martes, agosto 30, 2011

Biografía de TDK

En el segundo cajón de la mesa del despacho encontramos algunas cintas, estaban etiquetadas manualmente con títulos peculiares que en general hacía referencia a la electrónica: circuito integrado, prototipos, termoiónica, diodo, pentodos. Había a su vez subtítulos que eran difíciles de leer. Los cogimos y los guardamos en bolsas. Rescatamos algunos libros y una especie de libro de contabilidad donde había anotadas cosas sin sentido, líneas, números esparcidos y algún dibujo o boceto con intenciones artísticas. Al salir cerramos con llave. Nos sentamos en el primer banco que encontramos en el camino. Ojeamos los títulos de los libros. Yo sólo reconocí "La sinagoga de los inconoclastas", los demás eran libros extraños, algunos eran intentos de ficcionar teorías matemáticas con historias que enredaban hasta la locura la misma teoría, dándole a cada elemento de las formulas un carácter y una participación en una historia indescifrable, otros eran libros eróticos de bajo perfil, había libros de autores desconocidos, tipos que habían reunido algunos cuentos y con un poco de dinero habían logrado publicar alguna tirada de su obra, caprichos de escritores amateurs o pseudo amateurs. Leímos en alto algunos de esos cuentos. Los argumentos eran, algunos, delirados. En uno, un chico de dieciséis años se encuentra con una banda de enanos cuyo fin es robar a los tipos que miden más de uno ochenta y cinco, altura en la que los enanos estipulan aparecen los altos. EL chico de dieciséis mide uno ochenta y cuatro y los enanos, que le piden todo su dinero, toda su ropa y los zapatos, argumentan entre ellos, tras un debate que se prolonga y prolonga que aunque aún no entra en la medida robable, la edad le confirma, con toda seguridad, que en menos de un año estará más allá del uno ochenta y cinco. El debate termina en pelea entre los enanos más radicales y los enanos solidarios, pelea que el chico aprovecha para la huida, una huida extraña, porque mientras corre, el chico siente una notable solidaridad por los enanos, al punto de que llorando implora al destino, a la genética, que no le haga pasar de la terrible barrera del uno ochenta y cinco. Otro hablaba de una extraña variación de los nazis. Otro transcurría en un partido de futbol cuya tanda de penaltis se prolonga eternamente, proponiendo una eternidad basada en la emoción y el nervio de un penalti que puede ser, siempre, el último. La victoria o derrota como fin de la eternidad.

Nos repartimos los libros entre los tres y decidimos caminar para buscar un radiocasette para escuchar las viejas cintas de halo misterioso. Los radiocasettes se han convertido en una reliquia, en algo difícil de encontrar y barajamos distintas posibilidades. Al final fuimos a casa de mi abuelo, que aún escucha radio en su viejo radiocasette. Cogimos una primera cinta al azar. Sonaba música, pero una música que jamás, ninguno, habíamos escuchado. Eran capas de sonidos electrónicos y algo disonantes que se iban sumando y formando una especie de ambiente desquiciado. En otras escuchamos la voz, su propia voz grabada reflexionando sobre distintos temas: el amor, la ciencia, la oscuridad, la pintura abstracta. En otras escuchamos sonidos ambiente de la calle, conversaciones distintas recogidas al azar. Frases sueltas. Finalmente escuchamos una donde decía la fecha y narraba lo ocurrido en esa día. Era un diario hablado que se iba extendiendo a lo largo de varias cintas que fuimos clasificando cronológimente. Cuando lo hicimos fuimos al principio y estuvimos días escuchándolas. La historia del viejo era emocionante. Inicialmente hablaba de pequeños acontecimientos a partir de un día preciso todo da un giro; un giro, digamos, emocional. Cada día grababa su voz pausada, tremenda. Las historias que fuimos escuchando cambiaron nuestra vida.


