jueves, julio 29, 2010

Delayed flights

El viaje desde Dubai hace escala en Frankfourt. A Frankfourt llegamos con retraso y perdemos la conexión. Al bajar del avión una señorita nos informa, con un tono cruelmente amable, que no podemos enganchar ya con ningún vuelo hasta nuestra ciudad, con lo cual nos recomienda, dada nuestra prisa, comprar un billete de la misma compañía hasta Londres y de ahí hacer escala hasta casa. Recorremos un pasillo alargado y psicodélico que recuerda a una película sin título y llegamos a un nuevo terminal. Compramos el siguiente a Londres que sale en 38 minutos. Buscamos o busco; voy sólo, así que aún narrando en plural esta historia sucede en singular. Esperamos pacientemente los 38 minutos y embarco. El avión realiza su vuelo con profesionalidad. Ningún altercado. Aterrizamos en Londres, corremos a coger el enganche, pero cuando llego a la puerta 56 leo en la pantalla que el vuelo ha sido cancelado. Un joven uniformado, con cara de circunstancias atiende las numerosas quejas de los pasajeros sin vuelo. Después de esperar una larga cola me atiende, me recomienda volar a París y allí si, enganchar con otro vuelo a casa. Obedezco. Salgo corriendo a por el vuelo de París que sale en 19 minutos, lo alcanzo y me monto. De nuevo, y esto me resulta sorprendente, me toca ventanilla por tercera vez consecutiva. Una vez sentado y con los motores en marcha, el comandante anuncia problemas en el aeropuerto para despegar. Los minutos, los largos minutos pasan sobre una pista de aeropuerto. Mucho después, quizá una hora, quizá dos, despegamos. Todo el vuelo asumo que inevitablemente, y debido al retraso, ya he perdido mi conexión en París. El aterrizaje es raro en Francia. El avión toca suelo de un modo impreciso y vuelve a despegar. Ascendemos cuando casi habíamos aterrizado. El comandante anuncia problemas para aterrizar y lo vuelve a intentar. En París, después de varias discusiones y algunos gritos, decido coger un vuelo a Roma que enganchará con un vuelo a casa. Lo intento de nuevo. En Roma, evidentemente, pierdo la conexión. Allí me recomiendan un vuelo a Marrakech para enganchar con un vuelo a Lisboa y de Lisboa a Madrid. En Marrakech tengo un altercado en la aduana y esos minutos de oro me hacen perder el vuelo a Lisboa. Tras muchos problemas cojo un vuelo a Bamako para enganchar con un vuelo a a Tanger y si todo va bien, en Tanger abandonar los aviones y subir a Madrid en coche, en tren o andando, pero olvidarme de los aeropuertos. En Bamako los retrasos son irreales. Paso dos días en el aeropuerto. De Bamako vuelo a Milán, de Milán a Berlín, de Berlín a Zurich. En Zurich dominado por un sentimiento pasajero de locura decido tomar mis decisiones de destino para realizar el trasbordo a casa a partir del alfabeto. Si estoy en Zurich, debo ascender alfabéticamente y volar a algún lugar cuya primera letra sea la Y. Vuelo, y esto es complejo porque hay vuelos cada tres días, a Yalta. A Xcaret llego de un modo extraño e indescriptible. De allí a Washington, Veracruz, Uji. Sigo de avión en avión, en ese pasillo eterno que son todos los aeropuertos, que son infinitos pero que son uno, el mismo. La puerta que se abre y se cierra. Trasbordos que te llevan más cerca o más lejos de casa, el transito permanente. Conocí muchos, distintos, iguales. La voz del altavoz que anuncia el siguiente despegue o que recomienda tener cuidado con las pertenencias. Las tiendas que son distintas pero la misma, que ofrecen objetos que diferencian e igualan el mundo. Volé, volé sobre todos los mares, sobre todos los continente. Crucé países, descifré sus geologias desde esa vista privilegiada a siete mil metros de altura. Ví nubes pasar, esa vaporosa forma aérea que recuerda a los sueños y a la memoria. Cruce, recorrí y jamás llegué a casa. Seguiré, engancharé vuelos, uno tras otro, en ciudades remotas, inconexas, que nada tienen que ver salvo ese vuelo nocturno que las une mientras sus habitantes son ajenos a la vida del otro extremo de ese vuelo. SOy ese avión que sobrevuela sobre tu cabeza mientras caminas al trabajo, mientras besas a tu novia a la salida de un restaurante donde cenas comida japonesa. Soy ese avión, esa fugacidad que jamás llegará a casa, porque mi vuelo llegó, por siempre, en un eterno retraso.

miércoles, julio 28, 2010

Vacaciones, vacaciones, vacaciones....

