sábado, noviembre 28, 2009

Historia al azar

emgjep nvoevpv nvowinv kdvnqvn nvnd i v onvovm opnwekfl cnp mpefmfpe mepwfmwepmf


Estaba tratando de escribir un texto al azar. Es decir, jugar al azar con todas sus consecuencias. Lanzar los dedos a lo loco y ver que pasa. El resultado, por mas que lo busco, no tiene sentido. Me puedo poner analítico y sacar algunas conclusiones estadísticas. Hay unas letras que aparecen con muchísima mas frecuencia que otras, hay algunas que ni siquiera aparecen. En una mirada rápida saco que la m, por ejemplo, tiene una presencia notable y que no ha aparecido una a, con lo bien que viene siempre una a. Con la apertura que da la a. Con lo que reverbera esa letra. Pero el caso no es ese, el caso es que he lanzado los dedos con la intención de encontrarme con un texto alucinante. No voy a ser yo el que niegue que quizá sea el mejor texto que he escrito, porque mucha diferencia no hay entre éste y cualquiera de toda esa masa enloquecida que hay ahí abajo. Podría memorizarlo, aprendérmelo de memoria y sacarlo en conversaciones: "emgjep nvoevpv nvowinv kdvnqvn nvnd i v onvovm opnwekfl cnp mpefmfpe mepwfmwepmf" pero la pronunciación parece mas compleja que el húngaro. Tampoco aportaría mucho a futuras conversaciones. Aunque estaría bien soltarla de repente y argumentar que estas muy contento porque ese es tu mejor texto o el texto que el azar te ha regalado como obra maestra. El asunto va mas allá, o eso queremos aparentar siempre, que todo va más allá, que lo aquí dicho contiene mucho más. Entonces visto así, bien mirado, el azar me ha regalado un texto apasionante, perfecto, sublime. Bien leído, ya en la prímera palabra se deja caer el enfrentamiento de un hombre de su época frente al destino, frente al tiempo. emgjep, también podría ser el nombre del protagonista de la historia breve y extraña escrita al azar. emgjep, ese héroe desterrado, víctima de un destino cruel, de un destino sin sentido. Porque esa es al final la gran metáfora, lo que no se lee pero queda dicho. emgjep es otro de nosotros, un muñeco del azar que dicta a su antojo, sin reglas, sin formas precisas y que nos mueve por un tablero indescifrable. Eso podría quedar dicho, pero no. No es eso. La idea inicial era ver que pasaba. Realmente por teclear no cobran, así que lanzas los dedos a las teclas, le das golpes que en el fondo irán sincronizados con algún biorritmo que desconoces y aparece esa maraña caótica y te quedas pensando que si esto fuera un juego de cartas tenías una mano horrorosa. Porque si de repente hubiera aparecido una palabreja, una cualquiera, si hubieras tecleado enloquecídamente durante ocho o siete segundos y apareciera que se yo, una palabra miserable, una cualquiera. Este texto de análisis hubiera sido de locos, porque entonces nada de esto hubiera aparecido sino que todo hubiera girado en torno a la magia del azar y esa palabra fortuita, pero aparece eso, ese mogollón y bueno, te pones a escribir este texto de análisis con una sensación de desengaño, de segundo premio. Un poco como la historia de emgjep que abre el texto y se enfrenta a ese destino indiferente, caótico. Un azar indescifrable, juguetón y algo cruel. Quizá sea eso, quizá sea esa metáfora lo que esconde ese texto al azar. Quizá de eso hablan esos teclazos al azar, que narran la historia de ese protagonista confundido. El trágico y cruel destino de emgjep. Quizá sea eso o quizá no sea nada, sino un montón de letras que bien miradas no dicen absolutamente nada. Signos, interpretaciones. El viaje de ida y vuelta.

