viernes, abril 30, 2010

Monólogo del asesinado

Anoche fui asesinado. Podría desvelar la identidad de mi asesino, pero de momento me abstendré. El asesinato fue un trabajo muy bien realizado, como negarlo. Nunca he pecado de ese orgullo que ciega y no deja ver las cosas bien hechas por los enemigos. Fue preciso en el golpe, pero sin negarme cierto sufrimiento, lo que siempre hace mas eficiente el asesinato de un enemigo. Tampoco se excedió en torturarme. Fue elegante, algo de dolor, algo de humillación, pero nunca excesivo en la violencia. Me gustan esos asesinos que no caen en la trampa de la tortura. Ese es el camino fácil. Es difícil dar con la dosis Ad hoc de maltrato sin sobrepasarse en el mal gusto o en llevar al enemigo al desgarro y al dolor por el dolor. Apareció en casa, cuando yo no lo esperaba. Fue educado, sosegado. No se dejó llevar por la ansiedad del acto. Diría que fue respetuoso e incluso didáctico. Con voz pausada me comentó que sería lo que iba a suceder:

.- Esta noche vas a morir. Creo que hasta tu mismo sabes que lo mereces.

Ante tal actitud no pude resistirme a la amabilidad y le ofrecí mi mejor botella. La abrí, puse música. Satie es perfecto para morir. Mientras ese piano cabalgaba entristecido por el salón, serví dos vasos sin hielo. Ese licor no merece el insulto de ese enfriamiento forzado y vulgar de esa geometría irreal. Me quedé callado, pensando en que era sorprendentemente vislumbrar los instantes por última vez. La vida se caía para siempre. En breve pasaría a formar parte del pasado, mi vida se frenaba y yo tenía conciencia de esos momentos definitivos y únicos. Brindé, porque no me quedaba otro remedio, con el hombre que iba a acabar con ese viaje. Respondió con cierta sorpresa. Bebí mi vaso de golpe, escuché por última vez a Satie, fui saboreando cada pulsación de teclas de esa grabación. Esas escalas moderadas y amables pero cargadas de nostalgia. Cerré los ojos y esperé. Luego todo sucedió como ya ha descrito. Algo de agitación, la justa. No entraré en detalles. Simplemente, pasados unos cuantos minutos me sentí morir. Mi cara se quedó plantada en la alfombra. Ahí sigo, ahí sigue mi cuerpo. No mentiré, no lo crean: No hay vida después de la muerte. La escena, simplemente ha terminado. Se para la cámara, grita el director. Se agita el plató. Toma válida. Siguiente escena.

jueves, abril 29, 2010

Money

Consciente e la poca importancia de ello, Roberto Cunqueiro dedicó su vida a la búsqueda insaciable de una canción perdida de Money, grupo de Punk de la escena más radicalmente underground de México. Money no fue un grupo popular, publicó dos EPs con cinco canciones y un largo del que vendieron poco más de 2000 copias. Grupo de directo devastador eran conocidos por sus actuaciones incendiarias en locales terribles de la noche del Distrito federal. Un concierto de Money empezaba a todo trapo y terminaba con hogueras en el local, con mesas sobrevolando y alcohol emulando la lluvia. Los conciertos no tenían fechas, los seguidores de Money debían andar alerta cada noche, los anuncios de sus conciertos eran repentinos y poco publicitados, había quien sabía seguirles la pista. Dejaban señuelos, indicaciones indescifrables que sólo unos pocos sabían leer para lograr encontrar la hora, fecha y local exacto donde tocarían. Conocidos también por las relaciones turbulentas entre sus miembros, el cantante y guitarrista de Money era además dirigente de un grupo rebelde de extrema izquierda con vestigios de violencia que llegó a formar un minusculo, pretencioso y algo ridículo grupo guerrillero que correteaba por el estado de Michoacán, solía tener enfrentamientos violentos con el bajista en mitad de sus directos. A quien quiso ver en aquello una maniobra publicitaria, una forma de espectáculo, pero Paul Dominguez confesó a algunos íntimos que el trato con Marc Elizondo era imposible que desde el tercer día que se conocieron apenas se hablaban salvo para comunicarse algunas variaciones y cambios de sus canciones brutales. Roberto Cunqueiro, seguidor con pasión inmensa del grupo desde su adolescencia y ya pasados los años de fervor y cuando money se deshizo y sus miembros desaparecieron en el anonimato de una ciudad que devora, se entregó a la creación e investigación de una biografía de la formación mas punk de la historia (Así rezaría el subtítulo de la biografía). Se entrevistó con sus miembros, con periodistas musicales de la época, con dueños y promotores de locales y conciertos, con fans envejecidos, con parejas de la época, con familiares e incluso con el técnico de sonido de su obra grabada. Fue ahí cuando Roberto Cunquiero supo de la existencia de una canción desconocida, una canción que fue la última que se grabó y que, eso lo supo después, fue la que les llevó a la disolución.

La canción, descrita por el técnico como una joya, una rareza indescriptible, un camino musical inexplorado. "Ahí había experimentación, pero había mucha belleza. Aquella canción no era, claro, Money. No era punk, no era ruido sin control, no era simpleza. Aquella canción era elevada. Aquello habría un nuevo camino a Money. Money dejaba de ser Money en aquella canción. Las diferencias de criterio a la hora de afrontar aquel cambio fue lo que supuso la ruptura definitiva. El mayor error de la historia de la música pop. Si money hubiera seguido por aquel camino hoy hablaríamos no sólo del mejor grupo de la historia de la música mexicana, sino seguramente del mejor grupo de la historia. Money tenía la posibilidad de haber desbancado a Los Beatles del trono definitivo. Aquella canción hubiera supuesto un cambio histórico absoluto, hubiera reescrito la historia y Money no quiso acudir a la llamada"

En las siguientes entrevistas con los miembros Roberto Cunqueiro sacó el tema de aquella canción. Ellos se escapaban de la pregunta con rapidez y nerviosismo "Aquello fue un error. Nunca debimos hacerlo. Lo mejor que hizo Elizondo en su vida fue quemar la grabación" Cuando Cunqueiro preguntó sin embargo a Elizondo por ello este contestó que nadie quería asumir la responsabilidad de aquella creación: "Nosotros éramos Punk y aquello nos desvelaba, nos revelaba como uns compositores que no queríamos ser. Lo mejor que hizo Paul fue quemar aquella grabación" La culpabilización siempre al otro de la quema de la grabación hizo que Cunqueiro sospechara que aquella canción anduviera por algún lado, oculta en algún lugar, en algún apartamento del Distrito Federal.

Cunquiero pasó los siguientes años de su vida buscando aquella grabación. Recorrió medio país, indagó, husmeó, se coló en casas, abrió puertas de apartamentos habitados para registrar cajones y no había señas, no había resquicios de aquello. Años después movido ya por una forma de existencia que ya ni se planteaba llegó a Puerto escondido, cogió un taxi hasta Mazunte. Siguiendo unas indicaciones mal dadas, confusas, recorrió aquel pueblo, alcanzó una casa de madera, enterrada entre palmeras y vegetación. Tocó un timbre que colgaba de mala manera y salió un anciano. Le contó lo que buscaba y el viejo le invitó a pasar. Se sentaron en una sala abierta, unas sillas de bambú que miraban al mar. El viejo le ofreció ron y un cigarro. Entró y comenzó a sonar una música. Cunquiero supo sin dudar, sin que el viejo se lo afirmase, que aquello que sonaba era la canción perdida de Money y se llevó una inmensa y profunda decepción.

miércoles, abril 28, 2010

Hombre bajo el naranjo.

