre llegara tarde. Y hoy está cerrada la tienda, pero viene un ruido atronador, música que no se distingue. Ruido desbordado, descontrolado. Mañana bajaré y le voy a denunciar. Hay límites. Aceptó esas rutinas extrañas de la tienda. Rozan, a veces, la ilegalidad. Un vecino un día hablaba de drogas, a mi me parecía excesivo, pero el tráfico de individuos peculiares es desoncertante, pero ese ruido, ese ruido es inadmisible.  No puedo decribirlo. Jamás había escuchado una masa sonora semejante. Asusta. Viene y lo arrastra todo. Sólo sucede el ruido, todo lo demás queda por debajo. Así que me miraré la puerta de la tienda hasta ver que sucede, hasta encontrar una solución. Sin embargo todo está quieto, muy quieto. No hay luces, no hay movimiento. ¿De dónde viene ese ruido? Estoy seguro que viene de la tienda. Me da por pensar en cosas raras, extrañas, inexplicables. Como si todo ese ruido viniera de esos libros oscuros. Como si los personajes imaginarios, creados a trazos irregulares, estuvieran protestando en sus mundos de trazos irregulares. Indignados por habitar en esos espacios claustrofóbicos. El ruido de ese mundo pintado. Miro y no hay nadie pero la masa sonora no cesa. Es permanente, una constante. Agudos y graves entremezclados sin distinguirse una capa. Es amorfo lo que atropella el silencio de la calle y es desconcertante que la tienda esté tan apagada. Me da por pensar que hay un rito extraño ahí dentro, pero no se adivina nada salvo la oscuridad. De repente, ahora mismo, se ha callado todo. Ha desaparecido el ruido. No hay más. Espero unos segundos. Un apr de minutos pero no vuelve. La calle vuelve a su estado original, el silencio remarcado de la noche en esta calle. La tienda sigue a oscuras. Podría denunciar, pero¿qué denuncio? ¿qué ruido es ese?¿qué lo generaba? Aquí está el silencio de esta calle. Ha vuelto. Volveré a la cama. Intentaré dormir. Hoy debo dormir. Debo intentar conciliar el sueño. El insomnio, el ruido de la cabeza. El silencio de la calle. Tengo que dormir al menos unas horas.

martes, septiembre 13, 2011

Fiesta

 Se ponía el Sol. Es un acto diario y emocionante. El Sol se pone y es diario, es rutina, pero es hermoso y extraño, un acontecimiento olvidable por fugaz, porque siempre olvidamos hasta los atardeceres más brutales, pero yo lo disfruto, aunque hay tantos, tantos miles, que lo juzgan y lo denostan, pero el Sol yendose, sobre todo en septiembre, es emocionante. Y era septiembre y se iba el sol y se percibía la ciudad en movimiento, ese ritmo vivo y alegre, pero alejado del ritmo vertiginoso de la semana. Yo desconocía esa zona de la ciudad, llegamos allí en coche. A veces tu ciudad se vuelve nueva, distinta y te desconcierta porque todo parece la misma ciudad, pero otra. Son calles por las que no has pasado o pasaste hace años y de repente la ciudad parece otra ciudad, como cuando te descubres una mancha en la piel o las primeras canas, que ya todo es, de repente, otra cosa, eres tú, es la ciudad pero se percibe de otra forma. Las calles eran arboladas, de edificios muy bajos y casas hermosas, esas casas caras que son discretas y hermosas, las casas de la clase alta de verdad, la que no se exhibe porque siempre estuvo ahí, la que no demuestra sino que permanece inaccesible e invisible porque en el fondo, son los que, de verdad, manejan el cotarro.