miércoles, noviembre 25, 2009

Volcano

Nunca queda claro, jamás. Ni siquiera se mueve en el terreno de las decisiones, se mueve en algún lugar aún desconocido. Hay tanto ahí dentro por descubrir ¿Qué decide que un recuerdo perdure y mantenga mas nitidez que otros? ¿Por qué cada vez que escucho esa canción recuerdo aquella tarde lenta, en aquella playa por donde no pasaba nadie, aquel vacío amable? No queda claro, porque narrado, contado como secuencia, realmente no pasó nada. Un tipo camina por una playa vacía que va recorriendo la costa. La playa está maltratada, llena de escombros, sin embargo conserva su encanto tropical. Hay un ritmo raro de olas y algo de viento que mueve las palmeras anunciando algo que parece que va a ser y luego no es nada. Va cayendo la luz y un barco a lo lejos avanza sin urgencias hacia el precipicio del horizonte. No pasa nada más. Ya todo se mueve en un terreno inabarcable de sensaciones en ese tipo que camina a solas por la playa. La luz se va volviendo tenue y las palmeras se van ensombreciendo, todo está entre el naranja y el azul. El tipo se queda unos diez minutos mirando el mar, ve las olas romper y la reverberación brutal de ese sonido de olas rompiendo le rebota como un eco que suma grados a la sensación de vacío. En ese instante recuerda, pero no recuerda nada preciso. Vienen cosas, destellos, trozos de cosas que tampoco están muy hiladas. Cierra los ojos y siente algo primitivo. Viene su vida pero no en una forma precisa, sino la forma básica del instinto, de la supervivencia. Su sensación única y explicable de sentirse vivo. Viene ese animal o sale de él hacia afuera. El caso es que siente su conciencia despegándose y percibe que es un cuerpo en un lugar impreciso. Rompen las olas. Imagina su sangre a toda velocidad por el cuerpo. Los órganos en movimiento, el estómago desplazándose mínimamente como un planeta ingrávido, el hígado, los tejidos, la piel, todo eso que sucede ajeno a el mismo. Hay algo invisible e imposible para su conocimiento ahora mismo. Hay doscientos millones de sensaciones que habría que cerrar con un sólo adjetivo y sabe que eso no es cierto. Trata de dejar el idioma atrás, que suceda lo que tenga que suceder. Trata de no traducir todo eso en palabras, que no es lo mismo que dejar de pensar. El error es querer dejar de pensar. El intento que ahora considera acertado es percibir intentando no traducir. No hay lenguaje que abarque todo lo que está sucediendo en esa quietud en un atardecer de una playa tropical a ocho mil kilómetros de casa. La playa está vacía y naranja. Imágenes del pasado, ficciones, sensaciones del presente. Humedad, caras, melodías, alegrías, miedos. Hay una sensación constante por ahí, en medio de esa sinfonía inalcanzable que es su cuerpo en ese momento. La perplejidad, el desconocimiento absoluto. Todo es remoto, como si descubriera que lo que percibe, lo que siente a cada milésima de segundo no le perteneciera sino que viniera grabado y viniera de entonces, desde los prímeros hombres en la tierra. Nada se aclarará esa tarde, porque nunca nada se aclara, pero la intuición de que tampoco nos pertenecemos emerge con claridad, con fuerza. La fascinación eterna de un ser vivo ante las luces del atardecer, la encantamiento de caminar por una playa vacía, de aspecto tropical, son sensaciones que vienen de atrás, de dentro, por encima, por debajo, por dentro, pero vienen de atrás, de antes, de otros. Somos cadenas. No es él el que está fascinado, es la humanidad entera, un montón de individuos que habitaron este planeta hace siglos. Son todos a la vez mirando ese atardecer extraño y lejano en una playa vacía y descuidada, por donde no pasa nadie ¿Es por eso que recuerdo, porque no recuerdo yo, sino que recordamos todos miles de individuos atraídos por aquella luz, por aquel vacío, por aquella inabarcable extrañeza, porque no era yo?