lunes, agosto 29, 2011

Todas las ciudades

Hay ciudades rellenas, hay ciudades vacías, hay ciudades coche y ciudades cama, hay ciudades música y ciudades mujer. Hay algunas ciudades desubicadas, que parece que han caído torpemente de la nada. Hay ciudades que no existen, pero que están en la memoria colectiva. Hay ciudades inventadas que todo el mundo ve. Hay una ciudad por individuo para cada ciudad lo que las multiplica hasta el delirio y lo que multiplica el delirio hasta la risa. Hay ciudades que se mezclan y producen túneles de una a otra. Hay una calle al oeste de Barquisimeto que parece que estás en Murcia y hay varias calles de Benidorm que parecen Caracas. Hay calles de Londres que sólo están Londres y calles de Londres que ni siquiera están en Londres. Hay calles de Buenos Aires en las que he estado sin haber estado jamás en Buenos Aires. De ese mismo modo he estado en: Montevideo, Rio de Janeiro, Bogotá, Los Angeles, Palencia, Montreal, Moscú y casi todas las ciudades de las que, al menos, haya escuchado el nombre. Hay ciudades fantasma, que se las pisa sin saber que estuvieron ahí. Hay ciudades que se mueven, que no paran y que son, muchas veces, inalcanzables. Hay ciudades que se juntan, que están casi pegadas y son casi la misma. Hay ciudades, muchas, todas, que se dividen, que van siendo muchas ciudades y apenas se distinguen unas de las otras y vas pasando sin darte cuenta, sin saber que estás viajando. Hay ciudades que se han quedado atrás, en un tiempo lejano, y cuando llegas no lo sabes, pero estás, inevitablemente, dos o tres siglos atrás. Hay ciudades que presumen de estar en ese tiempo lejano. Hay ciudades que viven muy lejos, en un tiempo futuro que no conoceremos; son lo que será el mundo dentro de doscientos o trescientos años: Marrakech. Hay ciudades madre, que tienen hijos, hijos prodigio, hijos rebeldes, hijos mediocres e hijos enfermos. Hay ciudades mar, que son el mar, que viven en él y sin embargo están a flote y son hermosas. Hay ciudades que se negaron a ser ciudades y respiran despacio, y pasean por las tardes. Hay ciudades terriblemente inmaduras, terriblemente tontas. Hay ciudades eróticas, que emocionan y piensas, obsesivamente, en acostarte con ellas. Hay ciudades invisibles, claro que las hay. Hay varias ciudades subterraneas. Hay ciudades de dos pisos. Hay personas que son una ciudad y ciudades que son una persona, una sola, una. Hay ciudades que se están cayendo y muchas que van a desaparecer. Hay ciudades donde la gente se esconde y además, con habilidad, esconden a la misma ciudad y nadie, durante años, la ve, hasta que un día, alguien, la descubre y se desvela un secreto que, en cierto modo, ya estaba desvelado. Hay ciudades que son espantosas, hay ciudades que son un error, una mala interpretación, una acumulación de equivocaciones y todo ese montón de fracaso no asumido dan calles tristes, desoladas, con gente que no sabe nunca donde camina, porque sin saberlo, saben que nada de eso debería haber ocurrido. Hay ciudades que quieren ser otra cosa. Hay ciudades bomba, están a punto de explotar. Hay ruidos que son ciudades, hay momentos que dejan ciudades en el aire, hay gente que debería ser una ciudad, hay silencios que son ciudades que existirán dentro de veinte siglos cuando nada de esto quede. Cuando nada de lo que nos rodea sea lo que es. Cuando no quede ninguna de todas estas ciudades.

