martes, noviembre 30, 2010

Jugador de fútbol

Jugaba en un equipo de segunda B, lateral izquierdo con mucha subida, buen toque de balón y pase en largo de excelente calidad. Algunos veían la posibilidad de que se convirtiera en un jugador de algún equipo de mitad de la tabla de primera, sin embargo se destrozó los ligamentos por una entrada terrible en el minuto treinta y dos de un partido intrascendente de mitad de liga. Contra un equipo duro, en un domingo por la mañana de un mes frío del medio del invierno. Obligado a dejar el fútbol, buscó trabajo en la ciudad donde estaba instalado, que era la ciudad del equipo que le había contratado como jugador. Allí se sentía cómodo, le gustaba la tranquilidad de esa ciudad de provincias. Al cabo de cuatro meses había engordado ocho kilos, se había redondeado su cara y su cuerpo había perdido algo de elasticidad. Consiguió trabajo como repartidor de la fabrica de vidrio y por las tardes se juntaba en una cafetería del centro con algunos ex jugadores y gente de alrededor del club. Evidentemente se dio al alcohol. Los domingos que el equipo jugaba en casa, bajaba hasta el campo a animar e incluso a apoyar en la dirección técnica, pero cautelosamente, en el club, le fueron negando amablemente la entrada al banquillo, para terminar en la grada sur. Entre semana, a media noche, llegaba a casa y se fumaba un puro. El puro, pensaba, era el único partido que seguía jugando: "El humo es el balón, no juega para nadie, se extiende por el campo, que es la habitación, el puro y yo enfrentados, la estrategia es disminuir los espacios del otro, atacar y chutar con potencia". Empezó a mantener una relación difusa con una chica más joven que trabajaba en la fabrica. La chica era dulce y a él le agradaba estar con ella. Un día consolidaron su relación en una excursión por la montaña alta, cerca de la ciudad. Durmieron al aire libre, arropados por dos mantas. Esa noche el lloró confesándole que lo que él quería, lo que hubiese querido siempre, era haber tenido una carrera decente de futbolista y que un instante, un píe mal dirigido de un contrincante acaba con tu destino, que el destino es un balón con efecto, que ni el mismo, el balón, sabe si terminará girando, por el mismo efecto, antes de rozar con el larguero. Ella le abrazó y le pidió que le contará como fue la entrada, como fue que se produjo la lesión. El confesó que aquel partido era espeso. El equipo contrario era flojo, de esos equipos que se cierran atrás y no dejan jugar y cortan el partido con un exceso de faltas. Él había subido dos veces la banda y el lateral del equipo contrario le había pateado en el momento previo a que él chutara. La segunda vez, en silencio le insultó y el contrincante le dijo que tuviera cuidado, que no había dos sin tres. Entonces, irritado, en el siguiente balón quiso ofenderle con un regate imposible, el contrincante se deslizó por el cesped en mal estado y le dobló la pierna. Encogido de dolor en el suelo, el contrincante se acercó y le insultó. Lo demás fue difuso, le sacaron en camilla del campo, una operación mal realizada y una carrera terminada de golpe. Ella entonces le dijo que iban a viajar a buscar a ese tipo. La semana siguiente, llenaron el coche con dos maletas y algo de comida. Recorrieron el país en coche. Durmieron en hoteles de carretera donde hacían el amor románticamente. LLegaron a la ciudad pequeña de aquel equipo defensivo. Cogieron habitación en un hostal pequeño, limpio y acogedor del centro. Durante dos semanas, iban diariamente a los entrenamientos de aquel equipo, identificaron al contrincante. Le siguieron con precaución. Un martes, de madrugada, tocaron en la puerta de su casa, él tipo no abrió. Dos días después le abordaron en el portal, amenazado, el contrincante subió con ellos. Entraron en su casa, un apartamento pequeño, decorado con posters de Mágico Gonzalez y Marcos Coll. El contrincante está nervioso y ellos le piden que se siente. Ella entonces despeja el salón, mueve las mesas, desplaza los sofás y los muebles. Mucho rato después el salón está casi vació. Ella saca, de su mochila, un balón deshinchado y lo pone en el suelo. Marca dos puntos que son porterías y le piden al contrincante que se ponga en píe y jueguen, ella arbitrará la contienda. EL contrincante se queda inmóvil, aterrorizado en medio del salón; él, sin embargo, desplaza el balón anárquicamente por el salón, regateando jugadores invisibles y haciendo, a la vez, de narrador. Pasa el balón entre las piernas del contrincante que está llorando silenciosamente. Entonces él se pone enfrente y le dice que inmediatamente se ponga a jugar y que le entre duro, como aquella vez. El contrincante se desplaza despacio, obligado. En el momento que el contrincante va a tocar el balón, obligado, casi empujado por ella, él se lanza al suelo dirigiendo con fuerza y precisión sus piernas para doblar la rodilla del contrincante que cae rendido. Ahí, apoderados por alguna extraña fuerza, juegan, juegan una y otra vez. Fútbol extraño, fútbol salvaje, sin porterías, sin estrategia, una mujer y un hombre contra el contrincante, un enfrentamiento distinto, basado en un fútbol de ataque, duro. Pierna contra pierna, pie contra boca, golpeo sin efectos. Sin sonar, suena el pitido final, se acaba el partido. El contrincante ha perdido, también, su destino. Partido de vuelta. Resultado incierto. Se acaba: y ¿Que hay cuando se pita el final? Silencio.

