jueves, diciembre 31, 2009

2009

Me acabo de dar cuenta que se había terminado el 2005.

miércoles, diciembre 30, 2009

Sueño: la vida de otro

He soñado en tercera persona. AL tipo del sueño le pasaban una cantidad enorme de cosas, situaciones realmente agitadas, tensas y con bastante dramatismo, pero no era yo. Lo vivía como si fuera yo, pero el tipo era otro y yo le veía desde fuera, muy cerca, casi desde un plano interior pero yo no era él. El sueño tenía un protagonista, como en las películas; y como en muchas de las películas, me identificaba enormemente con el individuo al que le sucedían todas esas situaciones desmesuradas y tremendas. He sufrido como se sufre con el tipo de Blade Runner pero el sufrimiento no era del todo por mi, aunque lo sentía como mío. El del sueño, el que no era yo, tenía un pequeño restaurante en una zona desangelada de una ciudad desangelada en un mundo desangelado. En ese restaurante en el momento en que mi sueño se hace parte de su vida o en ese instante en el que su vida marca el inicio de mi sueño, está vacío. No hay nadie y a través de la ventana se ve una calle por donde no pasa nadie y él, que no soy yo, pero con el que me identifico más allá de la empatía, espera y mira y mientras mira y espera nota un ajetreo fuera de lo normal en la puerta del restaurante y él, pero yo percibo todas sus sensaciones, siente una forma no identificable de miedo, porque el miedo no es siempre el mismo y en este caso en él, y en mi porque percibo como él, ese miedo es nuevo. Y la gente de la puerta entra y todo se desata en una forma muy contenida de violencia. Los tipos son peligrosos y están en peligro, lo que multiplica la peligrosidad de la situación mas allá de lo comprensible. Entran y él siente adrenalina y tensión porque los tipos son perseguidos por otros como ellos, que andan en lo mismo pero son opuestos. Y para él, para el protagonista de mi sueño todo se complica, le cogen de rehén y salen disparados calle abajo, por la zona desangelada de la ciudad desangelada. Corren los tipos que le han retenido con él arrastrado con violencia por ellos. Y a lo lejos hay una hilera de gente detenida por policías que al ver a estos se agitan, olvidan a los detenidos y salen tras los que le tienen de rehén a él y hay confusión y violencia y tiros y se pueden haber visto muchos tiros en películas, pero cuando suceden en sueños como si fueran reales el miedo es algo no identificable porque es miedo y una forma extraña de vértigo porque oyes ruidos y no sabes por dónde pasa todo, si por la izquierda, si por la derecha y cada sonido brutal de bala puede ser lo último que escuches en tu vida, claro que no es mi vida, que es la de él, pero yo, sin ser él, lo estoy percibiendo todo a partir de sus percepciones. Hay un revuelo bestial y los detenidos en hilera salen aprovechando el caos y hay más tiros y en el caos él, el protagonista, se despega de sus secuestradores y se escapa sin saber hacia donde. Porque hay tiros y gente que va y viene y nadie es de su bando, no tiene bando, no tiene nada salvo el instinto de supervivencia y corre y yo veo que corre y se desvía en otras calles vacías y corre sin haber nadie cerca ya, pero no para y mientras corre recuerda a su mujer y a sus hijas y es así como yo conozco la cara de su mujer y de sus hijas y al final de otra calle ve a otros tipos que le detienen y le preguntan y él no sabe, ha olvidado las palabras, porque sólo siente una forma casi sólida de tensión en la lengua y le amenazan y sale corriendo y yo despierto. Aquí es 30 de diciembre del 2009, soy yo, estoy en casa y todo está bien, pero ¿Él? ¿Cómo está él?¿Cómo coño puedo saber sobre él? Como podría saber si huyó, si acabó la pesadilla para ese hombre inocente y amable, que amaba profundamente a su mujer y a sus hijas y sólo temía no volver a casa y besarlas otra vez y olvidarlo todo ¿Cómo puedo saber si todo acabo bien para ese buen hombre, ese hombre inocente. Inocente y bueno, lo sé. Claro que lo sé porque no soy él, pero sentí como él.En otro tiempo, en un tiempo, en un lugar que podría no coincidir con este lugar. Le conocí lo suficiente para saber que aquel hombre merecía escapar de ese destino inmerecido y gratuito.¿Quién podría desvelarme? ¿Quién?

lunes, diciembre 28, 2009

La historia cruel de Comeperro

El mote puede decirlo todo o puede decirnos nada. La historia de un mote es tan confusa como la historia misma, como la humanidad, como las palabras. Hay motes que nos dicen todo del que viene, del que saluda. Hay motes que no desvelan nada porque están basados en irrealidades o ficciones, en ironías o en juegos maquiavélicos. Hay motes memorables como memorable es la anécdota, hay motes que esconden o no desvelan. En el barrio estaba Auyama y el Gago. Dos ejemplos opuestos de lo que es un mote, en Auyama la anécdota era surreal; cosa, por otro lado, que de algún modo le define. En el Gago el mote dejaba ver un defecto en el habla. En ambos, bien mirado, el mote define algo más que la anécdota o el defecto. El Gago era gangoso, si, pero además era el paradigma de la mentira y la exageración, otra forma de defecto en el habla. En Auyama la anécdota que daba pie a su mote no había más que un surrealismo incomprensible, pero mirado con perspectiva, Auyama era el narrador de las cosas que parecían no existir o moverse en un terreno irreal de la realidad, un surrealista en potencia; pero en ambos casos no deja de haber cierta inocencia, el ingenio y la gracia del asfalto y el cemento del callejón. Pero en Comeperro no. Que le llamaran Comeperro condicionaba su imagen. Su aparición por el fondo, por donde te dejaba el bus 5, te congelaba y volvía el callejón un pequeño infierno venido a menos. El comeperro apenas saludaba de paso y jamás hablaba con nosotros, tampoco sabíamos muy bien con quien hablaba. Pasaba de largo y desaparecía. Se decía de todo de Comeperro, desde que había estado en la cárcel hasta que pertenecía a una secta de poetas malditos. A mi nada me conmovía más como la idea que contenía su mote, la imagen brutal que había en ver venir desde el fondo del callejón a comeperro y la hipotética escena que sospechaba real. Comeperro hablaba grave, era flaco y tenía una dentadura prominente. Las características precisas, a mi modo de entender, que tendría que tener un hombre para comerse un perro.

Yo no se si ficciona ahora la memoria, pero incluso recuerdo ver alejarse a los perros al paso de Comeperro. Ese andar pausado y mastondóntico que llevaba al caminar, como si cada pisada de ese hombre pesara y moviera levemente la tierra, agitaba a los perros del barrio. Recuerdo o creo recordar a Sami, el perro de Lupe, y a Lope, el perro de la cauchera, salir disparados cuando aparecía Comeperro por el fondo del callejón. Salían disparados hacía el patio de la bodega, donde parecían resguardarse. Más huelen los animales esos peligros que ese grupo de pseudo futbolistas que éramos en aquella época, sentados en el cemento desigual del callejón hablando de la última goleada recibida en el campeonato del edificio de enfrente. Disimulando la continuidad de la conversación al paso de ese individuo que sospechábamos insaciable en su maldad y en su violencia. A ese tipo del que nadie sabía la procedencia ni de él, ni de ese mote terrible que le acompañaba como una luz oscura y cegadora a cada aparición que hacía por el callejón del barrio, ese camino que sólo él volvía en un lugar temporalmente terrible.

Vivía en las casas de abajo, donde el cerro casi se juntaba con la autopista o allí vivía su madre porque Comeperro pasaba muy vez en cuando por allí. Momentos puntuales. De resto desaparecía por temporadas con una bolsa de plástico y un walkman que siempre llevaba enganchado a sus orejas. Y así existía Comeperro y la leyenda de Comeperro que crecía entre los integrantes del equipo de futbol, algunas vecinas y los perros cobardes del barrio. Para mi más que temor, que también había mucho, el mote de Comeperro venía acompañado de impresión y respeto, de horror y cierta mística. Y tanto crecieron en mi esas emociones y esa especie de atracción que terminé por perseguir a Comeperro. Decidí seguirle y espiarle. Comprender sus ausencias y ese halo de violencia y horror. Seguí a Comeperro y comprendí a Comeperro y lo que fue mas satisfactorio para mi investigación, conocí la anécdota, la historia que escondía el mote terrible de Comeperro.

Estuve pendiente esos días, le habíamos visto pasar de vuelta, volviendo de una de sus ausencias a principio de semana y desde entonces estuve pendiente. Desde el callejón de la licorería podía controlar la puerta de su casa. Pasé horas pendiente de esa construcción decadente y mínima donde no sucedía nada. No había ruido en casa de Comeperro, pero parecía no haber nadie. Tanto era así que llegué a dudar de si había salido de noche, cuando yo no vigilaba y la casa ya estaba vacía; pero no, Comeperro apareció una buena mañana por la puerta, con el gesto inmóvil que caracterizaba su cara, con la mirada dura y el caminar de dinosaurio. En otra vida o en otra época Comeperro podría haber sido jugador de baloncesto. Pasó a mi lado con su bolsa de plástico y el walkman enganchado a sus orejas. Los perros, creo recordar, habían abandonado la calle y sólo el Sol y el hombre temible atravesaban el callejón que salía a la parada del bus. Seguí sus pasos con la sensaciòn de estar cometiendo una locura y durante minutos mi instinto de supervivencia y mi curiosidad se enfrentaron en un debate terrible sobre lo oportuno o no de seguir a Comeperro, pero la curiosidad mató al gato, aunque aquí la frase acentúe el temor.