A esa hora nadie baja a la piscina. Es la hora del medio en el hotel, la hora frontera, la hora no hora porque o bien aún están en la playa o bien duermen la siesta para despejarse en la noche. Hace calor y me gusta bucear despacio, dominado por esa laxitud poderosa que hay bajo el agua. Disfruto del cambio de temperatura corporal y de los cambios de velocidad en mis movimientos. Luego ya salgo a flote y braceo pausadamente rodeado de ese azul eléctrico acuático y mantengo la posición sobre el agua. Tiendo a pensar que prefiero esa sensación de ingravidez al siempre humano deseo de volar. A veces tarareo algo que invento y sigo braceando. Llego a la escalera y la asciendo e imagino un extraño asunto de naves y cometas. Generalmente me quedo sentado en el bordillo y espero los minutos que pase. Es puntual y rutinario. Sus gestos son casi siempre exactos. La toalla colgando del cuello, el andar decidido y silencioso, la camiseta en una mano y las bermudas limpias y elegantes. Saluda en el mismo tono cada día y pasa de largo. Entonces me levanto delicadamente y comienza la persecución diaria. Él entra en el ascensor y subo apuradísimo por las escaleras, Subo los escalones de dos en dos, si me veo fuerte incluso de tres en dos o hasta de tres en tres. Llego a la cuarta planta, siempre le alcanzo cuando el ya está al final del pasillo. Dejo las sandalias en el rellano y camino despacio sobre la moqueta granate. El pasillo gira un par de veces como dirigiéndote a un destino confuso, laberíntico. Mantengo la distancia prudencial, camino silencioso y trato casi ni de respirar. El avanza constante, con ese andar llamativo, envidiable y elegante. Entonces siempre sucede lo mismo, saca la llave de uno de los bolsillos y abre con muchísima cautela. Siempre mantengo la distancia y el silencio. El deja la puerta abierta. Lo que sigue, como todo lo que ha sucedido, es exacto cada día. La misma frase de recriminación, el mismo altercado que reverbera por todo el pasillo. El eco de lo que se dijeron ayer, antes de ayer y hace tres días, se repite. Entonces se escucha, como siempre, repetido, exacto, el grito de ella y el insulto final que le delata, que le desvela como asesino, como el hombre que la mata. Entonces, como cada día, yo salgo corriendo para tratar de evitar lo inevitable. Entro y veo el cuerpo de ella tendido en la cama y la mirada aterrada y ya arrepentida de él. Le miro, me mira y salta ventana abajo cayendo exactamente en el mismo sitio siempre, en el centro exacto de la piscina. Ahí, justo ahí arranca de nuevo el ciclo, la repetición en la que llevamos años, décadas, quizá siglos y de la que jamás saldremos, el loop eterno: Las ansiadas vacaciones eternas.

miércoles, julio 21, 2010

Un terrible asunto de oficinistas

¿Cómo explicarlo? Mi vida salió impresa en un folios. No fue que yo hubiera escrito un largo texto autobiográfico narrando mis alegrias y desdichas a lo largo de los días en este planeta y finalmente le hubiera dado a imprimir para tenerlo físicamente. El asunto fue diferente e inexplicable.

Horario de oficina, cuatro semanas de vacaciones al año, catorce pagas. Cesta de navidad. Mi vida no era especial, pero no estaba mal. No me excedía en horas, en verano jornada continua, un ambiente relativamente amable en el departamento. Un puesto con responsabilidades y cierto toque de creatividad en determinadas decisiones. Un compañero de igual a igual. Buena relación, sin grandes emociones, sin compartir secretos, pero una relación cómoda. Ambos trabajamos centrados en los mismo proyectos, misma responsabilidad, entrega parecida. No escatimamos esfuerzos cuando son necesarios. De resto poca cosa. Una pareja estable, dos hijos educados, buenos chicos. Algún viaje veraniego y reuniones con amigos los fines de semana. La felicidad no precisa de mucho más. Se puede contabilizar, pones los peros y los contras de tu vida y restas, el resultado en mi caso era positivo, por lo tanto era feliz. Pero salió impresa toda mi vida, de repente, por aquella impresora HP 8500. Un robot escupiendo documentos muchas horas al día. El lugar donde se concretan contratos. Papeles que luego han de ser firmados, leídos con atención. Ahí, ahí salió mi vida impresa, entera. La vi en aquella hoja miserable. Cada caracter de tinta negra eran mis venas, mis pasos, mi existencia. Ahí estaba mi existencia reproducida, en cada giro de letra, en cada línea. Yo me había levantado de mi lugar recoger el contrato que firmaríamos esa tarde. Lo había leído detenidamente, estaba bien redactado, sin errores, concreto, preciso. Álvaro lo había leído a su vez, le parecía bien. Confiaba en mi redacción, se me daba bien. Imprimí. Caminé ajeno a ese encuentro con todas mis frustraciones, con todos mis pasos en falso, con todos mis errores. Recorrí el pasillo pisando la moqueta, pasando al lado de Paco, que de camino soltó alguna frase sobre mi equipo de futbol que había perdido ese fin de semana, seguí de largo. La oficina espaciosa, la luz que entra desde la avenida, la vista privilegiada de ese piso elevado de ese bloque de oficinas. Entró en la sala de máquinas y de golpe mi vida impresa. Encima de mi contrato recién impreso, aún caliente, está otro folio. Lo cojo sin saberlo, creyendo que estpy cogiendo la página 1 del contrato y leo y todas las imágenes se vienen, diecisiete años de entrega, de compañerismo se condensan en la nómina impresa de Álvaro. La nómina elevada, que casi duplica mi sueldo de mi compañero de mi otro yo laboral. Dieciesiete años trabajando mano a mano, en las mismas labores. Mi vida entera impresa en ese papel. Mi conformidad, mi confiar en la gente y Álvaro callado, con su sueldo tremendo. Y veo a mi mujer hablando siempre bien de Álvaro " ese buen hombre, ese gran compañero" y las cenas empresariales junto a Álvaro y las sonrisas de los otros y Álvaro callado. Las hijas de Álvaro, la mujer de Álvaro en aquel viaje mirandome distante, conociendo seguro mi conformidad. Mi vida impresa en la nómina de Álvaro. Y Vuelvo por el pasillo y le digo a Álvaro que relea el contrato y pongo su nómina en primera página y Álvaro que levanta la vista, sonríe y dice "algún día lo tendrías que saber". Y me acerco a la mesa y llamo a mi mujer y hasta ella parece saberlo "¿qué más da lo que gane Álvaro?" y cojo la grapadora y la lanzo contra Álvaro y lanzo el teclado contra su jodida cara de falso y lanzo el monitor y subo a la mesa y grito insultos extraños, incomprensibles y veo de nuevo la nómina de Álvaro y mi vida entera se desvanece en esa cifra.

