domingo, febrero 28, 2010

Ringo

Entré. Al fondo del pasillo sonaban Los Beatles. Saludé en alto esperando recibir una respuesta. No contestó nadie. El pasillo estaba a oscuras, sólo venía un pequeño destello de luz del final, donde se podía ver la puerta a alguna habitación o sala. Avancé escuchando Revolution a un nivel considerable. Empujé la puerta y en un sillón, con los ojos cerrados de los que resbalaban unas pequeñísimas lágrimas, vi a Ringo Starr. No dije nada, pero Ringo abrió los ojos y me miró. Se secó disimuladamente las lágrimas diminutas que caían todavía de sus ojos y me saludó cordialmente. Me presenté. Él contestó amablemente con un "encantado de conocerte". Luego me justifiqué, le conté como había llegado hasta ahí y que realmente creí que me iba a encontrar con Paula y no con Ringo Starr. Me contestó que no me preocupara, que si me quería sentar: "Estaba escuchando un poco los Beatles, ¿Te apetece?" Sonreí: "No creo que haya una sola persona en el mundo que no le apetezca escuchar los Beatles con un Beatle" Sonó Something:

.- Cuando escucho los Beatles, cuando nos escucho, sucede una forma deslumbrante de viaje en el tiempo. Recuerdo cada momento de las grabaciones, cosas de aquella época, pero no soy yo, soy Ringo, pero ese Ringo y yo somos y no somos el mismo...

Entonces, inaudíblemente, comienza a tararear el estribillo. Yo miro a los lados, porque por un lado busco a Paula, pero por otro espero no encontrarla. No comprendo que hace Ringo ahí, sus palabras, pero por otro lado quiero que la situación se alargue indefinidamente, que se prolongue mucho más allá de lo admisible.

.- Todo lo recuerdo y yo se que soy Ringo, pero nos escucho y todo se desvanece en una cadencia extraña, el tiempo se vuelve una especie de crema hidratante deslizándose por una piel seca. Fui un Beatle, pero fue el otro Ringo, al que recuerdo, al que llevo bajo mi piel, pero de algún modo aquello no existió. Soy capaz de escuchar ese grupo sintiendo que yo también soy un fan de aquella época, otro joven que se emocionaba escuchando los discos que ibamos sacando; sin embargo hay un túnel invisible que me traslada hasta dentro de esas canciones. Ese bombo que suena, ¿Lo escuchas?, lo pulsé yo. Yo soy parte viva, sangre que fluye en esas canciones pero ahora las veo desde fuera, desde esta distancia insalvable, imposible. Ya nunca volverá. Se acabó y no hay nostalgia más profunda. ¿Tu te imaginas una forma de nostalgia mas aguda? Fui un Beatle y aquello ya no existe, ni existirá en los millones de años que deambulen las galaxias por el cosmos. No habrá mas Beatles, no habrá otra vez la grabación del Sargent Pepper. No habrá mas Lennon.

y de nuevo cierra los ojos y escucha concentrado la aguja que avanza por esa otra forma de galaxia que es el vinilo y miro a Ringo llorar con nostalgia sideral la desaparición eterna de los Beatles.

Me quedo un buen rato más esperando a Paula.

sábado, febrero 27, 2010

En directo

Aquí se acaba la fantasía. Aquí es donde empieza otro terreno. Todo se vuelve cierto, nada de juegos. Aquí es lo que es. No hay compuertas, escaleras, escapes a lugares donde los elementos se vuelven reflejos o variaciones escapistas de los elementos en sí. Aquí cada parte es sí mismo, sin truco, si misterios, sin magia. No hay magia, olvídate. Aquí somos frente a frente y lo que venga. Asumámonos con todo, con lo inabarcable que somos cada uno, con todo lo que hay de desconocido en el otro, en uno mismo. Aquí es lo cierto, lo inmenso y desconcertante y extraño que es lo cierto. No hay metáforas, no hay segundas lecturas, no hay misterios. Aquí es tu piel, sin más. Aquí tu brazo que crece hacia el hombro. No hay juegos, ni imágenes que evocan, lo que veo es tu cuello, la forma precisa de tu cuello que crece y se desdobla en la barbilla. La continuidad precisa y única de tus partes que te van formando. El giro de la barbilla, cambio de dirección y sigo hasta tu boca. No hay juegos, no recurro a otras palabras. Aquí es tu boca, de lleno, completa. No es un lago o una esponja o un colchón donde saltan las invisibles partes de mi euforia. No, es tu boca, la forma precisa de tu boca, humedecida por la saliva y redondeada de manera que sólo puede ser la forma única y sin imágenes proyectadas de tu boca. Y abajo mi mano que recorre tu muslo y es el muslo. No es nada más que tu muslo, no es la primavera en la mano, no es la arena del mediodía en una playa, es tu muslo. No voy a buscar ahora palabras que definan mi mano en tu muslo, simplemente es eso, mi mano en tu muslo que avanza y siente el tacto preciso de tu piel. Y ahora, mientras nos vamos lanzando hacia el colchón no pienso ni siquiera en palabras menos limpias, tampoco en lo evidente; es tu cuerpo acoplándose como bien puede a mi cuerpo. Todo sucede con precisión. No es poesía, aquí no hay fantasías. Esto es sexo, podría buscar metáforas y rimas, pero no, prefiero esto, la imagen sólida, contundente y bestial de lo cierto. El colchón no es el cielo, es el colchón que nos sostiene y que además hace ruido de muelles rítmicamente y desconcentra lo justo. Hay veces que hasta estos detalles, el muelle y su ruido constante, aportan a este instante cierto, más elementos que potencian la certeza, lo real. No es poesía, ni fantasía. Es esto, así, imperfecto y divertido. Sobre todo placentero.