Comeperro caminó mucho rato y yo le seguí. Salimos del barrio, alcanzamos la avenida. Subimos la avenida, alcanzamos la autopista, por la autopista caminamos, siempre a una distancia considerable, por el arcén. El Sol era brutal aquel mediodía y yo aparte del temor y de la constante sensación de peligro, noté mucha sed. Comeperro avanzó kilómetros por el arcén, obviando esos cadaveres de perro que yacen en las carreteras, como si fueran vestigios de sus fechorías. Se desvío a la izquierda, por una carretera pequeña, estrecha y que atravesaba un paraje árido. Dudé entonces de mis intenciones y casi me convencí para darme la vuelta y olvidarlo todo, también a Comeperro, pero Comeperro se detuvo de repente. De la bolsa sacó un trozo de pan con algo que no logré identificar, lo masticó con pausa, deleitándose en lo que para él era un manjar. Sentí una nausea, convencido que Comeperro estaba ejerciendo la actividad que le otorgaba su mote. Sentí un pinchazo agudo en el estómago y la sensación de hambre y sed se diluyeron bajo el sol canino y brutal del principio de la tarde. Comeperro se puso en píe, encendió un cigarro y siguió caminando. No se cuántas horas tardamos en llegar a aquel pueblo lejano, pero atardecía lentamente y el calor había disminuido. No se en que momento llegamos a esa plaza y Comeperro se detuvo y saco de la bolsa unas marionetas y dibujó con tizas un escenario en el suelo. No se como no me reconoció cuando me puse justo enfrente de él, junto a otros chicos que como yo se fascinaron frente a las habilidades y las diferentes voces de Comeperro, no se como Comeperro no se percató de mis lágrimas cuando la historia que narraba con sus marionetas, musicalizada con su Walkman enchufado a un altavoz mínimo, llegaba a su fin y comprendías que Comeperro era la historia de una marioneta en la guerra, en cualquier guerra, que atravesaba la inmensa estepa nevada en Rusia, sin fuerzas, débil, hambrienta, moribunda y famélica y que por una necesidad superior asaba la carne de un perro en unas llamas agónicas en medio de la nieve y la noche y sólo al final, sólo cuando el Walkman de Comeperro dejaba sonar, con exceso de agudos, la melodía final y el héroe marioneta sobrevivía a la guerra y al dolor, comprendías que la violencia y la lucha y el horror eran el fracaso del hombre, el fracaso total de lo humano. Me levanté y miré a Comeperro y sin que el entendiera nada le abracé y salí corriendo a casa y durante horas caminé por la noche y la carretera. Y no dije nada, no cambié la historia, pero todos me respetaban más desde que Comeperro volvía a casa y me saludaba y me daba la mano a su paso.

De conciertos

No se sabe muy bien por quienes están contratados. Podrían pertenecer a grupos radicales de los que tardan en reivindicar que es lo que pretenden, podrían moverse por intereses oscuros o podría ser que son parte de la industrial musical y esa lucha contra los fantasmas, pero algo traman y contra algo atentan. No son fácilmente identificables, no visten de una manera particular, no es predecible cuando los vas a tener cerca. No hay un rastro a seguir. Son visibles, claro que son visibles, pero cuando los tienes al lado ya es tarde, ya han colocado todo su arsenal contra ti y estás perdido. Me pregunto como consiguen las entradas. Sospecho que no las pagan, sospecho que tiene pase gratis, lo que me hace pensar a veces que no son enviados de algún grupo con fines, sino que simplemente son periodistas y que al día siguiente escribirán la crónica que todo el mundo lee. ¿Son los críticos musicales? No se quienes son, no se a que pertenecen, pero es imposible que paguen la entrada como he hecho yo, no es posible. No es posible que un azar demoniaco, además, me los coloque siempre justo detrás, donde sus palabras vacías llegan con precisión a mi oído. Hablan, hablan sin parar a lo largo de la interpretación de un tipo que bien puede ser tu cantante favorito o bien un tipo por el que una curiosidad sana te ha llevado a ir a verle tocar en esa sala de la ciudad. Hablan, les he escuchado decir cualquier cosa a lo largo de canciones enteras, y hay pocas cosas más insoportables que un tipo que narra cosas de su vida a otro, que tampoco presta demasiada atención, en el casi silencio de una canción muy suave. Tengo el privilegio de tener un gusto amplio en cuánto a música y entre mis pocas virtudes cuento con la de tener un oído relativamente abierto a nuevas formas de música. No prejuzgo o si lo hago no soy excesivamente radical, acudo con cierta devoción a los conciertos, es un acto al que le veo un halo casi mágico, quizá marcado porque viví muchos años donde los conciertos de música que me gustaba eran inexistentes, no había y la palabra concierto iba siempre acompañada de una sensación de distancia sideral. Los conciertos sucedían a miles de kilómetros de allí. Ahora vivo en un sitio donde hay cierta facilidad para ver conciertos de música que me apetece y trato de aprovechar ese privilegio. Acudo a ese rito agradable, pero es cada vez más frecuente encontrarme con ellos, con esos seres extraños que hablan en el borde de la oreja Son muchos y siempre distintos, crecen, van a los conciertos sin saberse muy bien a que van. Hablan de asuntos de su vida, emiten opiniones en alto sobre el concierto en mitad de la primera canción a menudo de carácter negativo, narran lo que sucede en el escenario como si el aforo fuera un colectivo de ciegos que necesita escuchar que cosas ha hecho el cantante o el guitarrista. No se que coño les motiva, no se porque van, no se porque tienen que estar, pero me voy hartando y estoy trazando un plan, un plan violento contra todos ellos.

Declaro la guerra

domingo, diciembre 27, 2009

El viaje de los Savir

La señora y el señor Savir posponen el viaje en el último momento debido a las inclemencias del tiempo y todas sus consecuencias anunciadas hasta el hastío a través de la radio y la televisión durante las últimas cuarenta y ocho horas. La señora Savir se negaba a recorrer los setecientos kilómetros en coche sabiendo que las carreteras estaban cubiertas de nieve y que las previsiones anunciaban un incremento de nevadas y tormentas, el señor Savir era obediente y aceptaba como sensata la decisión de la señora Savir aunque a él, que tantas semanas llevaba deseando arrancar el coche y viajar por las carreteras hasta la ciudad donde habían nacido, le producía cierta tristeza renunciar a ese acontecimiento anual y repetido año tras año. Para el Señor Savir esas horas de conducción tenían mucho de retorno en el tiempo. la ilusión de ir pasando kilómetros y ese aire de libertad contenida que se colaba por las rendijas de la ventanilla del citroen eran uno de los motivos de ilusión al cabo del año y ahora ese temporal frío, esas nieves persistentes y ese manto blanco que cubría las carreteras echaban abajo todo ese optimismo en el que se había instalado su existencia los días precedentes. De ese modo deshicieron las maletas, o mas bien las deshizo la señora Savir, porque él aún conservaba esa esperanza, casi infantil, de que algo, un hecho inesperado, cambiaría el ciclo de las cosas y lograrían avanzar y recorrer esos gloriosos y fantásticos setecientos kilómetros justo a tiempo. La señora Savir, sin embargo, sentía mientras guardaba los vestidos y los paños una forma no concreta de alivio. Mientras que el señor Savir veía esa línea de setencientos kilómetros como un breve escape a las formas temporales de la juventud y de la adolescencia, la señora Savir lo veía como una obligación a la que no se podía poner excusa pero que tanto le gustaría evitar. Si para uno el retorno anual era feliz para la otra era el recordatorio de muchas cosas que se niegan y no gusta ver. Para ambos el retorno era un espejo, para él ese espejo reflejaba un pasado donde se veía más joven, más liviano, menos marcado por la capital, un reflejo donde era notablemente más feliz. Para ella reflejaba esos rasgos que no se aceptan, como cuando sale un grano pronunciado en medio de la cara y uno se mira en el espejo con el deseo profundo e intenso de que según se mire el reflejo, el grano desaparezca inmediatamente y sin embargo toda la profundidad e intensidad de ese deseo no solo no lo hace desaparecer sino que de algún modo pronuncia y acentúa el grano y su presencia. Así que el temporal de nieve dividía, como tantas otras cosas, las sensaciones e ilusiones de los Savir. Por otro lado se abrían ante ellos unos días donde todos los planes trazados de antemano se evaporaban y había que rellenarlos de novedades y acontecimientos y planes por trazar. Durante las primeras horas de esos días que de algún modo no existían y tenían que darle forma, el señor Savir se entregó a los canales de noticias con la esperanza intacta de que un presentador animado y optimista pronunciara la palabras que abrían esa compuerta de setecientos kilómetros de felicidad,, mientras la señora Savir se iba enfadando y proponía actividades para levantar al señor Savir del sofá y lograr, por ese temor que en él era esperanza, que si existía la posibilidad de que el temporal y las nieves acabaran de repente, no les cogiera frente a la televisión y a él le diera por decidir rehacer las maletas, montarlas en el coche y salir pitando por esa autopista hacia ese leve infierno temporal. Así que durante horas él no despegaba su cuerpo del sofá y ella no paraba de buscar en periódicos y publicaciones todos los espectáculos y actividades culturales que estaban programados esos días en la ciudad. Savir contra Savir en una batalla invisible de deseos primarios, dictada por un presentador que hora tras hora iba narrando el estado de las cosas en el planeta.

.- ¿Y si vamos a esta exposición que hay en el museo? Aquí hablan muy bien de ella.

.- Un conocido hablo de ella el otro día en la sala de espera del médico y dijo que era muy aburrida.

.- Mira, aquí hablan de unas actividades musicales en la plaza del centro

.- Me duele un poco la cabeza y no estoy para músicas.

Plan tras plan, excusa tras excusa; mientras el frío y la nieve atravesaban el país, siguiendo una ruta que sólo los meteorólogos, y con bastante desacierto, saben interpretar. Una ruta que a su vez marcaba otras rutas, todas las rutas. Camioneros con mercancías paralizados a la salida de las ciudades, aeropuertos sufriendo retrasos, colas y ataques de histeria y los Savir enfrentados invisiblemente, uno empujando con sus deseos ese manto inmenso de nieve a través de las mesetas hacía el norte, hacia arriba, hacia otros lados. La otra aguantando con épica y heroísmo ese manto. Manteniéndolo intacto, inmóvil, sosteniendo con ese deseo feroz todas las capas de frío sobre el país entero. Así uno contra otro, cuando el presentador anuncia que hay ciudades que se van despejando y dejando atrás los días de colapso, ninguna atraviesa esos setecientos kilómetros, pero mientras en uno la esperanza se dispara en otra crece el desasosiego. Ella dice que es absurdo estar frente a la televisión, que porque no aprovechan los días libres para hacer otras cosas, él sale disparado a buscar el mapa de carreteras en busca de rutas alternativas a través de las ciudades victoriosas del temporal:

.- Quizá duplicamos los kilómetros, pero mañana estaremos allí.