sábado, noviembre 27, 2010

Los sábados por la tarde en una tienda de ropa

Ella consiguió un trabajo a tiempo completo como dependienta de una tienda de buena ropa en un barrio moderno, algo burgués y con cierto toque artístico. La tienda estaba en un acalle poco transitada de ese barrio, en un local amplio, reformado de un modo minimal y espacioso; la ropa que vendían era sencilla, oscura, firme y bastante cara. La dueña era un tipa de buena familia, que constantemente viajaba con amigas a París y que tenía la tienda como una forma de ocio y trabajo mezclado. Es decir, dedicaba más tiempo a hablar de ropa, a charlar fuera de la tienda y a viajar para conocer tendencias, que al negocio en sí. Para eso la contrató a ella, para cumplir un horario y atender y cobrar al público. A ella le gustaba la oportunidad. El sueldo no era malo y el horario, salvo incluir sábados todo el día, le permitía cierta holgura entre semana. Al principio la esperaba en un café, en una calle paralela, luego fui yendo a última hora a la tienda para recogerla y finalmente pasé algunas tardes de sábado con ella allí. Generalmente entraba muy poca gente, alguna tipa en busca de trapos, un par de compras que, por precios, mantenían el negocio y poco más. A mi me gustaba sentarme en un sofá rojo que había en el centro del local y ver a través de la amplia cristalera, el paso fugaz de la gente por la calle. Era aburrido estar allí, pero era una época que lo demás podía ser más aburrido o no más aburrido, pero la mejor opción era siempre estar con ella, así que entregaba los sábados a estar en aquella tienda poco transitada. Atrás, en la antesala al almacén, la dueña había montado un despacho que apenas usaba, pero que tenía una decoración cálida. La primera vez que hicimos el amor ahí a ella no le pareció buena idea y a mi, sin embargo, me generó una forma estupida de adrenalina a la que absurdamente me enganché. Entonces, mi reto semanal, era fornicar los sábados por la tarde en ese despacho elegante y estilizado. Al principio había esa teatralización cinematógráfica resbalándonos por la mesa de madera antigua, lanzando objetos innecesariamente al suelo, pero que le otorgaban a la escena, un punto más de sensualidad. Luego, pasados los primeros sábados, a mi me gustó probar a ponerle ropa cara a ella para prefigurar aún más la escena. El despacho, toda aquella ropa cara, me producían algo más de excitación. La amenaza permanente de la aparición de un cliente generaban una pizca agradable de ansiedad al acto y alguna vez tuvimos que frenarnos en seco al escuchar el colgante de cristal que, oníricamente, anunciaban la entrada de alguien en la tienda. Ella salía disparada y yo recogía velozmente el leve desorden montado. Un día cualquiera, ella me dejó, sin muchas explicaciones, sin mucho drama y yo me quedé fuera de sitio. La semana era larga y los sábados evocaba los sábados pasados. Se me hizo largo aquel invierno. Pasado un tiempo, un sábado a media tarde pasé por aquella calle, quizá pensé en entrar, hablar con ella, pero me quedé en la acera de enfrente, aprovechando el escondite de la oscuridad de la tarde que ya había caído, viéndola sola a través de la cristalera. La miré, la vi entrar al fondo y tardar un rato en salir. La vi quieta, leyendo a veces, algún bostezo esporádico, la vi empezar a recoger e ir cerrando. La vi perderse por la calle, en la esquina un tipo la saludó con un beso y se fueron de la mano. Entonces empecé a repetir una nueva rutina cada sábado, la de espiarla. Cada sábado por la tarde iba a esconderme en la acera de enfrente para verla. Mis sospechas se confirmaron, lo que empezó como una espera en la esquina terminó con aquel tipo pasando los sábados por la tarde allí. Los vi, a él sentado en el sofá donde yo había estado, los vi entrando poco a poco, sábado a sábado, en el despacho, perdidos durante minutos allí, tras las telas rojas. Seguí volviendo, cada sábado, allí agazapado. Un sábado él no fue, tampoco al siguiente. Tres sábados después le ví aparecer por mi acera, se agazapó a mi lado, comenzamos a espiar conjuntamente. Sábado a sábado. Un día incomprensiblemente, todos los espías que nos fuimos sumando en la acera de enfrente dejamos de ir. La tienda, lo supe después, cerró.

jueves, noviembre 25, 2010

Ciudades fantasma, calles fantasma y fantasmas

Hay determinados lugares en toda ciudad que de cierta forma no pertenecen a esa ciudad. Hay calles que uno conoce de repente, en una esquina hacia el noreste de la amplia urbe, y comprende que en toda ciudad siempre se cuelan calles lejanas de otras ciudades más lejanas aún. Cuantas veces no pasa que se está en una calle y uno sabe que incomprensiblemente se ha salido de la ciudad y se está en otra. A mi me ha pasado en la ciudad en la que vivo, algunas veces. Caminas, levantas la vista y parece que ha cambiado hasta la forma de la luz, hasta el ambiente que transpira, inevitable, toda ciudad y se piensa de golpe, como un puñetazo sensorial:"esta calle no parece de aquí, parece de allí" de una ciudad inexistente, ubicada en el medio de la nada. Pasa, muchas veces pasa. También pasa con algunos locales, sobre todo determinados bares y pasa o me pasó en uno muy concreto, alejado del centro, en una avenida poco transitada, por que si hay algo más desolador que una calle de noche poco transitada es una avenida de noche sin gente, sin tráfico, sólo con farolas que no alumbran a nadie, sólo al asfalto, que es una forma desconcertante de tiempo. Allí, incrustado en un bajo de un edificio triste entré una noche en un pub, un pub de otro tiempo, de esos que había en otra época con sillones de sky negro o rojo, media luz, música incomprensible, de esa de hilo musical, baladas para un mundo venido a menos. El hilo musical es el apocalipsis, el principio del fin. Allí, en esos sitios amargados, donde cumpliendo el cliché, acude el jefe con la secretaria, como la intro de una pésima película porno, en un sitio de un ocio terrible, casi demencial, me encontré con Paul Wilson Dominguez. Paul Wilson, me saluda sin venir a cuento y yo contesto porque a determinadas horas uno contesta el saludo hasta al inventor del hilo musical o el que le dio por pensar en versiones de temas populares orquestados torpemente con cuerdas. Entonces Paul me dice:

.- Yo a lo que de verdad temo no son a los muertos que aparecen o que uno sospecha que aparecen, yo a los que temo son a los otros, de los que nadie más habla. Usted imagínese amigo, ¿que es de la vida de esos muertos de hace doscientos o trescientos años? un muerto más, uno sumado a otro, ignorado por los siglos, aplastado por meses y meses, por el paso del tiempo, anulado su paso por esta tierra. A esos es a los que temo yo. De los que no se sabe nada. A mi se me aparecen algunos, como a todos. Yo he visto muertos de todo tipo, pero esos, esos que no están más, eso si aterra, amigo. Eso es terrible.

.- No se. Da igual. Si no aparecen que mas da.

.- Ese es el problema. No aparecen. Lo bueno es aparecer, pero vivir una vida intrascedente y luego ser polvo cósmico, eso es terrible, viejo. Eso es la insignificancia absoluta. Mi meta, mi única meta, es ser una aparición. La vida, para mi, no es más que la oposición para ser, por llamarlo de algún modo, fantasma. A mi esta tramite, la vida, me interesa más bien poco o lo que me interesa es conseguir las facultades y las virtudes para ser un buen fantasma en el futuro. Eso, amigo mío, eso si que es pensar a largo plazo. Vive una vida miserable y garantízate una vida futura. ¿De qué sirve ser aquí? Esto es fugaz, compadre. Esto es un instante, una eyaculación de la eternidad. Yo quiero ser fantasma.

.- Y lo logrará, amigo. Lo logrará- dije borracho y azotado por una forma desconocida de felicidad.

Aquella noche pasó a otra cosa. Esos bares, esas calles de ciudades infinitamente lejanas aparecen esporádicamente en la ciudad. Lo que no es esporádico en mi vida es lo otro, la aparición constante, molesta y terrible en mi cama del fantasma de Paul. Lo afirmo: Paul Wilson Dominguez logró su cometido en la vida. Ser una presencia. Al menos en mi vida.

.- ¿Verdad, Paul?

martes, noviembre 23, 2010

Santos

Santos bajaba a medianoche a la calle. No era hombre lobo, pero el rito era diario. Con sumo cuidado recorría el largo pasillo de la casa familiar. Atrás quedaba se mujer, dormida, traspuesta, con la boca semi-abierta donde se perdía aquel esplendor, aquella firmeza, aquella luz estelar de cuando tenía dieciocho. Eso pensaba siempre Santos en el instante que cogía los zapatos con cuidado de debajo de la cama y, en calcetines, recorría el pasillo, dejando a un lado su despacho, la sala de estar , el salón. Un recorrido fugaz por su existencia. Santos salía al descansillo, respiraba profundo después de haber sostenido con esmero la respiración en esa travesía, se calzaba y se ponía el largo y oscuro abrigo de tres cuartos y bajaba, a oscuras las escaleras del reputado edificio. Santos, finalmente, alcanzaba la calle, la noche, la otra forma de vida. Oculto, tras el sombrero heredado de su padre, ese sombrero legendario, elegante, que cubría de día las atractivas canas y de noche el rostro de los que miran con malos ojos. Atravesaba las calles más estrechas de su barrio y en una esquina solitaria esperaba paciente la llegada de un taxi citado por la tarde. Sin saludar y con voz rígida comunicaba la dirección, un lugar de difícil acceso a la altura del kilómetro diecinueve de unas de las carreteras dirección Norte. El trayecto era veloz, ofrecía alta propina si sobrepasaban ciertos límites de velocidad y Santos, columnista en periódicos conservadores, reflexionaba y mascullaba, a lo largo del viaje, temas y debates para su columna. Indignado con los caminos de la política gobernante, desconsolado ante algunas de las leyes provocadoras, había encontrado en su columna un lugar donde expresar y trasmitir a un porcentaje alto de la población, la preocupación por ese arma arrojadiza de la libertad mal entendida por los gobernantes que, empeñados en destruir las instituciones básicas de la sociedad, daban rienda suelta a conjunciones y formaciones sociales denigrantes, obscenas y casi sádicas, que amenazaban los buenos principios y al estabilidad, pilares de una sociedad educada y con una ética bien entendida. Finalizado el trayecto, Santos frenaba también en seco sus narraciones mentales de posibles artículos para su columna, pagaba en la zona más oscura del camino y bajaba sin decir adios. Recorría el estrecho camino de tierra donde al final aparecía la reja. Tocaba un timbre y segundos después la misma voz de siempre preguntaba. Santos saludaba como estaba estipulado y la puerta se abría. Recorría el jardín iluminado tenuemente y que a Santos le recordaba a algún fresco renacentista que retrataba el paraíso. Finalmente Santos cruzaba la puerta de aquella casa lejana, subía las escaleras y cruzaba un pasillo silencioso, donde si se afinaba el oído, apagados, graves, casi inaudibles llegaban los gemidos de otras habitaciones. Santos cruzaba la puerta de la habitación Margot, el nombre de la habitación por la que pagaba una cuota mensual. Abría con la llave, sin saber, nunca, quién estaría al otro lado de la puerta. Iluminada con una vela, Santos siempre veía, al fondo una, dos o incluso tres sombras. Saludaba cariñoso, se quitaba el sombrero, el abrigo y la chaqueta. Se presentaba y se acercaba al joven desnudo. Lentamente, mientras se preocupaba por detalles y gustos del joven, se quitaba la corbata, la camisa, el cinturón, el pantalón. Aparecía, por fin, una sonrisa, una sonrisa profunda y feliz, casi infantil, en la cara de Santos. Una sonrisa alargada. Entonces, desnudo ya, se acercaba hasta el joven y pasaba su boca por su cara, susurraba frases poco comprensibles, narraciones de posibilidades. Santos, entonces, emergía como un gran guionista, un guionista que ejercía un papel que el mismo escribía. Santos lo mismo se volvía un profesor suspendiendo a su alumno, que una secretaria que ha cometido un error y le solicitaba al joven desnudo que actuara como un jefe cruel que no perdona a la secretaria un pequeño error. Santos era entonces tantas cosas: Niño, Abuelo, Lobo, Policia. Saltaba por la habitación Margot, feliz, liberado. Gritaba ante la atenta mirada del joven desnudo. Pedía caprichos, posturas, frases, pedía azotes y algún golpe más fuerte. Así, siempre, durante un par de horas. Saciado, se vestía, y serio de nuevo, deshacía el camino. Al llegar a casa, silencioso, cauto, preciso, se metía de nuevo en la cama y pensaba, solemne, en el día siguiente.