martes, noviembre 24, 2009

Juegos

A veces jugábamos a los papeles, a los roles. En general jugábamos a no conocernos. Entrábamos en el metro y ella se ponía en una esquina y yo en la otra. Entonces forzábamos las percepciones para parecer que el otro era un desconocido más dentro del vagón y nos mirábamos con distancia, tratando de adivinar si la mirada de ese nuevo desconocido contenía un vestigio de seducción, una atracción indescifrable en la brevedad de un viaje en metro o si por el contrario era una mirada despistada que coincidía repentinamente en el mismo punto, en la misma línea de visión. La duda nunca quedaba clara porque siempre había un momento en el que uno de los dos sonreía y desmoronaba la sensación de desconocidos. Una especie de toma falsa donde uno de los actores pierde concentración y ríe en medio de la actuación. Pasó muchas veces. Otras jugábamos a entrar en algún restaurant, en algún bar y sentarnos en lugares diferentes, separados, distanciados. Cada uno debía asumir un papel que el otro desconocía y adivinarlo a lo largo de la noche. A veces intervenían otras personas. De repente, era lo común, a ella se le acercaba algún tipo y ella tenía que seguir interpretando el rol que yo desconocía desde la otra punta del bar. Así fuimos abogados recién salidos del trabajo o arquitectos que acababan de entregar un proyecto. Yo fui poeta, escritor de guías de viaje, pianista de hotel, asesino a sueldo. Ella fue camarera en paro, diseñadora gráfica, fotógrafa y otorrinolaringóloga. A eso jugábamos, a desconocernos para reconocernos otra vez. Era casi un enfrentamiento contra las posibilidades, como si nos quisiéramos demostrar que hubiéramos sido lo que hubiéramos sido, siempre habríamos terminado juntos. Un desafío al azar o una forma imprecisa llamada destino. En cada bar, en cada vagón ella volvía ser alguien que no conocía y la atracción permanecía intacta y la volvía a seducir. Cada día era el día que marcaría nuestro posterior aniversario porque siempre estábamos empezando de nuevo, siendo otros. Cada día podía llamar a un amigo y decirle: " He conocido a una periodista que me encanta" y al día siguiente llamarle otra vez y decirle: " He empezado a salir con una alpinista que me vuelve loco". A eso jugabamos. Cada día. Ayer, sin ir mas lejos, entramos en el metro. Nos separamos ya en el andén. Entró por un lado, yo por otro. La vi de nuevo allí, a un lado, sentada junto a un anciano de cara entrañable y a un tipo de mi edad. Me gustó porque mas que ningún dia noté que ella interpretaba el papel, como si hubiera alcanzado la perfección en un interpretación y resultará, realmente, una desconocida. La miré y mi mirada no la encontró. La volví a mirar y nada, ella jugaba a mirar a otro, al chico que tenía al lado. Le miró, la miró. Se miraron tanto que de repente sentí que no participaba en el juego, que había sido expulsado. Me acerqué sonriendo, quizá celoso, para detener el juego y volver a ser nosotros. Le dije que si nos bajábamos en la siguiente estación, entonces ella me miró con ojos raros, con ojos distantes y miró al chico y le dijo:

.- Cariño, este hombre me está molestando.

El tren llegó a la siguiente estación y se bajaron juntos, agarrados de la mano. Les vi irse y comprendí que el juego había terminado.

lunes, noviembre 23, 2009

El viaje eterno

Pegué la cabeza al cristal del autobús, cerré el libro, cerré los ojos y me fui un rato a ese entresueño leve de viaje de autobús. El zumbido del motor y la vibración del cristal en mi cabeza debieron trasladarme a un estado de pseudo hipnosis y ese estado, por extraño que parezca, me trajo un paisaje campestre a la cabeza. La imagen era muy sólida, contundente, pero además venía acompañada de otros elementos: olores, sonidos, temperaturas, humedades y táctos. El tacto del un árbol en mi mano, el tacto de hierba salvaje en mis pies que en ese momento aparentemente están descalzos. En ese ambiente, afectado por una visión absolutamente otoñal que tengo potente ante mis ojos, creo sentir un sosiego y una calma total. La sensación de que todo se ha detenido en un momento idóneo, casi perfecto. Respiro y siento el olor a tierra húmeda, la sensación de humedad me atraviesa no sólo la piel sino cada inspiración. De repente camino, me dejo llevar por mis pies, por mis piernas, por mi ritmo. Casi floto. Atravieso ese campo en medio del otoño y anochece. Camino, veo árboles, veo imágenes, veo algunas nubes en el cielo que juegan y forman tonalidades, por supuesto, sorprendentes. Se va yendo la luz y camino, dejo de reconocer todas las formas, las sombras que van formando el principio de la noche. La oscuridad crece a un ritmo curioso, su velocidad es cada vez mas veloz hasta que se implanta la noche y se detiene. Entonces, como no veo, me apoyo a los pies de un árbol, apoyo la cabeza y cierro los ojos. Oigo un zumbido, se agita el árbol. A mi cabeza viene una imagen. Un autobús atraviesa una carretera. Voy sentado en uno de los asientos, mi cabeza está pegada al cristal, la vibración de ese cristal, por extraño que parezca, me trae una imagen campestre a la cabeza.