jueves, agosto 25, 2011

La bicicleta de Irene

Irene me contó una vez un viaje que hizo en bicicleta. Un viaje o un paseo largo, no sé en que momento una cosa cambia a la otra ¿En qué distancia un paseo se hace viaje y un viaje solo es un paseo? ¿ Se mide en horas, en kilómetros, en trascendencia? El caso es que paseo o viaje, ella salió pronto por la mañana y pedaleo sin saber exactamente donde iba. Me habló de una carretera, creo que era la de Barcelona, no recuerdo que fuera otra o al menos, según lo contaba yo visualizaba la carretera de Barcelona, que es difusa y engaña porque parece que ya sales de Madrid pero en seguida sigues en Madrid para estar en otras poblaciones que se van multiplicando hasta, de repente, desaparecer todo y avanza la carretera sin más, entre fábricas que dan una nostalgia extraña, una sensación fría y triste; como si descubrieras, de repente, aunque lo sepas de antemano, que el mundo no volverá a ser como fue y que, inevitablemente, el hombre camina por el abismo. Y ahí iba Irene, pedaleando una bicicleta que describió con muchísima precisión, con características técnicas de las que yo no me enteraba, piñones, cambios, peso y un montón de cosas más que parecían un lenguaje lejano o glíglico. Me habló de la dificultad de ir en bicicleta por esa carretera, dijo que era inhóspita o desoladora. Pedaleó horas. Yo intuía o sabía que Irene no era ciclista, no era habitual de la práctica de ese deporte, así que me llamaba la atención su fascinación repentina por ese deporte y por la osadía de su aventura, de su paseo, de su viaje. Dijo que durante horas, no sé si tres o dos, fue por el arcén, con angustia, la velocidad de los coches y los camiones la empujaban, el sonido de la velocidad, de la velocidad de las cosas, la asustaba, pero no cesó en su empeño. Entonces el viaje, en un momento dado tomó otro rumbo, no sólo metafórico, sino real. Se desvió por una carretera que anunciaba un par de pueblos que Irene no conocía y a mi, al nombrármelos, tampoco. Entonces apareció una carretera secundaría, estrecha, vieja, bastante deteriorada. El paisaje seco de finales de verano la incitaban y anunciaban la posibilidad de pueblos auténticos, incluso misteriosos. Pedaleo mucho rato, pasó el mediodía, las horas de máximo calor. Irene nunca habló de comida o de bebidas, hablaba del pedaleo en el silencio y vacío de aquella carretera por la que, según ella, no pasaba nadie. No había nada y sólo escuchó durante horas el crujido hipnótico de la cadena girando entre los platos. El paisaje era monótono y alucinante, eso decía. Entonces aún en las horas de calor o en esa hora extraña que es la de la siesta en los sitios de mitad de Castilla vio aparecer a lo alto de una cuesta que Irene subió andando con la bicicleta a mano un pueblo. Lo primero que vio fue una gasolinera abandonada, una gasolinera de una marca que ella no recordaba o que era tan antigua como su niñez porque decía que aquella gasolinera le recordaba a su infancia. Arriba se montó, de nuevo, en la bicicleta. Pasó el pueblo. Había algún anciano a la sombra y siguió de largo. Pedaleó hasta el delirio porque ella decía que había algo que la invitaba a seguir, sin pensar en el camino de vuelta. Empezó a caer la tarde y de nuevo, en medio de una profundísima llanura, apareció un pueblo. Pedaleó acercándose, sabiendo que, sí o no, aquel era el destino o el punto de vuelta a Madrid. Cuando llego el Sol reventaba en la meseta de un modo que a Irene le pareció hermoso o delicado, incluso erótico. Llegó, el pueblo era, básicamente, pequeño. Una calle principal de la que salían dos o tres pequeñísimas calles y una plaza en la que estaba todo el pueblo.Al llegar a la plaza, evidentemente, todas las caras giraron a mirarla. Irene sintió algo que no era temor pero que se asemejaba. Un tipo joven, fuerte y alto le dijo con acento profundo y seco que llevaba una rueda pinchada. Irene bajó de la rueda y vio el proceso final de desinflamiento, lo que la indicaba que acaba de pinchar. Se puso en píe. Preguntó entre la gente que bebían botellines de cerveza y escuchaban una música lejana, una música que Irene jamás había escuchado, si había alguien con recambio para ruedas de bicicleta. Varios hablaron a la vez, pero en general todos decían lo mismo, que como era posible que saliera de viaje, o de paseo, con la bicicleta sin llevar herramientas y lo imprescindible para no quedarse tirada. El asunto es que nadie tenía recambio porque nadie, curiosamente, en ese pueblo andaba en bicicleta. Irene sintió cierta angustia porque a los problemas se unía la noche que aparecía tras aquel sol majestuoso y caduco. Uno de los tipos dijo que la acercaría a una gasolinera, que allí igual se podría hacer algo. Se montó en el coche con dos tipos simpáticos que la querían ayudar. A Irene la amabilidad la conmovió y la hizo recordar algo que no alcanzaba a recordar del todo, algo que había soñado o algo que había sucedido en otra época o algo, incluso, que le habían contado, pero algo que tenía que ver con la amabilidad y con las buenas intenciones. Recorrieron varios kilómetros, llegaron a la gasolinera que tenía encendidos los neones y que daban esa luz irreal que se entremezcla con la luz del atardecer agonizando. Ella se bajó y preguntó pero ahí no había nada para bicicletas. Hinchó la rueda pero se deshincho en minutos. Tuvo, por primera vez, ganas de llorar. Los tipos del coche, los chicos amables, tenían prisa, se iban a otro lado, tenían una cita o un festejo pero ofrecieron acercarla algo, lo más posible. El resto, lo sentían, pero no sabían como podía hacer. Irene aceptó. Mientras iban por la carretera se hizo de noche. A Irene le aterrorizaba pedalear con la rueda pinchada por a esa carretera. Los chicos barajaron la posibilidad de preguntar en el sitio donde iban, pero eso significaba alejarse algo de la carretera por la que Irene había pedaleado incansablemente. Irene, no obstante, prefirió ir con ellos que quedarse en aquel desvío vacío, oscuro, en medio de la meseta. LLegaron a una especie de caserío, un lugar bastante lujoso en medio de la inmensidad. Todo era oscuridad salvo esa casa iluminada. Irene sintió que la bicicleta, todo lo que había conllevado la bicicleta, eran un inmenso error, en ese instante le hubiera gustado desaparecer. El caso es que llegan allí, saludan, no hay mucha gente, hay una fiesta, hay alcohol, comida, se emborrachan, también Irene. Se lanzan a una piscina iluminada como si fuera una estrella lejana, una estrella inalcanzable a la que se zambullen como naves espaciales o como meteoritos, Irene se siente lejos del mundo y eso le agrada. Fascinada por la aventura o por el paseo, siente que aquella gente, en su totalidad, es gente especial, como si no existieran o fueran amigos de toda la vida. Se queda dormida debajo de un roble, cuando despierta el sol está comenzando su rutina. Se pone en píe. La rueda está cambiada e incluso la cadena está engrasada e incluso, toda la bicicleta, está más limpia. Cuando se sienta nota que va mejor que antes. Pedalea y sin darse cuenta sale a la carretera, agarrada por el impulso, sigue, decide que es mejor largarse sin despedirse y dejarlo en la memoria así. Pedalea muchas horas, cuando llega de nuevo a la carretera de Barcelona siente una especie de arrepentimiento por no haberse despedido, por no haber agradecido el trato y por haber pensado de un modo tan irreal. En la carretera de Barcelona, ya de vuelta a Madrid siente, por primera vez nostalgia por lo que ha sucedido,ve los coches yendo y viniendo, entrando y saliendo de Madrid. Pasa las fábricas, van apareciendo edificios. En Avenida America se baja de la bicicleta agotada, empieza a anochecer en Madrid. Lleva dos días pedaleando y decide, sin saber porque, abandonar la bicleta. Entra en el metro y baja hasta la línea 6. En el andén hay una chica tocando la guitarra y le da un par de euros.