viernes, febrero 26, 2010

El tren

Generalmente el tren pasa dos veces al día: Una hacia el este y otra hacia el oeste. Entre semana la hora es la misma todo el año. El del este pasa a mediodía, el del oeste a media tarde. La luz que hay a su paso marca, para mi, la evolución de las estaciones, la constante transición del año. El que va hacia el oeste o el de mediatarde puede pasar de noche o a plena luz, el del mediodía o que va hacia el este siempre tiene luz, pero esta es irregular, en verano intensa y sofocante, en invierno débil. Luego está el ruido que va creciendo en la planicie. Va apareciendo su rugido in crecendo desde la invisibilidad, tras la planicie, allí al fondo donde comienzan a formarse inapreciables los terraplenes y la vista pierde precisión. Viene creciendo esa masa grave que atraviesa la meseta, entonces alcanza mi visión y lo veo venir, lo escucho avanzando, ignorando que es escuchado. El tren, como estrella fugaz, pasa y sigue y ya todo empieza a decrecer otra vez y va volviendo el silencio a la meseta, va volviendo el silencio a mi silencio. Nada alrededor. Siempre espero a que pase el tren para encender un cigarro, entonces me da por pensar en esos pasajeros invisibles que iban dentro, les pongo cara, les imagino vidas, un destino. Les imagino bajándose del tren cuando este ya se ha detenido en la estación, les imagino desmenuzándose con sus maletas, deshaciendo ese bloque que son según bajan del tren hasta que cada uno va partiendo hacia otro destino que ya no es común. Eso imagino cuando fumo y el tren se va haciendo inaudible, casi como si no existiera ya, como si fugacidad fuera absoluta, pasa y deja de ser, aún sabiendo que no es así, que el tren avanza y pasa por otras planicies donde otros lo miran al pasar y piensan o imaginan a los pasajeros invisibles, entonces también pienso en esos, en los que mas adelante lo ven venir, van oyendo ese rugido venir que sin embargo por aquí ya no existe, van viéndolo aparecer, van oyendo esa gravedad venir, crecer, rugir, pasar y volver a decrecer para ir haciéndose invisible y seguir, donde más adelante otro, otros, lo vendrán venir, crecer, rugir y vuelta a empezar. Otras veces, cuando ya apago el cigarro no pienso ni en los pasajeros, ni en los que previamente o después ven pasar el tren, otras veces lo que hago según piso la colilla es preguntarme quien de todos es la constante, si yo aquí, si el tren que constantemente avanza y pasa o los que, como yo, lo ven pasar, lo escuchan rugir bien antes, bien después de mi. ¿Dónde está lo que es constante? o ¿Acaso son constantes independientes unas de las otras? Está mi constante donde pasan cosas inconstantes, o yo soy lo inconstante para los pasajeros que desde la ventana me ven ir en aumento, van viéndome sentado, fumando y luego voy desapareciendo y me hago invisible, pasado. Luego vuelvo a mediatarde, donde la luz, también es inconstante, mediatarde de invierno que anochece pronto y el Sol se ha escondido, mediatarde de verano que hace calor aún y el tiempo, ligeramente, se ha detenido. Y espero, espero y en proceso inverso al de mediodía, comienza a aparecer el rugido y la visión lejana del tren. Enciendo mi cigarro y espero e imagino, de nuevo, pasajeros, destinos distintos, vidas. Pasa y se va y todas mis constantes vuelven a comenzar. Los ciclos. Eso cada tarde, cada mediodía hasta este instante, que espero, que aguanto y no pasa, que llevo dos días inmóvil y nada, no va ni viene tren. Entonces entiendo, no somos fugaces, somos constantes inconstantes. Hilos que dependen unos de los otros, railes que van hacia un destino donde todos los destinos se separan. No pasa el tren fugaz y mi constantes, en esa fugacidad, también desaparecen.

jueves, febrero 25, 2010

Ventana indiscreta

Ella siempre hace gimnasia mientras él hace algún tipo de trabajo en la mesa con el ordenador, su ventana está casi en línea paralela con esta ventana y puedo ver con cierta facilidad ese movimiento de la vida diaria que siempre resulta robótico y sin sentido a quien lo observa desde la distancia que hay entre ventana y ventana con un patio gigante de por medio. En realidad no es un patio, en realidad lo que nos separa son los parkings traseros de su edificio y el mío, pero lo cierto es que la distancia es tan insalvable que se puede concluir que nos separan dimensiones, niveles, capas. Ellos pertenecen a aquella realidad del edificio de enfrente, a aquella proyección. La observación lleva a la reflexión y esta a la abstracción y sus vidas vistas de un modo abstracto me han terminado resultando una ficción. Ella hace gimnasia mientras el escribe en la mesa de la sala. Ella se concentra en sus ejercicios, el teclea concienzudo. A veces ella se gira y comenta. El acto carece de sentido visto desde aquí. Ella estira, baja, juguetea con la extensión de sus músculos y de repente con un gesto que la distancia distorsiona o no deja completar, gira hacia él y comenta, el afirma o niega sin levantar la vista del ordenador y siguen. No siempre es así, hay veces que están a otras cosas, pasan se sientan, ella se levanta, desaparece en el fondo imposible de una puerta que da a un terreno inaccesible e inexistente para mi. ¿Que hay más allá de esa puerta? ¿La cocina? ¿el pasillo? ¿o la habitación? Nada que jamás vaya a descubrir, allí, tras esa puerta ya todo se aleja. Luego vuelve de aquel mundo y se vuelve a sentar. Comen, hablan, pasan. Luego por las noches se enciende la luz o no se enciende. Hay veces que no existen en ese microcosmos que es mi campo de visión, entonces los imagino lejanos, en aquellas galaxias remotas que son las calles de la ciudad. La ventana está apagada, no hay movimiento y los visualizo en otras realidades donde los actos parecen algo más comprensibles sin serlo realmente. Luego vuelven, se enciende la luz, vienen vestidos de calle, las ropas que han ido cambiando todos estos años, se desvisten, se ponen cómodos, gesticulan mientras van y vienen. Vuelven a ser eso que observo, esa abstracción, esa proyección de vidas al otro lado de la ventana. Todos esos actos de dos dentro de una casa. ¿Quien puede explicar o comprender todos esos movimientos que desde aquí jamás han parecido tener continuidad? ¿Quién puede entender que ahora se levanten, vayan, vuelvan, giren se desvistan, apaguen la luz? Nunca repiten o todo es siempre lo mismo, pero la línea, la progresión de lo que sucede es impredecible. Eso veo, por eso cuando la semana pasada la vi a ella en la esquina norte, sin darme cuenta la saludé y ella me miró desconcertada y pensé que nada era igual sin la ventana, sin la distancia insalvable de nuestros edificios y subí a casa corriendo a esperar que pasara el día y volvieran, por fin, a casa.

miércoles, febrero 24, 2010

Lector desconcentrado

Dejó el libro sobre la mesilla, suspiró y pensó en el dificil equilibrio que necesita la mente para la concentración. Nada, por más que luchara, podía hacer esa noche contra esa mosca inaudible pero de sonoridad ruidosa que es la desconcentración. Pensó en manejar lo que pensaba, pensó en diluir aquello que gobernaba dictatorialmente su cabeza pero la cabeza es una autopista: dos direcciones con varios carriles para cada dirección. Había tratado insistentemente de avanzar, de superar aquel párrafo. Los días previos la lectura de esa novela le estaba resultando formidable, pero todo lo acontecido aquella tarde dinamitaban el argumento, o la sensualidad que necesita todo argumento con todo lector. La cabeza se escapaba de la hoja, de las descripciones. Fue así como, sin avanzar o avanzando sin desplazarse, decidió dejar el libro sobre la mesilla y abandonar cualquier intento de seguir leyendo. Fue a apagar la luz y sintió la dolorosa derrota: ¿Cómo podía gobernar de aquel modo los hechos de la tarde sobre su deseo de no recordarlos, sobre su deseo de escapar en la lectura, en aquella narración donde todo debería evaporarse? No apagó la luz, no aceptó la derrota, cogió de nuevo el libro y lo abrió:

"...mientras volvía sobre sus pasos"... no sabe, ella no sabe ... "...mientras volvía sobre sus pasos" ... no tiene sentido nada de lo que dijo esta tarde..."mientras volvía sobre sus pasos, recordó la cálida mañana que despertó en el trópico"... y luego el café enfriandose, y ella hablándome de mi indiferencia... "mientras volvía sobre sus pasos, recordó la cálida....".... y el tono, sobre todo el tono y la recriminación. Se fue enciendo sola. Yo no debí decir lo que dije después, es cierto... "...la cálida mañana que despertó en el trópico y comprendió que su vida y su destino...."... pero la escena, todo lo que vino después...." ...y comprendió que su vida...."... no soporto esas escenas, todo el café mirandonos..." que su vida y su destino habían girado definitivamente hacia..."...y ella que lanza la taza, y se desparrama el té por el suelo...." girado definitivamente hacia la remota e insalvable..." y la señora de la mesa de atrás que grita porque la taza revienta en el suelo " ..hacia la remota e insalvable distancia del tiempo..." y me puse en pie, ¿Cómo no iba a ponerme en píe? "... distancia del tiempo donde ella..." y me quería ir, pero ella siguió y yo que no entiendo esa violencia y me empuja... "...donde ella jamás..." .. y caigo al suelo, y alguien ríe y la miro, y ella "...donde ella jamás volvería..." y me giro y mientras vuelvo sobre mis pasos recordé..."...donde ella jamás volvería..."

lunes, febrero 22, 2010

Soy lluvia cuando llueve

Podríamos extender, y mucho, sobre la influencia de la lluvia sobre las emociones, sobre la percepción, sobre el optimismo. La lluvia y sus melancolías. Cuando cae, ya se sabe, no cae sólo agua, la lluvia viene repleta de cosas. Pero no es exactamente de esta influencia emocional la que yo quería comentar. En mi caso, el efecto es mayor. No ya porque sea un nostálgico, sino porque cuando llueve yo también soy lluvia. Soy lluvia o la lluvia me vuelve lluvia. O afinando más aún: la lluvia me va desmenuzando. Llueve y todo va bien si estoy en casa. La ventana deja ver el agua, la luz apagada y gris, los pequeños ríos abajo deslizándose hacia las alcantarillas, donde arranca una existencia inexplicable. Agua que cae al agua y que se van hacia otro agua. Una cadena engimática que vaya uno a saber donde termina, si es que termina. Lo malo, lo complejo, viene si la lluvia me alcanza fuera de casa, si voy corriendo por la calle en busca de soportales o marquesinas para defenderme del que es, seguro, mi peor enemigo. Llueve, van cayendo esas puntos, esas comas del cielo, en esa forma de texto indescifrable y misterioso que es la lluvia. Va cayendo y, siempre pasa, me empiezo a deshacer. El problema, mi descomunal problema, es que cada gota no me moja, sino que vuelve esa zona que debería mojarse en agua que se desliza. Mi piel se vuelve gota y cae y se junta a las gotas del agua. Cuando llueve yo soy lluvia y me deshago, no me empapo. Entonces comienza el lío porque no me deshago de golpe, sino que me voy desmoronando poco a poco, me voy haciendo gotas que se van yendo unas detrás de otras, pero no conjuntamente. Por allí va una gota que previamente fue un trozo de dedo, por allí va agua deslizándose sobre el otro agua, camino de las alcantarillas, que antes era oreja. Me deshago y me junto a los ríos de la lluvia. Hago el viaje, pero hago el viaje a mil partes porque cada parte es una gota que va en ríos distintos. Cae y no me deshago del todo, voy corriendo mientras aún queda todo el pecho, parte de las piernas y ya por las alcantarillas la lluvia se ha llevado los brazos, algunas partes de las piernas. Llueve y yo también soy lluvia, y lo malo no es eso, lo malo viene después, cuando los ríos se juntan a otros ríos, los desagües se amontonan y todo yo está separado, lejano cada parte de lo demás. Lo complejo, lo imposible, el gran puzzle de mi vida es rehacerme por completo cada vez que llueve. Así que si me quejo de la lluvia no es por nostalgia, no por la incomodidad de las calles y el tráfico. Si lo hago es por eso, es porque cuando llueve me deshago y tardo tanto, tanto, en rehacerme y además, en cada nueva formación, siempre, algo, no vuelve. Siempre algo desaparece en la lluvia, en los ríos, en el agua. Gotas que no vuelven.

sábado, febrero 20, 2010

Cumpleaños

Cuando viví en Vigo, había un niño en el colegio que decía que no sabía que día era su cumpleaños. Aquello resultaba sorprendente, porque por alguna razón muy enigmática, a un niño el día de su cumpleaños le resulta una fecha descomunal en el calendario. El año está marcado con una bombilla muy potente sobre ese día, desde el año anterior investigas con interés, que día de la semana caerá tu cumpleaños el año que viene, y a veces, en esa investigación vas mucho más allá: "En 1988 mi cumpleaños caerá en sábado" y 1988 es un año remoto e inaccesible, un lugar a una distancia sideral, pero a ti te deslumbra que en ese año remoto, que es dentro de tres o cuatro años, tu cumpleaños caerá en sábado y especulas y planeas que ese año irás al cine con Andrea y con Julián. Pero aquel niño no sabía que día era su cumpleaños y los demás le preguntaban insistente, y le decían que le preguntara a su madre y el se quedaba callado. Yo creo que había alguno que se quedaba con ganas de ponerle la fecha: "Pues si no te acuerdas, a partir de ahora tu cumpleaños será el 4 de junio", pero nadie lo hizo, lo que si hacían era preguntarle una y otra vez que cuando era, que se acordara, que lo averiguara, porque aquello era poco menos que inadmisible. Entonces llegaban los cumpleaños de los otros y nos invitaban y nos íbamos tan guapos, con aquella camiseta que te gustaba tanto que te había comprado tu madre para la entrada de la primavera y él también iba, con su ropa nueva, con sus zapatillas de estreno, pero se sentía un intruso, porque el jamás celebraba su cumpleaños y sin embargo le invitaban a todos. Yo comprendí, en el cumpleaños de Andrea porque aquel niño no se acordaba de su cumpleaños. A mi me resultaba sospechoso que su madre nunca venía a buscarle. Siempre se iba andando y aquel día yo le seguí. Le dejé salir y mantuve la distancia prudencial para no ser descubierto. No tenía casa, no era un niño, no tenía cumpleaños, no sabía de fechas porque aquel niño era inmortal.