domingo, noviembre 22, 2009

Súplica

No, Padre. No quiero morir ahora. No es éste el momento. Faltan tantas cosas, tanto camino, tantas mañanas. No quiero perderme algunos amaneceres. No quiero dejar de ver esas tardes. Aún faltan cosas, Padre, por vivir. No ahora. No quiero perder las palabras, las sensaciones. No creo como usted en el después. No quiero irme ahora. No así. Se perderán los paseos con Julia, los anocheceres en la plaza hablando de Baseball, el sonido de la guitarra de el buen Mateo. Esas canciones que invitan al sosiego, a la calma. El placer de determinadas lecturas, la fascinación ante habilidades de los otros seres humanos. El deleite de observar obras, pinturas, arquitecturas, películas. No ahora Padre. No es miedo. No es miedo al fin. No temo eso, a ese cambio final y definitivo. No creo como usted en la continuidad, en una nueva habitación. Queda. Algo mas de tiempo, una cantidad inapreciable para lo eterno. Unos cuantos años más, Padre. Eso es lo que quiero. Una propina de tiempo, arrancarle una miserable cantidad de tiempo a la eternidad y seguir un poco más. Me gusta esto. El café de la mañana. El brillo del Sol en el mar. Cuando los días se alargan en la primavera. Pequeños detalles. No son grandes ambiciones. Es el placer único y exclusivo de estar aquí. Los adornos que decoran cada instante. Ver otro gol de Messi, la sorpresa de otra novela que me fascinará, el descubrimiento de una canción emocionante. El tacto de las manos de Julia, la risa por un chiste malo, la complicidad con determinados amigos. No ahora, Padre. Quiero vivir alguna tarde mas de tedio, las complicaciones y las preocupaciones diarias, no ya sólo lo bueno, quiero vivir algo mas de lo que no se reconoce como parte imprescindible de esto. El insomnio por una deuda, la fatiga por un largo día de trabajo, pero sobre todo por los pequeños detalles. La emoción de unos zapatos nuevos. La atracción por una chica que pasa por la otra acera en la calle, caminando con prisa hacia ninguna parte. No ahora, no quiero perderme esos grandes y prescindibles acontecimientos. El abrazo por algún reencuentro que aún debería tener, el placer de estornudar. Son todos esos detalles, Padre. Cada cosa que completa las 24 horas del día. Los sueños incomprensibles y que perduran el día siguiente. Los otros, los que se borran según te despiertas. No Padre. No ahora. No todavía. No ya.

sábado, noviembre 21, 2009

Otro

El suelo de manos, el techo de ojos, las puertas abiertas. Todo se abre y se mueve. Las manos sostienen mis pies, mis ojos miran los ojos. Hay una luz que va variando su tonalidad constantemente. Avanzo por la habitación extraña. Las paredes están empapeladas y hacen formas caleidoscópicas. Hay unas voces susurrando una canción. Hay un espejo donde no hay reflejo sino que se ve algo que aun no ha sucedido en algún lugar del mundo donde nunca voy a estar. Hay una mujer desconocida al otro lado de la puerta. Las manos del suelo me trasladan épicamente hasta allí. Cuando me acercó dice algo que no comprendo y susurra la canción que susurran las voces. Me acerco más y bailamos. Soy torpe bailando porque es difícil bailar en un suelo de manos, porque es inexacto el baile y porque ella ahora tararea una canción que no es la misma que suena. Me separo y camino. Avanzo por un pasillo, al fondo está al mar y salgo corriendo. De repente es verano y brillan reflejos del sol en el agua. Salto y siento el agua. Buceo. Salgo a flote. Pasa un barco. Pasa una gaviota. Pasa el tiempo. Salgo del mar. Camino por una playa y me encuentro con un amigo de la infancia que me invita a una fiesta donde estará, dice, mucha gente del colegio. Me da una nota hay una dirección y un número. Mientras se va me dice que sobre todo no olvide ese número. Me quedo solo y miro al mar. Me quedo viendo el mar y pensando que si esto fuera un sueño ese momento debería servir para despertar, pero no despierto. Tampoco sueño. Es sólo ficción, pienso. Es un paisaje inventado. Es otro post. Otro texto.