miércoles, agosto 24, 2011

Fotos de Martín Castillo

La fotografía, toda la fotografía, de Martín Castillo será recordada. No será recordada en vida, mientras Martín deambulo nostálgico o eufórico por una esquina de Buenos Aires. Los fotógrafos son terribles, casi tan terribles como los músicos o como los artistas plásticos o como los periodistas, que son todos, en general, terribles y apuntan más que reciben y detestan, les encanta detestar y no ser detestados. Los fotógrafos no se si detestarán la fotografía completa de Martín, sus recovecos, su estética, su estilo, y cuando digo estilo digo personalidad, que es el único estilo que interesa. Martín tiene, podríamos decirlo de mil maneras, pero esta es la única correcta, muchos huevos. Martín dispara, pero dispara no en el sentido metáforico o en el sentido de como se usa ese verbo en la fotografía. Martín dispara de verdad, no fotografía, sino que acude a balaceras y nadie sale bien parado, ni él, ni sus modelos, ni los objetos. En las fotos de Martín todo queda como queda la zona cercada por la policía en el momento del registro. Todo son pruebas, rastros de un crimen colectivo en el que todo el mundo ha salido disparado. Lo mejor de toda la obra de Martín, de cualquiera que se mire, incluso de sus primeras fotos, es que está ajena de cualquier pretensión y eso no lo puede decir cualquier fotógrafo, casi ninguno, poquísimos. En realidad lo pueden decir Martín y unos pocos fotógrafos más, porque el resto, en general, pecan de pretenciosos, un adjetivo detestable.

No es fácil el viaje de Martín como fotógrafo. No fue un camino encontrado a la primera. Como uno no se encuentra a la primera con ninguna de sus características personales: son cosas que se van aprendiendo a golpes, a golpes salvajes, a lágrimas incluso. Martín es fotógrafo como también es marcadamente ordenado, algo neurótico, adorablemente simpático, entrañable, el mejor compañero para una borrachera y el mejor para hablar del dolor y de la melancolía. Martín no es fotógrafo por que lo dictara una vida, Martín es fotógrafo de personalidad, es un rasgo más. No podría ser arquitecto o músico del mismo modo. Martín no escogió serlo, venía dado en su código genético como su orden o como su facilidad para inventar juegos. Recuerdo una tarde en la diecinueve, no sé que hacíamos allí. Estábamos sentados esperando algo, algo que nos mantenía allí, a media tarde. Martín propuso contar coches, los coches que pasaban en un periodo preciso de tiempo. Cada uno debía escoger una marca. 112 chevrolet en tres minutos y medio, ocho Toyota en dos. Datos estadísticos que te hacían presuponer algo, algo invisible, algo que estaba allí, estático, inmóvil pero indescifrable. Algo así, creo, son las fotos de Martín. Algo que se ve. Algo que ha pasado, algo que viene y que va. Un disparo y la vida sigue. Martín será recordado, estoy seguro de ello.


El tobogán

A Daniela le gustan los toboganes al revés. No es que le gusten dados la vuelta o que se suba a la escalera esperando llegar a la parte más baja como si fuera un tobogán inventado por Escher. Lo que le gusta de los toboganes, siendo la atracción favorita de entre todos los elementos que conforman los parques, es hacer lo inverso de lo que proponen. Ascenderlos con enormes dificultades, en vez de descenderlos con la sencillez de dejarse llevar por la gravedad y por la ligera pendiente que concluye, generalmente, en arena. El fenómeno es curioso, simpático, pero requiere de enorme atención por parte del progenitor. A la niña le gusta llegar la parque, soltar algún pequeño gritito de enorme emoción y señalar con decisión el fondo del parque, allí en esa tierra lejana donde está perdido el tobogán. Generalmente los gestos son los mismos, camina hasta la parte más baja del tobogán, se sienta en eso que podríamos llamar la salida, y lo llena de arena, como si le gustara potenciar la dificultad. Luego con esfuerzo titánico asciende esa pequeña elevación que hay del suelo a la parte más baja del tobogán y comienza, a trompicones, la ascensión. No lo suele lograr, es cierto, el empeño es desmesurado, excesivo, lo intenta pero la parte final es, siempre, salvaje para su cuerpo, para sus fuerzas. No quiere ayuda, siempre la rechaza. Alguna vez he pretendido animar, dar una mano, sostenerla para que logré ese tramo terrible y alcancé la cima y algo que para ella debe ser legendario. Lo que suele suceder es que a poco de la cima se desliza hacia atrás, sufriendo el leve descenso suave para el que fue inventado el tobogán; y que ella rechaza por naturaleza. Para Daniela el Tobogán es una ascensión, no un descenso. Es una batalla, no un ligero y soso divertimento. Pocas, muy pocas veces ha logrado la cima. No hay celebración épica, no alza los brazos o no nos mira eufórica esperando de sus padres una celebración por el logro conseguido. Lo que sigue cuando alcanza la cima, es continuar marcha atrás, cumplir los ciclos del tobogán siempre a la inversa. Bajar las escaleras, alcanzar el suelo por el lado de atrás, o de adelante, según se mire, y recorrerlo por el exterior para volver a empezar. Yo no reprimo el uso que hace del tobogán, cada quien usa los toboganes como le da la gana. Sólo trato de apartarla, lo que no es fácil, cuando produce un atasco en la cima del tobogán de niños, generalmente más mayores, que incrédulos miran a la niña subir con torpeza por la rampa y taponar la bajada. Alguna vez ha habido quejas o algo parecido a un sonoro abucheo.

