jueves, marzo 31, 2011

Opiniones de NV

A NV le costaba ponerse realista, aunque en el fondo, y quizá ahí radicaba el asunto, NV no creía en una forma contundente de realidad. NV era difuso, poco concreto y con tendencia a convertirse en algo parecido al vapor. NV escribía poemas sobre el tiempo, sobre la memoria y sobre algún que otro juego difuso en el que las cosas no son sino que se convierten en lo opuesto, que de alguna manera es lo mismo. Cuando NV intentaba, por puro ejercicio, escribir poemas realistas no lograba detener palabras en su dedos. Se largaban y terminaba dejando la página vacía. La realidad, pensaba, es un texto en blanco. NV creía que la borrachera era una forma de ficción. Que el borracho en realidad, como tantas cosas, cambia de casilla. La realidad, a su modo de ver, se asemeja enormemente con los juegos, con las casillas, con saltos, con dados. NV tendía a creer que la personalidad, a su vez, era una cosa en permanente cambio y que lo que le daba continuidad era la presencia constante de un mismo físico, que a su vez iba deteriorándose con el paso del tiempo. No le gustaba definirse porque creía que el era una cosa y también la contraria. Según la visión de NV, él había sido, según que personas, los opuestos: Simpático y antipático. Frío y enormemente cálido. Rápido y lento. Esto y lo otro. Contenido, siempre, bajo el físico de NV, que era, no obstante, un físico en permanente deterioro. Un pausado camino hacia la vejez.

miércoles, marzo 30, 2011

J llega a un hotel

Abajo había ruido de botellas y vasos, un murmullo que podría ser una pieza de un músico experimental y esporádicos e inconstantes gritillos de niños correteando. J tenía las luces apagadas y perdía el tiempo tratando de desenredar esa maraña total de sonido en cada una de sus partes. Los niños, el murmullo, los vasos y sillas arrastrándose. Había llegado treinta minutos antes a esa habitación, el hotel había sido una recomendación de un tipo que había conocido cenando en un restaurante a de carretera a 30 kilómetros de esa ciudad " es feo, pero barato y le puedo asegurar que lavan las sábanas. Es céntrico y de madrugada hay opciones de diluir la soledad". De lo que no había avisado el barbudo era de la terraza veraniega debajo de las ventanas del hotel. Parejas, amigos y familias aprovechando el calor nocturno para tomar algo y charlar en la calle. El verano aligera las cosas. Al día siguiente se trabajaba, o debería trabajarse pero se madruga mejor cuando la luz y el calor arrancan tan pronto. Y están a píe de la ventana esas mesas amontonadas, con un par de camareros que van y vienen con cervezas y tintos de verano y alguna ración de frituras o patatas y esas conversaciones amontonándose como una sola a oídos de J. J, no obstante, no se levanta, ni siquiera se ha quitado los zapatos. Está con los ojos cerrados casi dormido, pero con el pensamiento de levantarse y salir. Está agotado y en su cabeza pasan, todavía, las imágenes fugaces de carreteras, de planicies y de la formación hermosa de montañas casi irreales. Está a punto de soñar y casi se entremezclan imágenes y murmullo de la calle. Abre los ojos, ve la luz roja de la televisión, ese punto que avisa de algo. Se pone en píe. Mira, sin encender la luz, por la ventana. Abajo, en la terraza, la gente habita en esa noche de verano. Decide bajar. Abre la maleta, coge la colonia y lanza un poco al aire. Atraviesa esa nube. Saca la carta del bolsillo, casi con ganas de releerla por millonésima vez, pero la guarda debajo de unas camisas. Abre la puerta de la habitación. Por el pasillo, de repente, pasa un niño que tropieza y se cae. El niño mira a J conteniendo un berrido, una protesta en forma de lloro. J le pregunta si está bien, el niño se gira y le llama idiota. J le ve perderse al final del pasillo y sonríe.

jueves, marzo 24, 2011

Antonio T.

Anoto para no olvidar la anécdota. También la anoto a modo de juramento. Jurando que en realidad sucedió, que es un hecho real y es tonto, casi un juego, pero tiene tanta gracia que a veces la vida juege así, tan tontamente, que me lo anoto a mi mismo, que es finalmente quien la vivio y quien le importa:

Entré en el metro esta mañana. Y ahora, según voy escribiendo, me percato que cambiaron algunos signos, que ya el azar jugo desde ese instante. Bajé corriendo el último tramo de escaleras porque ya casi se iba y por poco no entro. Aceleré e inevitablemente cambié el destino, si se hubiera ido, si no hubiera acelerado, no hubiera entrado en ese tren y mi vida, levemente, hubiera sido distinta. El acelerón me hizo entrar, pero a cambio me encontré el vagón atestado de gente, repleto. Había tanta gente que me moví de la puerta donde habitualmente me quedo. Necesitaba algo de espacio y un poco más allá, casi en la otra esquina del vagón, vi huecos para estar algo más cómodo. Crucé entre brazos y piernas ese trozo de vagón y me acomodé bastante más allá de donde lo suelo hacer. Me apoyé y saqué el libro que estaba apunto de terminar, me quedaban unas pocas páginas, muy pocas. Asegurándome casi que al final del trayecto, un trayecto corto, terminaría ese pequeño fragmento que había tenido que dejar, obligatoriamente, casi absurdamente, porque eran poco más de dos páginas. Lancé la mano a la mochila, saqué el libro y en ese instante, en ese mismo instante, veo el mismo libro, exacto, en las manos de la mujer que va sentada enfrente, que a su vez lo está sacando en ese mismo instante. Desvío rápido la mirada, sonrío. Busco la página marcada, tratando de no ser curioso y mirar a la mujer. Durante unos segundos, ya con el libro abierto, me pregunto si cabe la posibilidad de que ambos estemos en la misma página, que estemos leyendo el mismo párrafo. El pensamiento me despista y me obliga a retroceder en la lectura y volver a arrancar. En ese gesto logro ver que mientras mi vista se dirige a la parte derecha del libro, ella la tiene hacia la izquierda, lo que niega toda posibilidad de estar en la misma página. Leo, leo no del todo concentrado, porque me parece extraño estar leyendo lo mismo que la mujer de enfrente, en algún momento, absurdamente, siento que debo hablar con ella, decirle:"pero no ves que vamos leyendo el libro" como si ese acontecimiento nos uniera en algo. Luego reflexiono y comprendo que somos tantos los que han leído, leemos o leímos, leerán ese libro, que es absurdo sentirse unido por tal motivo a la mujer de enfrente. Avanzo las poco más de dos páginas que me quedan, las remato facilmente. La última frase es "Ahora todo estaba claro". Termino y levanto la cabeza. Mi curiosidad es más fuerte que mi discreción y debo saber a que altura del libro va la mujer. Levanto la vista y miro, ahora miro ya sin tapujos, sin verguenza, ya nada me une a ella. Yo ya soy ex- lector de ese libro. Cuando veo, comprendo que la mujer hoy, en ese instante, acaba de abrir el libro, que hoy arranca su lectura, que apenas acaba de empezar a leer "el tiempo envejece de prisa". El título juega con nosotros. Más aún: el relato que ella empieza a leer, que es el primero de ese libro se titula "El círculo". Y en círculo parece que vamos, ella y yo. Este juego.