 Era una fiesta o una reunión. No había mucha gente. Quince, no llegaba a veinte. Sonaba música agradable, hermosa pero discreta, sutil, como las casas de esa calle, como la misma casa donde estábamos. Música inaccesible y escuchada por unos pocos. Había unas cuantas hamacas blancas en un jardín con desparpajo, liberado de la hostilidad de ciertos jardineros, ligero, un jardín que casi es salvaje pero meditádamente colocado. Un caos dirigido. Me dieron alcohol. Ginebra con tónica y limón. El hielo era casi picado, pero había formas. Me presentaron a algunos. Saludé distanciado, callado. Escuché conversaciones sobre viajes o sobre deportes desconocidos, aventuras de madrugada en carreteras secundarias que terminan en fincas donde se dan fiestas imposibles o sobre rodajes de una pieza visual. Escuché y me bebí un segundo gin tonic. Me aparté de la reunión. Recorrí el jardín. Vi las cristaleras que daban a un salón, unos sofás blancos bajos, preciosos. Tras los cristales no había nadie. Estaba el salón iluminado de un modo que parecía la esencia de la estética. Me acerqué para ver desde ese lado la decoración de ese salón bien iluminado. Aparte de los sofás distinguí una mesa baja y un par de cuadros abstractos que eran inmensos y poderosos. Seguí recorriendo el jardín, al fondo un árbol estaba iluminado desde abajo, produciendo esas formas de sombra desconcertantes poéticas que da la luz artificial proyectada sobre las cosas naturales. Me acerqué al árbol. Lo trepé. Pensé alcanzar la copa alta y torpemente ascendí por el tronco. El primer tramo fue el más difícil, el segundo, ya metido entre ramas, ascendí con habilidad. Arriba, lograba ver, desde la distancia y la altura, la reunión. Me quedé observando a mi novia con sus amigos, esa gente con la que habíamos ido y esos otros que estaban allí, con una copa de vino en la mano, ajena al mundo, tan distante de mi verdadera vida. La vi mucho rato hasta que comprendí que empezaba a preguntar por mi, que miraba con cierta preocupación contenida hacia los lados, tratando de encontrarme mientras me buscaba. Supe, entonces, que no bajaría del árbol, que esperaría toda la noche allí, que dormiría incluso en el árbol hasta que la fiesta se deshiciera y ella, desconcertada se fuera a casa en el coche que nos habían traido. Y así fue. La fiesta se fue diluyendo. Se fueron. La vi despedirse extrañada, disculpándose y disculpándome. Se quedaron dos chicos tumbados en la hamaca, les amaneció. Se quedaron dormidos. Entonces bajé y me fui a casa en metro. El metro más cercano estaba realmente lejos.

sábado, septiembre 10, 2011

Destino de Isaac

 Isaac. Elegante, atractivo, solemne. Isaac con ese aspecto sobrenatural, como si hubiera venido en nave de un lugar del futuro en el que se cumplen las peores predicciones y sólo sobreviven los crueles, los salvajes domados, los terribles. El poder de Isaac no estaba sólo en su fuerza, también en su frialdad cercana, en ese trato como de cuchillo frío que te recorre la nuca. Desconocíamos momentos de debilidad en Isaac, como si nada se fragmentara, nunca, por dentro. Como si hubiera una roca, una roca formada en la era glacial. Protegido por la fortuna, todo le salía bien, todo salía según sus cálculos. Nunca surgía el caos, el infortunio, el desorden del destino que tantas veces juega en contra de todos alguna vez. Aunque racional, todos tendíamos a creer en Isaac un brujo, alguien con poder para gobernar invisiblemente las cosas. Nunca había un momento ridículo en Isaac. Nunca un despiste que dejara ver una mueca torpe, un gesto de fragilidad. A Isaac nunca le ladró un perro de improviso en mitad de una calle en una fría madrugada, forzándole al salto, al susto, al leve grito, al repentino aumento del ritmo cardiaco. Nunca resbalo en ese suelo húmedo, nunca se desvaneció, nunca una hoja de lechuga se pegó inesperadamente en los incisivos, eso que a todos, de cara a los demás nos hace vulnerables. Esa vulnerabilidad extraña, porque no sucede nada, pero que te hace menos solemne, menos creíble, menos inalcanzable. En Isaac todo era, permanentemente, soberbio, elegante, frío. Nunca una mancha inapropiada a la altura del abdomen, en la camisa blanca, una mancha que todos han tenido, una mancha que te hace víctima de lo inesperado, del azar, del accidente. Estaba todo confabulado. Todo el azar estaba siempre a su favor para remarcar su caracter de pseudo Dios, de ser elevado, de frío estratega. Como si hubiera logrado el beneplácito de lo accidental, la impunidad total para los insignificantes accidentes diarios. Isaac estaba protegido por el destino, si es que este existe. Isaac lo tenía todo a su favor y todos vivíamos obsesionados, esperando, sin rencor, ese azar cruel que te da y te quita y como en Isaac era tan desproporcionado el equilibrio siempre pensamos que cuando el azar viniera a cobrarse, la cuenta sería impagable, todo el crédito de una vida en un instante, por eso siempre esperamos un instante terrible para Isaac, un instante en el que esa fortuna extraña cobrara su deuda. Vivíamos pendientes, pero descubrimos que el azar reparte y no contabiliza. No hay ley de igualdad. Da y toca. No hay balanza.