martes, agosto 23, 2011

La mujer de mi vida

A la mujer de mi vida la vi en una sola ocasión. Una ocasión suelta, inconexa con el resto de mi vida. La vi unos minutos, unos cuantos minutos que no llegarían al cuarto de hora. Lo que duró una pieza barroca interpretada por un coro austriaco en medio de una iglesia en Viena, grabada para televisión de un modo tosco, solemne, pero aburrido, triste y poco estético. La mujer de mi vida formaba parte de ese coro y yo la descubrí pasando canales en aquella habitación en la que dormí en mi viaje a Benidorm. La noche de Benidorm se consolidaba afuera, un bullicio lejano y el transito de coches entraba por la ventana abierta de mi habitación. La humedad, aquella noche era terrible. Me tumbé desnudo en la cama, sin desahacerla, me bebí un par de cervezas que compré en un supermercado cerca de la playa y usé el mando con compulsión. La televisión es una jungla. Una jungla sideral, alucinada, lejana. Una jungla extraterrestre, importada a golpes en naves espaciales e implantada en la tierra con otros golpes, golpes invisibles de luces, de irradiaciones ultravioletas. Desfilaron canales frente a mi en la noche de Benidorm. Comidas, noticias, individuos imposibles, estéticas deliradas, alguna película que ha envejecido con dolor y tipos hablando a coro; y en medio de esa coralidad disonante, apareció un canal extraño: Mezzo. Era agradable escuchar música barroca, esos coros trabajados, en medio de Benidorm. Me quedé ahí plantado, dejándome llevar por la melodía compleja, densa y cuidada de aquella interpretación. Me abrí otra cerveza y escuché, también miré con atención. La realización iba mostrando planos generales de la iglesia y luego detalles de los coristas empeñados, centrados, medidos. Ella era una de las voces sumadas en la marea de voces que era aquel coro clásico. El realizador la mostró una vez en plano medio, duró poco, volvió al general. La iglesia en claro oscuro reverberaba con aquellas voces precisas, pero mi atención se centró en aquella cara hermosa que interpretaba con gesto contundente los vaivenes de la música. La ubiqué en el plano general, a la izquierda del director, segunda en la primera línea. El realizador comenzó lo que a mi me pareció un juego intencionado, sólo la mostraba a ratos, en breves planos insertados. Pensé en el realizador dirigiendo desde un control externo a la iglesia o quizá montando a posteriori, en una sala de montaje. Conocedor de la belleza de la cantante distribuía a cuenta gotas los planos de la mujer, que desde ese instante, ya era la mujer de mi vida. Esperaba, plano general y la veía allí, integra, solemne. El pelo suelto y ligero desperdigándose levemente sobre la cara. La boca contundente se abría y anunciaba fantasías. El realizador, inmenso perverso, pinchaba entonces a la compañera, dejando ver un trozo de cara, una cara cortada, que aparecía en leves movimientos. Plano general y allí estaba, en medio de la iglesia, casi iluminada sobre los demás, casi perfecta. La descripción la rebajaría en hermosura. Era morena, esas morenas austriacas que anuncian fuerza, pues lo fácil es ser una austriaca rubia, no una austriaca morena. Los ojos grandes y, aunque el adjetivo sea terrible por cursi, muy profundos. Allí estaba la interprete entre aquel vendaval de interpretes y la miré, la miré una y mil veces o las veces que aquel enfermo realizador quería mostrar. Jugando en aquella persecución de planos a encontrarla, a detallarla un poco más para ir conociéndola un poco más, cada vez un poco más, la pequeña arruga cerca de los ojos, la sombra delicada de maquillaje, la forma peculiar de la nariz. Rasgos que me proporcionaban la intuición de una personalidad que iba prefigurando entre los planos que el realizador la hacía desaparecer, perdiéndose en la segunda línea, donde unos blanquecinos muchachos le daban los graves a la capa sonora. Reflexiva, claro. Aquella mirada lejana, algo inaccesible era de alguien reflexivo, sosegado, meditabundo. Aquel pelo bien llevado, no obstante, me hablaban de alguien sensual, no pomposo, pero que le agradaba agradar, que incluso podría resultar divertida en la intimidad. De conversación distendida, profunda incluso, pero sin perder cierto humor, como lo indicaba la forma saltona de aquella nariz. A veces el cruel realizador volvía al plano medio en ella y aquello era, de nuevo, un regalo. Noté la caída de la interpretación, la anunciación de un final inevitable y temí porque aquello fuera el fin. Una frase final, alargada en una gigante vocal acentuada por la reverberación de la iglesia dio con la nota final y el gesto de todo el coro de agradecimiento ante el aplauso general. Ella sonreía tímidamente entre sus compañeros, el director dirigió los gestos para la reverencia y la vi agacharse y pude intuir un cuello preciso, alargado y hermoso. Se levantaron y el desalmado realizador, lentamente, fundió a negro, aguante hasta que pude, hasta que el negro de la pantalla se la llevó para siempre. Fantaseé con los nombres mientras subían los créditos. Cabía la posibilidad de anotarlos todos, viajar a Austria y buscarla, buscarla entre esa hilera de nombres, pero el envenenado realizador había dejado cerrado todos los hilos y la velocidad de los créditos fue exagerada, enloquecida. Pasaron los nombres sin la posibilidad de ser leídos. Terminaron los créditos, entró imagen del canal, un par de anuncios y aquello dio pasó a un concierto de piano en Paris. Me asomé a la ventana e imaginé Viena, una calle cualquiera de Viena, la imaginé volviendo a casa. Subiendo las escaleras, abriendo la puerta y me tumbé en la cama de mi hotel de Benidorm.