viernes, noviembre 20, 2009

El niño caprichoso

No encuentro la metáfora exacta. Estaba pensando en un laberinto, luego he pensado en las ramas de un árbol, seguramente un sauce llorón. Luego he pensado que realmente es mucho mas sencillo. Tiene mucho de juego de espejos y de enredo, pero sobre todo tiene mucho de infantilismo y de capricho y los enredos de un ser humano caprichoso, un niño mimado que cumplió años y le salieron canas y no las aceptó. El gran problema es la intransigencia y determinadas formas de orgullo, también las máscaras. No podemos pretender, por mas que queramos, que en la vida todo suceda bajo el signo de nuestro gusto. Es obvio que la convivencia entre los seres humanos no tiene trucos. Esta suele ser compleja y variable. Cada relación abre universos desconocidos y no hay ciencia exacta para el trato entre los seres humanos, pero si hay una ley ésta es la de ceder y encontrar el equilibrio en ello. No es sano ceder a todo, mas insano no ceder a nada. Ese hombre del que ahora no encuentro la metáfora exacta se pierde en esa regla. En esa imposición en la que si vas en dirección de su corriente te hará sentir un gran amigo, pero al mínimo giro deseará que tu barco se hunda y se desmorone en medio de esa contracorriente. Hay algo más que egoísmo en ese gesto, hay algo más turbio y deshonesto que el egoísmo en ese deseo. No encuentro la metáfora para ese camino mental. No es un laberinto. Es menos enredado que un laberinto o las ramas de un árbol. Es mas evidente. El problema es que es demasiado evidente. Todos, o casi todos, hemos actuado para hacer sentir mal al otro. Todos hemos despreciado, hemos manipulado, hemos detestado. Yo lo he hecho, no una vez sino mil. He despreciado, he actuado para hacerlo saber. He mirado mal, he dicho frases duras, he manipulado realidades para hacer sentir culpable a otro. Miro a mi alrededor y veo que en general todos lo hacemos. Esporádicamente, con mas o menos frecuencia, pero todos lo hemos hecho. Este hombre sin metáfora vive en ese viaje. Ese viaje doloroso y mal oliente. Hay dos caras en su realidad. Cuando el viaje va a favor he visto un tipo amable, sensato, sensible, amable, entrañable, profundo, cálido, enérgico, reflexivo. Cuando va en contra he visto el gesto del daño, el daño que destruye todos los adjetivos anteriores y todos los paisajes de su alrededor. Me recuerda al mal olor. A ese olor que te lanza levemente hacia atrás. Me recuerda a eso, al mal aliento. Ese aliento que viene de una digestión terrible. Ese aliento que afecta la conversación con quien se habla. Ese aliento que rompe cada palabra del que te está hablando. Tratas de mantener el tipo pero ese aliento intenso te afecta y te mantiene desconcertado. Quieres ignorar ese aliento que te viene directamente mientras el otro habla, pero no puedes. He encontrado la metáfora. No es un laberinto, no es un árbol. La metáfora era mas desagradable. El texto debería empezar hablando de eso. Un olor terrible que te echa hacia atrás. Uno de esos olores que se rechazan.