.- Pero es una locura. Llegaremos agotados. No tenemos edad para un viaje como ese.

.- Que no, mujer. Nos pararemos a dormir en un buen sitio. Avanzaremos con calma.

Eso lo dice el señor Savir mientras imagina la carretera al otro lado del cristal de su coche, la sensación de movimiento, el volante en la mano, la aguja de la velocidad marcando la constante de su ritmo. Formas precisas de esa imprecisión que es la felicidad temporal. Eso escucha ella mientras imagina los saludos con su cuñada, con determinadas amigas de la infancia, la tarde obligada de visita en casa de su hermana, la calle del colegio, la fiesta en casa de los Urdan. Esas obligaciones que evocan una forma de tiempo a la que jamás volvería. Ambos viajan en el tiempo a través de los setecientos kilómetros, pero el año elegido en ese viaje es distinto en uno y otro.

Pasan las horas en esa lucha. Una insiste en salir el otro insiste en escuchar, casi como si fuera el anuncio del fin de una guerra, al presentador que las carreteras se abren y se reanuda la vida. Mientras, mapa en mano, se analiza las bifurcaciones posibles de ese viaje en el tiempo.

.- Si nos desviamos aquí, evitamos la parte más complicada.

.- Me niego a hacer tantos kilómetros. ¿Y si vuelve el temporal y nos coge en medio de la nada?

.- Pero no escuchas a este hombre. Están abriendo caminos, se acaba el temporal.

.- Los temporales no se acaban así, sin más. Los temporales duran y tienen consecuencias y traen colas y amagan con que se van y luego vuelven y es peor, vienen con más rabia.

.- Este hombre sabe lo que dice. Mira como se desplazan los frentes en ese gráfico. Mira como se ahuyentan las nubes. Como huyen acobardadas. Esto se acaba, querida. Esto se acaba y se abrirán las carreteras y funciona el mundo. Mira ese gráfico. Es hermoso. Míralo. ¡Que bien hacen las cosas ahora en la televisión! Se ve tan claro. Mira esas flechas como indican el norte. ¿No lo ves?

.- No está tan claro. Esos mapas son confusos. Mira, vienen más nubes, mas vientos, mas nieve, mas rabia, más dolor. Se desmorona. Ese hombre es irresponsable. ¿No lo ve? No ve que esos frentes y esos vientos anuncian tragedias y pasados que no hay que tocar, que hay dejarlos quietos. Que no avive las llamas del infierno. Que mantengan las carreteras cerradas, que lo mantengan todo así. ¿No ven las consecuencias?.

.- Pero, querida. Míralo. Mira el sol como se asoma por el este, mira ese gráfico que parece un cuadro. Ese gráfico es arte en si mismo. Esta gente de la televisión con que maestría nos hacen ver las cosas. Mira. Mira como se despeja. Mira como el país entero vuelve a despejarse, como aparece el Sol y todo vuelve a su curso. ¿No escuchas los aviones despegando otra vez, los camiones arrancando de nuevo? El país sonando hermoso ¿Lo puedes escuchar? Yo lo escucho, oigo la civilización en todo su esplendor. Mira como habla ese hombre, como usa el lenguaje meteorológico y nos lo hace llegar. Vete haciendo las maletas que nos vamos. Que viene a esperanza, que viene la vida. Que todo arranca de nuevo.

.- ¡Que insensatez! ¡Que locura! Se abre la anarquía, el caos, el miedo. Si que lo veo, si. Veo los camiones paralizados en las carreteras, veo el pánico en las ciudades, veo la tragedia en los aeropuertos porque este insensato y todo su equipo mienten. Los temporales saben más que los hombres y esto no se acaba aquí, detrás de estas nieves vienen más nieves y en esas nieves viene el dolor y la pena. Claro que lo veo, veo lo que viene y me produce tanto dolor. Viene el desorden. El miedo, querido. El miedo. No querrás ver todas las ciudades actuando bajo el miedo que sembrará ese temporal. No lo querrás ver, porque yo, créeme es lo último que quiero que pase.

Y los señores Savir en estados de animo enfrentados, antagónicos, bajan al coche empujados por el ánimo y el furor de él, y ella casi llora y argumenta que teme lo que hay por delante, en las carreteras, en ese mundo. Guardan las maletas atrás, abren las puertas. Cada uno se monta en su lado. Él mete la llave y ella cierra los ojos aceptando un destino que casi la salva de su viaje anual pero que finalmente la enfrenta a ese tiempo pasado al que no quiere acudir. Y ahí, mientras gira él la llave, ella nota la luz y el esplendor de una justicia que no esperaba ya y a él se le viene el mundo abajo y el destino, en ese giro de llave, la parece cruel y burlón. Gira otra vez y nada, el motor no responde, no hay ruido de arranque, no se escucha el sonido de la civilización en marcha. Ella sonríe ante ese silencio. El coche está averiado y, definitivamente, el viaje de los Savir se cancela hasta el año siguiente.

sábado, diciembre 26, 2009

Gestos

Hay un viaje físico que va describiendo la ruta que se va siguiendo. Si se mira con atención, en el físico ya está contado, así que al final una biografía vendría a ser la traducción de esos símbolos que están marcados en el borde de los ojos, en la curvatura de las manos. Hay fotos que marcan fronteras en las personas. Hay una foto de mi viejo que deja ver el principio de un giro definitivo que vino después. No hay mística en esta reflexión, es una evidencia. El tipo sostiene a mi hermano entre sus brazos y hay un gesto en la mirada más apagado, menos pelo que en todas las fotos que cronológicamente preceden a esa foto y una acentuación considerable en las arrugas de la cara. Sospecho que acaba de pasar esa etapa en la que conocidos que hace años no le veían podrían pensar :"Como ha envejecido". Si se mira con atención se ve el viaje previo hasta ese primer paso hacia un final duro o se ve como todo lo anterior ha ido dejando huella. En ese montón de fotos veo una de cuando tengo unos 10 años. Hay algo contundente en verme pequeño y es que esa mirada no la reconozco, esa mirada no me devuelve la mirada que me devuelve ahora el espejo. Miro las formas de la cara que evidentemente han variado y veo pocas formas reconocibles, un gesto lejanísimo que si identifico.

Ayer vi a alguien que hacia tiempo que no veía. Ha sumado una cantidad considerable de kilos a su cuerpo. El ensanchamiento descomunal de la cara y un luz turbia en la forma de mirar que antes, hace algunos años, no había. ¿En que momento lo externo va modificando la forma de la cara? ¿Qué instante es exactamente el que va a variar la dirección de la mirada? Claro que esto no debe ser un instante preciso. La forma de la cara, la pronunciación de la arruga irá avanzando invisible, inapreciable entre poros y tejidos invisibles a los ojos. Un río que se abre paso entre la inmensidad de la piel. Un rail que atraviesa ese paisaje en busca de una desembocadura que termina volviéndose gesto. Eso busca esa variación inapreciable a lo largo del tiempo, cambiar el gesto, acentuar esa mirada melancólica. Así avanza ese gesto que luego delatará el pasado. La cara que desvela una vida satisfecha o una vida sin demasiadas alegrías. Ahí está luego el desasosiego marcado en la comisura del labio. Hay va marcada la biografía, el pasado escrito en frases a lo largo de los gestos, de las formas, en la piel que son como las hojas de un libro que si se lee con atención desvela nuestra existencia.

martes, diciembre 22, 2009

Nieve

Lo extraño no resultaba sólo que hubiera nevado, que lo era. Lo raro era caminar por la Argimiro Bracamonte dejando las huellas de los zapatos marcadas en el suelo y sentir un frío terrible mientras un Ruta 6 pasaba deslizándose con precaución en el giro para subir la avenida Venezuela hacia arriba y del interior del autobús saliera, hacia ese gélido e irreconocible exterior, una vieja canción de Nat King Cole. Eso era raro, aunque evidentemente raro era ver cada calle de la ciudad cubierta de nieve. Cada esquina, cada tejado, cada árbol. Decidí caminar un poco, alcancé la puerta del Parque del Este. Había algo incluso paranormal en recorrer aquellas ciudad, bajo la cortante temperatura de aquella mañana. Había algo inusual en aquellas calles vacías. Me detuve y pensé que por otro lado tampoco había que alarmarse, "los habitantes de esta ciudad desconocen el frío. Temen salir". En la puerta del Parque del Este tampoco encontré a nadie. Miré mis huellas en la nieve que venían casi lineales desde la Avenida Venezuela, pero aparte de mis huellas no había otras huellas. Giré y decidí seguir hacia abajo. Fui paralelo a la valla del parque. Dentro no había nadie pero reconocí un perro a lo lejos haciendo círculos, como si de algún modo persiguiera sus propias huellas. "Perro bobo pero astuto" pensé sin saber muy bien que escondía esa conclusión. Alcancé el monumento al Sol. Desde ahí vi que el centro comercial estaba cerrado. Seguían si pasar coches, solo de vez en cuando algún ruta vacío y emitiendo música poco común a los rutas. Me puse en el centro y pensé que ese monumento potenciaba una extraña sensación de vacío que siempre asocié a la ciudad. Sin embargo, cubierto de nieve, resultaba algo más acogedor en su interior. Di varias vueltas al monumento. Empecé como el perro, a seguir mis propias huellas y sonreí, casi solté una carcajada y comprendí la conclusión "Perro bobo pero astuto". Al ver mis huellas varias veces marcadas, me detuve de repente, algo asustado "¿Qué hace Barquisimeto nevado?". A lo lejos vi una persona viniendo por donde el cuartel. Me quedé un buen rato observando a aquel tipo venir. Mucho rato después comprendí que aquella figura humana venía, también, hacia el monumento al Sol y más tarde aún, comprendí que era El gago. Subió el tramo de escaleras sonriendo contento y me abrazó al llegar arriba: "¡Cuantos años hace, Leprince!". Sentí una ternura especial hacia El Gago. Había engordado y tenía una cicatriz, que no tenía antes, en medio de la cara. Me miró de repente preocupado y me dijo: "Pero no deberías estar aquí. Esto es zona prohibida. Lo han tomado" Miré a los lados y vi la ciudad vacía. El silencio se rompió bruscamente por una sirena intensa y absoluta que recorría la ciudad, una llamada a algo. El Gago me mira y me dice que es la hora, que nos vayamos a los subsuelos, que viene más nieve