La primera frase

Hay que evitar ser pretenciosos con la primera frase, y ésta ya lo es muchísimo. La tendencia a arrancar con bombos y platillo es casi inevitable. La primera frase parece predecir el futuro del resto del texto, de todas las demás frases que vienen por detrás. Sin embargo hay que evitar desvelarse en ese impulso. La primera frase, si se pone elevada, iluminada, forzadamente potente e intensa, puede hacerte perder el crédito en lo que queda del texto. La idea del principio debería ser enganchar la historia en un punto normal, sin una subida excesiva. El principio es una frase más, no hay que cargarla con el exceso, no hay que responsabilizarla de lo que viene. La primera frase no puede ser el hermano mayor. No tiene porque arrastrar, no tiene porque dar la cara, no es el niño grande que viene con sus hermanos de la mano. La primera frase es otra frase más, no depende el texto de ella, no. Liberemos a la primera frase de intensidades, de grandilocuéncias. Viene como algo más, debe aportar como aporta el resto. El principio es una parte más. No lancemos todos los fuegos, no quememos todos los cartuchos. Es truco tonto y al que se le ve venir. Así que empecemos de nuevo, como si nada.

miércoles, febrero 17, 2010

Lejana

Fotógrafa en los ratos libres, solitaria a tiempo completo, lejana por naturaleza, ausente aún cuando está delante, eternamente silenciosa. Este es el cuarto intento de describirla y aún no logro ni acercarme. Sospecho que su descripción es básicamente la de ser indescriptible. Incluso físicamente es compleja. Es hermosa, claro que lo es. Esa cara puede trastornar al mas sensato y por lo poco que se, así ha sido. Algunas veces la confundí con esos personajes de libros que parecen irreales. Ir a su lado era un enigma, como son un enigma algunos de esos personajes con los que fantaseaba que iba mientras iba con ella. Si escribiera su nombre, que no lo voy a a hacer, lograría traducirla en literatura, porque hasta su nombre parece uno de esos con el que arranca una historia. Hay gente que apenas varía físicamente a lo largo de los años. Mantienen los gestos y las proporciones durante años, durante casi toda la vida. Le pasa a mi hermano, le pasa a mi madre, le pasa a ella, no me pasa a mi. Ella mantiene su cara intacta. La he visto ahora y su cara es aquella cara de la adolescencia. Aquella mirada, que venía desde un lugar desconocido, sigue igual, viniendo desde allí, ese sitio al que no ha llegado nadie. Ahora veo sus fotos y pienso lo inevitable, la miro y veo esa belleza obvia pero atractiva en lo menos evidente. Sigue allí, instalada en ese lugar donde no llega nadie. Creo que eso fue lo que temí cuando nos acercamos cara con cara en aquella plaza, hace algunos años. Fui yo el que no se lanzo por ese precipicio. Está tan lejos, tan remota, que si mi cara se acercaba del todo a esa cara, aún hoy, estaría cayendo. Creo que eso explica esa lejanía, esa soledad casi impuesta. Cuando te acercas a ella se avanza tanto por lugares vacíos, que hay un momento que temes que no merezca la pena el camino, que no valga el esfuerzo la recompensa. Lo que te atrae, es lo mismo que te empuja de vuelta. Hay tanta distancia hasta su voz, hasta sus gestos que eso mismo que te invita a caminar hacia su boca, es lo mismo que hace que te frenes y deshagas el camino. Eso lo reflexiono ahora, en aquella plaza, con un sol de justicia sobre nuestras cabezas, yo pensé otra cosa. Fui lanzando mi cara atrás mientras notaba que su boca estaba cada vez más cerca. No fue miedo, fue ese desanimo que me produce el frío, el invierno. Cuando uno ve esa cara que apenas varía con el paso del tiempo, sospecha que allí, que si caminas mucho, hay una primavera, pero es tan largo el invierno previo, que si, que te paras y te vuelves a casa. Sin embargo no puedo evitar ver esas fotos, ver esa cara y pensarlo, como siempre se piensa, como siempre se especula: ¿Qué hubiera sido si hubiéramos recorrido esos dos centímetros que le quedaba a mi boca para llegar hasta la suya? Miro su foto esperando esa respuesta. Afuera llueve y sigue lloviendo.

domingo, febrero 14, 2010

El timbre

A las 6:56 de la mañana suena el timbre. Me levanto, muy torpemente de la cama, avanzo subiéndome los pantalones por el pasillo y empujando, de manera brusca, mis pies dentro de las zapatillas. Enciendo la luz del recibidor, abro la puerta: No hay nadie. La primero que hago es mirar a los lados del rellano y al comprobar que, efectivamente, no hay nadie, suelto una retaila poco vocalizada de palabras malsonantes. Deshago el camino y vuelvo a la cama. Con cierta facilidad, y empujado por el clima frío y lluvioso, me vuelvo a dormir.

A las 7:12 de nuevo rompe mi sueño, esta vez uno que se mueve en un terreno confuso del erotismo, pues cuando me despierta el timbre, estoy protagonizando una escena indescriptible con una compañera de trabajo. Me readapto violentamente a la realidad. Salgo corriendo con la intención de llegar a la puerta en menos tiempo que en el viaje anterior. Apenas me pongo un pantalón, está vez rechazo el uso de zapatillas. Alcanzo descalzo la puerta, la abro y de nuevo el vacío. Suspiro, propongo verbalmente una profesión noble y antigua, pero de mala reputación, para la madre del invisible tocador del timbre. Doy un portazo y vuelvo, con menos ánimo, hasta la cama. Me quito el pantalón, me meto entre edredones y sábanas, y sin sospecharlo, me quedo dormido.

7:21. El timbre me trae esta vez de una escena peculiar en la que, con mi tío Dominique, atravieso una selva donde pretendemos encontrar un collar que ha perdido mi abuela. Me levanto corriendo. Esta vez corro el pasillo en calzoncillos. Me sorprende mi sprint, también mi zancada. Velozmente abro la puerta y ahí está, de nuevo, el vacío, el silencio, el tocador invisible. Esta vez no recurro al idioma para invocarle ni a él ni a nadie de sus antepasados. Asumo, simplemente, que soy víctima de una broma cruel y poco evidente.

8:01: Cuando aún sigue coleando el sonido del timbre, yo ya estoy por la mitad del pasillo. Abro la puerta con violencia. Con la intención de correr por el rellano, puesto que apenas le ha dado tiempo a avanzar algunos metros al timbreador. Abro y para mi sorpresa les veo allí. Unos al lado de los otros, todos quietos, mirándome silenciosos, serios. Colocados como para una foto. Trato de entender porque han venido ya, con tantos meses de antelación, observo sus caras, sus gestos, sus rasgos, su intensa mirada. No me perturba tanto que ya estén aquí como que me vean en calzoncillos, con un aspecto deplorable. Les miro, y aún sabiendo que tendrá consecuencias, esta vez también recurro al insulto: Sois unos hijos de puta.

viernes, febrero 12, 2010

La orquídea.