sábado, noviembre 20, 2010

Bifurcación de Berlín

No conozco Berlín. Me gustaría conocer Berlín y tiendo a creer que conoceré Berlín antes de morir. Por muchas razones me atrae Berlín. Evidentemente Berlín, su sólo nombre, resuena. Reverbera con una carga emocionante de historia. Hay en su nombre un espacio potente, casi una conclusión: Berlín. Pero también me atrae Berlín porque sueño a menudo con ella y me gusta esa ciudad que he visto en sueños y que podría no parecerse en nada a la Berlín real. Cuando sueño con Berlín no sueño edificios afamados, plazas o puertas vistas en libros y documentales o incluso buenas películas; sueño con calles que jamás vi, edificios que recrea mi subconsciente, aceras inventadas o que sospecho inventadas y que podrían o no ser calles de Berlín. De donde saca alimento mi cabeza para soñar con ese Berlín lo desconozco, tampoco se porque prefigura de ese modo la ciudad. Si imagino Berlín ahora, despierto (creo que estoy despierto, creo que esto no es un sueño ¿o sueño que escribo sobre el Berlín que sueño?) imagino algo que, podría parecerse más al Berlín que me encontraré el día que espero la pise. Pero cuando sueño aparece una ciudad, agradablemente enigmática, escenario de cine negro, que casi se ve en blanco y negro, sus calles no son calles, son ambientes, sensaciones y tienen una iluminación como para otorgarle un premio al director de fotografía de mis sueños. Acudo muy de vez en cuando a ese Berlín onírico que sólo existe, sospecho, en mis sueños. Luego, a partir de ahí, surgen preguntas en el caso de que finalmente me encuentre con la ciudad realmente. La primera es evidente ¿Cuánto parecido habrá entre Berlín real y Berlín que yo sueño? Si sucediera la poco probable posibilidad de haber semejanzas, de que esas calles que sueño existen, sería interesante este proceso de prefiguración onírica de Berlín ¿Por qué mi cabeza prefiguraba con cierta exactitud la ciudad? ¿Cómo se había colado la ciudad ahí? Si sucediera la muy probable posibilidad de no parecerse en nada esas calles solitarias y nocturnas que sueño con las reales, surgirían la pregunta por la que escribo esto: ¿Que sería entonces de la Berlín soñada? ¿Donde iría? ¿Volvería a aparecer? ¿Donde está Berlín, mi Berlín? ¿Dónde existe ese Berlín? ¿Existe? ¿Sueño? Sueño.