Me hubiera gustado no escribir este texto

jueves, noviembre 19, 2009

Días sueltos

Fuimos juntos a un concierto. A mi me gustaban mucho los teloneros, a ella el grupo principal. El telonero no estuvo mal, arriesgado, solitario pero algo impreciso. Había en la figura de aquel tipo algo que me conmovía. Su estatura, su delgadez, el rostro marcado por un gesto infinito. Había algo tierno y triste en aquel individuo. Aquellas canciones aéreas y vaporosas sonorizaban toda una historia infantil que me imaginé sobre él mientras ejecutaba el repertorio. Me imaginé una infancia solitaria. Sospeché que la música había sido en aquel niño una especie de amigo invisible. Luego terminó su concierto y abandoné esas reflexiones. Me puse a hablar con ella de una web de videoclips y bebimos un par de cervezas. Apareció el grupo cabeza de cartel. En el primer acorde, ella se giró y me miró sonriente: " Me encantan" dijo con emoción. Durante esa primera canción la miré desde atrás, la perspectiva era hermosa. Su pelo, la forma de su cabeza, hacía contraluz con los focos movedizos del escenario. A ratos su pelo era azul, rojo, casi blanco. Movía la cabeza suave, y yo puse mis manos en sus hombros. Sospeché que aquello tenía buena pinta, ella era preciosa y sentía algo emocionante con ella. Durante toda esa canción, quizá las tres o cuatro primeras, sentí que volvía de esa anestesia emocional, de ese letargo sensitivo en el que vivía en los últimos tiempos, incluso en el arranque de la quinta o sexta canción, un autentico himno emocional, le di un beso suave en los labios, al separarlos ella me miró y sonrió de nuevo y en medio del estribillo dijo :"Me lo estoy pasando genial". El concierto luego fue perdiendo fuerza, la repetición de la formula hacía que aquello no entrara tan fácil sino que aquella canciones empezaban a generar una sensación parecida al hastío. Lo que era emocionante al principio se volvió predecible al final. Al terminar el concierto terminamos en su casa. Ella compartía piso con una alemana que escribía sobre moda y hacía poemas electropunks, lo cual nunca me quedó muy claro que tipo de poema encerraba aquella etiqueta. Nos acostamos e hicimos el amor por primera vez. Me quedé a dormir ahí. A medianoche me desperté de repente y me desvelé sin descubrir cual era el motivo. Ella dormía profundamente. La miré y sucedió ese juego extraño de la oscuridad, que la tiniebla me devolvía un rostro que no coincidía exactamente con el de ella. Esas variaciones de las sombras y la ausencia de luz que modifican nuestra visión y varían los rasgos creando un rostro semejante pero no idéntico al de la persona que realmente conocemos. Tuve ganas de ponerme en pie, caminar hasta el salón y acostarme en el sofá, pero la falta de confianza me producía inseguridad y me quedé quieto en la cama. Recordé al músico, la telonero del concierto. Ese rostro tiernamente triste, esa música onírica y lejana. Miré la hora y ví que aún quedaba noche por delante. Me puse en pie y caminé hasta el salón a oscuras. Me asomé a una de las ventanas del salón que daban a una calle. Me parecía raro percibir la ciudad desde ese lugar no habitual para mi. Escuché unos sonidos, venían de la habitación de la alemana. Apareció por el pasillo en ropa interior, encendió la luz y me miró con mala cara. Con una sonrisa dije que me había desvelado, pero ella no contestó, caminó hasta la cocina y se quedó allí un rato. No supe que hacer, si volver a la habitación y quedarme dando vueltas en la cama o quedarme en esa ventana pensando que todo era extraño, lejano, solitario, como la música del telonero. De la cocina venían ruidos y un reflejo de luz. Mucho rato después la alemana volvió a pasar, me miró y me pasó un papel. Escrito a mano había un poema, la miré y le dije que no sabía alemán, que con gusto lo hubiera leído. Ella recogió el papel, me miró y lo empezó a traducir en voz alta. El poema me pareció una mierda, pero según lo leía la alemana me iba pareciendo cada vez mas atractiva. Al terminar el poema, nos revolcamos en el sofá. Seguramente fue el peor polvo de mi vida porque ella apareció por el fondo del pasillo y nos vio desnudos y poseídos en el suelo a la alemana y a mi. Encendió la luz del salón y recobré el rostro que la oscuridad de su habitación había variado. Ella nos miró y dijo que podíamos haber sido ligeramente mas discretos. La alemana se puso en pie, todavía desnuda y la abrazó a modo de disculpa. Yo pensé que quizá aquella escena tenía mucho de poema electropunk o que seguramente había algo de cualquier tipo de poema en ese instante, también pensé que era bastante torpe y me recriminé a gran velocidad interior, bastantes actitudes y rasgos de mi personalidad. Minutos después estaba solo de nuevo en el salón. Me puse el pantalón y salí a la calle. Caminé mucho rato memorizando algunas frases sueltas que había oído del poema traducido de la alemana, también recordé su pelo en contraluz con los focos del escenario en el concierto. Mucho rato después, casi al amanecer, llegué a casa.