Eran días salvajes. Siempre me ha resultado difícil catalogar los días, los ciclos, las épocas. No suelo ver bloques en el tiempo. Creo que los días tienen en común que van unos detrás de otros, si descolocaras todos los días de tu vida y tuvieran un nuevo orden, nuevamente agruparías épocas, etapas, días. Sin embargo, con aquella época si tengo la sensación de que todo iba en masa hacía un precipicio extraño. Eran días salvajes porque todo, a cada rato se movía en el filo de lo extraño. El día empezaba pronto, a eso de las cinco de la mañana y transcurría lento, muy lento. Había poco que hacer: Observar los animales, atenderlos un poco y luego dejar pasar las horas. No había nada cerca de aquella finca, una carretera pasaba al otro lado de la valla, por donde se entraba y muy de vez en cuando pasaba algún coche, eso era todo lo que sucedía a diario. Me sentaba bajo aquel naranjo a no desfallecer de calor y cada mucho rato me acercaba a ver las jaulas de los conejos, los alimentaba, anotaba los procesos y volvía al árbol. A veces incluso pasaba tiempos largos sentado lanzando una pelota para que el perro la trajera, podíamos estar toda la tarde haciendo eso, pero un buen día, abrí la puerta grande e invité al perro a escaparse. No podíamos dos seres vivos sufrir el mismo tedio. El perro tardo en reaccionar, pero finalmente fue desapareciendo por el camino y no volvió. Me quedé solo. Hubiera hecho lo mismo con los conejos, pero estos al fin y al cabo eran los que me proporcionaban el sueldo y esa forma de vida incomprensible. Una vez a la semana aparecía el dueño, observaba a los conejos, preguntaba por el estado de las cosas en la finca, cargaba los pedidos en su furgoneta, se llevaba un montón de jaulas con los conejos más aptos, me pagaba, me daba la mano y desaparecía, como el perro, como el tiempo, por el camino. La soledad transforma y mi soledad era salvaje. Cada vez usaba menos ropa, apenas un pantalón que me remangaba hasta las rodillas, comía poco y me empecé a preocupar por cosas abstractas. Observaba el naranjo y trataba de calcular en que momento una naranja caía al suelo. Pasé horas, muchas horas tratando de analizar en que momento exacto una naranja caía al suelo. Nunca descifré el enigma. Dejé de dormir en la cama porque me pareció inútil, entrar en la casa únicamente para dormir. Toda mi vida, desde entonces, ocurría bajo el naranjo, salvo los instantes en que entraba a ver a los conejos. Ahí estaban esclavizados en sus jaulas, existiendo de un modo inexplicable. Yo dirigía sus cópulas, sus vidas. Yo dirigía su alimentación, sus horarios. Aquello me empezó a afectar. Aquella responsabilidad me atosigaba en medio de tanta soledad. Comencé a asfixiarme con la sensación de ser un pseudo dios para aquellos insignificantes seres vivos. A su vez comencé a sentir que mi vida, todas las vidas a su vez estaban en jaulas, en otras formas invisibles de jaulas. La finca, mi forma de vida, me lo parecieron, el dueño de la finca representaba para mi, lo que a su vez yo podía representar para los conejos. El naranjo era, sin embargo, mi escondite en la tierra, el lugar donde era yo. Una semana apareció el dueño, ese pseudo dios. Siguió el rito de siempre, sin embargo justo antes de subirse a la furgoneta se acercó y me dijo, muy serio, que la siguiente semana no vendría él, vendría su hija. La chica quería conocer a fondo la finca, hacer un estudio para redirigir los fines comerciales de la venta de conejos, sacar partido al espacio y las posibilidades de la finca. Que la chica dormiría un par de días aquí, que por favor tuviera preparada la casa y que la atendiese bien. Se fue.

Yo llevaba dos años trabajando en la granja, dos años tratando prácticamente sólo con el dueño de la finca. Me había convertido en una especie de Robinson sin isla, la vuelta al trato social me generó un enorme desasosiego. Estaba acostumbrado a dirigir las pausadas horas de mi día a día. El hecho de compartir espacio me obligaba a no estar todas las horas del día bajo el naranjo observando lo inobservable. Llegó el día. Apareció en la furgoneta del padre. Saludó y preguntó por todo. Hicimos un recorrido exhaustivo, vimos las jaulas, vimos el resto de naranjos, vimos los límites de la finca, vimos el estado de la casa. Apenas hablábamos ninguno de los dos. Al terminar el recorrido, ella entró en la casa y yo me fui a mi naranjo. Me senté y en ese instante cayó una naranja, la miré un rato estática en el suelo. Ella apareció de nuevo con un cuaderno en el que iba anotando cosas. Se entretuvo anotando mucho rato cosas según avanzaba entre los descuidados árboles. Se acercó, me preguntó sobre los riegos, sobre las salidas de agua y de nuevo entró en la casa. Yo me fui donde los conejos, hice copular a dos parejas, les di de comer y anoté los procesos. al volver al naranjo, ella estaba sentada ahí y fue como si me hubieran robado algo que me pertenecían. No supe donde colocarme. El naranjo se había convertido en mi epicentro cósmico y ella lo ocupaba ahora. Anduve inquieto toda la tarde, hasta que se levantó. Propuso hacer algo de cena, pero yo argumenté que no solía cenar. Ella se puso en píe y yo me puse donde debía haber estado toda la tarde, bajo mi naranjo. Entró en la casa. La vi trajinar al otro lado de la ventana. Evidentemente, y tras la ausencia brutal de dos años de ello, pensé en la remota posibilidad de sexo. Desde el naranjo la vi hacer algo en la cocina. Sacó el plato fuera y mientras comía hablamos deshilachádamente de asuntos muy dispersos. Casi al final, cuando ya había caído la noche me preguntó si no era duro vivir así, siempre en soledad. Le dije que no, que casi me había acostumbrado a esto, que casi lo prefería: "Soy feliz bajo mi naranjo" y según pronuncié esa frase, me arrepentí de haberlo hecho. Sin embargo ella pareció dejarla pasar de largo. Entró a la cocina, lavó el plato y salió a despedirse, estaba cansada y se iría a la cama. Me quedé en el naranjo un buen rato. Pasado una hora aproximadamente, me fui atrás, por donde los conejos, desde allí, podía ver la ventana donde ella dormía. No era misterio, no era perversión, pero algo me movía a verla en su privacidad. Entré en silencio por detrás de las jaulas y llegué hasta el ventanuco. La luz estaba encendida. Cuidadosamente me asomé, estaba en ropa interior, acostada en la cama escribiendo algo en el cuaderno que todo el día la había acompañado. La miré mucho rato hasta que sentí que aquello era absurdo o bastante morboso. Deshice el camino hasta el naranjo y me senté de nuevo. Al rato, ya de madrugada, ella apareció por la puerta. Le pregunté desde el naranjo si todo iba bien. Estaba algo nerviosa y se acercó hasta mi árbol. Dijo que había vuelto a soñar con ello, pero no supe a que se refería. Habló caóticamente, decía cosas que yo no comprendía. Palabras sueltas: "Las plagas. Los sueños. El mar enfurecido". La abracé para tranquilizarla. En ese momento cayó una naranja e impulsivamente toqué su nalga ella me respondió con un beso fugaz y luego me dio una bofetada. Se volvió ala casa. A la mañana siguiente ella actuó de un modo normal. Como si nada de la noche hubiera sucedido. Por la tarde se acercó, me dijo que se volvía a a casa, Se despidió formalmente y desapareció. Una semana después aparecieron unos tipos que, según dijeron, venían a hacer las remodelaciones de la finca que había encargado la señorita. Me fui donde los conejos, al volver vi que con una sierra cortaban mi naranjo. No hice nada, no dije nada, Seguí caminando hasta la puerta y seguí por el camino por donde se fue el perro, por donde se había ido siempre el dueño y la semana anterior ella, el camino por donde se iban todos. No volví. Jamás volví.

martes, abril 27, 2010

Los primeros días en el otro lado

Eran extraños aquellos libros escolares. Me resultaban desconcertantes las fotos ilustrativas. En aquel momento todo me resultaba desconcertante, irreal y yo creo que tendía a proyectar lo extraño en aquellas fotos que ilustraban lecciones y capítulos de la historia del país, de la geografía. Todo me resultaba ajeno seguramente porque todo era ajeno. Llevaba un mes en aquel país y de repente caí como paracaidista en un colegio ajeno, en una clase ajena, en un pupitre ajeno. Y estaban aquellas fotos ilustrativas. Recuerdo aquella de "El llano". Eso ponía a píe de página. Una foto que ahora sospecho de baja calidad técnica pegada a un texto sobre la agricultura de una zona del país que a mi sonaba a un territorio lejano. En la foto se veía una inmensidad y unos hierbajos cubriendola, un tipo a lo lejos en caballo. La textura de la foto era desgastada, muy lavada y a mi me parecía una foto de una era inexistente, parecía que rozaba una textura setentera, pero no era exactamente setentera, parecía de un periodo, un agujero negro, en el que se había colado aquel fotógrafo o la imprenta que la había llevado a papel, entre los setenta y el principio de los ochenta, Una década borrada para el resto de los mortales. Yo no se muy bien que era lo que percibía en aquellas fotos que iban cubriendo con desgana el texto escolar, pero no eran fotos de este tiempo. Me sentaba en aquel pupitre y miraba aquellas fotos casi con desprecio, un tipo hablaba al píe de la pizarra con acento raro sobre la agricultura y sobre la geografía de Venezuela y creo que es la primera vez que sentí que que carajo tenía que ver todo aquello conmigo. Es muy fácil sentirse extranjero. No se muy bien definir que sentimiento te recorre, pero es un sentimiento preciso. Lo de alrededor te resulta desconocido y teniendo trece años tiendes a sentir que además te importa bastante poco, tener trece años es ser extranjero a su vez, con lo cual yo era doblemente extranjero, de mi mismo, de la infancia y del mundo. A mi me importaba muy poco la historia de Venezuela en ese momento. De repente irrumpió en mi vida un trozo de historia que parecía haber venido en una nave espacial. Las clases de historia hasta ese entonces, en casa (Si es que casa es donde había nacido), habían sido de reyes católicos y movidas territoriales, de torpes y accidentadas conquistas y batallas brutas en siglos remotos para un tipo de 13 años. Ahora todo se centraba en un individuo que se llamaba Simón del que me enseñaban cada paso de su historia. Simón era una especie de Beattle que no hacía Pop pero se enfrentaba a los españoles con brios. Simón irrumpió en mi vida, las fotos de los paisajes que recorrió en su odisea también. Y yo era extranjero y a mi Simón me importaba bastante poco. No por que Simón nos hubiera sacado de su país a machetazos, que eso me daba igual, no soy nada patriótico y ni lo fui con trece años, sino porque ser extranjero es sentirte raro y desconcertado y Simón y sus batallas me hacían sentirme lejano, desubicado, incomprendido, porque de repente un tipo que apenas me sonaba pasaba a ocupar un porcentaje alto de mis clases y por lo tanto de mi vida. Un retrato de Simón colgaba encima de la pizarra, una frase de Simón escrita en la pared te recibía por la mañana al llegar al colegio. Simón se coló de lleno en mi realidad incomprensible de ese momento. No era un rey, era Simón y a mi todo aquello me desconcertaba enormemente. Esa época fue rara. Como no recordar aquella primera mañana en aquel colegio. Entré detrás de mi hermano, buscamos las filas que se formaban para entrar a clase, torpemente terminé encontrando la mía, la fila de varones de octavo. Todos los alumnos miraban al frente y cantaban adormecidos el himno nacional. Podría escribir doce horas seguidas sobre mis sentimientos en aquel momento. Dos alumnos izaban la bandera al ritmo cansino de ese himno a tempo medio y una letra que rozaba el surrealismo. Yo estaba último en la fila de octavo. Terminó el himno, seguí al grupo. Entré en el aula, me quedé de píe, era mitad de año y no sabía donde me podía sentar. Entró el profesor y le conté mi situación. El tipo amable me invitó sentarme en un pupitre que había libre. Noté la mirada de treinta y pico alumnos sobre mi. Más que nunca en mi vida sentí la presión de la masa. El paseo hasta el pupitre vacío fue lo más parecido a recorrer un desierto. Me senté y el profesor me introdujo:

.- Bueno, hoy entra con nosotros un nuevo compañero que viene de España, pero por favor, ponte en píe y preséntate.

Me puse de píe y dije mi nombre. De repente treinta y tantos alumnos soltaron una carcajada descomunal. Luego supe que el motivo de la risa colectiva fue mi acento, pero yo sentí la bofetada más sonora y bestial que jamás me ha dado la vida. No había donde carajo correr, no había camino por delante, estaba en medio de un país que se llamaba Venezuela, tenía trece años, era extranjero y jamás me había sentido ni me he vuelto a sentir tan desconsoladamente solo en el mundo. Del instante me sacó con maestría aquel profesor que jamas volví a ver y del que tantas veces me he acordado. Se acercó hasta mi. Se puso a mi lado y hablando alto para que le oyeran todos pero dirigiéndose confidente a mi me dijo:

.- Mira, amigo. Yo también he sido extranjero y puedo imaginar lo que sientes en este momento. Tranquilo, ellos se ríen porque son unos mediocres.

Y me puso una mano en el hombro. En ese instante una chica se levantó, se acercó hasta mi pupitre y me pidió perdón por haberse reído, explicó que no había sido una risa de burla que simplemente les resultaba muy cómico el acento. Aquella chica creo recordar que se llamaba Marisol y en ese instante me salvó la vida.

sábado, abril 24, 2010

Fantasmas

Había algo sorprendente cuando la veía fumar. El humo que salía de su boca parecía diminutos fantasmas emergiendo de su boca hacia el mundo, fantasmas con desconocidas intenciones. Levitando casi inapreciables por la habitación. Había algo perverso en aquellos fantasmas porque tenían mucho de mis fantasmas. Salían tan despacio de su boca, salían tan como sin querer, empujados con enorme sensualidad por la punta de su lengua, resbalándose por la saliva. Aquellos fantasmas alcanzaban lo que yo no podía alcanzar. Parecían conquistadores sigilosos que se deslizaban por ese territorio tremendo. Salía el humo por partes, en formas variables. Pequeñas nubes que anunciaban no se que extraña tormenta. A veces veía alguna cara en aquellos humos y cuando creía ver una cara ya pasaba a ser otra forma que cuando casi ya descifraba pasaba a ser otra. Una persecución que terminaba difuminándose en el techo o saliendo por la rendija del ventana y de allí, de allí ya le perdía la huella a aquellos fantasmas que salían de su boca. Ella hablaba o escuchaba mientras los fantasmas salían, venían desde tan dentro, venían tan de lo profundo que yo hubiera lanzado mi mano para retenerlos e interrogarlos pero el humo, como los fantasmas, está en constante huida. Un escape permanente. Luego había otros juegos, sus dedos y las cenizas, pero yo me perdía en los fantasmas, en aquellos fantasmas saliendo de su boca. En aquel juego sensual. A veces los miraba tanto, les veía salir de allí, en un hipnótico estado placentero, que sentía celos de los fantasmas, porque los fantasmas salían de tan adentro, venían tan suave y yo estaba siempre tan de frente, en otro lado viéndoles salir de su boca, de esa boca. Ella soltaba el humo, lo soltaba como desencadenando a almas que estuvieran apresadas durante años en algún lugar invisible de su anatomía y emergían los fantasmas, saliendo de aquella cueva hermosa que era su boca. Luego, pasados los minutos, ella apagaba el cigarro y hablábamos de cualquier cosa, y durante un rato yo descansaba. Dejaba de pensar en los fantasmas, hasta un rato después que todo empezaba de nuevo, que ella encendía otro cigarro y comenzaba a liberar aquellos fantasmas por su boca.

jueves, abril 22, 2010

La primera noche del viaje

Dejé la maleta en la habitación, me cambié los zapatos y salí a la calle. Caminé por esas abarrotadas calles del centro a esa hora del principio de la noche. Entré en un bar, había un partido entre dos equipos con el uniforme rayas y un resultado ajustado. Dos tipos miraban con indiferencia la pantalla, el resto de la gente no atendía a la televisión. Pedí una cerveza que bebí extremadamente rápido. Volví a pensar en lo agradable que es una cerveza y me pedí una segunda. Me quedé sentado en la barra. Anoté una frase en una servilleta de papel. Era una frase que había recordado de repente de un libro que acababa de terminar en el avión, antes de aterrizar en esa ciudad. La leí varias veces y me pareció que al transcribirla yo, sin querer, inconscientemente, había modificado el sentido. Alguna palabra variaba el curso fluido de la frase que originalmente quería anotar. Pensé en lo preciso que se necesita ser con las palabras, en ese terreno ajustado y preciso de las palabras. En como estas nos definen. El uso que hacemos de ellas delatan algo que nos revela. Pagué las dos cervezas y salí de nuevo a la calle. Caminé despistadamente por una calle ancha, entré a cenar en un restaurante italiano. Dos horas más tarde, ya de madrugada, seguía caminando por la ciudad desconocida. Me crucé con dos chicas absolutamente atractivas. De manera desconocida para mi, me acerqué y les hablé. Les dije que no era de la ciudad, que tenía el horario absolutamente cambiado y que no me entraría sueño hasta mucho más tarde, que si me podían recomendar algún lugar para tomar algo. Ellas me arrastraron hacia unos lugares modernos y snobs. Primero entramos en un café donde tocaba un grupo de oscura música electrónica. Una de ellas me hablaba, la otra desapareció. La que me hablaba me contó a que se dedicaba y me preguntó por mi. Inventé una historia extraña y poco creíble sobre mi vida, pero ella la creyó. Ella me dijo que era Argentina y que llevaba año y medio en la ciudad. Al rato salimos de allí. Paramos un taxi y fuimos hasta una parte del centro de la ciudad con calles muy estrechas y algo deterioradas. El taxi nos dejó en la parte de atrás de un cine. Las chicas no me dejaron pagar el taxi. Esperaron que se fuera y caminamos por unos callejones bastante decadentes. Alcanzamos un portal miserable y tocaron en el telefonillo. Una voz masculina atendió y dijeron algo así como "madrugada 210". Abrieron. Subimos por unas escaleras de madera, yo me fije en el trasero de la argentina mientras ascendíamos, se movía rítmicamente, marcando musicalmente la subida de cada escalón. Posiblemente mi único fin de esa noche era acostarme con ella. Alcanzamos el cuarto piso, cruzamos una puerta. Se abría un pasillo largo hacia el fondo. Lo caminamos. Reverberaban los tacones de las dos pisando el suelo antiguo. Llegamos a un salón. Nos sentamos en unos sofás inmundos. Salió un tipo con una barba gigante y sin camiseta, no habló. La española, que era de donde era la otra chica, dijo "queremos galaxia" y el tipo de la barba se fue. La argentina, cuando ya estábamos solos, dijo que esto era algo realmente raro pero que sería inolvidable. Unos minutos después volvió el tipo de la barba, puso una pipa y unas hojas de plátano en la mesilla, de una estánteria viejísima sacó unos vinilos. Sonó Blind Willie Johnson. La argentina encendió la pipa y la española abrió y sacó algo de la hoja de plátano, lo aspiró y me pasó. Yo aspiré y luego fumé de la pipa y luego aspiré y luego más pipa. Me puse en pie, me asomé por una ventana y vi un patio, en la ventana de enfrente una mujer de mediana edad me saludó y se dio la vuelta, en el piso de abajo un tipo escribía en un ordenador, le miré mucho rato, mucho. Pensé en su vida, pensé en su destino. Él también había nacido. Escribí concentrado. Imaginé el texto, dudé ¿Una tesis? ¿Un informe? ¿Un trabajo? ¿Literatura? ¿Un libro? ¿un poema? ¿Cuántos poemas se escriben cada noche en una ciudad? ¿Cuantos cuentos? ¿Cuanto novelistas perdidos al otro lado de una ventana de un patio de una calle de una ciudad cualquiera? ¿Trascenderá ese texto que escribe ese tipo ahí, en ese lado de la ventana? En ese momento la argentina me tocó el hombro y me preguntó si iba todo bien. La casa estaba a oscuras y sonaba esa melodía lejana que todo lo transformaba. Le dije que si y traté de besarla pero ella me esquivó. Luego me lanzó una mano a la cabeza y soltó un montón de frases inconexas. Miré y me di cuenta que la española y el tipo de las barbas no estaban. Volví a mirar por la ventana, el patio estaba cada vez más iluminado. Cerré la cortina y me senté en el sofá. La argentina se puso a mi lado. Nos quedamos callados. El vinilo estaba rayado y se quedó dando botes en el mismo punto. Pensé, sin orden, en lugares en los que había estado. Vi aquella playa, aquella calle, aquellos edificios. La argentina me cogió la mano y está vez se dejó besar. Absurdamente le dije que la amaba, pero o no me escuchó o no le dio valor, lo cual agradecí. Mis manos, como habían calculado desde horas antes, se lanzaron a sus nalgas. Ya no pensé en nada, me manejé lineal, gobernado por un instinto muy decidido.