martes, julio 20, 2010

Los críticos

La historia es un poco la de siempre, con sus variaciones, con sus personalizaciones, pero básicamente se desarrolló con una estructura al uso. Ella era amiga de un amigo común, una fiesta, algunas copas, buena música, una temperatura agradable sobre la ciudad, profesiones semejantes, conversación fluida. Atracción, para que llamarlo de otra manera. Dos personas se atraen por diferentes motivos en los que no descartamos la posibilidad de elementos químicos y físicos. Así que esa noche terminamos en la cama. Un previo acertado y positivo en el sofá. Mi ritmo de caricias es ascendente con elementos de sorpresa. Ella está elegante en el beso y precisa en la transición del romance al sexo. De ahí pasamos a la cama. La velocidad a la hora de desvestirnos contiene las características que a mi más me excitan. La ropa cae acompasadamente entre algunas baldosas y entremezclándose con las sábanas. El sexo es excitante, divertido y bastante creativo. Ella ofrece variedad pero sin aceleraciones ni precipitaciones, nos deleitamos en las posturas sin movernos a la siguiente antes de lo esperado. Ambos gozamos de las posibilidades y recovecos de nuestros cuerpos y sacamos partido al placer.

La relación crece y aumenta. Terminamos viviendo juntos. La frecuencia de sexo entonces es satisfactoria. Jamás recurrimos al sexo por recurrir, por artificio. El dialogo corporal es adecuado, preciso y emocionante. Ella, no obstante propone variar algunas situaciones que empiezan a ser rutinarias y yo acepto. Me gusta su capacidad de innovación, sin saltarse la estructura clásica. A ambos no nos gusta la experimentación en las estructuras porque si, sin más. Aquello debe tener una explicación y salvo en determinadas ocasiones el sexo transcurre alegremente y con finales más que aceptables.

De un tiempo a esta parte he notado que se ha perdido frescura, es cierto. Hace cuatro o cinco noches a mi me pareció que hicimos el amor con cierta urgencia, que el ritmo perdió dinamismo al final y que no supimos mantener constancia en el crecendo. La semana pasada, por ejemplo, el previo o arranque me pareció algo brusco e incluso aburrido. Ella tiende a lanzar su mano rápido y no siempre controla las velocidades. Al final ella se quejó de que mis gemidos no parecían del todo naturales, aunque bien es cierto que hubo un momento brillante en la ascensión. Ella se movió con brillantez a ratos y hubo instantes del polvo que fueron muy aceptables. Ayer, por ejemplo, ambos terminamos algo defraudados. Faltó creatividad y nos dejamos llevar por la rutina. Fue rápido por urgente, por innecesario y nos hemos planteado pensar bien el siguiente sexo, no hacerlo porque si. Tendemos a dejarnos llevar y estamos perdiendo la esencia del sexo. Esta mañana yo he probado según me he despertado, creo que estaba influenciado por un sueño acelerado con una compañera de trabajo y me he lanzado poseído encima de ella. No ha sido un mal sexo, pero tampoco es para hacerle una gran crítica. Quizá yo iba empujado por los ecos del sueño y necesitaba menos mimo e ir más al grano, a ella por otro lado la ha pillado de sorpresa y le ha costado entrar al calor, por eso quizá ha estado algo fría. FInalmente nos hemos ido entregando casi ritmicamente pero es cierto que hay veces que un poco de menos sincronía otorga enigma y persecución. Hoy cuando llegue probaré a recurrir a la estructura que aplicábamos las primeras veces. Al final siempre hay que recurrir a los clásicos.