A la hora de siempre apagaron las luces, pero esa noche yo sentí que algo llevaba otro curso. La rutina era exacta, la hora justa en la que Camilo baja los interruptores, los murmullos desde las otras camas que siguen al comienzo de la oscuridad en las salas, la sospecha eterna de que Marcial está rezando y pidiendo a al todopoderoso el favor de hacerle perder la virginidad, los primeros ronquidos, los loops de muelles de los que aprovechan la oscuridad para masturbarse y creer que nadie lo sospecha. Todo era exacto a todas las noches, pero algo había cambiado y había cambiado, además, para siempre. Al principio no identifiqué esa percepción que me anunciaba la variación, no vislumbre que era exactamente lo distinto; pero mis ojos, como cada noche, se iban adaptando a la oscuridad. Entonces fue cuando vi, por primera vez, la orquídea superpuesta en el techo, justo encima de mi cama. Dibujada con la perfección de un virtuoso del carboncillo. La orquídea silueteada aparecía por primera vez en mi vista, en mi vida. Algo me hacía sentir la orquídea, algo, que noté que estaba antes de verla. Entonces la miré, la miré todas las horas de aquel largo insomnio, tratando de deducir, de identificar que hacía allí, como era posible que nadie se hubiera percatado de ese dibujo sublime y exacto. La miré creyendo ver algo que no terminaba de ver. Como si en la orquídea se pudiera descifrar algún mensaje, incluso se pudiera observar parte de mi vida o la respuesta a alguna decisión invisible, de esas que siempre se toman sin conciencia de que estamos modificando, eternamente, el curso de las cosas, las mínimas pero las más tremendas. Miré la orquídea, los giros de sus pétalos, la forma en que avanzaba y crecía estática. Pasadas varias horas de la noche, mientras los ronquidos formaban la amorfa sinfonía de la sala, creí ver que la orquídea era algo que sólo veía yo, luego sospeché, incluso, que la orquídea la proyectaba yo, que no estaba sino que salía de algún punto de mi visión y parecía estar superpuesta sobre el techo. Pasaron más horas y cerca del amanecer, cuando más oscuro parece el universo, creí ver eso, un sentido cósmico a la orquídea, un sentido definitivo, el símbolo total del infinito, el ciclo, la vuelta. Amaneció. La orquídea se fue con la primera luz, con esa que es extraña e irreal, la primera luz de la mañana, la que hace la transición suave. Ya no estaba la orquídea. No hablé con nadie de la orquídea a lo largo del día, aunque realmente no hablé de casi nada. Llegó la noche, volvieron los ciclos que, invisiblemente estaban variando. Las luces, los muelles, los primeros ronquidos y claro, la orquídea, mi insomnio y la orquídea. Otra vez las reflexiones. ¿De dónde viene la orquídea? ¿Qué hace aquí la orquídea? y entonces los símbolos, los significados, las proyecciones. Mi vida, la vida, todas las vidas, la humanidad, los ciclos, las luces me parecían nacer en la orquídea. El centro del universo parecía la orquídea y luego nada me parecía la orquídea. Iba y venía de distintos pensamientos. La orquídea como centro y luego la orquídea como nada, como la gran mentira. Así las horas alrededor de sus trazos, de ese color del carboncillo, de esos giros hermosos en los pétalos. Así fue el principio de la orquídea. Así creció todo aquello de la orquídea. Y todo iba bien, claro que todo iba bien cuando éramos sólo la orquídea y yo. Un silencio abismal y reflexiones inconclusas, proyecciones y pensamientos deshilachados, y todo fue bien hasta ahí, hasta que lo hablé con Sebastián y luego con Marcial. Entonces empezaron los test, las entrevistas, los doctores. No hay nada de malo, argumentaba yo, es mi orquídea, a nadie afecto ni perturbo con mi orquídea. Entonces llamaron a casa y vinieron desde la ciudad. Imaginé la cara de papá en el coche, disparando balas contra mi forma de ser. Buscando un culpable en mis maneras que no aceptaba y mamá argumentando, justificando. Eso imaginaba la noche anterior mientras veía la orquídea y sabía que ya venían. Amaneció, se fue la orquídea, me llamaron a donde el director, cuando entré vi al viejo con ese gesto apocalíptico, de derrumbe; sin embargo vi a mamá más cercana, tan como nunca, a menos de dos palmos de las sensaciones invisibles, con una complicidad inequívoca, bestial, que la miré y sentí algo de proximidad universal.
Hablaron de las noches, me preguntaron por la orquídea, sacaron unos resultados de los test que había estado haciendo, conclusiones lejanas. Mi viejo tocandose el pelo, la cara, moviendo las piernas. Mi vieja callada pero cálida. La sospeché de mi lado. Salimos, me preguntaron por mi, que que tal estaba. Mi viejo suspiraba, nos miró a mamá y a mi y serio comunicó que iba unos segundos al baño. Entonces mamá me miró y con voz casi inaudible:

.- Espero que aprendas la lección. A nadie, escúchame, a nadie se le puede contar lo de la orquídea. No lo entienden, no lo saben. Vívela, súfrela, disfrútala pero es sólo para ti. Para nadie más, me escuchas. Nunca más lo digas. ¿Me has oído hablar a mi alguna vez de mi orquídea? Debí advertirte, pero ahora continúa. Saldremos de esta.

miércoles, febrero 10, 2010

Hoja de presentación

Nunca he estado pendiente de los días. Me lo permite mi trabajo, mi forma de vida. A un pintor lo mismo le da un jueves que un domingo. El lienzo, si cabe la cursilería, no tiene horario, no fecha en el calendario. Los trazos son atemporales, no conoces de festivos. Los rojos, los negros, las texturas no saben de semanas, de líneas temporales. Uno debe ponerse ahí, meditar sobre los espacios y sobre las perspectivas sin sospechar que afuera se celebra la semana santa o el día que la ciudad, el país entero, firmó un viejo tratado, una vieja libertad. Por lo tanto jamás sospeché, hasta cuando fue demasiado tarde, del robo, de la ausencia.

La prímera vez que recuerdo haber notado el primer cambio fue un domingo, claro que recuerdo que era domingo, porque es el único día que no abren en el restaurante de Felicia. Ella abre de lunes a sábado y bajé aquel mediodía, convencido de que era cualquier día menos domingo. El sábado anterior había ido y no percibía la sensación de que hubieran transcurrido una semana y un día. Era domingo, el cierre estaba echado, el vacío brutal de los sitios que siempre están llenos cuando están vacíos. Volví a casa, algo sorprendido. Pensando, como siempre, que el tiempo se escurre como agua, se desborda y de repente pasan más días de los que se sospechan. Esa fue la primera señal, que ahora recordando, me viene. El primer síntoma. Luego vinieron otros detalles. Las semanas, que siempre pasan rápido, se juntaban, se amontonaban. CUando creía que era viernes, ya era sábado. Cuando afuera sospechaba que empezaba la semana, el mundo ya vivía en martes. Eran pequeños detalles. Las visitas de amigos en fines de semana llegaban cuando yo creía que aún era jueves, viernes. De repente, por la insistencia de esta percepción, tuve la sensación de estar viviendo, siempre, un día por detrás. Pero las cosas siempre van a más, sobre todo cuando hablamos del tiempo. Y las cosas se duplicaron. Lo que antes era la sensación de un día, al tiempo se ácentuó más. Ahora los jueves eran sábado, los domingos ya eran martes. Dos días, siempre, se saltaban mi existencia. Entonces, sólo entonces, contrario a mis costumbres, empecé a observar el calendario, a marcar el paso de los días y sí. Fue entonces que lo descubrí. Faltaban, siempre, dos días en mi semana. No era mi percepción. Simplemente me faltaban los jueves y los miércoles. No estaban, cuando marcaba martes, dormía y despertaba al día siguiente en viernes. Era evidente. Alguien me había robado primero un día, luego otro. Pasado algún tiempo, me robaron el martes. Tres días menos. Semanas de cuatro días. Los meses se esfumaban, la vida se aceleraba. Envejecía, si cabe, mucho más rápido.