lunes, abril 19, 2010

Discos y libros

Hay formas de arte, en mi caso libros y discos, que se hacen parte de tu biografía. No en un sentido paralelo, no. Se meten de lleno en tu vida y se confunden y se entremezclan con los episodios vividos, con los instantes incrustados, con las realidades recorridas. Hay libros que parecen ser parte de tu propia historia. Tu fuiste de cierta manera aquel personaje o no tanto que fueras aquel personaje de determinada historia, sino que fuiste parte de ello, un observador participador. Estabas de lleno, allí metido, no estabas narrado, no aparecías escrito pero tu convivías en el medio de aquellas frases, metido en la tipografía de aquella edición de aquel libro que modifico radicalmente el transcurso de tu vida . Hay discos que parecen parte de lo que ahora recuerdas, que tu vida es también por ellos, no porque los escuchaste o por que sonaban en aquel instante ahora evocado, no. El disco entero es otra etapa de tu vida. Viene en bloque, cambió el curso de tu vida. En medio de lo que podrías contar de tus días aparecen los discos no como canciones, no como banda sonora, sino como experiencia. Estás orgulloso de ellos como de determinadas experiencias. Cuando ves sus carátulas en algún lugar ajeno sonríes porque es como cuando ves una foto de aquel viaje. Te pertenecen. Llegas a esa casa donde has sido invitado una tarde cualquiera y ves en una estantería ese título, entremezclado con otros títulos. Casi lanzas la mano a cogerlo porque de algún modo es raro ver ese libro tan presente en tu estantería ubicado en otra estantería ¿Qué hace allí si es tuyo? ¿Qué hace colocado de manera distinta en otro lugar ajeno ese trozo de tu memoria? Hay veces que incluso, de pasada, como si no hubiera una importancia vital en ello comentas que si, que ese libro es de tus libros favoritos y el comentario se pierde entre otros comentarios ajenos, entre el ruido de otras conversaciones, pero allí está como si nada. Como una antiquísima novia que recorrió su vida y con la que te encuentras tantos años después. Allí está incrustado entre estanterías de ikea y otros títulos. Ahora suena ese disco que hacía tanto tiempo que no recordabas, está perdido allí a lo lejos, en medio de más conversaciones y más comentarios. Entonces la fiesta se convierte en un lugar repleto de tus memorias. Un invisible y personal baúl de recuerdos por el que todos van pasando como si nada, como pasarás tu otras veces por encima de sus discos. ¿Que libros habrán visto otros en mi casa que están entre otros títulos y habrá conmovido las entrañas de ese invitado? Es un juego invisible. De algún modo todos portamos y escuchamos por encima los recuerdos profundos de otros. Eso, de algún modo, son muchas veces las fiestas, las visitas o las reuniones en casas ajenas. Un lugar donde no se está, sino donde se estuvo. Un extraño y desconcertante reencuentro con el pasado.

domingo, abril 18, 2010

La historia Lejana

Terminamos en su casa a las cuatro de la mañana. Subimos unas largas escaleras que crujian y que dejaban ver el hueco de los años en las grietas de la madera. Alcanzamos el último piso, ese que parece no sólo el final del edificio a lo alto sino el final de más cosas, o el principio del resto de la ciudad, ella sacó las llaves con algo de torpeza y entramos. Noté el olor propio que tiene cada casa y aquel, como no, era un olor lejano. Yo me encendí un cigarro y ella me dijo que en su casa no se fumaba, que saliera a la terraza. Hacía algo de frío, pero me apoyé en la barandilla y me quedé viendo la avenida de abajo por donde pasó, muy de vez en cuando, algún coche. Fumé pausadamente porque sospechaba que ese sería el último cigarro hasta el día siguiente o esa forma de día siguiente que hay al amanecer cuando ya se está, realmente, en el día siguiente. Miré la punta donde se libraba una batalla hipnótica entre la mecha, el papel y el inicio de la ceniza. Hay tantas metáforas en un cigarro que por eso es tan difícil dejarlo, porque fumar es lo más parecido a aspirar filosofía. Se pegan tantos elementos en un espacio tan reducido, ceninzas, fuego, papel, humo y oxigeno que va y viene de un pulmón humano, que una de las grandes sensaciones de fumar es contemplar esa guerra de consecuencias inmediatas; sin contemplarlo concienzudamente, en un cigarro se mira y no se mira esa decadencia inmediata, ese volverse cenizas velozmente y ya luego, como ceniza, ir cayendo a la nada, y la nada puede ser el precipicio que hay desde la barandilla hasta la acera allí abajo. En cualquier caso la ceniza ya cae y hay tantos enigmas en ello, hay tanto del tiempo y de las formas de ese paso del tiempo en fumar. Seguí fumando. Ella trajinaba por dentro de la casa, yo estiré el momento del cigarro lo más que pude. Levanté la vista y traté de ubicar algunos edificios que se amontonaban al frente. Esa zona de la ciudad es poco común para mi y esa perspectiva novedosa, así que tardé unos segundos en comprender como y de que se componía esa vista que se extendía desde la terraza hasta el fondo. Solté humo. Lancé la colilla como un kamikaz hacía el abismo y me di la vuelta, durante segundo y medio visualicé mentalmente la caída de la colilla y entré en la casa, ella me miró y sin hablar nos empezamos a besar, recorrimos el pasillo enfurecidamente y entramos en su habitación, donde yo jamás había estado, la luz se quedó encendida mientras nos lanzamos a la cama. Había un cuadro en la pared que me resultó muy llamativo y que parecía una forma producida por el humo, una forma de algo que siempre permanece, por más que nos acerquemos lejano. Mientras, mi mano recorría con poca precisión, las líneas no dibujadas de sus piernas. Había una librería al otro lado de la cama, en la mesilla una pila de libros amontonados y unas hojas esparcidas que parecían una carta. Ella trató de apagar la luz desde la cama, pero no lo logró, hacerlo hubiera supuesto despegarnos y ninguno de los dos estábamos para semejante esfuerzo. Hicimos el amor con la torpeza con la que se hace el amor cuando se ha bebido mucho. Nos quedamos callados y ella apagó la luz y se metió debajo del edredón. Me dormí unos segundos, quizá unos minutos y volví a abrir los ojos, ella estaba absolutamente dormida y yo absolutamente desubicado. Encendí la lamparilla de la mesilla, revisé los libros que había esparcidos y termine cogiendo las hojas que parecían una carta. A pesar de mi esfuerzo por no hacerlo la terminé leyendo.