El último viaje

El viejo se había convertido en un mineral. Como si se hubiera quedado incrustado en el fondo de una mina, inaccesible. No hablaba nada, salvo lo justo, salvo lo imprescindible para vivir o mantener esa lejanía, que era su forma de vida. Sin venir a cuento, como un hecho totalmente inesperado, propuso viajar a esa zona del país: "Nos vendrá bien un descanso. Un viaje. Estar en otro lugar. Es bueno echar de menos tu rutina" La propuesta me dejó desconcertado. Había un halo repentino de optimismo, como un pez que salta sobre la superficie paralelo a un barco en movimiento. Yo acepté, claro que acepté. No sólo me motivaba el viaje, me producía curiosidad esa zona del país, también me apetecía pasar unos días con el viejo mano a mano, barajaba la posibilidad de que en otro entorno, en la euforia que proporciona todo viaje, el viejo narrara algo, se abriera. No dio mucho margen, al día siguiente nos montamos en el coche y condujo durante horas. Fumaba con la ventanilla un poco abierta y apenas hablaba, sin embargo en su cara había un gesto casi invisible de alegría. La rutina, los días de silencio y de extraña meditación quedaban atrás y la carretera le daban una apertura visual que sospecho había olvidado. A las tres o cuatro horas de viaje me dijo que si quería parar a tomar algo, dije que si. Paramos en un gasolinera que al lado tenía un restaurante que anunciaba parrillada y todo tipo de cervezas. El viejo me propuso sentarnos y hacer una comida copiosa: "No tenemos ninguna prisa por llegar". Nos sirvieron una bandeja gigante con todo tipo de carnes, un plato de patatas fritas y un cubo con mucho hielo y seis cervezas enfriándose. Comimos mucho, nos bebimos las seis cervezas y tomamos un café. El viejo se quedó semiacostado en la silla, cerrando un poco los ojos. Le miré un rato, también miré el restaurante vacío, con ese camarero silencioso que estaba, constante, tras la barra mirando el tráfico casi inexistente en la carretera. Parecía como si esperara la aparición de alguien, de algo. Pensé que quizá esperaba un camión con algún pedido, quizá a alguien que le venía a buscar a la hora que terminaba su turno, quizá nada, quizá sólo miraba, colocando los ojos ahí porque era el único punto de fuga para la vista o porque ya había mirado tanto desde esa posición que miraba sin mirar, que la carretera era una excusa. El viejo abrió los ojos y me miró como el que viene de otro lado y no sabe donde ha caído. Levantó la mano para que el abstraído camarero le trajera la cuenta. Al montarnos en el coche dijo algo del tiempo, algo impreciso, algo sin mucho sentido sobre las nubes, el sol y el viento, pero como no entendí no pregunté. Arrancó. Al cabo del rato dijo, sin quitar ojo de la carretera: "Este coche será tuyo cuando muera. Quizá deberías aprender a conducir". Me conmovió la reflexión. Afirmé. El paisaje era tremendo: Abierto, gigante, plano, pero contundente, vegetado y con esporádicas apariciones de formas de agua, pequeñísimas lagunas, riachuelos casi escondidos, charcos amplios. Agua que por la noche variaría de dimensión, de profundidad, de forma. Imaginé la cantidad de insectos rodeando esas formas distintas de agua y sentí un picor inexistente en la piel. Caía la tarde. El sol parecía miel, no se porque pensé en eso, pero parecía algo que se va escurriendo lento por una tostada, una espesura laxa, el color era de un violeta violento, un naranja agonizando. Más que al amanecer, el mundo empezaba en el atardecer. El atardecer es la promesa de algo, es la conclusión, la hora cero, donde todo sucede, cuando comienza la vuelta, el giro, el círculo. Avanzábamos con el coche por esa carretera irregular, vacía, en medio de esa explanada continental vegetada. Había algunos animales instalados, existiendo, pero existiendo de un modo que parecían un invento, una descripción. Vimos algunos carteles que anunciaban la distancia que nos separaba de la población a la que dirigía el coche el viejo. Llegaríamos con la luz de la noche ya instalada. Cuando se hizo de noche, me dio la sensación de que el silencio, por primera vez, se me hacía más pesado, percibía o me inventaba estar percibiendo cierta inquietud en el viejo y traté de sacar conversación, pero la tarea me pareció vasta:

.- El paisaje, todo el camino, me ha parecido increíble.

.- La inmensidad siempre es increíble.

Y el silencio volvió. Seguimos avanzando en medio de la tiniebla de la carretera. Pensé en La flaca. No se porque pensé en la flaca. Pensé en las piernas de la flaca. Pensé en la tarde que nos acostamos en la cama de su madre y se abrió la puerta de la calle y yo me lancé al suelo y me quedé debajo de la cama para no ser descubiertos por sus padres. Debajo de la cama pasé casi tres horas y escuchaba desde ahí la rutina de aquella casa. La frases de la madre. Fui un espía de un hogar, esas frases que se disimulan cuando hay otros, esos tonos que se ocultan. Debajo de la cama pensaba en si algún día me volvería a acostar con la flaca, con la que me separaba una enorme distancia en experiencia sexual. La flaca me movía con agilidad, deambulaba por la cama, proporcionaba instantes experimentados, yo sin embargo mantuve una actitud distante, como sin con esa distancia evitara parecer torpe. Pensé en las piernas de la flaca y de repente me di cuenta de que estábamos entrando en aquella población, poco habitada. El viejo frenó en un calle que parecía la calle principal. Las casas eran todas bajas, antiguas, de otra época. Me dijo que esperara. Entro en una casa y salió a los dos o tres minutos, desde la puerta me hizo el gesto para que fuera. Al abrir la puerta del coche me dijo que nos quedábamos allí. Mientras cogía la maleta me pregunté como sabía el viejo la existencia de esa casa para dormir. Cruzamos la puerta. El viejo había alquilado una habitación para cada uno. "si quieres dúchate y salimos a comer. Te espero en la calle". Entré en mi habitación, dejé la maleta. Me tumbé unos segundos en la cama. En la pared había un cuadro con la imagen de un indio, un indio raro, un indio futurista, rodeado de colores casi fluorescentes, un indio del siglo 30. Al otro lado una fotografía de un paisaje en blanco y negro, en medio, un poco alejado, un hombre con sombrero abrazado a dos mujeres que sonríen. No me duché. Salí a la calle, el viejo fumaba. Caminamos por la calle principal, le costaba andar, respiraba torpemente. Giramos en la primera esquina a la izquierda, entramos en otra casa. Similar a la otra. Había gente en el interior, comprendí que se trataba de una casa bar, había gente bebiendo y algunos comían algo. El aspecto era informal, las mesas eran todas distinas, algunas de plástico otras parecían hechas a mano, de madera, con taburetes que parecían trozos de troncos, algunos bebían encima de las cajas de cerveza vacías. El espacio era amplio y abría hasta un patio, en el patio había gente hablando y bebiendo, a mi olió a marihuana pero no dije nada. El viejo se sentó en una mesa y yo me senté frente a él. Pidió cervezas y una sopa contundente. Comimos rápido y nos quedamos mirando y bebiendo. Al rato se acercó un tipo muy delgado, con cara de pícaro y que venía tambaleándose levemente, se sentó en medio. Nos ofreció un cigarro, que enseguida comprendí que era de marihuana. El viejo fumó y me lo pasó, yo fumé despacio, con una sensación rara de temor. Aspiré y le pasé el cigarro al tipo, el tipo nos miró y contó que la marihuana de esa zona era la mejor marihuana del mundo. Que no se sabía mundialmente porque de algún modo esa marihuana casi no era marihuana y porque esa zona estaba en el principio de otra cosa, "aquí empieza el olvido y los pocos que vivimos aquí nos alejamos de la memoria universal fumando esto. No es que estemos lejos, es que en realidad queremos alejarnos y esta es la nave". Lo decía todo mirando al viejo, y siguió hablando y giró la cabeza y me empezó a mirar a mi:

.- ¿largo viaje? Esto es lejos, claro que es lejos y mañana por la mañana estaremos un poco más lejos. Cada día nos vamos más lejos. Este pueblo en medio de tanta inmensidad es como otro planeta en medio de otro universo, un universo solitario, desarraigado de los otros universos. Esto es el desarraigo. No es que sea el olvido, es que somos la memoria perdida. La memoria que no quiere ir a la otra memoria. Una memoria solitaria, no ligada a la memoria total. El universo es la memoria absoluta, y esto son los pensamientos olvidados, las cosas que pasan y ya no recuerdas.