martes, noviembre 17, 2009

En el túnel

Llevábamos diez meses trabajando en el túnel. La obra se había complicado por muchos asuntos que nunca se aclaraban del todo. Al principio hicieron un corte muy brusco de personal y éramos realmente pocos para avanzar con cierta fluidez. Luego, incluso, estuvimos algunos días parados, sin avanzar nada. Luego nos dijeron que trabajáramos a la mayor velocidad posible, doblaron la plantilla y trabajamos con turnos de día y de noche para que la obra estuviera en constante avance. Nos pusieron una fecha para terminar, al menos el grueso de la obra, excesivamente apretada y el jefe de obra trasmitía con furia la presión a la que le sometían sus jefes que a su vez eran sometidos a mucha presión por alguien invisible que era sometido a presión por alguien aún mas invisible aún. A la altura del 17-8 hubo una complicación en la excavación porque la tuneladora se encontró con un muro metálico imposible de atravesar. Uno de los ingenieros apareció de urgencia y la primera orden que dio fue seguir cavando, ignorar el muro, atravesarlo y echarlo abajo, pero fue imposible. La tuneladora incluso sufrió una avería. El asunto del muro se complicó. EL ingeniero junto a gente de su equipo estuvieron una mañana sacando fotos y describiendo la posición y posibles usos. Aquella mañana a la hora del desayuno todos salieron pero yo me quedé comiendo el bocadillo junto al muro. A veces me gustaba quedarme en esa parte del túnel solo. Los túneles en plena obra y cuando están vacíos tienen un silencio que jamás he percibido en otro lugar. El silencio de los túneles en obra es parecido al silencio absoluto, que seguramente no exista. Pero hay una sequedad total, un apaciguamiento, un colchón invisible que condensa el vacío y lo extiende y tiene algo de enigmático quedarse a solas en un túnel en obras. Comí mi bocadillo sin prisas, frente al muro metálico, iluminado por una tenue luz de lámparas. Me puse en pie, no hubo eco, nunca hay eco cuando el túnel se queda vacío, y me acerqué hasta el muro. Toqué el muro con la mano y descubrí que ese metal reflejaba. El metal estaba lleno de arena, de polvo, pero reflejaba y vi mi reflejo en el muro. Me vi solo en el túnel, me vi de frente luego busqué alguna señal en el muro. Pensé durante un rato que ese muro contestaría algo, sería una respuesta, algún tipo de señal. Busqué una puerta, busqué un jeroglífico, busqué mas imágenes, otros reflejos, pero sólo me vi a mi y lo que llevábamos de túnel tras de mi. Empecé a escuchar a mis compañeros a lo lejos, el bullicio de todos. Guardé mis cosas en la mochila y les esperé encendiendo un cigarro. Cuando llegaron el superior me dijo que no debía fumar en el túnel, que la próxima vez no había más avisos. Lo apagué apretando la colilla contra el muro. Fue así que descubrimos lo que era aquel muro. Eso es todo lo que tengo que decir.

lunes, noviembre 16, 2009

Don Limpio

Después de esto nada volvió a ser igual. Quizá mi exceso con la higiene y la limpieza me llevó mas allá de lo previsible, pero aquella mañana me desperté y me sentía mas sucio de lo habitual, excesivamente infectado. Me levanté con la desagradable sensación de estar muy sucio. De oler mal. Casi corrí hasta la ducha y mas que frotar me rebañé. La esponja se convirtió con mis esfuerzos en un arma dura. Froté con intensidad, tratando de impregnar mi piel con el aroma de ese gel. Fragancia de Bosques, anunciaba la etiqueta del bote. Frote tratando de ahuyentar ese fantasma mal oliente que había en mi. LA esponja recorría cada esquina de mi piel, cada curvatura, cada forma. Restregué una y otra vez sin percibir lo que ocurría. A cada friega mi piel, mi cuerpo, todo, iba desapareciendo. Froté sin percibirlo, concentrado como estaba en hacer desaparecer el mal olor en mi. Salí de la ducha sin notar el cambio. Todas las partes de mi cuerpo que habían sido frotadas por la esponja se habían hecho invisibles. Me asomé al espejo y no ví nada, salvo una dentadura flotando en la nada. Una dentadura voladora. Asumí la invisibilidad total, pero aquel aliento no lo soportaba. Ahora nadie me ve, cierto, pero huelo a flores.

domingo, noviembre 15, 2009

La carretera

Existen miles, millones de metáforas sobre las decisiones. En general la que mas me gusta o la que, a mi modo de ver, representa mejor ese laberinto indescifrable, es el de una carretera con sus salidas y desvíos, pero sospecho que en la decisión hay algo mas que la imagen de un camino que se bifurca. El ser humano posee la impresionante y fascinante capacidad de imaginar y en general las decisiones son tomadas, por racionales que nos pongamos ante ellas, bajo la capa de la imaginación, la prefiguración y la fantasía. Decidimos porque fantaseamos con las posibilidades, con lo que seguirá por cada uno de las caminos que se abren ante nosotros. Podemos formular lo que viene, ajustarnos a algo relativamente real, pero jamás sabemos y no nos será contestado si ese fue el camino acertado, porque el camino acertado, cuando lo recorremos, también esta repleto de fantasía y prefiguración. Las decisiones son una especie de división de ti mismo, un yo se va por un lado, vive por otro camino y otro yo, que coincide conmigo, sigue por el que vas. Todo es, a cada decisión, una división de la misma persona. Sigues y en otro mundo desdoblado sigues, por donde tomaste la otra decisión. Cada decisión es riesgo, sea cual sea la opción, pero el valor que tiene la libertad de hacerlo merece la pena asumir los riesgos. El ejercicio de decidir es el acto que nos caracteriza, es lo mas humano a lo que nos enfrentamos y es, además, lo mas literario de nuestras vidas pues las decisiones se mueven con fuerza por la ficción de ese futuro que se abre en cada una de esas puertas. Hay que decidir, asumir lo que se deja y lo que se arriesga, esa es nuestra libertad y hay que asumir el riesgo, siempre, de decidir ser libres.