Decidí investigar el asunto. Primero sospeché de algún vecino, luego algún amigo.No eran ellos, no.Seguí insistente hasta que comprendí. Eran los lienzos, eran los trazos, eran las jodidas perspectivas. Eran los cuadros. Fue así que terminé montando este proyecto al que le he dedicado tanto tiempo, demasiado, el resto de mi vida. Espero que les guste esta exposición. Pasen y disfruten de "La semana del oleo". Siete cuadros en los que he entregado, y no es metáfora, toda mi vida.

Bienvenidos

lunes, febrero 08, 2010

Manuscrito

Amanece con el cielo gris profundo, el suelo está húmedo y huele a tierra mojada. Por la ventana he visto la carretera por la que alcanzamos este hotel anoche. He reconstruido las formas del lugar, de noche los espacios son tan variables que he tardado en darle forma a todo lo que se veía. No pasa nadie y este hotel es lo único que ocupa espacio en esta larga recta hacia la nada. Nos ponemos en pie y diez minutos después estamos montándonos en el coche. He pagado con tarjeta porque no nos queda efectivo. Hemos ido callados los primeros kilómetros, anoche discutimos al llegar al hotel, yo sospecho que por los nervios acumulados. El cristal del coche mantenía muchas gotas de agua y se colaba la humedad por las rendijas de las puertas. El coche no va mal, pero tampoco es excesivamente cómodo. La radio la encendemos a veces, las emisoras pasan por estilos variados, desde jazz de mediados de siglo a electrónica industrial. Ayer, durante bastantes kilómetros, estuvimos escuchando un programa raro donde un tipo contaba historias de gente que confesaba tener amigos invisibles y le habían escrito cartas contándole anécdotas sobre esa amistad no visible. Entre historia e historia iba poniendo canciones generalmente acústicas y de tendencia melancólica. Una de las historias me llamó la atención, una chica contaba en su carta que su amigo invisible era muy posesivo y que incluso la esperaba a la salida del trabajo. Que ella le tenía mucho aprecio pero que a veces se cansaba de esa relación algo asfixiante. El asunto me pareció complejo: ¿Cómo le dices a tu amigo invisible que hay que darse algo de espacios, que es mejor no pasar tanto tiempo juntos? El programa terminó con una canción hermosa y triste, que me parecía la melodía perfecta para acompañar el paisaje que íbamos recorriendo. Creo que fue al rato que empezamos a discutir, por más que lo pienso no se cual fue el motivo preciso de la discusión. Ella me recriminaba el exceso de kilómetros del viaje, yo le argumentaba que yo hubiera deseado que todo esto no pasara, que no estaba acostumbrado a distancias tan descomunales y que si nada de este lío hubiera sucedido jamás estaría conduciendo tantas horas, tantos estados. Me cansa dormir en sitios desangelados. Casas tristes donde habitualmente sólo dormimos nosotros y en donde nos da la llave alguien que parece no haber salido, jamás, al mundo exterior. También me cansan esos sitios de comida rápida donde tenemos que comer. Me cansa este viaje, su motivo, me cansa que nos desgaste y que pasemos tantos ratos en silencio, como si lentamente la carretera se fuera separando en dos para ella y para mi y cada mitad del coche siguiera una ruta diferente para copiloto y piloto. He encendido la radio y sonaba un tipo que se llama Cass McCombs o eso he entendido. He mirado en el asiento de atrás, he visto el manuscrito en su sitio. A veces me dan ganas de frenar y leerlo en voz alta en medio de un descampado o ese descampado infinito que recorremos constantemente, pero el temor extraño de ser visto por ellos no me permite hacerlo. La indicación fue clara y contundente:"Si lo leen, mueren. Hagan el favor de transportarlo y nada más. No jueguen con sus vidas" Pero ¿Cómo podrían saber ellos que lo hemos leído? En eso paso también muchos ratos. Pensando en la posibilidad de leerlo, aunque en el fondo se que no lo haré. Con ella no lo he hablado en todo el viaje. ¿Pensará ella también en leerlo? Kilómetro 1876. Enciendo la radio, suena Clint Mansell. ¿Qué diferencia hay entre la luna y esta carretera? Ella se gira, sigue sin hablar, lanza la mano al manuscrito y por primera vez desde que arrancamos este viaje, ese montón de hojas encuadernadas se mueven de su lugar fijo. Lo abre y sin decir nada comienza a leerlo. La miro, pero ella no me hace caso, casi como si no estuviera ahí. Siento el calambrazo del nervio subir, como un ascensor, desde la boca del estómago hasta la garganta. Último piso.

.- ¿Qué pone?- Le pregunto

Ella no me mira. No contesta. No está en trance. No sucede nada paranormal, simplemente no me habla. Sigue leyendo, pasa de página.

.- ¡Por Dios! ¡Dime que pone! Dime que hay en ese manuscrito.

Ella se gira y por primera vez desde que nos hemos levantado me mira.

.- No entiendo lo que pone. Son frases sueltas. En diferentes idiomas- Me dice asustada- ¿Por qué hemos terminado en este lío?

Con ansiedad detengo el coche en el arcén, lanzo la mano, se lo quito y comienzo a leerlo. Una mano toca la ventana del coche. Me giro y veo que nos apuntan. Vuelvo a lanzar la vista al manuscrito:

"Dos semanas para el vacío. El mapa del silencio. Nadie quedará de los que hablan en latín"

Arranco a toda velocidad y evito, incomprensiblemente, el primer y segundo disparo. Giramos en el primer desvío. Veo por el retrovisor que una wagoneer nos persigue. En la radio cuentan el resumen de noticias nacionales. En ese momento se que jamás llegaremos a nuestro destino: "Norwood Ave con Armand St". Acelero, me desvío en otro cruce. Vamos por una carretera estrecha, el cielo está inmóvil, pesado, gris eterno.

.- No quería esto para ti, cariño. No se como hemos llegado hasta aquí.