Miré a mi viejo, que miraba al tipo y le vi una forma de sonrisa, una forma de sonrisa lejana. Como si el viejo perteneciera en realidad a eso que describía el tipo. Bebí cerveza y el viejo pidió más. En el patio unos tipos tocaban un instrumento de cuerdas muy pequeño. Cantaban canciones tristes, canciones que cabalgaban, como si fueran extremadamente lentas. Canciones que vienen del horizonte. Mi padre se levantó para ir al baño. El tipo también se levantó y caminó hasta los del patio, sumándose a ese grupo de cadencia extraña. Me quedé solo en la mesa, miré a la barra, una chica algo más pequeña que yo miraba a la televisión, en la televisión, que estaba sin volumen, se veían las imágenes de mala calidad de una pareja caminando por un decorado de cartón, la chica miraba atenta, la chica me miró y giré rápido la vista. El viejo tardaba en aparecer o me parecía que pasaba mucho tiempo. En la pantalla de la televisión pasaban anuncios, la chica pasó un trapo por la barra, salió y se acercó hasta otra mesa, en esa mesa le pidieron más cerveza. El viejo apareció con paso lento. Se sentó de nuevo:

.- Me gustaría que jamás olvidaras este viaje. Seguramente sea el último. Es importante

Lo dijo sin cambiar su tono neutro de voz. Sin modificar su cadencia. Sin mover las pausas. Tuve ganas de llorar y dije que iba al baño. Entré. Me cerré con pestillo, había un espejo y un retrete. Encima del retrete había escritas varias frases. Saqué mi bolígrafo y puse el nombre del viejo. Me puse a llorar sentado en el retrete. Me lavé la cara y volvi a salir. Al rato nos fuimos a nuestras habitaciones. Soñé con una ciudad que en mi cabeza parecía Londres o parecido a como yo me imaginaba Londres.

martes, marzo 22, 2011

Sociedad secreta

Durante media hora camino por las calles estrechísimas de esa ciudad. Vengo caminando desde el puerto, donde no me crucé con nadie. Olía mucho a mar, a mar urbano. Al entrar por las calles de piedra noté mucha humedad. Seguí una ruta invisible, no predefinida. No tenía un límite, quería caminar y una vez cansado buscar un sitio para dormir. No contaba con que la ciudad estaría tan vacía. Todos los locales cerrados. En una pequeña plaza, donde había una estatua triste, desubicada, levemente dramática, vi a unos chicos que fumaban hierba y bebían compulsívamente de una botella de un licor barato. Me miraron casi sin mirarme, como si realmente yo no estuviera pasando por ahí. Uno de ellos fumaba tabaco de liar y estuve tentado de acercarme y pedirle, pero seguí caminando. Salí de la plaza por la esquina noroeste. Entré en una calle tremendamente estrecha. Dos paredes a los lados donde llamaba la atención la luz de una pequeña ventana. Miré con la esperanza de ver una sombra, de ver algo parecido a la cotidianeidad en aquella ventana, pero sólo vi la luz, una luz por otro lado amarga, pero hermosa, triste pero cálida. Esa calle daba a otra calle algo más ancha que bajaba, o subía. Allí vi un gato que salió disparado al escucharme. Me quedé quieto sin saber hacia donde seguir. Bajé. La calle, constantemente, aumentaba su pendiente. Al principio, la descensión era leve, al final me costaba aguantar mis pasos, debía avanzar frenándome. En un momento pensé, literariamente, que aquella calle, que aumentaba su pendiente constantemente, no acababa, no acababa jamás. Finalmente, tras descender alcancé la llanura. La misma calle seguía pero ahora plana. Seguí avanzando por ella. A lo lejos, quizá trescientos metros más adelante, vi un grupo de gente, parecían estar en la puerta de un bar. El bullicio aumentaba según avanzaba. Se escuchaba música, pero una música indefinida, una música que jamás había escuchado. Eran capas sonoras que se sumaban casi al azar. No eran acordes, no eran melodías, eran sonidos que sumados formaban una forma lejana, casi como si esa música fuera una realidad, otra, sumada a la mía, a la de los que charlaban casi susurrádamente en la puerta de aquel local, a las realidades de los que no se veía deambular por las calles estrechas. Nadie me miró al pasar, seguían en esa conversación inquieta y pausada, fumando, sumando ese susurro múltiple a la música que provenía del local. Seguí mis pasos, seguí mi ruta, seguí el camino. En el fondo pretendía descifrar esa ciudad, ese casco histórico, esas calles de piedra. El visitante siempre ve de un modo incomprensible las calles de la ciudad que visita, las ve como un bloque, como un sentido, como si fueran dependientes unas de otras. El habitante no. El habitante recorre las calles de otro modo, bajo la mirada del que conoce la siguiente esquina y en el fondo, para él, la ciudad no es más que un amontonamiento, un lugar que rodea el hogar. Un poco más allá giré a la izquierda. Vi un letrero de hostal. Entré, un tipo extranjero me atendió con voz suave, le debía haber despertado la puerta al entrar. Le pregunté por habitaciones libres, me dijo que no había. Me sorprendió. Lo debió notar en mi cara y argumentó. Mañana empiezan las fiestas, es normal que sin reserva no encuentre habitación. Desconocía ese dato. Había llegado horas antes y mi intención era despertar pronto y seguir hacia el norte. Simplemente quería parar a descansar un poco. Eso complicaba las cosas. Me negaba la posibilidad de un descanso. Me despedí y salí de nuevo a la calle. Extrañamente algo había cambiado. Como si la ciudad no apuntara hacia el mismo sitio. Giré, quise deshacer el camino pero me sentía desubicado. Barajé la posibilidad de estar más cansado de lo que yo creía. Seguí andando ya sin ninguna intención. Necesitaba encontrar un sitio para dormir. Caminé al azar. Giré un par de veces al azar. No aparecía ningún hostal. Seguía sin cruzarme con nadie. Escuché ruido lejano. Una reverberación de fiesta. Me dejé guiar para llegar hasta allí, la gente me podría indicar sitios para dormir. El sonido, siempre, parece que se mueve, como si fuera un insecto que no quiere ser atrapado. Tras varios intentos, logré ubicarlo en la calle paralela. Giré a la derecha, entré en una calle muy pequeña que daba a una calle ancha, allí, en esa calle ancha debía estar la fiesta. Alcancé la calle ancha y finalmente logré encontrar el bullicio. Vi, ante mi, un montón de gente con vasos en la mano. Me acerqué, la música era fuerte, había gente bailando. Olía a comida. De repente estaba metido en una masa de gente festiva, algo desenfrenada. Me quedé quieto, viendo el ambiente, en una esquina, a unos doscientos metros, había un escenario, en ese momento entraba un tipo con gorro, un gorro raro, alto, estrecho, con adornos que colgaban a los lados. El tipo tenía una barba enorme. Se paró la música. EL hombre se acercó al micrófono. Saludó. Se hizo un silencio tremendo. Casi preocupante. Tosió y empezó a hablar:

.- Ya estamos de nuevo aquí. Habéis venido todos. Debemos, como cada año, hacer desaparecer la ciudad. No os diré nada más. Empecemos a hacerlo.

Tras esa frase la mayoría de la gente se empezó a abrazar solemnemente. Como una despedida multitudinaria. Alguien me abrazó y se me quedó mirando.

.- Pero tú. ¡Tú no eres de aquí!

Miró a los lados, asustado, nervioso. Empezó a gritar, fuera de sí.

.- ¡No es de aquí! Hay un extranjero. ¡No es de aquí!

La tensión, el nerviosismo aumentó. Toda la multitud se giró para mirarme. Pensé que había algo incompresible en eso. Algo absurdo, pero no supe buscar remedio. No sabía que hacer, porque básicamente no entendía. No quise correr, no quise pensar en que aquello era un sueño. Quise pensar que era un estado temporal de locura, de irrealidad, pero no. No había otras opciones. Levanté la mano y me inventé una frase. Fue así, como creé esta sociedad secreta.

lunes, marzo 21, 2011

Carretera de noche

Cada día es distinto, todas las noches son la misma. La tiniebla diaria, la tiniebla absoluta, ese viaje a la ausencia celeste de luz solar, nos inserta, inevitablemente, en un estado de animo distinto, afectado, lejano. Las cosas en la noche suceden más allá, una distancia extraña, porque no es distancia calculable, no es una distancia física. Delante de la ventana pasa la carretera iluminada de cerca por esa pelota de luz que son los faros de la furgoneta reventando en el asfalto. Llevo un rato dormido así que al mirar alrededor e intuir una extensión prolongada rota esporádicamente por lejanas poblaciones soy incapaz de saber donde es que estamos ahora mismo. Atravesamos un largo recorrido nocturno, es madrugada y mi percepción de la realidad es extraña en este instante. La furgoneta avanza, avanza hacia la tiniebla permanente que hay delante de la luz móvil de los focos delanteros de la furgoneta. Hay una sensación contundente de fragilidad y de fugacidad que se entremezclan. En ese avanzar extraño es inevitable intuir que somos fugaces y frágiles, pero además todo resulta lejano. Carretera y noche, las líneas discontinuas parecen reflejos de días, que van siendo engullidos y quedando atrás. ¿Cuántas líneas habremos devorado cuando lleguemos al destino? Todo va pasando y además hay una presencia inevitable, la noche te recuerda donde estamos, en medio de la infinidad. La furgoneta avanza, claro que avanza, pero ¿Cuál es el destino real? Las poblaciones van pasando a los lados, lejanas, luces allí, ordenadas de un modo que cuesta descifrar. Códigos de algo que no sabemos leer. Otros lenguajes que se están sucediendo y del que nosotros no somos más que letras sueltas, todo son símbolos o todo es lo que sucede, sin más. Hay una permanente transfiguración. Todo se va volviendo otra cosa. Sabiendo, eso sí, que todas las noches son la misma.