No regreso

No hay regreso. El regreso, como tal, no existe. Nunca se vuelve. Nunca se estuvo aquí antes, previamente. Cada día mi casa es otra casa, cada noche las luces que se encienden son otras, no es el mismo impulso eléctrico, no es, por supuesto el mismo cielo y no hablo, por supuesto, desde un modo poético, hablo desde el lado más científico posible. Nada de esto fue antes, no hace, siquiera veinte minutos. No volvemos a casa después de comprar el pan, volvemos a otra casa, a un lugar distinto, desplazado bastantes kilómetros del anterior, muy lejos de esa casa de la que salimos silbando y poco prevenidos para intuir que jamás volveremos a esa casa. Así que mientras vas por la acera despistándote con agradables trozos de piel o con dibujos aéreos que forman, fugazmente, esas nubes infantiloides en el cielo el viaje, incesante, sigue su ritmo. Atrás queda algo, inevitablemente y olvídate de volver, porque volver no se vuelve. Alejándonos, con cierto esfuerzo, de esta realidad podemos hacer el juego de imaginar que eso que permanentemente se traslada hacia adelante o hacia los lados o hacia ningún lado, sino que es traslado por traslado, aquí, allí, sin una línea exactamente continua, es no obstante una forma de movimiento total y que a pesar de que todo se mueva y nada este en el punto anterior, si, de algún modo, nuestra casa sigue siendo nuestra casa y si volvemos, podemos creer esto o al menos jugar a esto, por el puro alivio de volver a algún lado, pero volver no se vuelve.

lunes, agosto 22, 2011

Reseña

Creo que vivió como si su vida fuera una autobiografía escrita en el pasado, en la adolescencia de su propia vida y proyectada hacia adelante, hacia ese futuro que el iba recorriendo a modo de páginas escritas de antemano. De alguna manera su vida no fue su vida sino la vida escrita previamente y que él, obediente, protagonizó. En los papeles, unos papeles de aire, unos papeles miserables y vacíos; porque eran inexistentes, estaba anotada, frase a frase, su biografía, su completa autobiografía, que escribió en los delirios de una noche de fiebre a los quince o dieciséis años. Acudió a cada una de las citas, recorrió los viajes, las situaciones límite, los terribles y desquiciados amores que nunca llegaron a nada, salvo a dosis de un sexo permeable. Se emborrachó siguiendo las descripciones, se drogó y sintió el dolor previamente narrado. Acudió a cada una de las frases, fue recorriendo los capítulos. Hasta que llegó el final, un final desconcertante y distinto al escrito, más cruel, menos heroico, pero más sincero; y entonces todas las páginas previas perdieron o ganaron valor. Eso lo decide, posteriormente, cada lector.

martes, agosto 16, 2011

Encuentro con el absoluto

He despertado, por la ventana abierta ha entrado el sonido de los pájaros en esa hora amable del principio de la mañana. Era un pájaro, pero eran todos los pájaros, los que están vivos, los que murieron, los que vivirán y aún no existen. Eran todos. No uno detrás de otro, no una secuencia eterna de pájaros. Eran todos, uno, el mismo. Un pájaro del año mil doscientos seis y uno de dos mil setecientos dieciocho. Eran todas las bandadas de pájaros emigrando por siglos, por milenios, por el tiempo, ese bloque total e indivisible que es el tiempo. Era el pájaro total.

viernes, agosto 12, 2011

Robo

Visto con buenos ojos, no tiene ningún sentido. Esto es un robo colectivo.

martes, agosto 09, 2011

Ahora mismo. Presente (Para ser leído en el futuro, cuando ya sea pasado)