viernes, noviembre 19, 2010

Las decisiones de un turista

¿Dónde carajo empezó el viaje? ¿En el momento que lo decidimos, mientras hacíamos las maletas, en el taxi al aeropuerto, en el avión? ¿Dónde le ponemos principio? porque el final ya sabemos donde marcarlo. Son decisiones que te van empujando. De algún modo, de eso se trata la vida, de ir decidiendo constantemente para plantarte donde sea que estés ahora mismo plantado. Juego, si. Casillas de tablero, partida de ajedrez. Las metáforas vales todas. A mi siempre me gustó la metáfora de las carreteras. Si lo piensas por encima, todas las carreteras de un continente están unidas, la ruta la decides tú. Si salieras de casa y girarás a la izquierda podrías terminar, si tu quisieras, en una carretera en medio de Polonia, pero al final siempre decides ir por calles que conoces, a esquinas donde ya has quedado. Al final tu decides que salidas tomar en cada parte de la carretera. Por eso me gusta esa metáfora, también la del tablero, pero en cualquier caso son decisiones, unas detrás de otras, un montón de ellas a cada segundo. Así que pensar donde empezó el viaje es difícil porque podría haber empezado el día que nacimos, o antes, ¿Por qué quién decidió que naciéramos? ¿Lo eligieron en ese coito tus padres? ¿Fue casual? ¿Accidente?¿Quién decidió que nacieran sus padres? ¿Quién? ASí que visto así, es difícil colocar el punto de arranque. El viaje sucedió y quizá lo decidió un tipejo bajo un árbol hace cinco mil años. Lo prefiguró abstractamente, como una especie de ensoñación incomprensible, una sensación difusa, mientras rascaba con una piedra en la corteza de ese árbol. Quizá nos fuimos más que un juego de ese tipejo fugaz, aniquilado de la estela humana por la arena del tiempo. Quizá trazó una línea caótica en la corteza de ese árbol y ahí, ahí ya estaba marcado que tu y yo cogeríamos ese avión y que llegaríamos a Caracas. Ahora da igual. Aterrizamos en Caracas, con su humedad de golpe que te abofetea según bajas del avión. Un puñetazo de una sensación desconcertante porque nosotros llegábamos del invierno, y en el aeropuerto habíamos dejado nieve y temperaturas bajo cero. El resto fueron trámites de viajero. Un taxi que te sube a la ciudad. La conversación amable con el conductor que te habla de política y de beisbol. Y ese hotel que nos daba una vista feroz de una ciudad salvaje. Luces como un cosmos. Eso es esa ciudad de noche: la metáfora del universo. Yo me quedé hipnotizado mirando la ventana mientras se hizo de noche. Lo mejor es llegar a una ciudad cuando está anocheciendo, porque así la entiendes menos y es más lejana y te sientes más ajeno y así el viaje es más consistente, más real. Da igual, fue ahí que pensé que me bajaba a la calle a pasear de noche. Cogí el ascensor sin decirte nada. Crucé el hall saludando. EL recepcionista creo que me quiso avisar pero se contuvo. Yo salí a caminar de noche por Caracas. Un turista desconocido paseando largamente por Parque central de noche. Y fui decidiendo rutas al azar, por seguir con posibles metáforas. Crucé esquinas hasta que vinieron dos tipos de frente y se acabó. Me quedé tendido en una acera de Caracas sin zapatos, sin cartera, ni reloj. Así estaba trazado en la corteza de un árbol hace cinco mil años o después, o antes, pero eso ahora, ya me da bastante igual.

martes, noviembre 16, 2010

Conductor temporal

Primero fui taxista. Taxista sin taxi propio, que somos un tipo de taxistas distintos, subempleados de taxistas, lo cual complica las cosas. Para ser taxista hay que ser distinto, de otra forma. La ciudad se concibe de otra manera, porque la ciudad, cada calle, cada avenida, son tu oficina, el lugar donde sacas alimento. Y yo no aguanté eso. Estuvo un tiempo. Haces muchos kilómetros al día, también piensas mucho. Pero piensas de un modo extraño, del mismo modo que avanzan los números en el cuentakilómetros. Como si la cabeza pensara por si sola, en una suma de reflexiones que su único valor son amontonarse numéricamente. Haces rutas, llevas gente, los analizas superficialmente a través del retrovisor. Fichas que se desplazan, tablero que ha perdido las reglas. El problema es que la gente no se encuentra porque se buscan equivocadamente. Hay un problema que no se identificar, pero hay algo de eso, de juego desordenado, como si una partida hubiera sido agitada y las fichas se hubieran colocado mal, en casillas erróneas. Pero lo dejé, dejé el taxi. Logré entrar en el metro. Conductor de metro. Tu me dirás que es un trabajo raro, claustrofóbico. Todos lo dicen. Siempre que digo lo que soy, todos usan esa palabra. Yo no lo veo así. Yo lo veo como viajes en el tiempo. Nadie me creería, pero un conductor de metro maneja el tiempo, lo domina. Domina el destino de la ciudad, es suyo. Esos vagones llenos de gente que va, que viene, que se cruzan entre sí, que se miran, que se rozan. Gobernado por mi, por mi forma de dirigirlo. Y lo hago, claro que he jugado con ello. Alguna vez me he detenido en mitad de un túnel, uno rato, unos segundos. En seguida se comunican de la central contigo, te preguntan que si pasa algo, que si ha sucedido algo con el convoy. Argumento algún fallo suave, solucionable, pero ya ahí, en esos segundos, quizá en ese minuto he revolucionado todo el destino de los habitantes de la ciudad. La gente que va en mi tren llegará más tarde, se cruzarán ya, segundos después, con otro destino. En la estación siguiente se acumulará más gente en el andén que quizá no se cruzaría. Todo ha cambiado. Pero hay otras formas de tiempo bajo tierra, entre los túneles. En el metro el tiempo se sucede de un modo distinto y yo lo fuerzo. Esa sensación de alargamiento entre estaciones que resultan que están más cerca es real, pero a veces yo disminuyo la velocidad para potenciarla. No te has preguntado nunca en el metro como es posible que sólo hayan pasado dos minutos entre esta estación y la anterior. Tu has leído un buen trozo del libro que llevas o has pensando en tantas cosas y sólo una estación. Miras creyendo que estás más cerca de tu destino, pero no, el metro a veces se sumerge en un viaje y yo lo certifico. Ahí abajo todo es más lento o no más lento, mas dentro. Eso es, se está más dentro del tiempo, cómo si se bucease en el reloj, como si se viajara por dentro de él. Me gusta llevar el metro, ser el primero que ve el túnel, avanzar hacia la estación final, hacia el fin de trayecto, que finalmente es el destino de todos.