Febrero de 2017, Praga

Luisa;

Retomo la sabía costumbre que impusiste de escribirnos a carta, ese medio legendario que desapareció en los abismos de la evolución, de la forma de evolución habitual para los demás, no para ti, claro. Escribir a carta tiene tanto de detener el tiempo. Escribo aquí y todo permanece intacto; luego mientras viaja encerrado en el sobre hasta que tu la abrirás allí y el tiempo detenido, a una velocidad muy distinta a la que lleva el tiempo habitual, vuelve a arrancar en el momento justo que tu comiences a leer esta carta. Por eso escribo como tantas veces nos escribimos. Ya ni siquiera es fácil encontrar folios, hojas en blanco. Luego el rito de pegar los sellos, de lanzar el sobre al enigma del buzón, donde se entremezcla con notificaciones bancarias y facturas de la luz y quien sabe si alguna otra carta. A su modo, un buzón es un espacio físico atemporal. Una forma física digna de estudio por científicos minuciosos que observan y tratan de comprender un fenómeno. Cada buzón es un universo ajeno a este. Y esta carta terminará en un buzón donde todo se condense de una forma impredecible. Pero no es a ti o sobre todo debe ser a tí, a quien hay que hablarle de tiempo y de espacios físicos incomprensibles. Yo aún fecho las cartas, se que es una broma, pero lo hago, me hace mantener la esperanza de que sucederá. No lo tomes a mal pero le conté la situación a una amiga. Una chica que conocí en un café. Obviamente no me creyó. He vuelto a quedar con ella tres veces y siempre me pregunta por "lejana". Me gusta ese apodo, realmente eres eso, lejana. Le conté que lo último que supe es que habías pasado por 2008, que la última carta que encontré tuya fue de las primeras que me dejaste, en diciembre de 2013. Ella no entendía y le expliqué: "Lejana se desplaza temporalmernte, cada poco amanece en un lugar distinto, un fecha distinta; ella me va escribiendo y avisando donde fue que dejó la última carta. Hay cartas que jamás leeré, por que las ha dejado en días a los que nosotros ya no podremos acceder, pero hay cartas que aun tengo que encontrar. Por supuesto sus cartas no me llegan en orden cronológico. Quizá lejana ya no me ama, pero eso a lo mejor me lo comunicó en una carta que está en mi cama en el año 2002 o quizá Lejana me ha pedido que vivamos juntos pero no lo sabré hasta el 2023. Con lejana nada es habitual, no ya sólo porque una separación temporal nos mantenga tan distantes sino porque las cartas me llegan desordenadamente y mi relación con Lejana es muy distinta de la relación de ella conmigo. Para ella todo es cronológico, a pesar de desplazarse caóticamente y sin secuencia por el tiempo, para mi todo es desordenado, a pesar de vivir en el tiempo regular" pero mi amiga no entendía nada, o imaginaba que era una broma, Pero a pesar de no creerme me preguntaba "Y cuando os conocisteis" y yo le hablé de esa noche que llegamos a tu casa y que tu me dijiste que en tu casa no se fuma y yo fumé aquel cigarro mirando los perfiles de la ciudad desde tu terraza y terminamos en tu casa y nos lanzamos a la cama y sólo ahora se, siete alos depués, que mientras tu dormías yo ya leía esta carta, esta carta que sin darme cuenta ahora me escribo, era el año 2010. Desde aquí envío esta carta para darte un beso y para saludarme de nuevo, como tantas veces, en ese principio eterno al que siempre volvemos y para ayudarme, acostado en esa cama mientras tu duermes, a comprender.


Y giré, giré despacio y Lejana ya no estaba y comenzó de nuevo, como tantas veces, esta historia tan lejana.

NOTA: Mucho rato después de publicar este post, seguramente prescindible, como tantos otros, caigo en cuenta de cierta semejanza de esta torpe historia de amor atemporal, con un maravilloso cuento de Julio Cortázar titulado "Lejana". La coincidencia no es tanto en el argumento, sino en el carácter lejano de los dos personajes, tanto de este pseudo cuento, como del prodigioso relato de Cortázar. Mientras tecleaba este texto no recordé en ningún momento aquella lectura. Fue varias horas después que caí en cuenta. Eso me hace pensar en los juegos ocultos de la memoria; en como, sin conciencia de ello, mantenemos recuerdos pululando a su antojo por ahí dentro. En como la memoria y ciertos recuerdos a su vez tienen ese carácter lejano y algo atemporal que es la caracterísitica principal de todo este asunto y de esta forma de plagio lejano.

sábado, abril 17, 2010

Un viaje extraño

Me bajé del autobús en Morón. Caminé entre el bullicio de la vía principal sin mucho sentido. El cielo estaba espeso y la humedad estaba disparada. La realidad pesaba unos cuantos kilos más. Entré en una tienda a comprar unas bermudas y un protector solar. Sentí que me estafan, pero no lo supe pues apenas me manejaba con la moneda y con los precios del país. Pregunté por la licorería donde me habían citado, un tipo sin dientes me dio unas indicaciones casi incomprensibles de las que lo único que saqué en claro es que debía seguir avanzando. Entré en una panadería, pedí un café, saqué el cuaderno y traté de anotar en el una descripción del pueblo, de Morón. No lo logré. Humedad y desorden, asfalto. Olor a asfalto y alquitrán. Apenas he caminado por una vía central, repleta de todo tipo de negocios a los lados, un cúmulo incomprensible de autobuses que llevan con carteles escritos a mano el nombre de su lugar de destino. A lo lejos se ve el perfil de la planta petroquímica, era la única referencia que tenía de la población. Bebí el café, que era buenísimo y salí de nuevo a la vía donde parecía converger todo. Volví a preguntar por la licorería New ofertón. Un tipo delgado, mulato, sin camiseta y que caminaba algo destartalado me indicó con el dedo y sin hablar el letrero, a lo lejos, de la licorería. Aceleré el paso y me quedé en la puerta. Miré a los lados y esperé. Pasó media hora. Reconstruí mi viaje hasta la puerta de la licorería New ofertón desde el aviso, desde que me llegó a comunicación. Lo leí, hice la mochila velozmente, guardé el pasaporte y algo de ropa. Salí de Castellón en autobús hasta Madrid. Me bajé en Méndez Álvaro. Cogí el metro hasta el aeropuerto. Tras varios intentos y varias discusiones, logré comprar el billete para Caracas. Algunas horas después estaba sobrevolando el atlántico. Aterricé en Maiquetía. Desde allí subí en taxi hasta Caracas. En Caracas, tras un sin fin de problemas y conflictos y muy poca información voy en autobús hasta Valencia. En el terminal de Valencia es de noche cuando llego y todo está cerrado. Una mujer de tamaño descomunal, con voz de ultratumba me dijo :"No mijo. A Morón hasta el amanecer no hay nada" Me senté en un banco del terminal, un vigilante armado como Rambo se me acercó y me aconsejó que no estuviera ahí, pero le dije que no tenía donde ir, que quería coger el primer autobús que saliera a Morón: "entonces véngase conmigo a la caseta, aquí es locura quedarse" en la caseta saca una botella de medio litro de un aguardiente lamentable, pero bebo. Me cuenta su vida. Le cuento algo de la mía, con voz de ensoñación me pregunta como es España, como estoy borracho le digo que es una piedra gigante con forma de vieja, pero que de la vieja la cara no nos pertenece, que la cara es Portugal. Somos como los pensamientos y el pañuelo que cubre la cabeza de la vieja. Se ríe pero se queda pensando y yo a su vez trató de imaginar que es lo que él está imaginando. Seguimos bebiendo y saca marihuana. Fumamos y a mi me da la risa, porque en mi vida había fumado una marihuana tan potente. Le pregunto porque va tan armado y entonces me dice que Venezuela es peligrosa, que hay mucha violencia. Levanto la vista y veo el terminal vacío y siento una sensación parecida al eco. Hay muy poca luz y una de las bombillas hace intermitencias, en ese instante un chico muy joven aparece en mi campo de visión, le sigue otro. Se detienen, el vigilante se pne en pie, muy alerta. Me mira y me dice: "agáchese, compadre" y eso hago, me meto debajo de la mesa del puesto de vigilancia, el tipo sale, pero no escucho nada. En ese rato que estoy debajo de la mesa me da por pensar que mi vida, como tal, ha perdido hace tiempo el rumbo y me viene la cara de Emma y el cuello de Emma y las manos de Emma. Debajo de la mesa huele a madera plástica, si es que eso existe. Aparece Rambo y me dice que ya pasó, pero yo no se que es lo que ya pasó. Me vuelvo a sentar a su lado y volvemos a fumar marihuana. La luz del amanecer revienta de repente en todo el terminal, hay gente que va y viene. Rambo me dice que el autobús a Morón ya está ahí, nos abrazamos y me monto. EL viaje hasta Morón me resulta agradable, al otr lado la vegetación me hipnotiza casi todo el camino.

A las 11:44 de la mañana aparecieron dos tipos, me preguntaron si yo era quien soy y me dijeron que fuera con ellos. Nos subimos a una pick up. Yo voy atrás, al aire libre. Atravesamos Morón, lo dejamos atrás y empezamos a ir por una carretera paralela al mar. Me emociono al ver el caribe. Veo palmeras y mar, palmeras y mar. Avanzamos a toda velocidad y el viento me marea, Me termino agachando para no aturdirme en la parte de atrás de la pick up. Veo el mar, playas vacías, miles de casas de madera donde anuncian comida. Llegamos a otro pueblo. Me siento de nuevo en el borde. Llegamos a una zona de talleres mecánicos, Entramos en uno con un letrero lleno de grasa en el que sólo puedo leer "Cauchera". Es un taller al aire libre, lleno de grasa y de ruedas de todos los tamaños tiradas por el suelo. Un tipo embadurnado en grasa y con un mono que ya no es azul indica donde deben detener la pick up. Cuando ya se detiene, salto de la pick up al suelo. El tipo grasiento me saluda y me da la mano, hubiera querido evitarlo pero le doy la mano y siento el tacto desagradable de toda esa inmundicia en su mano:

.- Henry S., ¿Verdad?

.- Si. Mucho gusto

.- Yo soy Erwin Machado. Pasemos a la oficina.

La oficina es una caseta en total deterioro, con una mesa y dos sillas del año, pero con un Mac recién comprado:

.- Siéntese, Henry.

Me siento. En ese momento siento todo el agotamiento del viaje, la diferencia horaria.

.- Se lo podría decir de otro modo, pero le tenemos que matar.