viernes, marzo 18, 2011

Huida

No cree en diablo, tampoco cree en el sosiego, ni en otras formas menos perversas de pausa. Cree en algo que no concluye, en la estrecha calle en la que vive habita el silencio y el huye, cada noche de ese silencio que en el fondo le parece aterrador. Hay una urgencia permanente, la urgencia del que escapa dentro de un laberinto sin puerta de salida, que es el laberinto más terrible, porque es el desierto. Huye, huye calle arriba, siempre de noche. Atufado de orujo, con hambre pero sin tiempo para parar a comer. Se une a un grupo de extranjeros que siempre ofrecen una forma de pausa, una sensación fugaz de estar en otro lado. Las calles son, de repente, menos confusas, esa confusión agotadora de lo repetido, de lo que siempre es igual, estático, tremendamente inmóvil. A los extranjeros les ofrece esquinas, lugares que no conocierían, pero en realidad lo que consigue con los extranjero es convertir las calles estáticas en otras calles, irreales, falsas, pero durante un rato son otras calles. No cree en el diablo, eso son cosas inventadas, pero a última hora, cuando ya casi amenece, le ve siempre, al final de la calle, esa calle estática y terrible de donde no hay manera de salir.

jueves, marzo 17, 2011

La esperanza

Por la ventana baja entra el reflejo de la luz. Huele a café, a café puro, a café bueno. Por la callejuela pasa un joven fuerte, alto, moreno, parece que va a trabajar. Empieza el día y la luz anuncia una forma natural, tremenda, de esperanza, pero no una esperanza humana, sino una esperanza incomprensible, que trasciende a los seres vivos. El café cae en la taza y Alí lo huele como si fuera el primer café y el último. La humedad se parece a Dios, a ese Dios en el que no cree Alí. Alí cree en el café, cree en las dimensiones: "las cosas pequeñas se hacen grandes y las grandes pequeñas. En ese cambio constante de dimensiones está el secreto" y cree en el Sol, casi como herencia de una religión enterrada en la tierra. Alí termina el café con sosiego mientras el amanecer cumple su ciclo y se instala la luz, también el calor y la humedad. Se calza y camina por las callejuelas de tierra. Saluda al paso a los de las otras casas, casi con desgana, pero una desgana tremendamente dulce, cariñosa. El camino hasta el muelle es casi laberíntico: Callejuelas a medio hacer que dan a otras callejuelas a medio hacer. Alí finalmente alcanza el muelle, saluda a los otros y alcanza su lancha. Acomoda y repite los ritos diarios, las labores antes de arrancar. Enciende el motor que suelta la bocanada tremenda de olor a gasolina y gira. Avanza entre los brillos del sol reventando en la corriente. Alí comanda su lancha a solas, camino de los arrecifes. Antes de llegar a los arrecifes ve que un viejo compañero gira hasta el cayo, Alí duda. Piensa que el compañero quizá tenga problemas y dirige su lancha hasta el mismo cayo con la idea de ofrecer ayuda. Va frenando y lanza las cuerdas al palo que hay por el lado sur del cayo. Deja la lancha atada y salta al agua que a esa distancia cubre hasta las rodillas. Ve la lancha de su compañero y camina hasta la orilla. El cayo está vacío y Alí lo recorre. Entre semana los cayos son casi planetas lejanos, vacíos, silenciosos, tan vegetados, tan distintos del fin de semana y fiestas que se llena de gente de la ciudad con su bullicio y su agitación. Ese cayo, para Alí, siempre fue un misterio, está cerca pero es el más inaccesible, también el más vegetado. Recorre la primera playa y entre la maleza trata de alcanzar la playa norte, donde nunca hay nadie, ni siquiera en fines de semana. Alí ve una figura a lo lejos, entre más maleza. Intuye que es su compañero. Alí empieza a sentirse desconcertado. Camina cada vez más rápido. Sin saber porque Alí piensa en el misterio, en algo que es invisible, inalcanzable, pero le parece estar recorriendo un misterio. Llega por fin a la playa norte. En la playa, acostado, tostándose al sol, Alí ve a un tipo que debe ser extranjero. Muy rubio y de piel blanquecina corre el peligro de abrasar su piel. Alí desciende el ritmo al andar. Saluda con desgana, el tipo s epone en píe. Está sangrando por la boca, le habla, le dice algo que Alí no comprende, el tipo mira pero no mira a Alí, parece estar hablando desde la lejanía, el tipo, efectivamente es extranjero y habla con pasividad, pero una pasividad angustiosa, casi con horror. La boca sangra lenta, Alí trata de hacerse comprender pero no llegan a un acuerdo. El extranjero habla, sigue soltando una hilera extraña, rara, en un tono incomprensible, de palabras. Los párpados casi cerrados. Alí le mira y siente que algo no va bien, que debe irse, en ese instante aparece otra figura por el otro lado. Es un tipo con un aspecto raro, el pelo muy largo, la barba desaliñada y una camiseta de un color violento, se acerca hasta ellos. Alí mira a los lados, piensa que le van a golpear, pero no hace nada. Se acerca y con terrible pronunciación pide ayuda. Alí pregunta que ha pasado, pero el otro contesta que han visto al demonio. Un demonio jodido, un demonio que camina hacia la luz, un demonio que se alimenta del dolor. Alí le mira. Sin saber porque le suelta un puñetazo al de la camiseta violenta, el otro mira asustado, pero sin capacidad de reacción. Alí comprende que algo no va bien. Sin haberlo notado, aparece su compañero:

.- ¿Qué haces aquí, Alí? ¡Qué carajo haces aquí!- le grita fuera de sí.

Alí no contesta. Espera. Espera algo, no sabe que, pero espera algo. Su compañero lleva una bolsa en la mano.

.- Alí, vete. Vete, coño. Vete ya

Alí le mira y le pregunta que está pasando. El otro dice que mejor no pregunte. Que se vaya, que si cree en la moral, que si cree en la bondad, que si cree en algo, que se largue. Esta playa es otra cosa, Alí. No pierdas la esperanza. Vete. Aquí se acaba todo. Esta es la puerta. Y Alí le mira, le mira unos segundos. Alí espera una bola invisible que anuncie algo más, pero no pasa nada. Los extranjeros están casi fuera. Luchadores con la boca pegada a la lona. Y su compañero le vuelve a gritar que por favor se vaya. Que no siga ahí, que salve lo que queda, algo, lo invisible que todos tenemos. Que se vaya. Que no esté ahí. Y Alí se larga sin mirar atrás, con la esperanza de borrar de su memoria ese extraño acontecimiento. Con la esperanza útil de encontrar su lancha y empezar, por fin, a trabajar ese día.

miércoles, marzo 16, 2011

Un texto perdido

Posibilidad de un texto:

Un escritor escribe que otro escritor escribe y lo que escribe el otro escritor es escrito por él sin saber, claro, que lo escrito lo estoy escribiendo yo. El cuento transcurre en ese viaje de escritores que escriben a otro escritor que escribe lo que termina dando con el escritor que escribe todo, perdido, literalmente, en el texto.El escritor que escribe, originalmente, el texto no logra volver de alguna de las capas y olvida quien fue que estaba escribiendo en el nivel en el que se haya, con lo cual no logra volver o saber escribir quien era que estaba escribiendo lo que él, en ese instante, esta escribiendo. Ese juego terrible de metaliteratura aniquila al escritor que escribe la posibilidad de este texto.