.- ¿Qué subsuelos, Gago? ¿Qué nieve? Aquí no nieva, aquí no hay subsuelos

.- Son los nórdicos, Leprince. Ahora son los nórdicos los que manejan este peo

sábado, diciembre 19, 2009

Los años del tigre

Despertó en medio de la madrugada, en esa hora imprecisa que no es ninguna hora porque es indefinida y constante la noche y nada se desvela al que abre los ojos. Despertó y se puso en pie convencido y firme. Decidido, pero sin saber para que estaba decidido, sin saber que había en esa contundencia y en esa fortaleza de aceptar y caminar rotundo hacia un acto desconocido. Se puso en píe, por la ventana entraba la luz tenue de la luna y de la farola que había justo al lado de su casa. Tendió la sábana, un acto que le pareció simbólico y revelador. Se puso los zapatos y salió hasta el coche. Se metió, lo encendió y se puso en marcha. Sabía que iba a algo " a lo más importante de los últimos diez años" pero aún cuando ya conducía y avanzaba a oscuras por la carretera de la meseta, en dirección a los pozos seguía desconociendo cual era ese acto definitivo al que acudía. Avanzó como si una voz muda le dirigiera, se desvió en el camino de tierra cerca de las fincas. Condujo a saltos por esa vía imposible y complicada. El coche parecía no aguantar la irregularidad y la dureza del camino pero siguió. Avanzó decidido. Se puso paralelo al río, esquivando la frondosa vegetación que iba en aumento. Se quedó un rato hipnotizado por el meneo de la luz lunar en el reflejo del agua, pero no estaba para poesías, estaba para epopeyas, para mitologías. No consultó el calendario, ya lo haría en los años posteriores. Si atendió a determinadas emociones, a los recuerdos imprecisos que acudieron de repente, a ese repaso veloz y esa sorpresa repetitiva en los hombres pero siempre demoledora que es presenciar y percibir la velocidad del paso del tiempo. El coche brincaba desquiciado ya por la casi imposibilidad de seguir avanzando. Entonces lo detuvo, lo abandonó casi a la orilla del río y avanzo el resto del camino a pie. No dudaba de seguir, pero si se preguntaba a cada paso:"pero ¿Dónde voy? ¿A qué destino acudo?". Y siguió. El río también suena de noche, pensaba, también recordó algunos viajes, algunas lecturas, algunos sueños y la sensación de lejanía constante de todos esos años. La sensación de ser una alienígena de las emociones en un planeta que aún estando en su planeta parecía un cosmos olvidado para determinadas sensibilidades. Recordó algunas frases y algunas conclusiones definitivas de su vida ahí y siguió caminando cerca del río, atravesando la selva ya, ese terreno desconocido y temido pero que esa noche respondía al escenario. Había sido llamado y él acudía. Sintió el vacío entre la vegetación, la hostilidad de la naturaleza y recordó a Camus y una noche febril que leyó a Camus y lo sintió tan cercano que casi lo confundió consigo mismo. Camus no había escrito aquello, lo había escrito él y Camus fue la excusa pensó aquella noche mientras leía determinados párrafos y ahora recordaba un párrafo entero, una sensación determinada. Entonces tuvo delante de él, por fin, inequívocamente al Tigre. Estático, sereno, expectante. Se detuvo, miro sin furia pero con intensidad al animal que a su vez le miraba. Comprendió entonces. Ese era su destino, a ese instante acudía. La selva, la noche y el Tigre. Pasaron unos segundos milenarios. Ojo contra ojo, líneas paralelas que se enfrentan en un punto intermedio en la madrugada salvaje, rodeados de oscuridad y selva. Avanzó, el tigre reculó para afianzar la postura, la posición exacta de las garras contra la tierra, la curvatura exacta de las patas para atacar justo a tiempo. Monod avanzó sin temor, sin dudas, el tigre aún afianzó un poco más la postura. Animal y hombre enfrentados en la noche. Tigre y Monod a centímetros, instinto contra instinto.El tigre ejerce la presión exacta de sus patas contra el suelo y comienza el salto. Monod, saca entonces el cuchillo con precisión milimétrica, sabiendo que esos diez últimos años cuelgan y viven en el filo del cuchillo, atraviesa la piel, las primeras texturas, los músculos y el corazón del Tigre. Siente el peso insoportable del animal colgando del cuchillo, sostenido por su brazo. Suelta al animal y mantiene el cuchillo en la mano. Se gira y suspira. A lo lejos el primer brillo, el cambio casi inapreciable de los tonos de la luz. Empieza el amanecer. Avanza Monod por la selva. Se acaban los años del tigre.

Con profundo respeto y admiración, a mi hermano Monod

viernes, diciembre 18, 2009

Aeroamor

No se si hay que culpar a los aviones o a las alturas, pero en el aire la amaba y en tierra la ignoraba. Yo no tenía decisión racional sobre eso, sobre ese sentimiento movedizo e incomprensible. Tampoco sobre que la empresa nos enviara cada semana a puntos geográficos tan distantes como equipo de control de proyectos extranjeros. La decisión venía desde arriba y la acatamos como se acatan las decisiones empresariales, sin rechistar. A mi Marina no me caía mal, pero la realidad apabullante de tener que viajar semanalmente con ella a lo largo y ancho del planeta me produjo cierta incomodidad al principio. Todo sucedió rápido. Marina es seria y eficaz y coordinamos y organizamos nuestras tareas con velocidad de crucero. Al poco estábamos haciendo nuestros primeros viajes de control. El primero fue a Budapest, la empresa tenía una obra abierta en uno de los puentes del Danubio, un proyecto grande y ambicioso. Embarcamos un martes para estar en Budapest hasta el viernes. Acordamos, siempre, tratar de pasar la mayoría de los fines de semana en casa, con nuestras familias. Ambos éramos ambiciosos y serios laboralmente pero teníamos también un concepto elevado de la vida familiar y de su importancia. En el viaje de ida yo noté los primeros síntomas. Según fue despegando el avión, noté que mi codo se deslizaba hacia el codo de Marina, pero lo atribuí a la tensión del comienzo de una nueva etapa laboral, a esa complicidad que se crea entre los miembros de un equipo cuando están implicados en proyectos largos y laboriosos. Sobrevolando Francia noté esa sensación vaporosa de taquicardia que genera la atracción, pero no la atracción sexual sin más, no. La atracción del olor, de la piel, de la persona, la atracción por ese concepto amplio e inmenso que hay tras un nombre, tras una persona, tras Marina. Aterrizamos en Budapest y todo se diluyó y en mi memoria quedó como un momento borroso y de capricho de los nervios y de las emociones. EL viaje fue productivo y efectivo. Las reuniones fueron largas y con resultados. El segundo viaje fue a Roma y en el despegue ya noté lo mismo. En lo que el avión se deslizó por la pista y se despegó como se despegan los dedos de una piel después de una caricia, noté a Marina. Marina al completo. Marina y un olor lejano, Marina y un gesto infinito de belleza, la belleza aérea, la belleza y el esplendor. En el aire noté la laxitud de un sentimiento que ha marcado la historia de la humanidad, las grandes y peores obras de los hombres. Marina y sus dedos pasando paginas de un libro, Marina que cierra los ojos o mira a través de la ventanilla el mediterráneo ahí abajo. Un sentimiento que sobrevuela el planeta y todo lo abarca. Luego el aterrizaje y con el todo se devuelve a tierra, todo esa luz, toda la inmensidad que se detiene y se apoya en el suelo. Roma y reuniones y papeles y soluciones y vuelta a casa. Luego Londres y en el avión Marina y mi codo contra su codo, la urgencia de la piel por chocar contra la otra piel, el grito químico interior que busca y exige ese olor, esa otra piel, ese concepto infinito que es Marina y Marina me habla en el aire y en el aire su labio suelta las sílabas como notas de flauta, como mariposas que se agitan invisibles y Marina se queja de su marido, de una discusión la noche anterior, de la frialdad, de como el paso del tiempo distorsiona las relaciones y las desgasta y yo que escucho a Marina mientras sobrevolamos el principio de la costa de Gran Bretaña como nubes que se desplazan en un cielo que es el espacio que va de su boca a mis oídos. En Londres agitación laboral, carreras y mucha velocidad, resoluciones agitadas y algún encontronazo. Los ingleses barren para casa y conducen por la izquierda, acuerdos difíciles. Luego de Londres fuimos a Lisboa y en Lisboa nada porque viajamos en tren y ahí comencé a sospechar, porque el viaje fue largo y mi piel no pidió un contacto con su piel y su olor y sus labios no parecían explosiones cósmicas en medio de una galaxia única. Después de Lisboa a Moscú. Un viaje más largo y por lo tanto un amor más profundo. Un amor mas intenso. Marina y las bombillas de fiesta en sus ojos, las sombras de sus manos cerca de mis manos. Marina que duerme y sueña mientras el avión atraviesa el cielo de Europa y yo veo a Marina soñando y me quedo con los ojos cerrados y fuerzo, como cuando éramos pequeños y cerrabas los ojos deseando con intensidad como si de ese modo se lograra que lo deseado se volviera realidad que Marina sueñe conmigo, sueñe que estamos el uno frente al otro, que sus labios aterrizan en mis labios. En Moscú efectividad y negocio. Tras Moscú la tortura de un viaje intercontinental, un viaje muy largo a Nueva York. Horas de amor, horas de desasosiego, horas de fantasía que duran, como siempre, como cada viaje, hasta que las ruedas se apoyan en el asfalto del JFK. Y yo sigo sin comprender. Hay más viajes, mas desplazamientos y es en el vuelo de regreso del viaje a Tokio que no me doy cuenta y me posee esa fuerza, como si ese amor estuviera empujado por las turbinas del avión, por esos motores que mueven el inmenso pájaro de acero y cojo la mano de Marina y miro a sus ojos y noto su olor y el tacto de su piel y Marina no me domino, no puedo, Marina. Sin ti no soy. Eres tú, Marina. Infinita y etérea. Aire de mi aire, oxigeno y combustión y Marina que no entiende y me mira y me abraza y me convence de que estoy confundido, de que es el stress y el trabajo y los constantes cambios horarios. Y aterrizamos y todo pasa y en el aeropuerto mientras recogemos las maletas le digo que si, que me disculpe el arrebato, que efectivamente es agitación y cansancio y que no me lo tome en cuenta, pero volamos a Dubai y al rato del despegue otra vez. Marina, no es confusión. Marina esto es real y Marina que cae y me mira y me besa pero su culpa y dice en un susurro hermoso que todo es un error y llegamos a Dubai y yo lo olvido todo pero ella no. Ella viene a mi habitación de noche y a mi Marina no me agrada no me atrae en tierra y diluyo como buenamente puedo la situación. El regreso es largo, despegamos en Dubai y todo se complica y me lanzo a su boca como un desesperado se lanza desde un puente y yo insinúo el baño pero Marina no, Marina se retiene. Al aterrizar está su marido lo que agradezco porque en tierra Marina no es Marina. Y luego Buenos Aires y hasta Buenos Aires y como si todo fuera eso, un capricho del aire, de un amor que se sustenta arriba, lejos del suelo besos y la boca de Marina, pero en Buenos Aires nada y Marina no comprende y pide explicaciones y yo que voy entendiendo que es arriba, que en el suelo Marina no es Marina, la Marina que flota, que sobrevuela cada emoción de mi cuerpo. Y el regreso fogoso por el aire desde Buenos Aires y al aterrizar yo ya entiendo y en el siguiente viaje lo desvelo, lo confieso y Marina al principio llora y me mira y desgarrada me dice: "Pero yo no puedo vivir en el Aire, entiéndelo. No puedo esperar a que todo sea en un avión". Y no, claro que no y la decisión fue definitiva. Lo dejaríamos, no seguiríamos, "pero de despedida, Marina, de despedida regálame un fin de semana en Ala Delta" y así fue. Después pasó el tiempo y nuestras vidas laborales cambiaron yo cambié de empresa, ella cambió de profesión. De vez en cuando cada mucho tiempo nos llamamos quedamos y saltamos en paracaídas. El amor, como decía aquella canción, está en el aire.