Ella abre su ventana. Entra una masa de aire frío que agita su pelo. Coge el manuscrito y lo lanza. En ese momento, lo se, logramos cambiar el destino, al menos el del viaje.

domingo, febrero 07, 2010

Pequeña revolución

No nos gusta que las cosas estén dirigidas de ese modo. Preferiría alterar un poco las normas rígidas y solidas de la convivencia. Acepto, claro que lo acepto, cada una de sus, muchas veces, incomprensibles leyes. Ellos las imponen, ellos dirigen, pero creo que no aceptan variaciones con facilidad. No se puede prever, siempre, todo lo que va a suceder. Yo no me puedo anticipar a cada paso. Hay veces, algunas veces, que las cosas deberían llevar otras normas o ni siquiera normas, aceptar la fragilidad de los acontecimientos, de los sucesos. ¿Quién puede medir siempre? ¿Quién puede controlar cada paso? Tiendo a la improvisación, aquí tendemos todos a ella. Cambias de decisión a con velocidad y de repente lo que parecía un juego cambia a otro juego. Nos desplazamos por el tablero, somos fichas, pero el juego varía, cambia. Aquí, sobre todo aquí, importa el medio no el final. No vamos hacia algo, ese algo cambia a cada rato. Acepto, claro que acepto, y me adapto a su rigidez. Finalmente ellos son el comite de expertos, ellos traen el estudio y la experiencia, pero a veces se atan tanto a eso, a esa falta de novedad. Nadie sabe nada. Es cierto, si subo por ahí, sin control, me puedo caer, claro que me puedo caer, claro que si no voy con cautela a la hora de subir las escaleras del tobogán puedo irme hacia atrás y caer sobre los otros compañeros de descenso, pero no es exceso que no nos dejen ir hasta donde los árboles porque allí se nos mancharán los pantalones. Son pantalones mamá. No es más. Al final más o menos sucios los terminarás metiendo en la lavadora, y sin embargo a mi me privas de ese bosque enigmático que se abre allí. Tras esos árboles, dice Paula, que comienza un lugar donde hay gnomos y hadas, pero yo no puedo ir porque los pantalones se llenan de barro y me pierdo ese mundo encantador, ese mágico bosque delirado. Pero no, a mi se me niega por las normas, por las leyes, por esa imposición a veces irracional de ese mundo incomprensible del cuidado, de lo que no mancha, donde por no pasar nada malo, al final no pasa ni lo bueno. Aceptarlo, a veces deberías alterar brevemente esas sólidas y contundentes normas.

viernes, febrero 05, 2010

Los Ángeles sin tiempo

Compramos algunas cosas para llevar de vuelta a casa por la tarde, aquí suelen ser más baratos algunos aparatos electrónicos y determinadas marcas de ropa; y nos fuimos al hotel. A mi no me gusta Los Angeles y la tarde libre que nos queda prefiero lanzarme al colchón y mirar por la ventana ese forma extraña que es esta ciudad. Hay ruido y silencio. Desde la habitación veo coches gigantes pasar y una cadencia en el atardecer que me recuerda a la tristeza, a la desolación. Al contrario que a mucha gente, a mi Los Angeles me parece triste, fea y triste. Nos lanzamos en las camas y abrimos una botella de vino. Por la ventana iba entrando el resplandor de la ciudad aumentando con el crecimiento paulatino de la noche y pusimos la televisión sin volumen y aquellas imágenes se proyectaban sobre las paredes del mismo modo que las luces de Los Angeles sucediéndose al otro lado de la ventana. Bebí vino, mucho vino. Ella hablaba de un recuerdo infantil mientras en la habitación se hacía la noche absoluta y se oía el murmullo enfurecido del tráfico abajo. Yo callaba y bebía y sentía el ardor del vino de un modo peculiar, acentuado por la oscuridad. Apagué la televisión para recibir, de lleno, el resplandor de esa ciudad miserable y ella hablaba de su infancia desde el otro colchón. Entonces se hizo la noche absoluta y ella se había quedado dormida, acurrucada como un animal con frío y me pareció triste y hermosa. La acababa de dejar su marido y no encontraba la manera de ausentarse del dolor. Me levanté y me fui a la calle. Al salir del hotel unos tipos me dijeron algo en español, pero no miré. Sentí humedad en las piernas, como si la falda fuera un pantalón. Sentí todo el vino en la cabeza y recordé una forma de vida que nunca había vivido. Un recuerdo que jamás había sucedido. Cogí un taxi y le pedí que me llevara a un bar del que había leído en una revista. Atravesamos esa ciudad triste. Calles vacías, coches grandes con conductores deprimidos, una mujer durmiendo a los pies de un semáforo en una esquina, un hombre caminando, un local con un neón enloquecido. El taxista miraba a la nada y me preguntó si hablaba español. Me dijo que era de Panamá. Luego me aconsejó que no fuera sola a la vuelta. Cuando llegamos al local del que había leído, estaba cerrado. El panameño me miró y me preguntó que quería hacer. No supe que contestar, me puse a llorar en el taxi y luego sonreí y le dije que me llevara de vuelta al hotel. Deshicimos el camino por otras calles. Los Angeles es un fracaso, pensé. Atravesamos zonas que no había visto jamás con la luz del día. Al llegar al hotel le pagué y le dije que había sido un gusto conocerle, me pareció el último vestigio de calidez humana en un mundo deshabitado. Entré en el hotel y me fui al bar. Unos tipos hablaban sentados en una mesa, una pareja callada en otra y los dos camareros hablando entre sí. Pensé que estaba soñando, pero aquello sucedía. Me pedí una copa y me senté. Uno de los tipos que hablaban en la mesa se acercó y se puso a hablar conmigo. Me dijo algo de los ojos y yo le contesté amablemente que no quería hablar con nadie. EL tipo se dio la vuelta y me quedé sola. Dos horas después seguía sentada en la cama mirando el resplandor de la ciudad y ella durmiendo inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido en el lugar donde estuviera soñando. Anoté algo en una hoja, una frase que me vino a la cabeza. La leí varias veces y pensé que jamás volvería a Los Angeles. A la mañana siguiente volamos a casa.

jueves, febrero 04, 2010

El Oso.

Me llaman gigante, aunque mido poco más de metro sesenta. No soy enano, pero soy muy bajo. Mi compañero si es enano y le llaman el enano y todo se acentúa cuando andamos juntos, porque a mi, que me llaman gigante, y a él, que le llaman enano, no nos hace gracia ninguno de los motes ni para uno ni para el otro. Paradójicamente cuando andamos juntos vamos el Gigante y el Enano. A mi me parece cruel, porque mi mote acentúa su poco tamaño y mi baja estatura y el suyo ratifica su condición y me acerca a mi a la enanez. No soy enano, pero casi y andar con un enano me hace, si cabe, más enano que gigante. El juego es complejo y vil, pero en esas andan siempre los payasos, también los forzudos. A los forzudos nadie les pone mote, no al menos en voz alta y los payasos, como ya se sabe, andan siempre tristes y nadie es tan cruel de hacer herida en esos tipos tristes. Ni siquiera les llaman los Payasos, les llamamos por su nombre: Dominique y Tristán. Que siempre andan por las caravanas. Cada uno independiente del otro, en vidas paralelas pero ajenas y separadas. Hace años no se hablan por que los dos se enamoraron de Leticia, la trapecista. Ella no lo sabe, porque Leticia, de algún modo, jamás baja del trapecio. Baja, si; pero no baja. Baja el cuerpo, un cuerpo rotundo y hermoso, pero no baja Leticia, que siempre, aún no estando, da vueltas por ahí arriba, por esa forma de cielo que es la parte alta de la carpa. Ella ignora o ignoró aquel amor doble. Dominique y Tristán a la vez, en aquel verano que viajamos hasta el Este y que fue el verano en el que murió Fabio, el domador y sus animales, por motivos desconocidos. Desde entonces Leticia no baja, baja, pero no baja y Dominique y Tristan no se hablan. Yo no lo entiendo. Yo nunca me dejo de hablar con nadie, ni siquiera con el Oso, mi Oso. Lo cuido, lo educo, le enseño los trucos y trato de que evolucione como actor de escena, sabiendo, claro, que en el fondo es mi propia ilusión, pero noto mejorías en sus presentaciones y las peleas con el luchador son cada vez mas creíbles, mas honestas. Al Oso le quieren todos, hasta Leticia que es, generalmente, con el único que habla. Es al Oso a quien le cuenta sus penas y sus divagaciones y yo creo, que como Dominique y Tristán; el Oso, mi Oso, también ama a Leticia...