viernes, noviembre 12, 2010

El amor

Luego es fácil, claro que es fácil, lo llamas amor y está resuelto pero aquello era otra cosa. No era amor. Yo no creo en el amor. El debate, lo sé, es viejo. Amor. Están esos enloquecidos defensores de esa abstracción imposible, los románticos. Que si, que defienden una cosa que no es. No es amor, es otra cosa. ¿Qué es amor? Aquello no lo fue. Me hubiera arrastrado por el suelo, si hubiera hecho falta, pero no fue amor. No se que es el amor y jamás, nadie, me lo ha podido explicar. Aquello era locura o algo parecido a la locura, a una posesión. Me transformé. Cambié mis formas internas. Mi pensamiento no era yo. Era un haz extraño, dirigido hacia su rostro, porque no confesarlo, también hacia sus piernas, hacia sus gestos, hacia su olor. Si estaba cerca era terrible, si estaba lejos, casi peor. Si nos veíamos en un café, el café era un sitio perturbador, una molestia. Nada era agradable porque todo me separaba de ella. El aire, las luces, el café, la espera, el tiempo, eran muros. Si lo pienso, no se que esperaba, pero todo el rato esperaba, la esperaba a ella, a algo invisible, inaccesible de ella. Su piel, pero era algo más que su piel. Su boca, sus pechos, sus rodillas me producían una forma muy especifica de ansiedad. Los quería en mi pero más allá del puro sexo, más allá de mi boca recorriendo miembros. Quería ir más adentro, más profundo que una penetración, más lejos. A esa zona imposible de los seres. Una zona que nadie conoce, una inmensidad inexistente. Si no estaba todo era terrible y agotador. Recorría las calles mirando rostros, esperando verla, encontrármela por un azar que jamás jugó a mi favor. EN cada esquina sentía un vuelco creyendo haberla visto, pero no, no era ella, jamás me la encontré. Si me quedaba en casa, si estaba con otros, todo se convertía en el tramite de espera para volverla a ver. Eran inmensos tiempos muertos de mi vida. En el trabajo, en la calle, en el baño, en la ducha todo era una imagen imprecisa, indefinida, de su cara, de sus manos, de ella. Era ella, todo el rato, como una marca. Una presencia agotadora, extenuante. No es amor, era locura. No la amaba, no. El amor no existe. Existe una ambición, una ambición incomprensible. Algo terrible. Por supuesto, me apartó definitivamente de su lado. Al principio vi la nada. Un ciego con visión. Ahora sólo la recuerdo. Poco más se. Yo me aparté de esos juegos, decidí no entrar en ese engaño del amor. De ella supe poco, se casó. Fuimos envejeciendo paralelamente, sin volvernos a ver. Ella vive con ese tipo, creo que a eso le llaman amor a lo mío soledad.

martes, noviembre 09, 2010

Performance

No recuerdo quien lo propuso, eso es lo de menos ahora. Supongo que esas cosas van creciendo colectivamente, alguien lanza una frase, otro la recoge y se va creando la idea. El caso es que finalmente lo hicimos. Éramos siete, nos teníamos que colocar en círculo, un círculo cerrado, pues la idea consistía en sacar tu móvil y con la cámara enfocar al que tenías justo detrás, además, en tu composición fotográfica debía entrar, no sólo su cara, sino su móvil y la imagen que a su vez enfocaba él, que sería la del personaje que tenía atrás con su móvil enfocando al de atrás. Ese era el círculo, esa era el ejercicio. Nos sonaba bien, nos hizo sentirnos activos, artistas. Sería nuestra primera performance y nos motivaba. Nos colocamos, el círculo debía ser realmente apretado para que en tu cámara entrara bien el rostro del de atrás y su móvil. Nos reíamos con las pequeñas dificultades. Al colocar la cámara hacia atrás tampoco se sabía si se estaba encuadrando bien la imagen requerida, pero lentamente lo fuimos logrando. El círculo se fue cerrando, fuimos entrando lentamente, alguien dijo:

.- ¿Creéis que ya lo tenéis? ¿Si? Bien girar un momento hacia la pantalla del móvil para ver si estáis encuadrando bien al de atrás y su imagen.

Fui girando, supongo que como todos, como cada uno en el círculo y entonces vi al de atrás sosteniendo su móvil y en su móvil vi al de atrás sosteniendo su móvil donde se veía al de atrás y fui viendo y me fui perdiendo, a lo lejos me vi por primera vez y fui cayendo, fui entrando. Giré, no supe de los demás, pero cada vez estaba más dentro, más profundo en el círculo, espiral, ciclos. Estaba aquí y si seguía girando volvía a aparecer círculo adentro, reducido, pequeño. Velocidad de vértigo donde veía pantallas que me lanzaban a otra pantalla donde volvía a aparecer yo mismo y seguía lanzado. Dejé de ser o me multipliqué. Vueltas. No recuerdo quien lo propuso pero no hay manera de salir de aquí, de este círculo.

domingo, noviembre 07, 2010

Minotauro

Hay poetas que murieron torturados. Golpeados por las manos de cabezas dominadas por la locura. Arrastrados por suelos mugrientos y sospechosos que eran el epicentro de la injusticia, pero suelos legales, gubernamentales, legislados, repletos de cargos en pirámide que iban aumentando en maldad, por evidente que parezca. Pero hay otros poetas, en mundos crueles pero mucho menos, que son torturados por si mismos, por sus propias cabezas. Que se arrastran ellos, con sus propias manos, por otros suelos que son sus miserias, por su propio ego que les golpea una y otra vez, que los maltrata y les llena de moratones en la moral. Paranoicos, obsesivos, no quieren, no quieren a nadie pero a quien menos quieren es al otro que habita ahí, dentro. En ese laberinto terrible. Tristes, venden su alma a lo que ofrecen. Quieren ser y son pero también son lo otro que no quieren ser. Olvidan esos poetas que todos somos fugaces, prescindibles, olvidables o no lo olvidan, lo olvida el otro, el que habita con ellos en ese laberinto.

viernes, noviembre 05, 2010

El escritor de cuentos cortos

1.- Recortando un cuento corto.