jueves, diciembre 17, 2009

La isla remota

Vivía en la periferia de una pequeña ciudad. Una ciudad al pie de unas montañas desgastadas y algo tristes. Una ciudad básicamente fea. Su vida sin parecerse exactamente a la ciudad, tenía mucho que ver con ella. Su vida era periférica, desgastada y algo triste. No siendo triste la palabra exacta, pero si periférica. Su entorno era reducido, pero no tanto porque el fuera imbécil sino porque en ese individuo había algo que le venía dado, que ni siquiera era una elección vital, siendo una forma parecida al egoísmo, tenía que ver su forma de vida más con el aislamiento, pero no un aislamiento del mundo hacia él, sino de él hacia todo, incluso hacia al mar. Es como si los continentes le parecieran lugares remotos y a los que no es que no tuviera intención de ir, sino le parecían no existir. Era una isla, pero una isla de forma indefinida, era lejano pero necesitaba hablar, era solitario pero dependía de los otros. En general esperaba que los otros vinieran a su isla y no comprendía además que no lo hicieran más a menudo. Era torpe, sobre todo era torpe, pero no era mal tipo. Bien mirado era una isla sin mar, como si de alguna manera esa isla flotara en medio de un aire raro, un aire de humo de cigarrilo. La isla estaba estática en ese humo, en ese espacio que ni siquiera el comprendía del todo. Una isla casi sin vegetación. En su isla no había un tiempo preciso, realmente la isla vivía en un no tiempo, un tiempo pasado pero de dificil ubicación. La medida del tiempo es extraña en esa isla. Un acordeón. La isla estaba lejana, en otra época, pero una época que en el fondo tampoco había existido. Era hoy pero ayer siendo todo hace veinte o treinta años. El tiempo no es exacto y cada uno lo adapta a su forma de vida y la isla tenía una medida absolutamente amorfa de tiempo. Así vivía, periférico a los demás, al tiempo, a todo. Así vivía. No confundir con un mal tipo, su problema era que en realidad todo estaba inmensamente lejos, desde donde el estaba sólo se veía humo y eso le obligaba a estar constantemente quieto, apoyado en un acantilado de la isla, donde no pasaba nada, ni siquiera una forma precisa de tiempo.

Con sentimientos periféricos, a él.

miércoles, diciembre 16, 2009

Comic

Se acabó mi vida. No mi existencia, pero si mi vida como tal, como la conocía hasta ahora. Se acabaron las formas conocidas. Esta mañana me he convertido en una ilustración. Mi cara unos cuantos trazos imprecisos, mis manos unas líneas que se abren unas encima de otras, mi piel es blanca y su textura de papel y lo más jodido, lo que peor llevo es que cada vez que pienso, cada vez que hablo me sale un bocadillo de uno de los lados y aparecen esas letritas que me delatan, que hacen público cada cosa que pienso, cada cosa que digo. Eso es molesto, si, por no hablar de la incomodidad de habitar entre casillas, que las cosas no sean fluidas unas detrás de otra, sino que haya que ir dando saltos de una situación a otra. Porque si, ahora estoy en una viñeta estático, tecleando esto que tecleo, pero si me levanto tengo que esperar a que aparezca ese espacio nuevo y saltar, saltar de repente. Hay quien lo ve como algo estéticamente atractivo y es cierto que mi nueva gabardina ilustrada, mi bufanda que se mantiene al aire y mi gesto son interesantes desde un punto de visto técnico, las aceras y los edificios de la ciudad ahora son menos precisos y sin embargo transpiran una atmosfera medio de cine negro, medio oscura interesante, pero vivir así, en esta capa, en esta sola capa no me agrada. Se acabaron las formas de antes, que bien mirado eran muy duras, una realidad insisitente y excesivamente sólida, pero eran mis formas, era la estética de mi vida. Ahora todo es esta bruma que no es del todo. Las aceras que no concluyen, la gente que pasa a lo lejos que son como destellos indefinidos, casi abstracciones, unas manchas que se intuyen como formas humanas y todo eso podría ser soportable, pero lo que no aguanto es que a cada cosa que pienso, a cada cosa que digo sale ese bocadillo insistente. Ahora pienso esto y ahí está: "Ahora pienso y ahí está" pone en el bocadillo y la gente que pasa cerca lo mira y lo lee y yo quiero mi intimidad, porque bien mirado esto que ahora escribo no me importa que sea leido, pero hay cosas, hay muchas cosas que uno no quiere que sepan que se están pensando. Uno quiere sus pensamientos para sí, uno quiere que ese universo corra por ahí dentro y salga lo que uno quiere que salga, no que cada cosa que pienso, cada cosa que digo sea público, sea leído por los otros ciudadanos. Porque imagínense que uno va en el metro y piensa que el de enfrente tiene cara de pulpo y que mientras le miras disimuladamente aparece o bien a tu derecha o bien a tu izquierda un bocadillo con la frase "Ese tipo tiene cara de pulpo" y todo el vagón levanta la mirada y lee y entonces tu te indignas pero no puedes evitar pensar que los demás son unos mirones y unos curiosos y claro, según te miran y tú lo piensas aparece otro bocadillo que pone "Son todos unos mirones y unos curiosos" y todos los mirones y curiosos lo leen y se acercan y se enfadan y es así porque uno no puede evitar pensar ciertas cosas sobre los demás. Eso pasa cuando eres ilustración y todo se hace bocadillo y la vida es una viñeta. Eso pasa mientras camino a solas y en esa nueva viñeta se lee un bocadillo donde se lee mi último pensamiento del capitulo de hoy: "No quiero esto, no quiero ser ilustración. Quiero ser yo, el otro. El real".

martes, diciembre 15, 2009

Noche en el aire.