PS: Cabe la posibilidad de que existan.

lunes, julio 19, 2010

Fragmentos de misma duración

Recibo un mail en el que alguien querido me narra la trascendencia de 14 minutos que por otro lado podrían haber resultado intrascendentes. La narración es emocionante, honesta y cargada de símbolos, llena de azar, destinos y posibilidades. 14 minutos que pasan relativamente rápidos pero que reverberan algunos días después y que dejan la sensación, siempre fulminante, de esas otras vidas que no alcanzamos a vivir, de las otras posibilidades de nosotros mismos. 14 minutos que pueden o no cambiar tu vida, su curso. Luego salgo a la calle, no queda nada en casa y salgo a un chino a comprar algo de pan para cenar. Camino pensando en los 14 minutos y pienso en otros catorce minutos. En fragmentos de tu vida que pueden durar esa cantidad exacta de minutos:

Una conversación con alguien que hace tiempo que no ves en una fiesta; un trayecto; la lectura de un cuento corto, la escritura de algún post en este blog, la espera de tu turno en el médico, algún polvo que ya no se recuerda, una comida solitaria en una cafetería un día de mucho trabajo a las afueras de la ciudad, la segunda cerveza de un reencuentro importante; la conversación veloz, dolorosa y traumática de una ruptura; una ducha larga un día de enorme resaca y frío exterior; las tomas de pecho de tu primera hija; un baño en el mar a solas en el que nada y el resto de tu vida cambian porque mar, corrientes y temperatura te parecen la metáfora que de repente te explica todo esto; los minutos que llegaste tarde a una cita borrada de la memoria; los minutos que tardaría en pasar el metro en aquel andén silencioso y vacío y en el que sentiste por primera vez la más profunda y exagerada soledad; escribir un mail que no envías; el aterrizaje de aquel vuelo que te llevó a la ciudad que más te ha gustado en el mundo; el silencio en el que estuviste a solas decidiendo algo que parecía trascendente; una canción profunda, hipnótica, sensacional y extraña de un grupo de nombre inexplicable; uno de los primeros besos allá con trece años; el retraso de ese vuelo en el que esperas a alguien que hace cuatro años que no ves...

viernes, julio 16, 2010

Ojos que se mueven

.- El problema son los ojos, su ubicación inmóvil. Habría que moverlos de vez en cuando, colocarlos en otras partes, en otros ángulos. Por ejemplo colocarlos de vez en cuando en los omoplatos. Ver el mundo desde ahí, desde esa perspectiva que jamás tenemos, la parte de atrás. Es tan dictatorial siempre ahí, siempre delante, siempre a la altura de los ojos. Moverlos otras veces a la altura de las rodillas. Ahí, en esa parte del cuerpo que todo sobrevuela a ras de suelo. El problema es que siempre hablamos desde aquí, desde esta única perspectiva privilegiada, es cierto, puesto que está en la parte alta; pero serían otras visiones, otras formas. Los ojos a ratos en los omoplatos. Caminar y ver lo que sucede por detrás, ver que dejamos en vez de lo que viene. No anticiparse sino rememorar, comprender a paso dado. Habría riesgos, claro. Tropezaríamos con las aceras, cruzaríamos peligrosamente los semáforos, pero sin embargo comprenderíamos como fue el camino que hemos ido recorriendo. O los ojos en las rodillas, ahí abajo donde se cocinan tantas cosas, ahí donde se hace el giro para el siguiente paso. Ver el camino más de cerca, observar de cerca las irregularidades del trayecto, las texturas de por donde vamos caminando. O más abajo aún, colocar los ojos en los tobillos o en los talones. Colocarlos otras veces en las manos. Coger las cosas y ver tan de cerca que es eso que estamos cogiendo. Sin embargo nada es móvil salvo el completo. El cuerpo se mueve en bloque pero no es móvil por partes. Todo variaría porque la vista sería otra. Pensamos todo desde esta altura, desde esta visión. Propongo mover nuestros ojos para mirar desde otros puntos de vista, pero no ya tanto intelectuales, racionales, sino físicos. Ver desde los dedos, desde la coronilla, desde las nalgas. Girar la visión y seguramente obligar a desplazar la percepción y por lo tanto el pensamiento. Hagamos pues el esfuerzo de pensar como si moviéramos los ojos de sitio. Pensemos con los ojos en las nalgas, en la punta de los dedos, en algún lugar remoto de la extraña geografía corporal.