martes, marzo 15, 2011

Instantes

¿Fugaz? Si. Fugaz. Viene y se va. Tampoco es evidente. Cuando se va es que te has dado cuenta que estuvo. A mi me sucede cuando vas acelerado, llegas tarde subes la calle apresurado, cruzas hasta la parada del autobús y en ese instante justo, como una afinación de los elementos, aparece el autobús. También me pasa en ocasiones más abstractas. Cuando estás sentado y te revienta la luz del sol en la cara, estás en manga corta, te pides una cerveza, no hay prisa. Parece que tienes ante ti la posibilidad infinita del tiempo. Luego dura poco, pero hay una forma luminosa de percepción que parece haberte otorgado la pausa definitiva, como si te hubieras quedado en ese instante. A veces pasa en una forma oculta de melancolía, te sabes en un precipicio hermoso, tomas conciencia de lo que se ha olvidado y aunque no lo recuerdas anda por ahí y afuera llueve. Tan sencillo otras veces como escuchar una canción, una canción de la que conoces sus recovecos, sus escondites, porque esa canción te pertenece, es parte de tu organismo. Estuvo allí, en momentos que ahora vienen diluidos, confundidos y poco claros. A veces viene en un mordisco, en algo que te has llevado a la boca. A veces en las palabras de otro, en la confesión amable del otro. Hubo un tiempo que podía venir en un cigarro. A veces en el paso de imágenes al otro lado de la ventanilla de un coche. En la forma más real de viaje. Los paisajes van, van y tu te sabes en movimiento, hacia adelante. A veces viendo algo, cualquier cosa. A veces saliendo del dolor, del dolor físico, del dolor prolongado, de la conciencia de que todo se acaba. En el café del desayuno. Con ella, con la niña, es a cada rato, pero sobre todo por las mañanas vistiéndola, subiendo la calle apresurados porque llegamos tarde y nos montamos en el metro y ella lo mira todo desde el prisma más real de las cosas y ríe a todos los del vagón que van callados y no aguantan su sonrisa y entonces ríen y olvidan durante medio segundo a donde van, le sacan una mano, la saludan y la niña responde y sonríe, con esa sonrisa absoluta. Todo se detiene. Se está en otro instante fugaz. Si, fugaz. Tremendo.

lunes, marzo 14, 2011

MV

En un bar de Gracia, un bar agradable, pequeño, estético, toma un café y saca un cuaderno. En el cuaderno habla de la memoria y de la muerte, del olvido y de las capas, de las capas interpuestas, de las superficies que se superponen unas a otras, de la confusión y de la ausencia. Para MV las cosas no son, jamás, definitivas y eso que jamás tiene mucho de conclusión. Anota, mientras sorbe un café que está hirviendo, que la memoria mantiene vivo a los muertos, pero no como una figura poética, reflexiona en esa posibilidad de que todo muera salvo los recuerdos de ese muerto, y que esos recuerdos, de algún modo otorgan al mortal, cierta inmortalidad. Como si esa capa invisible e inalcanzable de memoria fuera otra forma de vida, la forma de vida del más allá. Luego paga y sale del café. En la esquina con Torrent de l´olla ve pasar un tipo que conoce o que cree conocer pero que no recuerda de donde. Se queda mirándole, el tipo le suena, ubica su rostro, incluso su modo de caminar pero es incapaz de recordar donde fue que le conoció. Le sigue unos cuantos metros, el tipo se detiene y cruza, en la acera de enfrente se queda mirando un escaparate. MV se acerca sigiloso, pero sin saber porque es sigiloso. Al cruzar mira su reflejo en escaparate pero no encuentra su propio reflejo, el otro tipo sigue mirando atento algo al otro lado del cristal. MV se angustia y vuelve a buscarse en el reflejo del cristal y no se haya, sólo ve al tipo, al que se acerca lentamente para preguntarle si él le recuerda, si sabe de que se pueden conocer, cuando esta al lado, casi a punto de tocarle el hombro, MV descubre lo que todos intuíamos desde el principio, que ya estaba muerto.

domingo, marzo 13, 2011

Carretera

En mitad de carretera paramos en un sitio bastante desolado. Un espacio amplio, bien iluminado, con todo recién construido, pero sin embargo tan vacío en medio de extensiones. Un camarero desganado nos pone las dos primeras cervezas y nos quedamos un rato callados, como si detener la marcha hubiera detenido un poco todo. Suena una música por altavoces incrustados en el techo que parece venir de lejos, pero una lejanía incomprensible, una lejanía inexistente, una forma sonora de vacío. No hay más. Hay ese local amplio en medio de la carretera, vacío, el camarero desganado y las cervezas. Luego R me habla, me habla de la cercanía inminente del apocalipsis. Me habla de fechas, de nuevos órdenes universales, del fin de cosas, pero sobre todo habla del apocalipsis, de caos, de aviones que caen magnéticamente, de ciudades inundadas, de gente corriendo mientras se desmoronan construcciones, y al final de un largo y terrible discurso, R vuelve su discurso optimista, en el fondo, dice, es una fortuna, una fortuna extraña, pero fortuna al fin y al cabo, el asistir al apocalipsis. No vimos el inicio, no sabemos como fue, pero al menos veremos el final. Sólo nosotros, los de ahora, no lo vieron ellos, allá en el siglo 18, en siglo 16. Al menos nos queda la negra y distorsionada fortuna de ver el desmorone, el desmembramiento, la forma final de locura. Luego se queda callado, sigue sonando esa música que casi es inaudible pero que marca tanto, el camarero se ha perdido dentro, tras la puerta a la cocina. No hay nadie, dice R, no hay nadie ahora. A veces veo imágenes peculiares, sigue, imágenes que todo lo condensan, como sueños de otro, como figuras trasparentes que se van diluyendo en la niebla, ese camarero me recuerda a eso, ese camarero, en el fondo no está, tampoco esto. A lo mejor, concluye después de un sorbo de cerveza, el apocalipsis ya ha sucedido y nso hemos quedado solos. ¿Te parece que sigamos viajando? pero primero tendré que poner gasolina.

martes, marzo 08, 2011

La ruta a casa

Había pocas esperanzas o toda esperanza se centraba en no caer en la desesperanza. Había días que no crecían, que no se alargaban, y tardes que daban paso a noches de un extraño sosiego. En cierta manera las tardes, esa forma elegante de agonía, eran el momento del día idóneo. G salía de clase tarde, por algún motivo inexplicable, eran el último grupo en salir, las instalaciones estaban casi cerradas y si alguien se despistaba, cuando alcanzaba la calle después de cruzar los deteriorados pasillos del instituto llegaba a la acera de noche o casi de noche. Las despedidas eran fugaces, como saludos invertidos y G caminaba, generalmente solo, hasta la 19 con 32, por donde pasaba la ruta de autobús que llevaba al este. En la 19 siempre había un tráfico extraño, a esa hora no pasaban demasiados autos, pero iban apelotonados, como si se hubieran puesto de acuerdo para avanzar en grupo. En esa esquina había poca luz y el principio de la noche se difuminaba con las luces de los autos. Muchas veces G esperaba ahí la llegada del autobús, pero estos no tenían una regularidad, se regían por un orden incomprensible, a veces esperaba una hora, otras tres minutos, a veces quince, treinta o ni siquiera pasaba. así que G se fue aficionando a ponerse en el primer semáforo, el que estaba en la 19 con 30, y pedir un empujón hacia el este de la ciudad. Generalmente los conductores de Pick up eran los más generosos, también, es cierto, arriesgaban menos, no había trato, nunca se montaba de copiloto. El gesto del dedo indicaba que si, que aceptaba llevarle, pero que atrás. G se lanzaba en la parte descubierta y se dejaba empujar por la 19 hacía abajo, sintiendo el viento y cerrando achinádamente los ojos para evitar el enfrentamiento de la retina con el viento de la velocidad. Generalmente llegaba hasta la avenida y daba un golpe en el cristal, el conductor frenaba brevemente y G saltaba. Sólo unas veces, pocas, el que le llevaba era el conductor de un coche. Aquello era extraño, obligaba a una conversación forzada, a explicar que las rutas de autobús eran anárquicas y molestas y que había que batallar en el semáforo la forma de volver a casa, había que explicar el horario de clase y a veces entrar en conversaciones raras. G prefería Pick ups, pero no era cuestión de exigir, había que preguntar a todo conductor y conseguir el empujón al Este lo más rápido posible. G se acercó una tarde, que ya casi era noche, a un auto decente, generalmente los autos buenos no dejaban montarse, pero el asunto se estaba complicando y había que pescar como fuera, se hacía tarde y difícil la vuelta. Un tipo de aspecto europeo, serio, trajeado, con barba bien recortada, aceptó subirle. G se sentó de copiloto. El tipo tenía una voz grave, las frases eran concisas, profundas, como si hablara desde el fondo de una caverna lejana. Le preguntó, y eso a G le desconcertó, sobre la juventud, sobre la sensación de ser tan joven y G contestó que la juventud no se sentía, que estaba, como la felicidad o la locura. El tipo miraba al frente, como si delante del cristal sucediera algo que había pasado hace años, como si estuvieran proyectando una película basada en hechos reales o un documental crudo, de imagen poco estética. Luego le habló de sus hijos, pero le hablaba de sus hijos como si no tuviera hijos, como si se los hubiera inventado y G empezó a ponerse nervioso, porque el hombre de aspecto europeo generaba desasosiego. El hombre serio lanzó su mano a la rodilla de G y G pensó que estaba en un laberinto extraño. Le quitó la mano y le pidió que frenara, pero el tipo, con voz pausada, con sosiego, le dijo a G que no se pusiera nervioso, que no pasaba nada, que simplemente tenía un hijo de su edad que había muerto y que estaba destrozado y que él, G, le recordaba enormemente a él:

.- Te pareces. Cuando te vi en el semáforo creía que eras él y también te pareces a mi cuando era joven. Eres mi hijo y yo de joven, eres el epicentro de la tristeza universal, pero de un universo vacío, habitado sólo por mi. No te asustes, no quiero nada. Sólo déjame llevarte a casa.

Y G quería abrir la puerta del auto en marcha y saltar, pero no se atrevía, y por temor fue indicando el camino a su casa, pensando que sin alteraciones las cosas saldrían mejor. Y cuando llegaron enfrente de su edificio señaló con el dedo y dijo que ahí se quedaba, pero el tipo no frenó y G pensó de nuevo en abrir la puerta, pero miró al hombre y le dijo que por favor le dejara bajar y el hombre le dijo que ya mismo le dejaba en su casa, que sólo quería estar con él unos minutos más y giró, dio la vuelta y frenó frente al edificio de G. G se bajó sin despedirse. G entonces subió a casa, saludó y no dijo nada. Dos fines de semana más tarde, un sábado a primera hora, G salió del portal sin dirección, G caminaba por la ciudad sin intención o buscando con esperanza no caer en la desesperanza cuando vio el auto impecable del hombre con aspecto europeo, el tipo, con el motor encendido le pidió que se acercara, G obediente se acercó a la ventanilla y el hombre le dijo que si quería dar una vuelta, tomar algo, G le dijo que no, que por favor le dejara en paz. El hombre le miró, G vio una lágrima cayendo por aquel rostro serio, formal, elegante. El tipo arrancó y desapareció. G sintió una forma brusca, casi desgarrada, de melancolía, de compasión.

lunes, marzo 07, 2011

En la cama

En la cama, un rato después de haber estado haciendo el amor con algo de ansiedad, yo me quedaba con los ojos cerrados pensando en asuntos frágiles, volátiles, más que pensamientos eran pompas o globos invisibles, ella siempre se sentaba con la espalda apoyada en el cabecero de la cama, sacaba un cuaderno de la mesilla y empezaba a escribir. Yo escuchaba el sonido del bolígrafo sobre el papel, que me resultaba entre agradable y molesto, sin saber muy bien por que sensación precisa se decantaban mis emociones, si lo agradable de ese ritmo no del todo acompasado del bolígrafo delineando palabras o ese crujir molesto de la textura de papel mientras es recorrida. Escribía, algunas veces lo leía en alto, otras veces me pasaba el cuaderno, pero a mi nunca me gustaba lo que escribía. Eran poemas pretenciosos o textos medio abstractos sobre los delirios del ser humano instalado en el hastío de si mismo. Nunca confesaba mi poco apego a su escritura, tampoco mi extrañeza a que aquellos textos salieran después de hacer el amor, pero ella insistía, como si el sexo, según su criterio, le otorgase algún tipo de inspiración o fuese el punto de partida hacia un lugar en mitad de un desierto o un terraplén, un terraplén pegado a una carretera de circunvalación de una ciudad de clima continental. El asunto, no obstante, me empezó a perseguir y además me perseguía en el instante en el que mi cuerpo merodeaba sobre su cuerpo. En mitad del sexo me aparecía la visión de lo que sucedería después: ella apoyada sobre el cabecero, escribiendo con tesón, con insistencia un texto que de algún modo terminaría leyendo y me centraba en dirigir algún tipo de fuerza invisible a través de mi miembro para convencerla de ese modo peculiar de no hacerlo. En ese sentido, el sexo con ella se volvió una lucha doble, para ella era la puerta a la escritura, para mi era el pasillo hacia el absurdo. Ella batallaba por alcanzar aquella puerta, yo batallaba por dejarla cerrada y abrirle otras, pero al final, después de gemidos y palabras indiscretas el final siempre era el mismo, se abría, inexorable, la puerta a ese extraño mundo de su poesía. Tiempo después, asumida la derrota total, cambié de táctica, me convertí en analista desquiciado de su obra. Un crítico en busca de un significado oculto. Aquello escondía un misterio y este se debía desvelar en sus textos. Así que pasé a preocuparme por ver cada frase, cada palabra. Esperaba con calma, tranquilo, cerraba los ojos, seguía el rito. El bolígrafo contra el papel. La espera era angustiosa, pero al final su voz se pronunciaba:

.- ¿quieres leerlo?

.- Claro, amor. Claro.

Me pasaba ceremoniosa su cuaderno. Soltando siempre alguna frase categórica:

.- Este me gusta. Creo que ronda mi estilo más liberado. Me he dejado llevar, sin pensar demasiado en lo que viene. Estoy contenta. Dime que te parece.

Y yo cogía el cuaderno, sabiendo que me enfrentaba a otro de esos textos sin consistencia, sin nada.

Fluye, fluye en mi la carga mística. Hoy soy luz. Hoy soy la división de la flor, la batalla invisible de la mosca, la belleza de lo insignificante. Soy universal y mínima. Soy perro y gato, agua y fuego. Liberada de lo consciente. Flotando en mi, sobre mi, sobre todo.


Lo leía, lo releía. ¿De qué modo hacía el amor para provocar eso en un ser humano? ¿Dónde estaba el error en manera de follar? ¿ La batalla invisible de la mosca?

.- Me ha gustado, cariño. Estás liberada hoy.

.- ¿Si? ¿lo has sentido?

.- Si, lo siento absolutamente. Todo está iluminado aquí.

.- Si, yo también lo siento.

Busqué, busqué después de cada sexo, de cada polvo. Leí, releí, analicé y no encontraba el fallo.

.- ¿No escribes otros textos?

.- No, sólo escribo cuando vienes tu.

Lo que agudizaba mi paranoia. Sólo escribía textos en el ratillo del post coito, en ese rato que otros fuman, otros discuten, otros no hablan, otros se duermen saciados, otros sienten inseguridad de su pareja, otros se levantan para masturbarse, otros se abrazan, otros se van corriendo, otros se maquillan, otros se esconden en armarios, otros se asoman a la ventana, otros se arrepienten. En ese rato de frenada, de pequeño sosiego, ella escribía. Escribía textos místicos, textos con olor a incieso y camomila. Todo eso sucedió hasta aquel día, que ceremoniosa, repitiendo ritos, me pasó el cuaderno y me dijo:"este es algo depresivo, pero así me siento". Aquello no anunciaba nada bueno, pero lo leí, si cabe, con más atención que los anteriores. Quizá en ese estaba el misterio desvelado, la pista definitiva.

Invisible. Eso soy. Hacia la nada camino. Invisible. Esa forma previa al desaparecer.