martes, septiembre 06, 2011

Varias biografías de escritores amateurs en una sola.

 A los 11 años escribe varias obras de teatro. Una sobre un detective que bebe compulsivamente whisky y que busca resolver un caso, que en el ultimo momento se descubre que no es cierto, que el asesinato del que busca un culpable, jamas ha sucedido. El tema del detective frustrado es una constante en esas obras mal escritas de la infancia, no obstante él cree en ellas, no cree en el sentido de éxito, sino en el sentido de placer. A los 13 años escribe unas veinte letras de canciones, se encuentra con la metáfora y abusa de ella hasta el delirio, hasta crear monstruos mas que metáforas. Las canciones nunca las llega a interpretar con músicos, como tampoco represento las obras. Lee, desde entonces, a Baudelaire, a Sábato, a Cela, a Delibes, a Neruda, a Sábato otra vez, relee a Sábato, a Vargas Llosa, a Moravia, a Twain, a Melville. Hay momentos trascendentes, sobre todo con Sábato, donde todo le parece que se cuela, un túnel, un túnel entre el libro y lo que sucede. Coge autobuses y escribe en cuadernos poemas que borra porque, ya lo sabe, eso nunca se lo niega, no tiene talento, pero si un enorme interés por hacerlo. En un momento, que coincide con el descubrimiento de las drogas, se encuentra con Cortázar y con Cortázar se congela, trabaja en un taller en el que hay, diariamente muy poco trabajo,y los ratos muertos, que son las ocho horas, lee a Cortázar y escribe en hojas de promoción del taller. Son sus primeros intentos con el cuento o no los primeros pero si los mas conscientes. Lee, escribe mal y sufre una terrible insolación emocional por una chica dos años mas joven con la que descubre una forma amable de sexo y que ella olvida de repente. Llora y lee El principito y no se siente identificado con ese personaje, pero lo de un planeta vacío le resulta dolorosamente parecido. Desde ese momento le parece que vive en una ciudad distinta, una ciudad que está alejada de la ciudad donde realmente vive. Conoce a un asesino, conoce a muchos alcohólicos, conoce a zoófilos que las noches de luna llena fornican con cabras, conoce unas tipas tristes adictas a la cocaína, conoce a desequilibrados, conoce a un tipo que toca percusión en un grupo de salsa brava, conoce a tipos que no vuelven, que se van lejos sin moverse y se pierden en el camino.

 Con el tiempo trata de escribir sobre eso. Viaja a otros lugares y en otros lugares sigue escribiendo cuentos o narraciones abstractas terriblemente malas. No obstante, a lo largo de los años, esa relación con lo que escribe va variando. Gana en paciencia y pierde urgencia, pero jamás pasa de eso, de dar teclazos con cierta anarquía. No cree en la perdurabilidad de lo que escribe, pero sabe que jamás dejará de hacerlo. Escribe como el que bebe o el que consume ansiolíticos. Con lo años acumula páginas y páginas de osas escritas, de bocetos, de intentos. Nada, absolutamente nada, es destacable, pero sin la construcción constante de esas páginas hubiera llegado sano a ningún sitio. Escribir, como a tantos, le ha salvado.