jueves, julio 15, 2010

Avispa

Escuchó un perro ladrar a lo lejos, una brisa levemente fresca atraviesa el espacio en el que estoy ubicado. He dejado unos segundos en los que parecía que no estuviera ocurriendo nada. Hay un instante al final de la tarde en verano en el que el tiempo se mueve de un modo radicalmente distinto o apenas se mueve, y sin embargo notas que el sol va decreciendo con más velocidad que a lo largo del día. Son las horas en que más cambia la luz. Se va de la luminosidad absoluta hacia la noche. He cerrado los ojos, he imaginado un espacio abierto, inmenso. Tiendo a imaginar espacios abiertos, casi de paredes blancas o paredes que no son paredes porque eso que veo como blanco en realidad se puede atravesar. En una ventana a lo lejos hay colgadas unas sábanas que a ratos se mueven poquísimo, seguramente impulsadas por esas brisas invisibles que tanto se agradecen. A mi lado hay una flor blanca. Más allá las sombras de otros edificios. He pensado en gente que hace tiempo que no veo. Estarán por alguna calle de la ciudad ahora mismo o quizá pensando en cualquier cosa, están, viven sin embargo la gente que no vemos, que no percibimos cerca parece que habitan en un mundo que no es del todo este. Eugenio, por ejemplo. Eugenio andará ahora por Madrid, o estará en su casa esperando a que pase el calor, pero si pienso en Eugenio no lo percibo en esta realidad, está en otro lado, en una dimensión paralela, en un lugar que está y no está aquí. Está en otro verano o a lo mejor soy yo el que está en otro verano, en otra hora. En esta hora lenta que cae y sigue, que todo se detiene y avanza. Oigo una avispa, pasa y sigue. Poco después ese sonido vuelve a escena. Pienso entonces que me gustaría una canción que se llame avispa. Esos son los significados de ciertos títulos, Avispa a secas para mi puede ir ligado a este momento laxo, quieto, pacifico; sin embargo podría haber tantas lecturas en un título como avispa. La avispa sigue su vida y yo sigo la mía, ambos nos quedamos en este instante no detenido pero que podría parecerlo. No hay instantes detenidos salvo en las fotos, que asaltan y detienen algo que realmente jamás sucedió, porque nada se queda tan quieto, sin tiempo. El vuelo de la avispa nunca estuvo quieto. Sin darme cuenta tarareo un coro repetitivo. Los sonidos van y vienen. El perro ya no ladra. Las sabanas siguen moviéndose aleatoriamente por esa brisa que pasa y vaya a saber uno donde es que va y muere. Todo se detiene, pero cuando me fijo la luz ya no es la misma que hace unos minutos. Y mientras tanto; mientras tanto Eugenio.

No fin

No engañemos, esta historia no tendrá final feliz. No será un final triste, pero no terminará donde apetecería por los acontecimientos ocurridos. Realmente esta historia no tendrá un final, si lo tendrá físicamente. Habrá un momento donde la historia escrita, en texto, no continúe, pero su trama, su evolución seguirá, avanzará hacía ese limbo de las cosas sin resolver, de las cosas que se quedan, las historias que continúan de otro modo. Esta historia por lo tanto acaparará un trozo breve de un encuentro, será una sinopsis, porque todas las historias, por esencia son una sinopsis. La historia arranca en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, con tráfico, con gente que va de un lado a otro. En los edificios hay gente trabajando, reuniones, conversaciones, gente que ve a media tarde la televisión, señores que despiertan de la siesta, niños que juegan con un conejo blanco, parejas que hacen el amor, alguien que escribe algo que jamás será leído, un tipo que avanza en un proyecto ilusionante, gente que abre la puerta de casa, gente que sale y la cierra, alguien que mira el reloj, gente que lee un libro del que olvidará la mayoría de su contenido, dos chicas que hablan de un futuro hipotético, fumadores aplastando su cigarro contra un cenicero repleto de cenizas. Estamos en una calle cualquiera y una chica detiene un taxi. En ese instante, en el instante exacto en el que se sienta y dice la dirección de destino, piensa que de algún modo todo se ha podido detener. El taxi avanza por calles llenas de edificios donde van ocurriendo más cosas. Es media tarde y a media tarde el mundo puede ser infinito, hay quien come algo porque no ha comido en todo el día, hay quien cierra los ojos y piensa en el verano, hay quien firma un contrato, hay quien habla de comisiones, quien habla de futbol, quien piensa en Andrés Iniesta. El taxi, la chica y el taxista, evidentemente son ajenos a todo eso. Ella sin embargo no deja de pensar que el azar es inquietante, porque cabe la posibilidad de que el amor, en su forma más platónica, en su forma ideal, se esconda en un taxi. A ella le gustaría en ese momento que el destino, el del taxi y el de su vida, no llegarán a esa dirección que ha indicado. Le gustaría que ese taxista agradable, dulce y con el que siente que tiene mucho que ver siguiera más allá, que saliera de la ciudad y siguiera y siguiera hablando el taxista al que ya le pondría nombre y el que manejaría ese destino agradable hacia una dirección inventada, hacia su propia dirección. No obstante el taxi alcanza la calle y el número exacto de esa calle. Ella extiende el billete y siente que lo sensato sería no bajar del taxi, hablar con ese tipo, invitarle a cenar. Resulta que no, que si baja y que el taxi se pierda y se entrega a ese azar que es la ruta diaria del taxi. Alguien levantará la mano en otra acera, en cualquier acera donde hay más edificios y dentro de esos edificios sucederán otros destinos, otras medias tardes. Ella pensará que el taxi se larga como se largan tantas cosas. Seguramente durante semanas cada taxi que pasa se convierte en la posibilidad de un reencuentro, pero hay miles de taxis, hay miles de trayectos y es inabarcable las opciones que hay para que coincidan de nuevo en otro trayecto. Atravesando calles con edificios donde hay gente que oye música, que se rasca la piel, que orina, que escribe mails, que dibujan, que tocan instrumentos, que estudian, que se perfuman, que se visten, que se desvisten. Así, sin final posible, porque esta historia acaba aquí, pero realmente continúa. Otra historia inacabada.