.- Carajo. Me hacen ustedes cruzarme medio planeta con una urgencia agotadora, para según llego, decirme que me tienen que matar. Espero que el argumento y la justificación para tal fin sea bastante contundente.

.- Le tenemos que matar porque estamos exterminando a todos los bloguers con tendencia literaria. Nuestra función es la de salvaguardar la buena literatura. Desde la aparición de Blogger, ha habido una vertiente de pseudo escritores que han aprovechado esos espacios para juguetear con la posibilidad de ser literatos. Nuestra función es precisa y consideramos que excesivamente importante. Hay que cuidar a la buena literatura de falsos y pretenciosos pseudo autores que utilizan los blogs para fantasear con ser escritores al uso. Lo siento, Henry S. Se acabó.

Lo que sigue es de difícil narración, pero si escribo esto en el el blog, es porque logré escapar y salir vivo de la terrible situación.

miércoles, abril 14, 2010

P.S.H.

Aquella mañana despertó, miró a su mujer y rotundo, contundente y sin ningún atisbo de duda le dijo:

.- Quiero que a partir de ahora me llames Philip Seymour Hoffman

No era por un motivo de admiración, no. El actor de mismo nombre no le resultaba un tipo carismático o una personalidad a seguir. Tenía grandes papeles y los ejercía con enorme precisión. Se intuía un tipo con capacidad para dirigir su carrera y escoger papeles en buenas películas, de buenos guiones, pero era demasiado rubio para su gusto, demasiado blando en un sentido físico. El sentía más atracción por esos galanes del siglo 21. Encontraba, por ejemplo, mucho más atractivo en George Clooney o Ewan Mcgregor. Si hubiera sido por un motivo de atractivos o de carismas hubiera escogido esos nombres, pero quería ser Philip Seymour Hoffman porque aquella noche soñó que ese nombre, esas palabras precisas, escondían algo que le estaba oculto y sólo a él, bajo esa nueva identidad le sería revelado.

.- No preguntes, no indagues, amor; pero soy Philip Seymour Hoffman.

.- ¿Cómo el actor?

.- Exáctamente, pero sin serlo. Soy otro Philip Seymour Hoffman. El mismo nombre para otra identidad. La mía tiene un fin. Seguramente la del actor también, ser oscarizado, ser reconocido; un tipo con una carrera brillante. Mi fin es otro.

.- ¿Cual, Philip?

.- Otro que sólo a mi, como Philip Seymour Hoffman, me será revelado. Y no vale que digas sólo Philip. Hay que pronunciar el nombre completo, cariño. Philip, Seymour y Hoffman. No descartar ninguna de las tres partes del nombre, de mi nuevo nombre. Que coincida con el actor no es más que una mera casualidad.

Entonces Philip Seymour Hoffman se levantó. Siguió los ritos de cada mañana. Orinó con poca puntería, preparó café, encendió la radio. Se sentó en la silla de la cocina donde siempre se sentaba, pero algo había cambiado para siempre, de momento sólo tenía conciencia de los cambios en su nombre, pero sabía que ya vendrían más, unos detrás de otros . Tomó el café con algo más de urgencia de la habitual. Se duchó, comprobando sin embargo que su cuerpo seguía siendo exacto. Las carnes colgando en el abdomen de manera caótica, las piernas estrechándose de manera incomprensible desde los muslos a los tobillos, el bello muy oscuro contrastando brutalmente con su piel blanquecina, el pene colgando como el vestigio de un mundo que resplandeció y ahora sobrevive agónico y melancólico tras el apocalipsis. Cerró el grifo, el vaho recorría como un fantasma todo el baño. Salió de la ducha, alcanzó la toalla y se empezó a secar. Trató de mirarse en el espejo pero el vaho lo cubría. Lanzó la el dedo y trazo una P, una S y una H. El hueco de las tres letras dejaba ver partes de su cara, que aparentemente sigue siendo la misma. El vaho se deslizaba por el espejo y deformaba las letras. Al otro lado de la puerta, la mujer, con voz preocupada y lejana, dijo.

.-Philip Seymour Hoffman, ¿Va todo bien? Estás tardando mucho. Escúchame cariño. ¿Estás bien?

Entonces Philip Seymour Hoffman contesta que si. Que todo está bien, que simplemente anda buscando el secreto, que busca pistas. Que ahora simplemente trazaba las sílabas de su nuevo nombre sobre el vaho del espejo, pero que nada aún le ha sido revelado.

Sale del baño y todo sigue igual que cada mañana. Se viste, se despide con el beso rutinario pero no exento de cariño, de su mujer. Sale a la calle, camina hasta el metro. Desciende en las escaleras mecánicas, en el andén ve un cartel anunciando una película. La duda (Doubt), protagonizada por el actor de mismo nombre que su nuevo nombre. Se queda mirando el cartel, lo mira mucho rato. Lee su nuevo nombre, lee el de Meryl Streep, el del director, John Patrick Shanley; Deja pasar un tren, deja pasar otro tren, mira obsesivo el cartel. Lee cada frase, cada detalle. El título de la película, los nombres, los colores del cartel. Frases de críticas de periódicos americanos repartidas a lo largo y ancho del cartel, adaptación de la obra teatral. Detalles que le puedan dar pistas, pero nada le es revelado tampoco en el cartel. Se monta en el metro y mira a los otros ciudadanos.
Avanza el tren por los túneles cavados por el subsuelo de la ciudad.Se ve reflejado en el cristal den enfrente, en el reflejo ve al tipo que tiene sentado a su lado y que sólo puede ver en el reflejo. Es un tipo trajeado, de mediana edad, con algo de barba, bastante atractivo. Trata de adivinar su nombre por la forma de su cara, pero todos los intentos le parecen absurdos. Se gira, le mira y le pregunta:

.- Perdone el descaro, pero sería tan amable de decirme su nombre

.- Soy Philip, Philip Seymour Hoffman. Como usted, como todos

Entonces Philip Seymour Hoffman, que somos todos, funde a negro.

sábado, abril 10, 2010

Animales

Por la mañana podría ser una cebra, era lo menos habitual, pero también se daba esa opción. Generalmente me movía más entre los delfines o las marmotas. Me gustaba despertarme delfín porque el día se abría como un océano ante mi y yo me deslizaba por las primeras horas de la mañana con una cadencia agradable, avanzando entre las primeras horas bajo esa amable compenetración, en una armonía total con el arranque del día. Otras veces según despertaba era marmota y todo se me hacía espeso y lento y mi andar no era tan fluido. La mañana era un lugar que estaba lejos y yo avanzaba hacia ella con pesadez. Luego el día podía deparar cualquier cosa. A mediodía podía ser culebra, vaca o elefante, puma o incluso jabalí; salía de la oficina y penetraba en la selva de los menús a cazar mi almuerzo y no siempre se daba bien la caza. Caminaba por las calles acechando cualquier esquina para saltar a una manada de filetes o de platos de lentejas. Luego, dependiendo de la época, podía haber lugares en los que me convertía en pinguino, esto habitualmente sucedía en los locales mal llamados climatizados en los meses de verano, en algunos autobuses y en el coche de algún amigo. En verano las transformaciones eran muy veloces y muy variadas, caminando por la calle, respirando los perfumes de las chicas con ropas livianas al pasar, me podía convertir en gorila, orangután, conejo o cualquier macho de la pirámide alimenticia. Soy León en el despacho, enfrentado a las dificultades y el agotador enfrentamiento contra los otros animales. Atacar sin ser visto, defenderte y estar alerta a cada minuto, manejar a los tuyos con dureza y sin debilidad. A veces llego a casa exhausto y me sorprendo mirando a la vecina desde mi ventana convertido en girafa. Me siento en el sofá y ahí o me vuelvo perro y me quedo acostado pasando canales de televisión ante mis ojos o me da por volverme gato y las patas se van solas y se lanzan a la calle a merodear por mi barrio o por otros barrios, como gato uno jamás sabe donde están las gatitas. Entonces me voy por las calles al azar y a lo mejor entro en un bar y bebo algo escuchando algo de música y entonces hablo con alguien y generalmente, dominado por los efectos del alcohol me convierto o en loro o en pavo real, en cualquier caso en un ave de pluma colorida. Entonces suelto frases y soy tigre y termino en un taxi con una tigresa y subimos a casa y abrimos la puerta y nos lanzamos a la cama y ahí, entonces ahí soy tigre, pero también león, serpiente, elefante y conejo, liebre, puma, girafa, perro, gato y canguro o cualquier roedor. Soy animal y me vuelvo un animal. La vida, siempre, es una selva.