PS: Boceto de historia por concluir, imaginada en un tren de vuelta a casa. A su manera, el tren, también es un circo

miércoles, febrero 03, 2010

Illot, dibujante de cómics


La luz viene como un anuncio, como una masa en aumento, por el lado de la costa. Hay un color, en ese momento, que es imposible y cotidiano. Amanece. Por la ventana entra esa luz imparable que a cada segundo crece y va aumentando de intensidad por las paredes, por el suelo, por el aire. Se despega de la ventana y apoya las manos en las hojas esparcidas en la mesa, donde la luz también deja notar su crecimiento matinal. Elige entre las acuarelas y los lápices y recorre, como si avanzara por un camino por el que pasa cada mañana, el primer trazo de ese rostro. Los siguientes minutos se suceden en esa secuencia de movimientos manuales sobre el papel que terminan dando forma al rostro del protagonista. La mirada melancólica y reflexiva, ausente y cercana, el personaje deambula por un mundo vaporoso, rodeado de trazos intensos pero sin formas concretas que acentúan sus rasgos personales. Levanta la mano del papel y se queda mirando esa cara que tantas veces ha recorrido ya, esos pómulos que conoce de memoria, las gafas que tanto le costó diseñarle al principio. Conoce sus trazos que son sus formas que son su rostro. Es el personaje protagonista, el héroe de la historia. Se ha reunido en esa ceremonia tantas mañanas que casi siente que puede hablar con él, que casi le ve salir del papel y deambular por este otro universo que en el fondo no está tan lejos del que recorre él, ahí dentro, mientras avanza su historia. El amanecer se impone y llega ese momento en el que la luz, relativamente, se estabiliza. Ya no cambia a cada segundo, aunque realmente si lo haga. Ya no es esa variación de tonos tan constante, tan creciente, ahora la luz parece la misma durante muchos minutos, casi toda la mañana. Lanza otro trazo y repite el gesto, sigue moldeando ese rostro que conoce como el plano de la ciudad en la que vivimos. Ahora el personaje avanza por calles que tampoco existen, que son ecos de calles que si ha visto en la realidad, pero son calles dibujadas sobre ese papel para que el personaje avance y exista. El gesto es siempre parecido, el gesto del que busca y no encuentra, las calles no dejan ver nada de lo que pretende. Su mano recrea la búsqueda con exactitud porque de algún modo su mano busca del mismo modo que el personaje busca entre esas calles irreales, inventadas sobre un papel. El autor, de ese modo, se parece al protagonista. Ambos buscan uno en la ficción, el otro con sus manos sobre el papel, con el gesto preciso de cada trazo. Ambos buscan la traducción de las sensaciones, de un universo interior que hay que convertir en formas muy precisas. El autor que dibuja y traza los pómulos, los gestos avanza sobre la historia, mientras el protagonista la vive allí, en el lado del papel. ¿Quién dibuja al autor?¿Quién le crea? ¿Quién hace que Illot mueva la mano y lance los trazos? ¿Quién le pinta en la mañana mientras el pinta al protagonista? ¿Quién carajo dibuja y crea los trazos del que dibuja a Illot? ¿Quién abre, de todos, la cadena infinita?

martes, febrero 02, 2010

La melodía universal de Antoine Murea

Hay una zona en todas las ciudades que parece que ya no es la ciudad. Una zona donde podría ser cualquier ciudad y sin embargo no pertenecer del todo a ninguna; donde comienza una especie de frontera, de límite, aunque geográficamente no esté en ese límite. Son zonas poco o nada habitadas, rodeadas de no lugares, atravesada por vías de tren que vienen de la estación central y avanzan hacia otras ciudades, con muros envejecidos a los que les faltan trozos y no se sabe muy bien que es lo que dividen y edificios que están abandonados y que jamás fueron bonitos. Ahí, en un lugar poco predecible, vive y pasa sus horas Antoine Murea.

Antoine Murea es indefinible y, como esas zonas que no parecen ciudad, es una interrogación, un límite. Su casa es un espacio abierto en uno de esos edificios abandonados, ahí pasa las horas. Apenas ve a gente. Vive y pasa sus horas buscando la esencia de un sonido que, por otro lado, da la sensación que jamás va a encontrar. Rodeado de objetos que uno no sospecharía como instrumentos, Antoine busca en ellos la melodía del universo. Latas de comida, objetos de metal encontrados en las fábricas abandonadas que rodean su casa, papeles, plásticos, cristales, maderas, vasos, copas, cuerdas. Su casa es un laberinto de objetos hilados entre ellos, un enjambre de hilos que se siguen, juntando una turbina y un papel arrugado, una palangana llena de agua que al girar gotea con precisión sobre una tapa de madera, un vaso que es rozado por un plástico húmedo. La idea final de Antoine Murea es hacer girar el primer objeto y que suene la melodía precisa y exacta que, según él, daría origen al universo. La casa es un museo ordenado, bajo un orden imposible de descifrar, de un mundo de desechos, el resultado al final de la cadena de la civilización. En eso cree poder encontrar la melodía primaria del orden primero, la canción primitiva. A su modo todos esos objetos colocados en ese espacio abierto que es su casa son un cosmos único e irrepitible, organizado bajo un sentido inalcanzable como todo universo. La melodia de Antoine es a su vez, la melodía de un universo del que es su Dios. La imagen es bestial. Todo cuelga y depende del sonido del objeto anterior, todo gira y hace girar, todo se resiente y hace confluir, cada giro hace girar, cada sonido independiente se une a un acorde, cada acorde avanza hacia la melodía inicial. Al sonido que generó el universo según Antoine Murea. Y así habita, recopilando objetos y componiendo, de manera matemática, la canción del principio del mundo. Así cuelgan los objetos de Antoine Murea, dependiendo de su razón, que como toda razón esta fuera de cualquier sentido total.

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