Lo leí varias veces. Callado. Encendí un cigarro. Lo volví a leer. Me giré para abrazarla y mentirla de nuevo, pero no. No estaba. No mentí. Todo era cierto. Había desaparecido. Se había vuelto invisible y sentí algo parecido a la nostalgia.

viernes, marzo 04, 2011

Vacaciones lejanas

Esas vacaciones fueron fútbol. Largos partidos de fútbol por la tarde noche que terminaban con marcadores imposibles, exageradamente abultados. Diecinueve a catorce. Metí goles de todas las formas, de tacón, de cabeza, de chilena poco estética, regateando a tres, de media volea, y sobre todo, mi favorito, desde más allá de medio campo. Ese gol fue importante porque habían venido las gemelas y unas amigas a ver el partido y para mi jugar bien tenía mucho de conquista, como si meter aquel gol me abriera las puertas a una seducción importante. Aquel gol fue iracundo porque íbamos perdiendo siete a tres y nos ponía con ciertas posibilidades de remontar el partido y porque la hermosa factura de mi chute me otorgaba una sexualidad que pasados los años concluyo que sólo yo debía comprender. El caso es que ese año jugué desquiciádamente al fútbol y por las noches nos emborrachábamos en aquel lugar donde pasamos tantas noches. Según bebíamos evocábamos jugadores, lejanos en el tiempo o cercanos, analizábamos los mejores goles de la historia, los equipos y luego encadenábamos la conversación con psicodelia extraña, psicodelia comprendida de un modo peculiar y al final simplemente fumábamos y bebíamos y nos íbamos a dormir y al día siguiente organizábamos de nuevo el partido de la tarde. Es fácil entrar en bucles, en ciclos. A mitad de vacaciones volvió La L. Volvió mayor, más mayor, había cogido cuerpo, había cambiado. Me crucé con ella, me habló de sus días en la playa, también del mar y de fiestas agradables y sensatas. Fiestas que yo imaginaba pausadas, lejanas, como si el mar estuviera metido en el lugar de la fiesta o la fiesta fuera en una plancha por encima del mar. Yo le hablé de fútbol, del golazo que había metido en los cuartos de final del campeonato que habíamos organizado, le hablé de Caniggia que corría como el viento, que era un futbolista maldito porque más que deportista parecía un poeta malo o un futbolista psicodélico y que le llamaban "el pájaro". Y ella me habló de su apartamento en la playa y de lo bien que lo había pasado y no se porque esa noche me lancé a su boca en las escaleras de su piso y ella me abrazó con lentitud, como si todo estuviera sucediendo en el área contraria, allí y nosotros fuéramos los porteros, que están ese rato solos, viendo el partido allí, jugando pero sin pertenecer a ese partido y yo me lancé con las manos a donde hubiera hueco, pase en profundidad, y ella no sabía de fútbol, pero parecía Baressi, cortando todas las jugadas y yo recordaba el consejo de "El conejo": "Insiste, insiste. Hay un momento que se cansan de estar en guardia" y yo lanzaba manos como si tuviera más de dos y ella que parecía tener el doble. Como si entre nuestros cuerpos sumáramos diecinueve o veinte manos, un poco como los resultados de nuestros partidos. Manos como goles. Y al final nos lanzamos al suelo y por las escaleras apareció un vecino y disimulamos malamente pero en aquel silencio hubo un acuerdo, ni él,ni nosotros hablaríamos nunca de eso y ella me dijo que se iba a casa y yo me bajé con los muchachos y hablamos de Kubala y bebimos una ginebra lamentable, porque yo creo que aquello no era ginebra. Al día siguiente ella me llamó a casa y yo cogí el teléfono sin saber a que atenerme, me habló de la playa y al final me dijo que por favor olvidara lo de anoche y habló de pactos de silencio y de cosas que sonaban trascendentes y no lo eran, me habló de su nuevo novio y de la gente y de su madre y de una prima y que no había pasado nada. Esa tarde metí un gol y fallé una oportunidad clarísima y perdimos el partido. Por la noche bebimos un Vodka de nombre mal puesto, un Vodka tropical con nombre caribeño y fumamos marihuana y yo cerré los ojos, y escuché música que puso ER en el Radiocassete. Los platos de la batería sonaban como si estuvieran sobrevolando por encima de un bosque y el bajo me recordaba a una forma gástrica, a un túnel orgánico. Luego me imaginé una chilena en el aire, me imaginé saltando mucho, muy alto y dando a una pelota gigante, de un tamaño desmesurado y mi golpeo mandaba el balón lejos y se iba perdiendo por el horizonte.

TIpo en otra ciudad

En ese momento, por la ventana de metal, entra un frío complicado, un frío agudo y con algo de ferocidad. Las persianas están bajadas y el cuarto huele a mantas y a madera de imitación. La cama, que es un armario, que se abre y se apoya en el suelo, tiene sábanas blancas y de tela desgastada y una colcha de cuadros con colores imposibles para una colcha. Al lado de la cama ya bajada, hay una mesilla con un mantel de ganchillo y una silla que es una especie de butaca tapizada varias veces. H está sentado ahí, escribiendo, a modo de huida, una carta a alguien que en ese momento le da un poco igual, la carta, como tantas otras cartas, es una excusa. Sin terminar la carta, se gira y se mete en la cama. Se masturba y se empieza a quedar dormido. Sueña con arena, arena que se ha ido colando en las calles, sueña con un parque de noche, sueña con una anciana asomándose por una ventana de bajo. Horas después se levanta y sale a la calle. Camina sin mucho sentido, entra en una cafetería, se sienta en una mesa, sigue escribiendo la carta pendiente. Termina el café, saca unas monedas y paga. En la calle empieza a nevar, se detiene en un banco a sentir el frío, de alguna manera lo ve como una batalla, como si aguantar el frío en ese banco le fuera a inmunizar de esa sensación permanente que tanto le perturba en la piel. Saca la carta y anota una especie de poema sobre el frío, donde lo compara con cuchillos, con navajas mal intencionadas, con la mala uva y con la ira. Finalmente habla de la tiranía emocional a la que somete el frío. Por la acera pasa una tipa, camina deprisa, las botas en la acera marcan un ritmo contundente, la tipa mira al suelo, lleva el pelo suelto. Sigue sintiendo que no pertenece, como si no se hubiera colado en la última capa de las cosas. Se pone en píe, camina, coge un autobús al azar. Se baja por el mismo método. Camina por calles que desconoce, entra en otro bar, pide otro café, escribe en la carta la despedida. La guarda, cierra el sobre y camina a la oficina postal. La envía.

jueves, marzo 03, 2011

Rey Diamante

El problema era invisible, pero visto desde una perspectiva angulada, los problemas siempre son invisibles. En realidad lo que se busca es desvelar la solución, que está invisible. En una operación integral el problema es dar con la solución, que está allí, muy detrás de algunos esfuerzos mentales. El problema era invisible porque además había niebla, esa niebla espesa que condensa de un modo peculiar la percepción. Hay individuos anclados detrás de esa niebla, metidos ahí dentro, y lo demás permanece invisible, lejos, mucho más allá del campo de visión. Allí, en el fondo de ese bosque meteorológico, tenía una choza Rey Diamante. Rey Diamante tenía pocas rutinas, metido en la niebla se movía por esa cosa instintiva y primaria de la apetencia. A Rey Diamante, que generalmente despertaba tarde porque la hora era un asunto secundario, le gustaba estirarse un buen rato, caminar despacio frente a toda esa niebla inamovible y sacar algo de comida a la puerta de la choza. Luego Rey Diamante caminaba a su alrededor y en la niebla proyectaba una especie de ciudad invisible, unas luces con calles difusas, con gente sin límites definidos. Caminaba por esos lugares proyectados en la niebla y pensaba en poemas, poemas sobre sus ciudades proyectadas, sobre los problemas sociales de esas ciudades, sobre el desgarro y la desesperanza de los habitantes de esas ciudades. A menudo caminaba hacia las zonas periféricas de esas ciudades, zonas marginales que observaba con atrevimiento y con gusto estético: "el gran problema de la pobreza es un asunto de gusto. La misma zona, las mismas casas incluso, ordenadas de otro modo, de un modo muy definido, pintadas de colores precisos que soy capaz de proyectar si me esfuerzo, tendrían un aspecto menos grotesco". Para Rey Diamante todo problema en la vida es un problema artístico. Toda solución está en el gusto. El problema es complicado y no entienden que este criterio de mi apetito es el criterio definitivo para erradicar lo feo. Luego Rey Diamante se giraba, aburrido del juego de las proyecciones y volvía a la choza.