miércoles, abril 07, 2010

El último año de la carrera

Corría septiembre de 1966. Acabábamos de llegar a Salamanca. Era la segunda vez que cruzaba el atlántico, el viaje desde Lima había sido entusiasta y repleto de fantasías. Habíamos leido obsesivamente "On the road" y algo de Hemingway, así que de algún modo Salamanca y la facultad de medicina nos abrían la posibilidad de protagonizar nuestra propia generación beat. Peruanos pseudo burgueses en la Iberia franquista recreando una historia no escrita y que queríamos escribir. Estábamos dispuestos a vivir desde cero. Nos bañamos en la inocencia salvaje y quisimos creer que Salamanca sería el epicentro de nuestro movimiento literario, pero Salamanca era otra cosa. España en general era otra cosa y no lo supimos ver. No era el escenario de unos artistas liberados, actuando sin reglas. Las cosas eran más bruscas, menos modernas. Nosotros veníamos de la Lima burguesa, teníamos un pensamiento avanzado, moderno y España aún viajaba en carreta. En cualquier caso estábamos dispuestos a vivir cualquier cantidad de instantes salvajes, los forzabamos, los buscábamos, husmeabamos cada esquina en busca de experiencias traducibles a literatura. Nuestra idea, siempre, fue poder ser literatura en vida. Ahora, tantos años después no veo nada excesivamente reseñable, salvo lo que no nos dimos cuenta que era la verdadera literatura. Buscábamos salvajismo, extremos y los extremos y la literatura de nuestras experiencias sucedían donde no sabíamos verlo. Sin embargo, de todo aquello que buscábamos, siempre he guardado una anécdota especial, la única reseñable y realmente literaturizable. Un episodio que seguramente nos superó y nos trasladó a la verdadera inocencia y no la que forzabamos. Un episodio raro e inexplicable y que nos dio oportunidades que nos vimos porque íbamos disfrazados de lo que no éramos. Bajámos desde Salamanca hasta la Sierra de Madrid, estuvimos varios días caminando por las montañas de las que un sueco nos había hablado los primeros días en la residencia de estudiantes donde vivimos en Salamanca. Viajamos hasta allí en busca de no se que mística que nos prometió el sueco. En Salamanca cogimos un autobús proletario que nos dejó en Segovia. De Segovia caminamos horas ascendiendo hasta un pico del que no recuerdo el nombre. Desde allí fuimos recorriendo rutas indicadas por aquel sueco bastardo. El camino lo aliñamos fumando marihuana hasta el hastío por aquellas montañás resecas, con lo difícil que era fumar marihuana y conseguirla en España en aquella época, pero el sueco insistió tanto en el viaje y su recomendación que para motivarnos nos consiguió una marihuana excelente traída de no se que modo desde Tetuan. A los dos días caminabamos Marquito, el Chumi, El indio y yo, por un camino arenoso y seco, nada parecido a la vegetación a la que estábamos acostumbrados. El Chumi leía enfervorizado y narcótico a Machado en voz alta, avanzando por aquella arena reseca y árida. Atardecía y nos habíamos perdido, llevabamos horas, casi los dos días sin cruzarnos con gente y la excursión había tenido cualquier adjetivo menos el de la mística. En eso nos apareció un tipo uniformado y nos llamó amablemente:

.- Muchachos. ¿Que hacen por aquí tan alegres y dicharacheros?

Al ver al guardia civil, abandonamos con enorme facilidad cualquier espíritu de rebeldía y fuimos forzosamente amables con aquel individuo extraño que nos abordaba solitario en medio de la montaña:

.- Paseando, Sr, por las hermosas montañas de su hermoso país.

Y el agente sonrió, y el Chumi que andaba con Machado a cuestas, soltó para puntualizar nuestra veneración al paisaje y la península y sus poetas y a modo de guiño y para hacer énfasis en nuestra amabilidad ante la tierra que nos acogía dijo:"Ancha es Castilla"

.- Caray- dijo el acento- que los jovenes no son nacionales, que son extranjeritos y ¿de donde vienen los simpáticos chavales?

.- Somos peruanos, señor.

.- América, América y España encontrándose de nuevo. Cualquier lugar es idóneo para un encuentro entre los dos lados. Ahora aquí en la sierra.

.- Así es, señor- Dije yo, pues a pocas cosas temía más que a la guardia civil, los perros del régimen


Entonces la conversación fue rápida y el cambio de tono del guardia civil aún más. De repente se puso confidente con nosotros. Mareaba la perdiz sin seguir en línea recta hacia donde quería ir. Hasta que tras varios regodeos nos pidió casi susurrando el favor de seguirle. Que no era nada importante, un pequeño favor:

.- Verán, jovenes. Aquí, un poco más adelante en este camino, nos vamos a encontrar en seguida con una casa de piedra. La única construcción en toda la montaña. Es, como verán en seguida, una casa grande a la que acude alguien muy poderoso una vez a la semana. Necesito que entren conmigo y charlen con él. Les propondrá jugar al poker, beber algo de alcohol e intercambiar anécdotas. Nada más. Si ustedes lo hacen, a él le harán feliz, a mi me harán un impagable favor y ustedes sacarán algún beneficio a posteriori, creánme.


Guiados por la curiosidad y la inquietud, seguimos al guardia civil. Avanzamos por camino, atravesamos un repentino bosque de pinos y jaras y nos encontramos con una valla de piedra que efectivamente, delimitaba la finca de la casa de piedra. Una casa que bien podría recordar a la de una película de terror que quizá en aquella época aún no se habría rodado. Atravesamos la finca siguiendo al guardia que constantemente nos miraba y sonreía nerviosamente. LLegamos a la puerta donde un coche negro estaba detenido. El guardia civil abrió la puerta de la inmensa casa y nos invitó a pasar. Cruzamos la puerta y en el hall inmenso, sentado en una butaca ostentosa y de tamaño desmesurado, vimos sentado a Franco. No recuerdo como reaccionaron los demás, recuerdo que yo pensé, con una bola de nervios en el estómago "pero si es un jodido enano". Franco se puso en píe, se presentó uno a uno y nos invitó a pasar a un salón con unas ventanas que tenían unas vistas impresionantes. El guardía civil había desaparecido y ahora hacía presencia un mayordomo a un tipo, bastante torpe, que hacía las funciones de mayordomo.

.- ¿Que queréis beber, chicos?- dijo Franco, en un tono, levemente amanerado que resultaba extraño

Agarrotados por la impresión y por el nervio, EL Chumi contestó que agua, pero Franco sonriente le miró y le dijo:

.- No, Chumi. No. ¿Que alcohol? Aquí nada de agua, hombre. Tengo un whisky formidable. ¿Queréis un whiskicito?

y todos, contestando con movimientos de cabeza exclusivamente, dijimos que si. A los pocos minutos apareció el pseudo mayordomo con una bandeja repleta de whiskys y una baraja de poker. Franco nos propuso, entonces, jugar una partida. Nos sentamos en la mesa y en un silencio extraño repartimos las cartas.

.- Verá, Señor Franco- Dije yo azotado por un bloqueo emocional- yo no se jugar casi al poker

.- Por favor, amigo. No me llames Señor Franco. Llámame Paco, como me llaman los íntimos. Y no te preocupes, olvidemos el Poker, entonces. El poker es una excusa. Y el mayordomo apareció, de repente, con una bandeja llena de cocaina. Puso la bandeja cerca de Paco y este se lanzó poseido a meterse una raya.

.- Adelante, chicos. Esta mierda es cojonuda. Me la trajo un ministro de un viaje a Colombia.

La cosa siguió mas o menos así: Consumo desenfrenado de cocaína. Conversaciones deliradas dirigidas por el dictador. Primeras confianzas físicas de Paco. Paco que le toca el hombro al Chumi. Paco que me lanza la mano a la rodilla. Paco que sonríe y cada vez tiene más amaneramiento no sólo en el habla, también gestuálmente. Paco que roza su hombro constantemente con el hombro del indio. Paco que se quita la chaqueta. Paco que propone disfrazarnos. Paco que se bebe los Whiskys como agua. Paco que le dice al pseudo mayordomo que ponga algo de Mambo a todo volumen. Paco que coge a Chumi y se ponen a bailar por todo el salón. Paco que trata de besar al Chumi y el Chumi lo evita como puede. Paco que dice que porque no bailamos todos. Paco que hace trencito y se coloca de locomotora, dirigiendo los pasos por todo el salón. Paco que agarra al indio por la cintura y le da un beso en el cuello. Paco que bebe y nos hace beber. Paco que pide más cocaína para todos. Paco que se quita la camiseta y baila como si le fuera la historia en ello. Paco que se cae redondo al suelo y se queda traspuesto. El mayordomo que se lleva a Paco a una habitación, vuelve, nos da unos sobres con dinero y nos dice que como hablemos de esto, ya sabemos lo que hay. Salimos de la casa. Vemos al guardia civil apoyado en el capó del coche negro. Nos sonríe y dice:

.- Muy bien muchachos. Ya sabeis- y el dedo indice lo hace recorrer a lo ancho del cuello.