Escritor, a tiempo parcial, de cuentos cortos que hablaban de cuentos cortos o de cuentos cortos con final abierto, que son cuentos cortos infinitos.

2.- El editor comunicó que aún no había terminado de leer aquel cuento corto

Empeñado en encontrar una palabra que fuera de principio a fin un cuento corto.

3.- Esto no es un cuento corto. Es más largo de lo que parece.

Generalmente jugueteaba con la idea del cuento fugaz o poco definido.

4.- ¿Si corto un cuento tengo un cuento corto?

Los recopiló, uno detrás de otro. 1, 2, 3, 4, etc, etc... y fueron muchos cuentos cortos

5.- El mejor cuento corto es el que más rápido se lee y del que más tiempo perdura su lectura.

Los corrigió, los presentó, orgulloso, decidido. Los mandó a editoriales. Esperó respuestas

6.- Todo principio es un cuento corto con final abierto.

Desesperó. Nadie contestaba.

7.- Si escribiera un ruido, todo lo que ese ruido conlleva es, de por si, un cuento. ¡Plash! Imaginen ustedes.

Pasaron dias, meses. Nada. Dudó. ¿No gustan mis cuentos cortos?

8.- Espacio para rellenar por el lector.

Las esperas, decididamente, no son cuentos cortos.

9.- Los grises de un escritor en blanco.

Pensó, concluyó. Nadie publicará mis cuentos cortos. Ese día tenía una carta en el buzón. La abrió.

10.- Este cuento se acabó

En la carta se leía: "Hemos recibido sus cuentos cortos. Aún los estamos leyendo"


Música diaria

Suenan: Los muelles de la cama mientras giras tu cuerpo para levantarte, los píes en el suelo cuando das los primeros pasos del día, la puerta medio cerrada de la habitación mientras la vas abriendo, la puerta del baño. Suena la orina en el retrete, suena la cisterna. Suenan de nuevo tus pasos en el suelo, retumbando lejanamente, como si aún caminaras por los sueños. Suena el interruptor de la luz que has pulsado porque aún no ha amanecido del todo y no se ve bien. Suenan las puertas de los armarios de la cocina mientras buscas el café, la cafetera, la cucharilla. Suenan los giros en la cafetera, el grifo que abres y por el que corre el agua que terminará volviéndose café. Suena la cafetera cerrándose. Suena la bolsa de pan, la tostadora, el café que sale anunciándose, sabiendo que con él arranca definitivamente el día. Suena tu garganta carraspeando, el sonido sordo de un bostezo. Suenan otras puertas, paredes , suena a lo lejos la ciudad. Suena la ducha, ese viaje inexplicable del agua caliente hasta la piel, el cepillo de dientes, más pasos, la primera canción del día, el armario, el teléfono, la puerta de casa, el ascensor, la voz de un vecino que saluda, la calle, sus coches, sus autobuses, bocinas, un murmullo gigante de niños en el colegio a lo lejos, miles de pasos en la acera, conversaciones que pasan, otros teléfonos, la locución del metro anunciando paradas, el compañero de vagón que desprende desde sus auriculares el sonido no identificable de una canción. Suenan ruidos, el tren en la vía, la gente, el día, lo que no se sabe que se escucha. Suena todo, suena el tiempo, suena tu vida.

jueves, noviembre 04, 2010

Dos siglos

Entré en casa hace dos siglos. No he vuelto a salir. La última vez que crucé esa puerta venía huyendo, venía corriendo. Abrí a toda prisa, asustado. Crucé y cerré la puerta de un golpe, pasé la llave, bajé las persianas, apagué todas las luces y me quedé en silencio. Suspiré unas cuantas veces, me senté. El miedo fue disminuyendo, se fue instalando en mi una leve seguridad. Afuera, a ratos, escuchaba sonidos, ruidos que no quise interpretar. Cuanto más tiempo pasaba más tranquilo me sentía, mas seguro estaba. A veces, cerraba los ojos. Imaginaba cualquier tipo de espacio. Inicialmente veía agua, orillas, espacios que se extendían en agua. Lugares apacibles. Luego fui viendo sitios menos concretos, siempre muy abiertos, muy extendidos. Finalmente desaparecieron geografías, sólo veía no límites. Allí me instalé mentalmente. Fue pasando el tiempo, los primeros años. No noté ninguna ausencia. Estaba bien a solas, a oscuras, en silencio. Estaba cómodo en esos no espacios ilimitados. Ignoré, entonces, en todos los sentidos, lo que sucedía al otro lado de la puerta, de las ventanas, más allá de las paredes de mi casa. Pasó el tiempo, pero ignoré también ese paso del tiempo, porque ignoré todo aquello que sucedía, lo físico, lo concreto e incluso lo abstracto. Me instalé en una delicada nada. No tiempo, no espacio, no cuerpo. Durante años habité en esa quietud, en esa transparencia. Olvidé mis formas, mis pensamientos, me olvidé de todo. Siglos, si. Dos siglos. Dos siglos ausente incluso de mi mismo, logré deshacerme de todo, sólo una cosa quedó instalada, la única, la potente. Sólo eso siguió allí, inmóvil, estático, insuperable. Dos siglos junto a ese vacío, superponiéndose a lo que fui, al tiempo, al espacio. Dos siglos y no hubo manera. Entonces, hoy,finalmente me puse en píe y volví, abrí la puerta, caminé por la calle. No reconocí nada. Evidentemente, ella ya estaba muerta.