viernes, septiembre 02, 2011

En una ciudad nueva

 Cogió la moto y la manejó por los alrededores de su casa. Le sorprendía el silencio y el vacío de su nuevo barrio. Desubicado en la ciudad, sin apenas tener aún consciencia de las dimensiones y de las distancias, intuía que el centro estaba lejos y que seguramente allí, el ambiente era mas encendido. Anochecía muy despacio, a un ritmo que a él,  acostumbrado a la constante rítmica de los atardeceres del trópico, se le hacía irreal, como si fuera imposible esa velocidad en un atardecer, ese tempo; y le potenciaba esa inmensa sensación de un letargo curioso, un letargo comprimido, un letargo casi visual. Internamente no había decidido si prefería que ya fuera de noche o que el día, esa forma de agonía en la que se había convertido el día, durara un poco más. En cualquier redujo la velocidad de la moto hasta desplazarse levemente, distancias inapreciables, casi torpes. Le gustaba acoplarse a la velocidad de ese atardecer de verano, esa laxitud y ese vacío alrededor. El asfalto soltaba el calor acumulado del día. Le gustaba imaginar que todo el barrio, ese barrio recién construido, estaba deshabitado o habitado por personas sumidas en el silencio. La moto emitía un sonido peculiar en el motor. Un sonido de garganta congestionada, grave, mecánico. Se detuvo en un cajero, apagó el motor de la moto y se acercó. Un tipo pasó a su lado corriendo y sintió el vértigo urbano, el miedo a un atraco. El tipo era un corredor veloz, atleta de asfalto sin más carrera que la de él contra el mundo. Cuando fue a meter la tarjeta en el cajero, un aviso le comunicaba que el cajero estaba fuera de servicio. Insultó a alguien, al director de esa sucursal, al director de ese banco, al sistema, a la sociedad, al ser humano en abstracto, un individuo terrible sin forma precisa. Se dio la vuelta y encima de la moto vio a tres chicos, eran jovenes, llevaban bermudas de cuadros y unas camisetas de colores saltones con dibujos terribles. Uno de ellos estaba sentado en la moto y le miraba. Supo entonces que las cosas se habían complicado o que había salido elegido en una lotería de la que no era consciente de haber comprado ningún billete. Se fue acercando. Sintió el temor e un atraco del trópico, aunque había oído que en esta ciudad, en este país, los atracos no eran tan extremos. Se acercó, le hablaron pero el no entendió, siguió acercándose. A medio metro, cuando ellos sonreían, lanzó su mano contra el estomago del que estaba sentado en la moto, los otros dos quisieron reaccionar, pero él, aunque grande y obeso si muy habilidoso, soltó una patada precisa al estómago de uno de ellos; el otro, ante la perspectiva salió corriendo. El que estaba sentado en la moto había caído al suelo y se retorcía, gimiendo como si hubiera algo atrapado en su estómago. Le golpeó dos veces seguidas con la punta del zapato y sin gritos le preguntó su nombre. No contestó. El otro se quedó quieto, como sospechando que algún movimiento le otorgaría una patada extra que no necesitaba. Arrancó la moto y avanzó unos metros Miró a los lados y comenzó la persecución del tercero. Dos manzanas después lo vió pasar corriendo, aceleró y se puso a medio metro de él, haciéndole correr más fuerte pero sabiendo de antemano que cuando quisiera lo tenía atrapado. Mientras corría, el chico grito algo, una súplica que no entendió del todo. Se acercó y lo derribó, el otro rodó medio metro por el asfalto. Lo dejó así. Siguió avanzando, nuevamente, despacio. Algunos metros después, quizá dos manzanas, quizá tres, vio a una chica cruzar un paso de cebra, se detuvo, la miró pasar. Le hubiera gustado ser valiente, invitarla a tomar algo, pero simplemente se quedó mirándola pasar, el tiempo, de nuevo, era lento. Subió a casa, su nueva casa, sin muebles, sin televisor, sólo algunos libros. Se tumbó en el sofá, abrió el de Moby Dick y siguió leyendo.

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