miércoles, julio 14, 2010

Los cuatro de la plaza

Yo me reuní con ellos a las siete en el banco. La plaza a veces recuerda a un barco, un barco que atraviesa un mar complicado de entender, un barco que atraviesa un océano de asfalto y cemento. Ellos seguramente llevaban desde algunas horas antes en el banco. La ubicación en el banco es casual. Bingo en el lado derecho mirando hacia la estatua; Perú a su lado, con la mirada siempre incrustada en el vacío, en ese lugar del aire donde no sucede nada o donde él ve suceder muchas cosas que nadie más ve; Seguido a Perú va Scott; Después de Scott me senté yo. Luego dejamos pasar las horas en la plaza mirando la gente sentada en las terrazas pidiendo cervezas, gin tonics y refrescos imposibles. En las terrazas se sientan divorciadas que manejan torpemente la libertad de media tarde, señoritas con trapos delicados, cocainómanos de oficina, creativos de slogans, homosexuales con banderas y modernos. Miramos desde el banco el desfile anárquico de los atardeceres de verano y apenas hablamos. Miramos a dos niños que juguetean entre las mesas y dibujan una línea que parece un dinosaurio en el aire. Cada ciertos minutos Bingo grita un número. Un sólo número: El 34. Y calla. Perú mantiene la mirada ajena a cada realidad de esa multiplicación exagerada e imposible de realidades. A veces no miro las terrazas de la plaza, a veces sólo pienso en como hemos terminado los cuatro en el banco. Perú dijo, una de las pocas veces que habló, que llegó de Lima hace cinco años; por eso le llamamos Perú. Duerme en la plaza o a veces baja al metro y se esconde en un hueco que hay en la entrada del túnel dirección norte. Bingo dice que todo sucede por azar, que el llegó ahí por que así salieron los números, así se cantó la línea. A mi me parece que Bingo tiene acento de otro lugar pero dice que el nació en la plaza. Duerme en el parque, en un árbol frondoso y bajo, dice que seguramente ese árbol sea el bombo universal, que ese árbol contiene los números y que a cada rato van cayendo. Scott dice que era rico, yo le creo a veces. Habla de Londres, de fiestas elevadas, de formas de vida que sólo se han leído. Que salió de Londres porque Londres se cubrió de repente de lava, una lava espesa que no soportó. Que dejó todo, una vida repleta de placer. Que terminó en la plaza porque le agradó. Duerme en un cajero. No hablamos mucho, pero nos hemos ido cogiendo cariño. Finalmente somos marineros en ese barco plaza, en esa plaza en el medio del mar, ese mar imposible y profundo que es esta ciudad. Me gusta pensar que navegamos mar adentro, hacia la línea de sombra.

martes, julio 13, 2010

Un helado de fresa y nata

La tipa no es atractiva. Parece extranjera, seguramente inglesa. Es alta, delgada, la piel blanca, muy blanca pero no pálida. El pelo oscuro, bastante negro. Va vestida de acuerdo al clima terrible de esta ciudad un día de julio a las tres de la tarde. El calor domina cualquier sensación. Todo sucede debajo del calor, el resto de percepciones viven allí abajo, en un lugar remoto de la piel. La inglesa pasa ajena al resto del planeta, su mirada va perdida, porque seguramente cuando rozamos la felicidad nuestra mirada no mira, se olvida de lo demás. Sólo desvía los ojos cada ciertos segundos a la cima de eso que le proporciona ese admirable estado de felicidad fugaz: Un helado de cucurucho. A mi el acontecimiento me atrae sobremanera. No es en la metáfora sexual de su lengua recorriendo el helado. No. A mi lo que me sorprende es esa felicidad agradablemente glotona que posee esa tipa de aspecto simpático. Ella no me ve, no ve nada, sólo saborea. Camina ajena, casi levitando porque su vida se sostiene en ese helado de dos sabores que chupa con glotonería. Hay en su felicidad algo que me hace feliz. La miro pasar mientras yo, a su vez, sigo mi camino. La veo venir a pasos animados, el bolso colgando en un lado, las sandalias pisando firme la acera. Todo se ha detenido para la inglesa y para mi en ese cucurucho, en ese helado fantástico. No es atracción, no es deseo, no es la sencillez de un labio y una lengua recorriendo esa forma fálica de sabor a fresa. La tipa no me despierta eso, la tipa me proporciona una leve sonrisa con esa simpática ansiedad que recuerda a los niños, a las cosas que se hacen sin tapujos, sin filtros. La felicidad está en un helado, tan sencillo como eso. El resto, el resto es relativo, tan relativo como la duración de la solidez de un helado a 39 grados a la sombra. O quizá es eso, quiza la felicidad, como todo, sea algo que permanentemente se derrite, por eso la inglesa recorre y camina con glotonería, no vaya a ser que se derrita ese cucurucho de fresa y nata.