Hay un tipo pidiendo café en la barra. Me ha mirado sin mucha atención, luego ha dirigido la mirada hacia el mostrador donde hay una hilera agradable de croissants rellenos de jamón y queso. Ha dudado, pero no ha pedido nada salvo el café. Luego se ha sentado en la mesa que hay fuera, está con una mujer mucho más joven, muy atractiva. Ella bebe zumo de naranja. No hablan. Giro la vista, veo pasar a la camarera, es muy activa. Cuando le pedí el café, ya hace bastantes minutos, lo trajo con sorprendente rapidez. Ahora maneja la máquina de zumos. En unas mesas, un poco más allá, una madre desayuna con su hijo. El hijo está mirándola, como tratando de comprender algo que nunca le será revelado, la madre, de vez en cuando emite alguna frase, siempre en un tono muy tierno, a veces, ese tono tan tierno me resulta molesto, excesivo. En este instante entra una mujer mayor, el pelo corto, lleno de canas. Según se sentaba hemos cruzado la mirada, ella jamás sospechará que en este mismo momento estoy describiéndola. La camarera activa le acaba de poner una taza, cuando se ha girado he aprovechado para pedirle otro café. Quizá estos días esté tomando demasiado café, pero es que en la playa me baja mucho la tensión y el café me activa. El tipo que estaba sentada con la mujer más joven se ha levantado y se ha acercado hasta la barra de nuevo y de nuevo mira la hilera de croissants, la mujer ahora está sola en la mesa y aprovecho para mirar. Es elegante, ojea una revista que no llego a adivinar de que es, está sentada de un modo despreocupado, lo que la hace más atractiva. El tipo paga en la barra, se gira y vuelve a la mesa, se queda de píe mientras ella se levanta. Se van. En este rato, en la mesa de la mujer mayor, ha aparecido un hombre, es de su edad, es su marido. La mujer unta mantequilla en un pan. El hombre devora un pastel grande, está de espaldas a mi. Son, claramente, extranjeros. ¿De donde serán? ¿Cómo habrán terminado? ¿Cómo habrá sido su camino vital para que su presente concluya aquí, al lado de mi presente donde escribo sobre su presente, sobre este presente inalcanzable, que huye, que todo el rato huye?

domingo, agosto 07, 2011

Fantasma

.- Hay días que son muchas casas. Otros días apenas es una, como mucho dos. Otros, muy pocos es cierto, no hay ninguna. Generalmente son apartamentos. Fluye. Gente que se va a otros apartamentos, que cambia de vida, que lo dejan con su pareja, que se van lejos o que mejoran o empeoran socialmente. Casas son menos. Pero siempre hay casas por alquilar en Buenos Aires, siempre. Yo llego con la nota de la oficina. Me dan la dirección y voy con la cámara. La mayoría de las veces me abre algún portero o me dan la llave en la oficina, pero hay veces que los inquilinos que se van, están ahí haciendo cajas, recogiendo los últimos detalles. No decanto por ninguna de las opciones. Cuando estoy a solas me siento una especie de fantasma. Estoy en esa casa vacía que acaba de dejar de ser habitada por unos y fotografío para alguien que verá las fotos en una web y terminará viviendo ahí. Cuando aún recogen me siento como la amenaza, de algún modo les muestro a los que se van un poco de los que están por venir. Es curioso. Hay casas de todo tipo en Buenos Aires. Apartamentos estrechos, anchos, altos, bajos, de dos pisos, de un piso, apartamentos divididos, apartamentos amargos, apartamentos húmedos, apartamentos feos, apartamentos cuadrados, apartamentos sigilosos, apartamentos periféricos, apartamentos con ruido, apartamentos con vistas, apartamentos sin puertas, apartamentos con demasiadas puertas. Nunca, ninguno, es fiel en la foto. Se ven más atractivos o no hacen justicia, pero no hay cosa más traidora que la foto de un apartamento. A veces me pregunto si en todas las ciudades sucede lo mismo, si los apartamentos de Budapest si son fieles a la foto. Creo que no. Los apartamentos, ninguno, tienen la perspectiva para entrar en el rectángulo de la foto. Ni en Buenos Aires, ni en Oporto. Ninguno. Creo, por más fotos que hago, que nunca encontraré un apartamento idóneo para ser fiel en la foto. Que la foto sea exactamente igual que lo que luego se percibe cuando se entra. A veces las paredes se ven menos rugosas, otras los colores emitidos no son tan agradables como cuando se está allí. A veces la luz es menos espesa o más bestial. No sé, creo que nadie puede fotografiar un apartamento fielmente y de partida es terrible, porque esa es mi misión real. No obstante, a veces, me dejo llevar por los juegos y busco perspectivas o encuadres distintos, un guiño al que mira la foto desde esa web de aquiler de apartamentos. A veces busco ese hueco que evocará el futuro inquilino, que le haga decir:"recuerdo que elegí este apartamento porque vi una foto que me provocó una enorme sensación de placidez". Lo pienso y ese sería mi gran éxito laboral, que el futuro inquilino recuerde, ya viviendo, la foto por la que decidió ir a ver ese apartamento. Sin embargo, generalmente me siento un fantasma. Estoy a solas en ese apartemento que ha sido abandonado y lo recorro, estoy un buen rato sacando fotos, todo en silencio. A veces miro por las ventanas y es desconcertante porque nunca siento que soy yo. Siento que miro con los ojos del que se fue, esas imágenes que recordará el que se fue y que su memoria distorsionará o siento que aún estoy por mirar, imagino los muebles que traerá el que a través de mi foto venga a vivir aquí. Soy el fantasma de la puerta. El que cierra y el que abre. El que mira y no vive. El fantasma de los apartamentos de Buenos Aires. Raro, ¿no?