Las cosas nos quedan claras, nadie habla jamás de Paco. Como buenamente podemos terminamos la excursión. Cogemos un bus a Salamanca. El sueco nos pregunta sobre la mística de la sierra y le decimos que si, que nuestra vida es otra desde la sierra y nos fumamos un porro con el Sueco. Pasamos el año estudiando nuestro último año de medicina y volvemos a Lima. Se han diluido lentamente, nuestras intenciones de ser beatniks

martes, abril 06, 2010

Laura Martín

No llegaba autobús hasta la colina de los almendros. La urbanización lujosa y exclusiva era de difícil acceso sino se contaba con automóvil. Yo me bajaba en una parada que había donde la entrada de la carretera, allí me dejaba un autobús de línea que contaba con muy pocos servicios al cabo del día, luego el camino en ascenso hasta la mansión de los Martín era largo y muy empinado, pero aún así acepté aquel trabajo porque el sueldo era bueno y porque desde la entrevista había algo en aquella casa, en aquella familia invisible, que me resultaba atractivo, hipnótico. Había una sala de planchado cerca de la cocina y de las habitaciones de servicio. Yo llegaba y Lourdes, la encargada principal, me había dejado toda aquella ropa para planchar. Casi nunca hablaba con nadie, casi nunca me cruzaba ni con otros empleados ni con nadie de los Martín. Mientras planchaba, a través de la ventana, veía a veces al jardinero entregado paciente a sus labores. El trato con Lourdes era frecuentemente muy veloz y distante, me pagaba puntualmente y me citaba para la siguiente jornada. Solía ir tres veces por semana, planchaba grandes cantidades de sábanas, de ropas elegantes, deportivas, uniformes de servicio. Pasaba mis horas concentrada, porque el ambiente silencioso y el buen pago invitaban a hacer tu trabajo con esmero. Una chica muy joven llegaba al mediodía y me avisaba para acercarme a una mesa de la cocina donde me habían dejado algo para comer. Comía y volvía a la sala de planchado. A las seis o seis y media, Lourdes se acercaba con el sobre del dinero, me lo daba y me preguntaba siempre por si podría venir el siguiente día indicándome día y hora. Yo contestaba siempre que si, cogía el sobre, salía de la gigantesca sala, en la puerta me abría el vigilante y salía a la soledad de aquella urbanización gigante. Descendía por las cuestas solitarias entre otras casas igual de gigantes y de silenciosas. En el camino sólo escuchaba de vez en cuando algún perro ladrando al otro lado de las vallas. Mucho rato después llegaba a a la carretera donde estaba la parada y esperaba paciente la llegada del autobús que me llevara hasta la ciudad. Siempre era así, pero una tarde Lourdes se acercó con el sobre y me dijo que si alguna vez podría contar conmigo como apoyo para fiestas, le dije que si, que ya había servido y que también había realizado trabajos de hostelería y de cocina en alguna ocasión:

.- Necesitamos que vengas este sábado para ayudar en una fiesta que da el Sr Martín. Es una fiesta importante para el Señor, no ya sólo por lo que celebra sino por que los invitados son especiales. Hay que hacer un trabajo excelente ¿podrías encargarte de servir bandejas de bebidas y de aperitivos?

Por supuesto acepté. Aquello me pareció una oportunidad única y al enterarme de lo que me pagarían aún me pareció mas acertada mi decisión de trabajar aquel sábado. Lourdes me dio las indicaciones, horas y algunas normas importantes para el servicio de aquella fiesta.

Llegué a media tarde, un poco retrasada porque si habitualmente era complicado llegar, los sábados el viaje a la colina de los almendros era aún mas inaccesible y difícil. Subí las cuestas de la colina casi corriendo, pero tratando de no sudar. El vigilante me abrió la puerta, llegué a la sala donde me esperaba Lourdes. Pedí mi avergonzada disculpas por el retraso, pero Lourdes no estaba molesta, contestó que era normal que el sábado hubiera tardado más en llegar. Era obvio que yo no llegaba en coche, pero me sorprendió que supiera como venía yo hasta la casa. Luego me entregó un uniforme y me dijo que me vistiera y que me fuera al jardín. Me cambié en un baño muy amplio y salí al jardín donde nunca había estado. Vi a lo lejos una piscina y una pista de tenis. Allí había dos chicas jugando. Una de ellas era hermosísima y golpeaba la pelota con enorme precisión. Me quedé unos segundos mirando porque había algo de espectáculo en como aquella muchacha giraba la cabeza de la raqueta para devolver la pelota al otro lado de la red. Seguí de largo hasta el porche. Por alguna razón en el momento que pasé al lado de la pista me puse nerviosa. Las muchachas me ignoraron. Entre punto y punto la otra chica dijo algo que no alcancé a entender.

Nos explicaron la organización de nuestro trabajo, como debíamos repartirnos las bebidas y los aperitivos, que zonas abarcar cada una y como debía ser nuestro trato. Una hora después sonaba música en directo, un cuarteto interpretaba al fondo del jardín. Una multitud conversaba entremezclada. Tras muchos paseos entre la gente con mi bandeja logré descifrar quien era el Sr Martín, también a la Sra, que se acercó para saludar y agradecernos nuestro trabajo. Seguí entregada a mi labor. Una de las veces alargué la bandeja entre un grupo de jóvenes, allí vi a la muchacha hermosa que jugaba al tenis muy arreglada y elegante, era la hija de los Martín charlando con un chico de aspecto desagradable y antipático. Una de las veces que fui a recoger más bebidas para poner en la bandeja. Lourdes, me llamó aparte y me dijo:
.- ¿Puedes acercarte allí, al fondo del jardín? Hay una fuente de piedras enterrada de un montículo, detrás podrás entrar en una sala. Lleva esta bandeja con esto

y deposito una caja granate. Caminé por todo el jardín con la bandeja repleta de bebidas siguiendo las indicaciones de Lourdes. Cruce una puerta que efectivamente había detrás de aquel montículo y me encontré con seis tipos sentados en una mesa de cristal. Nadie hablaba, cogieron las bebidas y uno de ellos cogió la caja. Me giré para irme, pero el que había cogido la caja me dijo:

.- No, por favor. No puede irse. Pase y quédese allí.

Avancé hasta la posición que me indicó. Me quedé quieta. Los seis hombres se agarraron de las manos haciendo el círculo alrededor de la mesa. La caja la colocaron en el medio justo. No hablaron pero se cogían las manos con muchas fuerzas. Uno de ellos abrió los ojos y dijo en alto y con un tono muy serio, muy dramático:

.- No puede salir otra vez. Es día 12. No va a salir.

.- Pero hay que intentarlo. Por favor, cerremos los ojos e intentémoslo de nuevo.

Estuvieron algunos minutos muy concentrados. Miré la caja varias veces esperando que se abriera o que saliera un rayo o un humo o algo. Esperé que saliera algo, una señal, pero no sucedía nada. Abrieron todos los ojos, se soltaron las manos. El más alto lanzó la mano hacia la caja y la abrió. Miró a los otros con solemnidad:

.- Lo tomaré yo.

De la caja sacó una especie de seta o champiñón y se lo tragó.

.- Esto nos va a costar el despido.

.- Vamos, por favor. Vamos. Hagamos el esfuerzo.

El que había tomado el champiñón se separó de los otros y cerró los ojos. Pasados unos segundos empezó a hablar:

.- Las señales son confusas. Veo las vibraciones angulares a lo lejos.

.- ¡ Dios mio! Otra vez las vibraciones angulares. No puede ser

.- Si, las vibraciones angulares, pero esta vez vienen acompañadas del frenesí amorfo. Las ondas se repiten. Todo se confunde con la cara de Laura.

.- ¿De Laura?- Gritó otro- ¿La hija de Martín?

.- Si- contestó- Laura entre vapores, Laura aumentando de tamaño

Los demás le miran absolutamente concentrados y atentos a cada una de sus frases. Al escuchar el nombre de la hija de Martín pienso en la imagen de la tarde cuando la vi jugando al tenis. Laura Martín jugando al tenis y luego Laura Martín hablando con ese joven nefasto. Sigo observando la extraña escena.

.- Laura juguetea con planetas. Laura navega sólida entre mares fosforescentes...

.- Martín nos va a matar a todos. No puede ser que Laura aparezca en todo esto.

Yo encadeno pensamientos. De repente me parece ver conexión entre las palabras inconexas del hombre del champinón y la imagen de Laura Martín jugando la tenis por la tarde y hablo, sin saber muy bien por que lo hago:

.- Laura jugaba al tenis esta tarde y había algo mágico y enigmático en como golpeaba la raqueta

Todos me miran incredulos, sin comprender. Uno de ellos me habla:

.- ¿A qué hora?

.- No se, atardecía. Hubo un momento que dio un golpe que no parecía un golpe, parecía poesía, pero no me haga caso, no se muy bien que me digo- trato de excusarme, pero por otro lado no he podido evitar hablar. Me averguenzo de haber hablado y tampoco entiendo que digo.

.- Entonces es Laura

.- Si, es Laura- contesta el del champiñón.

Uno de ellos se acerca, me coge de la mano y me dice que nada hubiera sido posible sin mi ayuda:

.- Gracias- dicen todos a coro

Me unen a ellos. En ese instante entra en Sr Martín y muy serio pregunta:

.- ¿Ya se sabe algo?

Hay un largo silencio. Todos miran al suelo. Estamos los seis y yo cogidos de la mano en círculo. Sin saber porque miro al Sr Martín y digo:

.- Es Laura Sr Martín. Es Laura. Lo siento

El Sr Martín se queda estático, totalmente conmovido, a punto de llorar. Se da media vuelta y desaparece. Yo cojo la bandeja y salgo al jardín. Trabajo el resto de la noche como si nada hubiera pasado. A las dos de la mañana me acerco hasta Laura con la bandeja. Me mira y sonríe. Doy, en ese momento, por acabada mi jornada.

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