Me subí a la avioneta, a mi avioneta. La encendí, arranqué los motores y la puse en marcha. Me deslicé por la pista que a esa hora estaba helada y oscura. Pedí paso desde la radio, los del control me hicieron las preguntas rutinarias y despegué. Si conduzco mi avioneta es porque sobre todas las cosas lo que más me gusta es despegar. Dejar atrás la pista y salir volando hacia la noche absoluta, hacia el resplandor de la ciudad proyectándose en las nubes. Me gusta ir cogiendo altura y ver como todo se disminuye, como todo se va haciendo una miniatura de sí mismo, una maqueta de lo real. Me gusta atravesar las nubes en la noche e ir dejando la ciudad atrás. Me gusta imaginar el ruido del motor viejo de mi pequeña avioneta sonando en medio de ese trozo de cielo que recorro, me gusta imaginar ese espacio donde sólo suena mi motor. Me gusta ver las carreteras como venas atravesadas por microbios luminosos que son las luces de los coches, me gusta ver como aparecen las montañas al fondo y los pueblos enterrados y con poca luz que parecen luciérnagas; parece que son ellos los que flotan, los que vuelan pero que están al revés; que aquello, el suelo, es el techo del universo y están colgando como lámparas. Seguí avanzando hacia la oscuridad profunda de un país que a esa hora duerme. Seguí avanzando entre las nubes y el silencio roto por el sonido del motor. Seguí recorriendo ese circuito invisible, giré dirección noroeste en busca de nada, en busca de otro tramo inexistente. Noté a lo lejos un destello, una intermitencia, reduje altura porque aquella luz estaba en mi dirección y evitaba de este modo un encuentro con otra entidad. La intermitencia continuaba y me acerqué entre las nubes, entre la oscuridad. Me puse a la par cuando descubrí que era otra avioneta, pequeñísima, como la mía. Encendí las luces interiores y saludé con la mano, desde esa otra avioneta me saludaron mientras a su vez encendían las luces internas, a pocos metros de mi. Mantuve la distancia, había cierto peligro, pero siendo prudente traté de saludar e identificar a la chica que la conducía. Las intermiténcias de las luces externas de nuestras avionetas en medio de la noche y entre las nubes iluminaban la escena, su cara. La seguí cuando ella me hizo el gesto de que así lo hiciera. Volé trás ella, giramos hacía el norte, atravesamos la meseta entre las nubes el uno detrás del otro. Hicimos piruetas circulares, jugamos a encender las luces en medio del cielo, abajo adivinaba el mar, el océano oscuro entremezclándose con la oscuridad total. Seguimos avanzando. Vimos islas con luces lejanas, vimos luces de barcos, vimos nubes avanzando hacia el continente y giramos avioneta sobre avioneta. Logré hacer una coreografía aérea con ella, mi avioneta giraba con precisión entre sus giros y formábamos espirales que avanzaban indefinidamente. Así volamos toda la noche, sin destino, sin ruta. g
Guiándonos al azar fuimos viendo el amanecer desde arriba, casi sin gasolina, mientras la luz del Sol reventaba en el cielo y marcaba esa sensación de que todo empieza de nuevo. En un último giro nos miramos, nos despedimos y retrocedí hacia la ciudad, hacia la pista. Un rato después aterricé exhausto, agotado. Bajé de la avioneta y llegué a casa.

Los paseos nocturnos

Siempre bajaba a esa hora con el perro. Decía que le gustaba la ciudad de noche un lunes cualquiera. Hablaba del contraste, porque en realidad todo el mundo está en casa, con el frío al otro lado de las ventanas y que la soledad estaba en la calle, en el parque, en la acera que recorría mientras el perro se perdía entre arbustos y que le gustaba caminar y ver las ventanas encendidas, los reflejos de los programas de televisión. Ver los hogares en activo y la calle apagada, sin un alma. Siempre salía con el abrigo cerrado, con la bufanda y los guantes porque a esa hora el frío corta. Desaparecía; volvía al rato y ya nos dormíamos y se acababa el día. Hablaba de la acera, del vacío, de las casas. Siempre lo vi como un rito, como un viaje diario, un paseo reflexivo. Llegaba tranquilo, sosegado. De alguna manera era su momento. No hablaba de nada especial pero si describía con frecuencia las sensaciones de andar de noche por la ciudad, en pleno invierno. Insistía en el contraste, en ese vacío sorprendente y le agradaba: "Es como ser extraño de repente. Somos extraños siempre para los otros. De noche, a esa hora, la ciudad es una excusa, no hay nada. La verdad es que no hay ciudad, hay escondites de la ciudad y del frío y es hermoso ver a todos en sus cuevas, en sus chozas. Hay algo milenario en ese vacío. El hombre y el planeta. El ser humano y la noche. El frío y el tiempo". Decía con intensidad, como si en esos paseos hubiera algo más que en llevar a mear y darle una vuelta al perro. Siempre repetía el acto de salir y volver un rato después. En verano era otra cosa, incluso yo bajaba con él y hablábamos de los hijos, de los nietos, de las vacaciones que ya llegaban. En verano le daba igual, no era su momento porque de noche la ciudad también estaba llena y la gente no volvía pronto a casa. Siempre hablaba de ese otro contraste: "En Invierno la ciudad es la excusa, en verano son las casas. Desaparecen un poco. Existe la ciudad, las casas se borran". Luego volvía el invierno y volvían los paseos solitarios, el abrigo y el perro. Y si, bajó. Como bajaba siempre. Abrió la puerta, yo cambié de canal, busqué algo distraído, amen,o en los canales. Pasó mucho tiempo. Me di cuenta porque había terminado el recorrido de canales en una película que empezaba con el actor americano ese tan guapo, tan rubio, tan atractivo, tan popular y que interpreta a un policía que tiene un compañero negro que es un actor con cara de bueno y la película avanzaba y estaba angustiada por las imágenes y me di cuenta que la película avanzaba mucho, mucho rato y el no había vuelto. Luego todo se me fue de las manos. Le buscaron durante días y no apareció, encontraron al perro pero no a él. Nadie encontraba motivos, sospechas, no había huellas. Simplemente había desaparecido, sin más. No había violencia. El perro se comportaba igual, no se percibían cambios en su forma de actuar.

Pasó el tiempo, estuve afectada, tratando de comprender y comencé a bajar a la hora que él lo hacía. Me ponía el abrigo, los guantes, la bufanda, cogía al perro y bajaba. Caminaba por la acera hasta el parque. La ciudad adormecida por fuera, recogida por dentro. Las casas encendidas, las televisiones emitiendo luces en los techos, en las paredes. El vacío, el perro correteando a su aire por los arbustos, yendo y viniendo a su antojo. Comencé a comprender las agradables sensaciones. El contraste, el silencio. Así fue a lo largo del invierno. Entonces le vi, una noche le vi tras los árboles del final del parque, donde la ciudad parece que termina. Me llamó. Tenía el pelo muy largo y con barba. Salí casi corriendo y me dijo susurrando que le siguiera. Miré atrás, el perro no venía y quise ir a buscarle, pero él me detuvo:"No quiere venir, lo conoce y no quiere venir". Ahora estoy con él allí, en aquel lado, en el otro lado. Seguramente jamás volvamos. No nos esperéis. Darle un beso muy grande a los niños e inventaros una excusa, una historia, un cuento para decirles porque es que los abuelos no están ya nunca en casa.

lunes, diciembre 14, 2009

Paseo en el parque

He caminado hasta el parque, Victoria. Hace tanto frío hoy que no sólo se hielan las manos, también el suelo, también el tiempo y los días. Victoria no fue por ti, no fuiste tú, no fue tu voz, fue esa canción. No fuiste tú, créeme, no fue verte ahí cantando, no fue tu pelo en la cara mientras soltabas esas frases, no fueron tus manos apretando las teclas, Victoria. Fue esa canción. Fue esa melodía que va hacia allí que no es ningún sitio. Las melodías como esta se te entierran. Hay algo más que una profunda melancolía. Creo que tiene que ver con los tiempos, con las vidas, con las capas. Nadie, en el fondo, está en nuestro sitio. No fuiste tu, créeme. Pasará el tiempo, pasarán estos días fríos y volveré al parque, pero ahora, hoy, en el parque, es esta canción que no paro de escuchar mientras recuerdo. No fue esa mirada que se desplaza en el humo, en lo desconocido, no es la piel, tu piel, Victoria. Todo va en esa melodía, en tu voz, pero también en la guitarra, en ese ritmo cíclico, en esa reverberación, en la lejanía que lleva todo. Esa canción, te lo aseguro, es como estar y no estar. Se difumina la memoria. Como cuando recuerdas y no sabes del todo que estás recordando, si fue o no fue, si estuviste en esa imagen que ahora sale de tu cabeza. Como cuando vienen las caras borrosas de aquellos amigos y sus nombres vienen a trompicones. Ahora es igual, no hay caras y quizá, esa ausencia la sustituya con la tuya, con el gesto de la boca cantando hacia arriba, hacia el techo de la sala, con tus ojos cerrados. No es por ti Victoria, es por la canción y por el frío y por que es de noche en el parque y no hay nadie y voy solo y pienso que en el fondo se anda siempre en lo mismo. En una extraña melancolía cuando se viene el frío y en la agradable euforia con el calor. Y hoy, Victoria, hoy hace un frío del demonio y la melancolía ataca duro y se vienen otras épocas y suena esta canción, ese estribillo, ese estribillo me hace polvo, me ataca a las entrañas y vienen calles y caras y toda una vida que ya no se vivirá. Una vida entera, Victoria. Una vida que se esfuma y no vuelve. Ya no soy ese nunca más. Ni tu, ni ninguno. Ya no volveremos atrás, a los días de antes. Suena el estribillo y me deja aniquilado, Victoria. No es por ti, es por ese estribillo que tu cantas, es por esa voz que sueltas justo aquí, es por que sucede algo inapreciable, invisible. Es porque esta canción termina y se va cayendo y se pierde tu voz. Es por eso, Victoria Legrand. No es por ti.

viernes, diciembre 11, 2009

La tipa de anoche

Podría empeñarme en buscar una manera de decirlo más suave, pero realmente no es necesario cuando lo que sucedió según la vi fue que pensé en sexo, nada más. Hablaba con un tipo que debía ser su amigo y no prestaban demasiada atención al concierto y ella bebía cerveza y cogía la botella con empeño y en la boca y sorbía con vehemencia. Llevaba una minifalda marrón, botas altas y una camiseta con un escote que oportunamente dejaba adivinar un pecho de vértigo (¿Por qué escribo pecho si cuando la vi pensé en tetas?). Estuve un rato pendiente. Pensaba en sexo y en que la tipa trasmitía algo negativo. Dos polos opuestos que se rozan por el otro lado. Sexo y rechazo. Estaba buenísima pero en sus gestos y en su forma de expresarse se adivinaba una tipa insoportable. Luego me despisté el rato que mi yo animal lo permitió, me quedé viendo al guitarrista y su manera de interactuar con el batería y pensé en alguna etapa pasada de mi vida a la que me trasladé empujado por ese torbellino sonoro que venía del escenario. Luego mi bestia volvió a rugir y volvió a merodear por la sala. Lancé la vista y la volvía ver. Ahí andaba con la botella en la mano, hablando con su amigo, ladeada, enfrentada a la realidad como si está fuera una cámara de fotos. Hay gente que responde a los estereotipos y ella acudía sin temor al suyo, al de chica mala, al de esa personalidad refugiada en un cuerpo que incita a pensamientos primarios complementado con una feroz frivolidad y una profunda mediocridad mental. La miré, la miré porque la bestia rugía pero la cabeza me proyectaba imágenes de tedio hablando con ella. Frases establecidas, eso veía. Eso previsualicé. Esas conversaciones en las que permanezco distante porque no se que decir, no se de que hablar. Como si la cabeza y la bestia se interpusieran una a la otra, empujándose antes de hablar. Eso veía, una conversación que no llega a nada porque ella no dice nada salvo su exposición permanente y la bestia fotografía y la cabeza se ausenta. Un juego esquizofrénico donde nadie es el que es y todo se mueve en zonas de instintos, por el medio de la selva. Ella bebe cerveza, coge así la botella porque todo es medido, cada gesto, cada movimiento. Todo es preciso y exacto. Ella es eso, su proyección irreal escondida en ese pecho tan perfecto, en esa piel suculenta, en ese gesto marcado, en esa posición medida de las caderas que arquean y angulan con perfección las piernas. Es eso y no es nada. Es nada y es todo porque en eso va ella, va el resto, lo que no viene después. Luego imagino su vida, su pasado y veo y no veo, como si me faltara imaginación o empatizar realmente con ese gesto distante y frío de lo que está exageradamente calculado. La miro y está lejos y es vacía, pero está jodidamente buena.