lunes, julio 12, 2010

Andrés

Recordé partidos de patio de colegio. Recordé equipaciones de equipos de chapas hechos a mano. Recordé un gol que marqué delante de una de mis primeras novias. Recordé alinaciones que aprendí de memoria, jugadores que admiré y se diluyeron con todo, con el tiempo, con el recuerdo vano de la gloria de una olvidable jugada en la banda. Recordé selecciones italianas. Recordé partidos a media tarde que viví como si me fuera la vida en ello. Recordé un gol que hice desde el medio campo, con fortuna, porque el fútbol se mueve en ese terreno, en el de la fortuna, en el del indescifrable azar y en el talento artístico de un osado que regatea a siete ingleses. Recordé disparos al palo, penaltys no pitados, jugadores que yo hubiera convocado. Alineaciones que inventé. Recordé mi primera tarde en un estadio. Una canción brasileña. Mundiales en cuartos. Recordé otras cosas. Esa frivolidad y dramatismo que encierra un partido de futbol. Por supuesto que pensé que el futbol es raro, inexplicable, un juego, pero explosivo, tenso, cinematográfico. Todo eso y algo más salió mientras Iniesta, mi jugador favorito, marcó el gol más hermoso que vi y veré el resto de mi vida. Gracias Andrés. Durante doce segundos conocí el extasis.

martes, julio 06, 2010

Nubes

Tampoco soy de los que se fija mucho en el cielo, en los amaneceres o en las lentas retiradas del sol en verano. No tiendo a ello, no suelo mirar. Soy bastante mas terrenal, no tengo esos sentimientos poéticos de admiración hacia los acontecimientos cotidianos. Puedo comprender que hay atracción o belleza en esas contemplaciones pero a mi nunca me da por alzar la vista y dejarme llevar. Bien visto el cielo está ahí a cada rato y lo que puede ser interpretado como poético a mi no me parece más que un acontecimiento de clara explicación científica y que tiene multiples funciones. El cielo no más. Sin embargo aquella mañana algo me hizo abrir las cortinas y mirar arriba, como si lo supiera. Yo no creo en que a uno le dicten o le digan hacia donde dirigirse. No hay caminos preestablecidos de antemano. Corrí las cortinas, creo, porque había bebido mucho la noche anterior y no me gusta ese olor que impregna la habitación los días de resaca, abrí la ventana para airear, para sanear ese ambiente cargado y de olor molesto y levanté la vista por alguna razón que, claramente, ahora no recuerdo. Miré y en la primera impreisón ya sentí el golpe de lo extraño, de lo diferente. Observé unos segundos sin comprender. Las nubes eran de formas muy rectas, muy geométricas, muy racionales. Las nubes pasaban a ritmo constante y parecía un tetris aéreo: Rectángulos, trapecios, hexágonos, pentágonos. No había ni una sola nube con forma amorfa, irregular. Cada una de ellas era de líneas rectas, ángulos exactos. Ni siquiera circunferencias. Todas pasaban rítmicamente, como parte de un pentagrama delirado. Allí iba el hexágono amplio seguido de un cuadrado perfecto. El acontecimiento era hermoso, potente, pero desconcertante. ¿Qué eran todas esas nubes? ¿Por qué esa forma? Me vestí rápido, no me duché a pesar de la resaca. Algo había que me había alterado en aquello. Salí a la calle. Todo estaba igual. Las aceras con su gente caminando ajena a ese extraño espectáculo. Alcé la vista y allí seguía aquel carrusel de formas, aquellas nubes regulares, perfectas, geométricas Corrí de un lado a otro, buscando sin saber muy bien que buscaba. Miré, traté de descifrar si había continuidad en aquello, pero la secuencia no era regular: Hexágono, pentagono, rectángulo, pentágono, triángulo equilátero, triángulo, cuadrado, hexágono. Jamás había una continuidad, una repetición secuencial. Luego me dejé llevar por la teoría de que quizá era una sola línea, una sola secuencia sin repetición. No había patrón. Pensé que aquello era un mensaje a descrifar y traté de interpretarlo. Cabía la posibilidad de que los triángulos fueran adverbios y los hexágonos verbos, quizá los rectángulos fueran adjetivos. Miré, miré muchas horas. Anoté. No saqué nada en claro, salvo que aquello era desconcertante y llamativo, extraño, muy extraño. Caminé, nadie miraba hacia arriba. Saqué mi cuaderno mil veces. Saqué muchas reflexiones, ninguna contundente. Pensé en un mensaje en el cielo, pensé en un extraño fenómeno meteorológico, pensé en el apocalipsis, pensé en mi razón. Llegué a un parqué, compré el periódico para ausentarme de aquel acontecimiento obsesivo que estaba sobre mi, encima de mi cabeza. Leí la noticia, la foto del alcalde orgulloso, la plana mayor del ayuntamiento: "Hoy entran en funcionamiento las nuevas nubes" decía el titular:

Ayer se instaló y se dio inicio al aparataje comprado para la nueva tecnología de nubes. Un novedoso sistema de creación y formación de nubes. El alcalde inauguro la sofisticada máquina lanzando la primera nube sobre la ciudad "He lanzado un pentágono, que es mi figura favorita". Desde hoy se podrán ver sobre la ciudad las nuevas nubes geométricas.

lunes, julio 05, 2010

Sombra

También somos nuestra sombra. La sentencia no es pretenciosa o un amago de poesía. Es real, como nuestra sombra, como nuestra proyección. Yo viví pocos meses en aquella habitación estrecha, de poca luz y que daba aquel patio húmedo al que daban otras ventanas, otras habitaciones, otras sombras. Recuerdo la noche que la vi por primera vez, yo había llegado poco antes a mi habitación y fumaba por la ventana, entonces enfrente, un piso por encima se encendió la luz y se proyectó una sombra sobredimensionada, de tamaño casi gigante pero no proporcionado con lo real. Deambulaba aquella sombra por paredes inaccesibles, se giraba, aparecía, crecía, decrecía y se esfumaba por la esquina de una pared que no alcanzaba a ver completa. Aquella primera noche algo me atrajo pero no fue más que el principio. Vinieron más noches hasta convertirse en acto. Esperaba atento a que aquella luz iluminara el patio y apareciera aquella sombra que fui conociendo, que fui trasladando y traduciendo a una imagen que me fui prefigurando. Aquellos hombros que sostenían una cabeza redonda, de cabello largo. Aquella sombra que iba y venía y que jugueteaba por la pared sin aparente sentido. Aquella sombra que se desvestía y formaba unas curvaturas excitantes en el pecho. Negro sobre blanco: Sombra, perfil, sobre aquella pared iluminada con bombillas de baja intensidad. Noche tras noche fumando en el patio esperando aquella sombra que al final se desvestía y terminaba completando unos contornos que me fui aprendiendo de memoria. No había mas que el contraste extremo, contornos y relleno sin detalle salvo las curvas y líneas que rellenaba mi imaginación con esmerada y deliciosa precisión. Su sombra, ella para mi era su sombra. Ella era una sombra, nada más que la sombra. Noche tras noche esperando la aparición, la sombra del deseo, porque llegué a desear aquellos contornos precisos, honestos, reales. Noche tras noche la sombra que se quita la ropa y que tatúa una figura deseable en la pared. Luego llegaba la mañana, la hora en que las sombras son menores o se ocultan y todo sucede en horarios y oficinas y las sombras no se ven, las escondemos no se sabe muy bien donde, pero al final llegaba la noche y se encendían las luces, las bombillas, las lámparas de las mesillas de noche y aparecen las sombras íntimas, las que nadie conoce, las que nadie ve en otra pared más que la pared y ella aparecía. Por las mañanas busqué caras, cuerpos en la calle, a la salida del portal ¿Que otra figura correspondía con aquella figura, con aquel contorno? Pero ninguna correspondía. Ninguna era tan precisa, tan hermosa como su sombra, aquella sombra hermosa. Tantas noches miré, tantas noches bailaba aquella sombra en aquella habitación del patio y jamás correspondía ninguna figura con la que me cruzaba de día con aquella sombra que se proyectaba en la habitación del piso de arriba en el patio por las noches. Algunas veces deseé ser jirafa, estirar mi cuello por el patio y poder ver aquel cuerpo que generaba aquella sombra. Así hasta que encontré la solución: coloqué minuciosamente una lámpara para proyectar mi sombra hacia arriba y tratar de entremezclar aquella sombra enigmática con mi sombra y así fue. La lámpara la puse en el suelo y alargó mi sombra hacía el piso de arriba, giré varias veces hasta ubicarla donde se colaba torpemente en aquella pared inaccesible y entonces como cada noche apareció la sombra y mi sombra miraba y esperaba y como tantas noches la sombra se fue desvistiendo y marcando precisa al lado de la mía y ahí nos fuimos entremezclando haciendo una sola sombra grande, imprecisa variable, que se volvía mil formas: Las dos sombras se volvieron una pero mil sombras. Por eso también somos nuestra sombra, claro que lo somos.

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