sábado, agosto 06, 2011

Músico lejano

Las tres primeras semanas no hice nada salvo levantarme pronto, muy pronto, bajar hasta el puerto y observar el movimiento de los astilleros. Los ritmos de su entrada al trabajo, la luz de esas horas, los saludos lejanos, luego me quedaba en algún bar del puerto tomando café y haciendo poca cosa. Leía anárquicamente títulos dispares, sin aparente conexión entre ellos. Pasada la tercera semana el argumento del que pensaba escribir sufrió una enorme transformación. Me desvié de todo aquel asunto de los astilleros y aquel personaje del que aún no había visto su cara. Había aparecido una bifurcación de la primera trama que me atrajo mucho más. Las siguientes dos semanas las pasé observando al hombre que tocaba en la plaza cercana al puerto. El tipo ejecutaba con desconcertante habilidad un instrumento absolutamente novedoso, creado de latas y cacharrería de hojalata . El sonido que producía todo aquello era desorbitante; un sonido liviano, pero profundo, melancólico y húmedo. Aprendí a tararear aquellas canciones que luego supe eran composiciones propias. Melodías pausadas que sufrían acelerones en puntos muy determinados. El hombre tocaba distante pero muy concentrado. Consciente de que su sonido no era habitual y sus melodías no eran evidentes, tocaba con seguridad, como el que defiende a sus hijos de las calumnias de los vecinos. Los viandantes no prestaban un exceso de atención en el hombre, pero le caían suficientes monedas como para mantener la fe. Pasado aquel tiempo de observación comencé a tratar con él. No hubo un contacto muy íntimo, aquel tipo permanecía lejano, como su música. Saqué información suficiente para prefigurar una historia, para completar una narración, pero lentamente, sin ser consciente, me fue interesando más su música que narrar su peculiaridad. No obstante, jamás dejé de anotar, de transcribir, lo que iba aprendiendo de su vida, lo que conocía en los distantes encuentros. Finalmente nos emborrachamos. Una noche bebimos durante horas, yo hablé, él habló. Terminamos en la plaza del puerto sentados en el banco, tocó durante mucho rato todas sus composiciones. Antes de tocarlas hacía una breve presentación contando la inspiración o el motivo. Fue cayendo una detrás de otra, seguimos bebiendo. Por la plaza, de repente, pasó un tipo que se acercó y se sentó a nuestro lado. Nadie habló, los tres escuchamos. Después de mucho rato nos quedamos sentados, callados. Lejanos. Me quedé dormido. Cuando desperté aún era de noche, hacía frío, pero no había nadie. Los dos habían desaparecido. Esa noche concluí que había vida extraterrestre.

jueves, agosto 04, 2011

Ascenso a los infiernos

Llegaba tarde (o pronto, porque nunca se sabe cuando todo sucede de manera inesperada). Quizá si me hubiera atrasado, quizá si hubiera llegado aún un poco más tarde nada de esto estaría siendo contado. Cogí aquel ascensor. Esperé en el descansillo de la planta baja, a mi lado una mujer a la que no atendí. Se abrió la puerta, la dejé pasar. Marcó el 17, yo el 21. Arrancó la máquina, pareció instalarse el silencio:

.- Somos compañeros de ascensor- dijo la mujer.

No contesté con palabras, sonreí. ¿Qué debe contestar uno a semejante sentencia?

.- Deberíamos hablar del tiempo. Pero no. Prefiero hablar de ti. De tus miserias. Quizá sea menos habitual a ti que tanto gusta lo poco habitual. Tú que no soportas lo establecido.

Miré perplejo, o lo que yo sospecho que es mi gesto de perplejidad.

.- Ahora debería decirte que los días están pesadamente mojados y que ya está bien de tanta lluvia, pero no. Hoy te toca lo nuevo. Un ascensor donde se habla de ti, de tu egoísmo, de tu descarada forma de querer ser centro de atención, de tu poca empatía, de tu miserable relación con lo material. Hoy no se habla del clima cambiante de este mes mientras pasan los pisos, los números aumentan hasta llegar a meta que es el momento de alivio en el que sales de este rectángulo socialmente incómodo. Hoy, aquí, se habla del menosprecio a tu padre en el momento de la enfermedad, de la indiferencia al dolor de tu madre, de la desidia y el interés con el que trataste a tu novia, de tu incapacidad para querer a nadie salvo a ti. Hoy no hay meta en el piso 21, porque cuando llegues no querrás salir a ese mundo sabiendo, por fin, quien eres, que clase de individuo desalmado e inconscientemente cruel pasea por ahí. Querrás vivir aquí subiendo hasta un piso en el que por fin olvidaras todo lo que eres y ese piso no llegará, porque este ascensor no es infinito. Hoy no se habla de tantas nubes y que no se sabe que ropa usar estos días porque parece que no pero al final siempre llueve. Hoy se habla de tu falta de solidaridad cuando te llamó P para pedirte conversación, de tu falta de cariño hacia algunos amigos que lo dieron todo por ti, todo. No te preocupes. Ya llego. Yo me bajo en el 17. Te doy esos cuatro pisos para olvidar, aunque no serás capaz, tu ego gigante permanecerá herido, incapaz de observarte como has vivido siempre, esto se quedará enterrado en tu pulmón.

Se abrió la puerta. LA mujer salió. Se cerró la puerta. Subió el ascensor. Aún hoy. tres años después sigo metido. Subiendo, bajando. Entra gente. Salen unos, entran otros. Del 0 al 16, del 16 al 8, del 8 al cero. Así todo el día. Saludo cuando entran, no todo el mundo contesta. Al que lo hace, eso sí. Sólo le hablo del tiempo

Invisibles

.-¿Quiénes sois?

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