miércoles, diciembre 09, 2009

Maiquetía- Caracas

Hoy he recordado esa tarde que no fue ninguna tarde y fue todas las tardes. Hoy he recordado esa tarde porque tengo una memoria demencial con respecto a las fechas y por alguna razón, sin creer en las ceremonias ni en los aniversarios, caigo en cuenta que mañana hace veinte años que llegamos a Caracas a media tarde, que fue la primera tarde del resto de todas las tardes y no fue ninguna tarde porque mientras allí, cuando aterrizamos era por la tarde, aquí que era de donde habíamos salido era de noche. Así que aquella tarde fue la tarde de todas las tardes mientras para nuestros cuerpos y nuestra biología era de noche. Subimos desde Maiquetía con la sensaciones que seguramente luego han movido buena parte de mi vida. Supongo que hay instantes que marcan el resto del tiempo y aquella entrada en Caracas fue memorable por muchas cosas que no recuerdo porque son sensaciones y estas se evocan pero no se recuerdan. No existen. Mi viejo conducía atravesando ese lugar desconocido, aquellos ranchitos que abrían la ciudad desconocida. La autopista del Este era algo así como una nevera de calor, una nevera donde se congelaba el tiempo o tomaba otra forma. Un hielo de forma imprecisa. Aquella ciudad desmesurada, aquella montaña que parece mentira, aquellos coches de película de los setenta. Aquellos letreros que avisaban de que uno no estaba en lo suyo, si es que en algún momento en la vida uno está en lo suyo. Uno nunca está en lo suyo, pero aquello era como haberse metido en el sueño de un tipo que desconocemos. Una máquina rara que te cuela en calles raras y humedades que tu piel no recuerda, la cabeza y la percepción de uno que eres tu pero que no lo eres. Supongo que subir desde Maiquetía a Caracas puede cambiarte más la vida que dos años de tu vida diaria. El tiempo hace con uno lo que quiere y aquella tarde nos mandó de ida y vuelta a varios lugares inalcanzables. Se abría Caracas, como si nunca hubiera existido y existiera de repente, sabiendo que realmente es al revés, que aquella ciudad existía a pesar de uno, que antes y después aquello estuvo y estará. Y pufff, humo y pasan veinte años de aquella tarde que fue todas las tardes y no fue ninguna. Es raro porque de alguna manera estoy en aquella tarde eternamente, en bucle, dando vueltas. Subiendo una y otra vez desde Maiquetía a Caracas, durante veinte años, cada tarde, todas las tardes. Subiendo, llegando y volviendo a subir. Veinte años después estoy aquí. Miro a los lados y el humo y la tarde, esta tarde se ha ido y anochece. Humo. No existe aquella tarde y ni siquiera esta tarde que ha ido cayendo, como el viejo. Humo, que tampoco está como aquella tarde, como todas las tardes. El viejo sin embargo anda en aquel bucle cada tarde, todas las tardes, durante veinte años, durante cien, durante millones de años subiendo cada tarde sobre aquella tarde.

lunes, diciembre 07, 2009

El otro tren

Nuestro amor fue corto. Una ráfaga, una ventolera, una fugacidad. Fue breve, pero intenso y profundo. El amor, como tal, como empuje como viaje no tiene medida. Que mas da. No hubo tiempo en aquel tiempo, no hubo segundos, minutos, ni horas. Empezó como luego fue todo. Aquella mañana fría yo entré en el andén con prisas. En ese momento si había minutos y yo llevaba muchos de retraso encima y corrí hasta el andén cuatro por donde pasan los trenes hacia el norte. Bajé las escaleras. Los trabajadores de la mañana con los periódicos y con el sueño entremezclándose en una realidad confusa, el silencio de las siete de la mañana. La prisa y el reloj del andén. Caminaba hasta el final donde siempre esperó entrar en el último vagón y allí estaba ella, sentada y hermosa, al final del andén, al final de la gente. El viento que venía desde el túnel anunciando la llegada del siguiente tren agitaba su pelo liso y oscuro. Estaba sentada y miraba hacia un libro y yo sólo veía su perfil mientras avanzaba por el anden entre la gente hacia ella, convencido de algo incomprensible, pero convencido de que aquel viento anunciaba algo mas. Avanzando entre los abrigos y los periódicos y el silencio de las siente de la mañana. La voz anunció que el siguiente tren no iba a mi destino sino al otro que comparte vías en el anden cuatro. Seguí hacia ella, hacia su pelo movido por el viento del tren que no me llevaba a mi destino. Pedía permiso, a veces ni siquiera, a veces avanzaba casi a empujones con el fin de llegar hasta ese fin, hasta el último trozo de andén, hasta el banco donde ella leía y el tren entraba, y llegué, llegué justo a tiempo, justo cuando el tren que no me llevaba a mi destino se detuvo y ella se puso en pie y cerró el libro. Alcancé el trozo final de andén justo a tiempo para verla montarse, sin mirarme, haciéndome ver que ya nada tenía retorno entre nosotros, que el fin del andén marcaba nuestro fin. Se cerraron las puertas, sonaron las alarmas y el tren arrancó y se fue para siempre, sin una palabra, sin nostálgicas despedidas. Dejándome ver por última vez, como un regalo de las perspectivas el otro perfil, el otro lado que aún no había visto.

domingo, diciembre 06, 2009

Otros viajes

Vamos por una carretera, entre un paisaje amplio. A lo lejos hay una montaña con forma de animal milenario. A los lados las formas de la tierra. Una extensión inmensa de tierra y vegetación escasa, el terreno es cada vez mas árido sin ser amargo. No hablamos. No hablamos durante mucho rato o lo que parece mucho rato, sin embargo vamos cómodos, tranquilos. EL coche está lleno de una forma invisible parecida a la serenidad. Hace rato que no vemos a nadie. He bajado la ventanilla para notar la temperatura exterior. Calor, pero no excesivo. El viejo ha encendido un cigarro, durante unos segundos ha olido a lumbre, el primer trozo de papel quemado del cigarro, el primer humo. He visto el paquete; está por la mitad, sin embargo no recuerdo cuando se ha fumado los otros. Hay nubes, pasan muy rápidamente y forman sombras increíbles a lo largo del paisaje. Esa luz entre blanca, gris y potente me recuerda a otra época, pero una época que no logro ubicar. El viejo ha detenido el coche a un lado de la carretera vacía. Nos hemos puesto a andar por la tierra. El viejo seguía fumando, I se ha quedado mirando la montaña y ha propuesto ir caminando hasta allí. No se en que momento hemos hecho una foto, pero se que hay una foto de ese momento. Empezamos a caminar en silencio. Hemos pasado arbustos y silencio. Si algo caracteriza ese paisaje amplio es el silencio. He puesto una mano en el hombro del viejo, me ha mirado con una sonrisa curiosa, pero hemos seguido sin hablar. Me he parado a buscar un palo, una rama para ir apoyándola mientras caminamos, ellos dos han seguido porque creo que no se han dado cuenta de que me he parado. He encontrado una rama con forma de brazo, con un extraño codo a la mitad y he seguido tras ellos. Me he fijado en las huellas que iban marcando I y el viejo y he jugado a avanzar pisando en el mismo lugar a veces siguiendo las huellas del viejo, a veces las de I. He mirado atrás, me ha sorprendido porque aún sospechándolo, la imagen generosa del mar ha sido como una bocanada de emoción. Hemos alcanzado la falda de la montaña. EL viejo se ha detenido y ha dicho que el no puede seguir, que está fatigado, que sigamos sin él. Yo he dicho que no, pero me ha mirado y me ha dicho que subiéramos, que seguro merecía la pena. Se ha quedado sentado en una piedra con el palo que le he dejado, la última vez que le he mirado estaba encendiendo otro cigarro y mirando a lo lejos, como siempre mira a lo lejos, hacia una distancia sideral. I y yo hemos empezado a subir la montaña. Al principio él quería contar los pasos que había desde abajo hasta que se llegaba a arriba, pero cuando llevaba ciento trece se ha cansado y me ha preguntado si yo estaba fatigado. He contestado que no y hemos seguido hacia arriba. Mucho rato después hemos llegado. Desde arriba se veía la meseta amplia, las formas de la tierra, el principio del mar, un barco lejanísimo, las nubes avanzando, la luz marcando las sombras y el ánimo de la tierra. He cerrado los ojos y le he dicho a I, si el era consciente de que el viejo en verdad no estaba, que era una proyección, una fantasía. Me ha dicho que si, pero que daba igual, que bajáramos y aprovecháramos que estaba, de esa forma, como proyección, como fantasía, como invento. Mucho rato después vamos otra vez por la carretera, nadie habla, pero se va muy bien, muy cómodo, muy sereno en ese viaje inventado.