martes, noviembre 02, 2010

Contrarreloj

16:37. Tengo tres minutos para escribir esto, y después de esto ya son dos cuarenta y cinco. Es importante lo que debo de anotar y muy poco el tiempo que tengo. Tres minutos escribiendo son apenas unas cuantas frases apuradas. Si quiero ser concreto y concentrar en este texto el mensaje importante que debo trasmitir no debo pensar mucho las frases, apenas detenerme. Me quedan dos minutos, pierdo el tiempo. Avanza y me condena. Tengo cada vez menos, me aprisiona y lo pierdo. Me detengo unos segundos para centrarme, para buscar las frases exactas que debo transcribir desde mi cabeza hacia la página. Es tan poco tiempo que me oprime y me desconcentra. Me empuja el tiempo, me expulsa del texto desde el instante en el que lo he empezado. Un minuto, debo decirlo. Debo trasmitir la situación a la que estoy sometido. Se me escapa. Ellos me obligan....

PD: El texto fue escrito bajo esa condición. La de los tres minutos. A las 16:4o lo cerré.

Carnaval en una ciudad triste

Dejé de verle en el año 96. No fue mi mejor año, aunque tampoco fue el peor. Nunca hay un peor año de tu vida. Si puede ser que en general el año 96 fuera desolado o algo parecido a un aislamiento. El caso es que fue un año en que las cosas empezaron a cambiar y la gente de entonces, con la que pasaba más tiempo, empezó cada uno a llevar otros ritmos. En general yo habitaba en una forma imprecisa de aislamiento y quería largarme, pero largarme seguramente a un destino invisible porque en general había perdido la brújula. Recuerdo plantearme irme a vivir a Argentina donde no conocía a nadie, pero uno puede plantearse cualquier destino cuando ha perdido el suyo. A R le dejé de ver en esa época. Nos llevábamos bien y mal. Creo que éramos muy parecidos en aspectos y opuestos en otros, también había zonas de nuestra personalidad que no eran trasladables a nuestra relación. Habíamos sido íntimos y generalmente nos atraían las mismas tipas. Fuimos novios de una misma chica con la que yo terminé estando un tiempo y sospecho que él me recriminaba en silencio eso. Sin embargo la chica se convirtió en algo contundente durante un tiempo. R fue evaporándose en otras rutinas en las que yo ya no fui entrando aunque el, tiempo después, me comentó que le dio tristeza ver que yo me fui alejando. Nunca desvelé que en realidad en esa época me alejé de todo, de R, de la novia que tuvimos en común, de mi casa, de mis discos y me quedé con algunos libros que se volvieron importantes. Uno puede depositar todas sus esperanzas en uno, dos o tres libros y esos libros pueden acudir a tu grito de auxilio y responder con creces al desgarro. Así que dejé de ver a R, le perdí la pista o él me la perdió a mi: esos juegos de amistades tienen siempre las dos caras, somos todos alejándonos y acercándonos. Luego, años después, me llegaba alguna frase, algún eco, poca cosa. Había vuelto a su ciudad donde los dos habíamos viajado alguna vez, se dedicaba a un negocio familiar y seguía conectado de algún modo con la música. Me imaginé siempre que su vida era triste, que seguramente había engordado mucho y que aquella forma de rebeldía se había ido aplacando hacia una cierta amargura vital, pero generalmente nos equivocamos con las prefiguraciones de las vidas presentes de la gente del pasado. Un día, hace muy poco, alguien me habló de R, comentarios difusos, ningún dato revelador sobre su vida. Mientras el otro me hablaba recordé una noche un río con R, había más gente. R me propuso fumar marihuana por primera vez, ambos nos estrenamos juntos. Los demás en esa noche en el río no sabían nada. Salimos del agua y nos fuimos monte adentro, fumamos torpemente. R me indicaba las instrucciones para hacerlo bien. Aspiramos, cerramos los ojos y volvimos al río donde un grupo de gente, en el que no conocía a nadie, bebían metidos en el agua. Esperé algo, sensaciones especiales durante un rato, pero lo que acudió a mi en esa madrugada en el río fue un letargo agradable, miré a R varias veces que miraba algo y luego a mi y hacía un gesto invisible. Luego se acercó nadando y me preguntó que sentía y yo le contesté que lentitud, como si la corriente estuviera deslizándose hacia el aire. En el grupo de gente de desconocidos para mi, había un tipa extranjera, iba con su novio, que era de esa ciudad triste donde estábamos pasando el carnaval. La tipa salió a la vez que yo del agua, ambos argumentamos frío. Yo me metí en un coche a cambiarme y la tipa entró medio desnuda e hicimos el amor o ella hizo el amor y yo algo indefinido porque estaba aterrorizado con la fácil posibilidad de ser descubiertos por su novio que estaba a unos metros , en el agua. El sexo fue extraño pero aún así, bajo la torpeza y la sensación de urgencia, velocidad y peligro, lo disfruté. Minutos después aparecieron todos. Discutiendo, insultándose. R estaba indignado, violento. Nos montamos en los coches. Yo estaba asustado con una mezcla confusa entre la paranoia de que aquella situación se estuviera dando por el sexo con aquella chica impredecible y por las sensaciones aletargadas de mi primera experiencia con la marihuana. El asunto lo comprendí al llegar a la ciudad triste que aún celebraba carnavales. El novio de la tipa había acariciado bajo el agua a R y a R el asunto le pareció irrespetuoso. Luego yo le confesé a a R lo que había sucedido con la novia del tipo. Creo que sonreimos. Caminamos y me preguntó que si había sentido cosas con la marihuana. Contesté que si.

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