miércoles, marzo 02, 2011

Descriptivo

Poeta extremo, en el sentido más estricto de extremo y de poeta, el gran problema de G. Quiñones era su afinado sentido de la descripción, su no frenarse en la narración minuciosa del decorado, de los detalles, de las facciones, de las emociones, de lo que sucedía. G. Quiñones quería atrapar el instante, lo real. Y así le pasó, que describió, fue tan minucioso, fue tan preciso, quiso obtener en palabras todos los detalles que no pudo volver, que no había camino de vuelta. Aquel texto terrible arrancaba con una panorámica de la habitación de un hotel donde andaban enredados aquellos dos amantes. Antes de enredarse en emociones, en líneas argumentales, Quiñones lo quiso dejar todo bien atado, el ambiente, la decoración de aquel lugar era imprescindible para él. Y empezó paso a paso: Primero fue una descripción dimensional del espacio, la habitación y su primera impresión. Luego la forma de las paredes, la perspectiva de estas, sus rugosidades, sus grietas, las dimensiones de aquellas grietas, los espacios casi invisibles a donde se abrían aquellas grietas, la descripción precisa de la oscuridad que entraba por aquellas grietas, luego los perfiles de las grietas, pero Quiñones no se frenaba, iba más adentro. El universo que entraba en aquellas grietas, la descripción de una hormiga olvidada deambulando infeliz pero segura por la grieta, el tránsito de esa hormiga hacia ese submundo interior que se abría en la puerta, ya externa, de la grieta. Dentro, en el primer nivel de la grieta, otras hormigas, un regimiento de hormigas. Quiñones describe entonces la organización minuciosa y militar de esas hormigas y la trágica existencia de una de ellas que por error dirige su camino en dirección contraria, no hacía la grieta que da a la pared, sino al otro lado, donde la pared termina en el pasillo del hotel. Quiñones, entonces, quiere atar y sigue: Describe el deambular de esa hormiga desdichada por el otro lado de la pared, describe el pasillo, las alfombras, el polvo de las alfombras, la historia de ese polvo que ha terminado en las profundidades de la alfombra, los hilos de la alfombra, la forma de los hilos, las partículas de los hilos, el universo que se abre en cada partícula de hilos. Las formas de ese otro universo que también es infinito. Quiñones se pierde en dimensiones inabarcables, describe hasta el delirio. Quiñones describe el universo dentro del universo que hay en lo más profundo y minúsculo de esa alfombra. Quiñones lleva dos semanas encerrado, escribiendo, preparando, con descripciones el hilo argumental, lleva seiscientas páginas y la trama no ha empezado. A esas alturas Quiñones habla de Pseudo Dioses o el Dios minúsculo de un ínfimo cosmos, pero sobre todo, a esas alturas, Quiñones no sabe volver, no hay forma de volver. Sigue describiendo sub mundos, planetas que hay en esos submundos, polvo, habitaciones con otros amantes, otras alfombras y antes de la página mil, Quiñones muy lejos, ínfimo, casi nada, se describe a si mismo en ese más allá de un mundo de descripciones encadenadas. Quiñones escribe: "Allí, en el fondo de una alfombra, que esta más alla de otra alfombra, encadenada a un mundo que lleva a otros mundos, a otras partáculas, que más arriba contiene otra alfombra que son todas las alfombras estoy yo, está Quiñones, y me veo, me veo escribiendo esta descripción"

martes, marzo 01, 2011

Polvo

Por una lado estaban las revueltas cerca de la plaza. A y J comentaban con euforia que toda revuelta, ineludiblemente, lleva un impulso, que por su sola existencia, la revuelta indicaba cambio. Yo no bajé a la plaza en aquel momento, no lo haría en los siguientes días. A media tarde, cuando el calor bajaba, me acercaba al café, me sentaba en una mesa vacía y veía a los viejos de al lado jugando a ese juego de cartas que un día debería aprender. El bullicio de la revuelta llegaba a modo de capa, una capa que sostiene algo invisible. Por detrás de los cristales se veían pasar, además de las motos con el ritmo de siempre, algunas furgonetas de televisiones internacionales. Por un lado estaba todo eso, una revuelta encendida, basada en la euforia, que es la única emoción capaz de mover la tierra junto con el desgarro. Por otro lado estaba mi revuelta. Una revuelta que no comprendía del todo porque se entremezclaba con la revuelta de las calles cercanas a la plaza, con el desasosiego y la euforia. A y J volvían a la pensión por la noche, agitados, con esa agitación que resulta entrañable y hermosa. Salíamos a la puerta y fumábamos en la puerta, a mi me gustaba oírles hablar, de repente ennumeraban cosas de las que jamás habían hablado: historia, movimientos, fechas antiguas, organización, información y base de otros países, nombres propios, estatuas, estatutos, reglas, estructuras de la mentira, opresión, religión, dinero, capital, cifras y todo eso, todo ese vendaval, toda esa hilera mezclada con emociones, con engaño, con dolor, con mentira, con indignación, con terror, con miedo, con desasosiego, con fuerza, con unión. De todo eso hablaban, como si en la revuelta no todo fuera revuelta sino una universidad, una universidad que abría y conducía hacia una clarividencia. Yo creía en ellos, pero no tenía su fuerza entonces, no sabía ver más allá de mi propia revuelta. Como si en mi revuelta me hubieran detenido, me hubieran encerrado en un sótano para interrogarme y me hubiera quedado mudo. Y ellos me invitaban a seguirles pero yo sólo podía sentarme y esperar el día, un día cualquiera, un día cercano pero terriblemente lejos, un día apagado, silencioso. Fumábamos en la acera, iluminados por la farola que colgaba del segundo piso, en la ventana del dueño de la pensión. También, además del humo, había polvo esos días, un polvo que yo nunca había visto, un polvo espeso, rojizo, un polvo que sobrevolaba a ras de suelo, pero que parecía irse alejando por la periferia de la ciudad hacia el más allá. Había revueltas. una, pero muchas, de polvo, de un polvo que se perdía. Luego, invariablemente, lanzábamos las colillas al suelo y de madrugada subíamos a dormir.

Freire vuelve a la finca

Freire detiene el coche en la salida abandonada de la azucarera. Recuerda aquel año excesivamente cálido en que pasaba por aquella carretera y veía, a última hora, salir a los trabajadores caminando a ritmo de elefante hacia el autobús de la fábrica que les acercaba a la ciudad. Entonces su padre seguía carretera adentro, silencioso y se iba haciendo de noche. Ahora recuerda eso con el coche detenido, pensando en ese recuerdo. Luego arranca el coche y trata de recrear aquel viaje que, durante meses, cada tarde, hacía con su padre. Era una época en la que todo estaba colgado de las ramas, unas ramas invisibles y prolongadas que pertenecían a árboles de una extensión fronteriza y seca. Era una época en la que todo parecía extrañamente perdido, pero perdido de nada, porque todo estaba, se veía. Su padre fumaba con desasosiego. Hay fumadores, unos pocos, los menos, que usan el tabaco como una forma casi consciente de suicidio, de lenta agonía. Su padre fumaba así, sabiendo que cada cigarro disminuía, considerablemente, segundos de vida y enganchaba un cigarro con otro, como si fuera haciendo la suma de segundos en su haber. Sin embargo, al final de aquella carretera detenían el coche y se bajaban en una carretera sin asfaltar, abrían la puerta y observaban la evolución de los conejos, un negocio, se viera como se viera, ruinoso de partida, ruinoso económicamente, pero que sin embargo a su padre le daba unos beneficios intangibles, beneficios en forma de paz, una paz extensa, laxa, peculiar, inaccesible y lejana para el resto. Su padre proyectaba en aquellos conejos una forma de vitalidad y evolución, un sosiego y una forma de tormenta de calma. Observaban y anotaban los cuidados de los conejos, se sentaban un rato en aquella parcela en medio de la nada, pegada a una vía de tren desconcertante, en un país en el que no había ningún uso ferroviario, salvo esa vía que a Freire le daba la sensación que cabalgaba hacia la nada. Freire avanza por esa carretera, se detiene en la puerta de la finca, ahora en deterioro, pero deterioro sutil, ese deterioro de las cosas que están inanimadas y percibe esa forma lumínica de la memoria cuando volvemos al lugar donde estuvimos tiempo atrás, que empuja y trae ese tiempo anterior casi delante de tus narices estando, no obstante, en este tiempo. Freire ve de nuevo la vía y durante algo más de un segundo piensa en la posibilidad de caminar sobre ella y ver donde "carajo es que termina esa vía", pero luego se gira y ve la finca y los árboles y recuerda a su padre observando a los conejos, anotando sus estadísticas vitales comidas, cópulas, infecciones. Freire no fuma, pero si hubiera un momento en su vida para fumar sería ahí, justo ahí, y ver como el humo, invisible, si sigue el camino de la vía.

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