jueves, diciembre 03, 2009

De vuelta

Murió a los 59 años, revivió a los 63. Durante los primeros meses de su regreso dedicó todo su tiempo a convencer a su gente de que estaba muerto y que al contrario de lo que dice la canción, el no estaba de parranda." Estaba muerto de cojones" solía afirmar con rotundidad. A los 65 tuvo que empezar a trabajar, al contrario que todos sus colegas de generación que comenzaban sus días de retiro. No había una ley, ni seguro que cubriera semejante regreso y no tenía valor de reclamar algún dinero de esa herencia que había dejado y que no sólo había sido repartida entre sus hijos y nietos, sino que además, en la mayoría de los casos no quedada un resquicio de aquellos ahorros que había sumado en la primera parte de su vida o su vida previa a esta vida. Solía dormir con calma, no había insomnio ni preocupaciones. "Yo se lo que hay al otro lado y aquello da cualquier cosa menos miedo". En general era pausado y sosegado, pero no podía evitar una extraña y inexplicable sensación de nostalgia, también de extraño vacio. "Los días allá" solía decir cuando hablaba de sus días muerto, de esos cuatro años inexistentes. Encontró un filón en las conferencias. Montó una gira bajo el nombre de "La muerte: un misterio solucionable". Al principio habló en universidades, habló en encuentros filosóficos, habló en exposiciones. La fama, sin llegarle del todo, fue creciendo. Escribió un libro con un prologo memorable pero con páginas en general poco interesantes. Tenía un problema, y lo sabía. Había vuelto de la muerte, si, pero él, en esa vida y en la anterior, se había caracterizado por cierta falta de emoción y sensibilidad y un exceso de pragmatismo y algo de simpleza. Sabía que su experiencia era la cumbre las experiencias humanas, pero el no era narrador, era poco reflexivo y no solía perderse en admiraciones ante las vivencias o en este caso las no vivencias. Para él todo se reducía en haber ido y haber vuelto. Que si, que el asunto era poderosamente llamativo, pero el no sabía muy bien que contar. "He estado muerto, muerto de cojones, durante cuatro años, pero ¿Qué les puedo contar? Suceden cosas ¿Es todo negro? ¿No sucede nada? Pues tampoco se decirlo. No encuentro metáforas o palabras para definirlo. Se está muerto y ya, como cuando se está vivo. Uno está vivo ¿Como coño es estar vivo? Estar vivo es estar vivo, pues lo mismo pasa con la muerte. Se está muerto y nada más" Así arrancaba su prologo del libro, así arrancaba sus conferencias que generalmente terminaban con abucheos y rumores que insinuaban que era un farsante y que muerto no había estado. A los sesenta y seis años pensó que casi mejor no haber vuelto y entró en un proceso de extraña depresión. "Cuando estaba muerto nadie me tocaba los cojones. No es que quiera morir. Bien visto morir, vivir. No se. Da un poco igual" Cuando estás vivo tienes miedo a la muerte, cuando estás muerto no te planteas nada, ni siquiera la vida, pero cuando revives no hay mucho, hay cierta apatía, cierto cansancio. Es como si el miedo a la muerte le diera cierto empuje a la vida y yo ya no temo a la muerte. De algún modo, casi temo más a la vida". Lo de las conferencias, claro, se acabó. El libro vendió bastante poco y tuvo que empezar a buscarse otra manera de ganar dinero para sobrevivir (palabra que le producía ataques profundos de risa). Finalmente se fue a vivir a un lugar con mar. Allí trabajó de pescador a media jornada y vivía con bastante paz. En alta mar al amanecer recordaba la muerte o ese paréntesis de vida y se sentía entre desdichado y privilegiado. A nadie en el pueblo le contó su radical experiencia. Vivió diez años más con bastante calma y sereno. Pescaba, vivía de lo que pescaba y por las tardes se reunía con algunos a jugar a las cartas en el bar de la plaza. EL tiempo pasó, siempre pasa y volvió a morir, en los últimos segundos, sabedor de como entra y como te invita el de la guadaña a su terreno, pensó que quizá ahora ya no volvería jamás y cerró los ojos. Por eso cuando lo enterraron se podía ver una sonrisa entre irónica y amable en la forma de sus labios.

No volvió. No al menos hasta ahora. Descanse en paz el tiempo que pueda. Si es que el destino, jugador extraño, lo permite.

miércoles, diciembre 02, 2009

Los sonidos de la tierra

Estuvimos un tiempo viviendo en esa isla. La isla era preciosa. Los atardeceres en invierno caminábamos hasta la playa que había al sudoeste, nos sentábamos en unas piedras y sentíamos el frío en la cara. En verano venía gente, turistas y algún hippie que variaban excesivamente el ambiente de la isla, pero aún así nos gustaba porque era realmente agradable. En verano nos íbamos a los bosques con la bicicleta e incluso pasábamos la noche bajo los árboles. Realmente éramos felices en la isla, pero a mi me afectaba que la isla respirara. Ella nunca comprendió aquello, decía que era una paranoia, una alucinación, pero la isla respiraba. Respiraba cansada, como un anciano que sube escaleras. Yo podría haber sido muy feliz en la isla. Teníamos una casa pequeña pero hermosa cerca del faro. Teníamos dos bicicletas y una huerta pequeña donde logré sacar todo tipo de hortalizas y alguna fruta, pero cada vez que estaba solo, cada vez que me iba a caminar por las playas, por el bosque, por el pueblo sentía aquella respiración constante, fatigada de la isla y entonces me agotaba, mi respiración se contagiaba de aquello y la isla y yo nos acompasábamos y en eso, en vez de hacerme bien, me perturbaba, me descolocaba, me dejaba fuera de lugar. Al principio se lo comentaba a ella en los paseos lentos del atardecer. Ella hablaba de las nieblas y de las formas de las piedras, se había aficionado a la geología y jugaba a adivinar las formas de la tierra. Yo le comentaba sin excesos lo de la respiración y ella no me hacía caso o lo veía como un juego poético, pero fui introduciendo el dramatismo que para mi tenía todo aquello y ella empezó a molestarse. Decía que era un inconformista, que aprendiera a apreciar el valor de la isla. Pero no se puede, no se puede habitar en un lugar donde el suelo, las piedras, la playa y los bosques respiran y se les escucha y se mueven y te desplazan una distancia inapreciable, invisible. No se puede, no lo aguantas. Así que tras muchas discusiones, muchos debates y muchos conflictos dejamos la isla. Cogimos el ferry y volvimos a la ciudad. La isla se quedaba atrás y creo poder afirmar que desde el ferry aún en la distancia lograba escuchar sus suspiros, sus fatigas y podía ver el leve movimiento de la tierra al inspirar. La ciudad no trajo nada bueno. Alquilamos un apartamento pequeño, ella encontró un trabajo en un restaurant de comida rápida, yo encontré algo en una tienda de relojes. A veces íbamos al cine, a veces salíamos a bares y terminamos separándonos. Con el tiempo comprendí que la decisión de abandonar la isla había sido un grave error. La isla respiraba, si. La isla movía sus entrañas levemente a cada instante, pero la ciudad, toda la ciudad tenía arritmias cardiacas y graves problemas de hipertensión y eso es insoportable cuando escuchas el latido constante de su corazón. Así, bajo ese sonido, bajo esa cadencia histerica de ritmo cardiaco es insoportable vivir.

La primera página

Blanco.

Vengo desde Blanco.

Blanco es el primer momento. Ya luego vienen las tonalidades. Como si al principio viéramos algo compacto y ya lentamente empezáramos a identificar. En el blanco no hay descomposición. El blanco es el inicio. No hay filtro. En el blanco no hay mentira.

Blanco.

Apenas unos segundos de Blanco y voy volviendo.

Estoy en Blanco. Arranca todo. Despierto. Vuelvo de Blanco. Comienzo.


¿Dónde estoy? He dormido un buen rato, mucho rato. El tiempo es indescifrable más aún cuando volvemos del sueño. Entra esa luz blanca del amanecer por la pequeña rendija del techo.

Vuelvo. Voy volviendo. Salgo del blanco. Hay algo de volver a nacer cada vez que despertamos. Se vuelve, siempre, de un caos previo.

A mi lado el hombre que me trajo hasta aquí. Duerme.

Duermen también todos esos hombres que ayer no comprendí.

Están todos en Blanco

Me levanto.

martes, diciembre 01, 2009

Proyectados

Era invisible. No hablo en un sentido ficticio. No es que ella fuera la mujer invisible o la metáfora de un ser que nadie ve, pero se movía en un terreno de mi realidad donde habitualmente era inaccesible, muy complejo verla. No es que se escondiera, que no era así. Es mas bien que permanecía en otro plano, en otro nivel. En el mismo lado pero en una capa distinta. Realidades superpuestas. Es decir: si yo estaba aqui, ella estaba aqui pero sin estarlo. Con ella, a pesar de todo eso, de toda esa distancia insalvable, me llevaba enormemente bien y contrario a lo que pudiera entenderse, la comunicación era sensacional, limpia y sin malos entendidos. No había reglas, porque no puede haberlas entre dos seres que permanecen separados por planos separados, tampoco había trucos ni trampas. Era, como si la distancia insalvable, el muro invisible, nos permitiera ser absolutamente honestos al otro. El hecho de que ella fuera invisible, de que estuviera proyectada en el mismo trozo de tela, pero en proyecciones distantes, que vienen de proyectores separados, distintos, lejanos nos diera la posibilidad absoluta de no usar máscaras. El caso es curioso porque cuando no ves con quien hablas se suele jugar al personaje, a la interpretación de ese que no somos del todo y que queremos ser a toda costa, sin embargo, manteniendonos en ese lado que el otro no ve, fuimos honestos, sinceros. Fuimos nosotros a toda costa, lo que no siempre es fácil. Siempre sospeché que tras esa honestidad absolutamente sincera se escondía la esperanza de encontrarnos algún día en la misma proyección, proyectados a la vez, desde el mismo punto y que por esa esperanza eramos siempre honestos, para no sentir que todo había sido mentira. Al contrario, de suceder aquel milagro, veriamos el sentido absoluto y la magica realidad. El otro era tal cual, sin máscaras, sin engaños.

Eso sucedió durante muchos años y mereció la pena.

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