jueves, noviembre 12, 2009

Victoria

Sonaban unas campanas a lo lejos. Ese sonido, mientras seguía caminando, me parecía estar marcando no ya sólo el punto exacto del mediodía sino el punto exacto del comienzo de algo inapreciable. Mis pasos no iban acompasados con el irregular campaneo, cada campana marcaba un tempo distinto a cada paso mío. El pueblo estaba aún lejos y el sonido de las campanas me llegaba no del todo nítido sino mezclado con millones de cosas aéreas e invisibles. Partículas y elementos inapreciables para los ojos que golpearían y disminuirían las ondas sonoras hasta mis oídos. Seguí caminando pensando que ese mediodía algo cambiaba porque marcaba el mediodía que, después de años caminando, llegaba hasta el pueblo de Victoria. Y mis pasos no eran mas que eso, una reconstrucción lenta de mi memoria, un empuje épico de kilómetros y kilómetros pensando en ese mediodía en el que finalmente alcanzaba el pueblo de Victoria. Esa cara que por tantos pasos en mis piernas, por tantos años a pie, se había ido borrando en mi memoria. Ahora las campanas marcaban el mediodía en el pueblo de Victoria y Victoria y yo, después de tantos años escuchábamos algo a la vez. Yo escuchaba esas campanas mientras me acercaba y ella, en las calles de ese pueblo que veía tan cercano ya, caminaba por alguna calle, quizá sentada en algún lugar de ese pueblo, también escuchaba. Dejaron de sonar las campanas y pensé o imaginé la cara borrosa de Victoria pensando: "Son las 12. Es mediodía". Pasé al lado del letrero con el nombre del pueblo, entré por las primeras calles, atravesé la primera plaza, vi a gente yendo de un lado a otro, a unas mujeres hablando en la puerta de una casa, un hombre que con ánimo lanzaba un cubo de agua sucia contra la acera. Vi ese agua sucia deslizándose por el suelo, alcanzando el asfalto irregular, colándose por el alcantarillado. Miraba las caras de cada mujer de ese pueblo pensando en la poética posibilidad de encontrarme por fin con Victoria de frente, reconocernos en medio de una calle de esas y besarnos, por fin besarnos. Sentí mis piernas agotadas. A mi cabeza vinieron, a la velocidad de la luz, imágenes de los miles de kilómetros que llevaba en las piernas para llegar hasta ese pueblo lejano donde encontraría por fin a Victoria. Otras campanadas anunciaban los cuartos. Quince minutos pasaban del mediodía. Giré al azar en una esquina. Vi a dos niños jugando con un balón, el balón botó en la acera y saltó mas alto de lo predecible. Uno de los niños salió corriendo y lo cogió en el aire. Por alguna razón uno de los niños me recordó a Victoria. Al lado de los niños vi a Victoria y sentí una punzada. El tiempo no había pasado por su cara, por su piel. No había vestigio del paso del tiempo en su cuerpo. Mi memoria comparó el rostro recordado con lo que tenía enfrente, las diferencias que ahora comparaba. Me acerqué. Los niños efectivamente estaban con Victoria.

.- Hola Victoria. Soy yo, soy Aarón.

Entonces Victoria me mira y con una sonrisa que yo no recordaba me dice:

.- ¡¡Aarón!!. ¿Es usted Aarón? ¡¡Al final vino!! Ella tenía razón. Al final apareció. Cuantos días, cuantos años, medio siglo estuvo mi madre esperando aquí. Sentada, mirando la esquina por donde ha aparecido usted ahora. No era ilusión. Es verdad. Por esa esquina, al final, apareció Aarón.

Entonces Victoria, que no era Victoria, se levanta y me da un abrazo. Y Victoria llama a los niños que juegan al balón:

.- Venid niños. Corred. Venid a darle un beso al abuelo. Este es el abuelo Aarón.



.-

lunes, noviembre 09, 2009

Gasman

Nadie lo creería dicho así, sin aportes científicos. Pero el alma no es mas que un gas con poco olor. Esto posiblemente tiré abajo muchas creencias, muchas formas de vida, muchas esperanzas y muchos egos, pero el alma, esa a la que cargamos con tantas penas, con tantas historias, no es mas que un gas. Lo sé por ella, por aquella tarde en su casa, por aquella cita que terminó en su sofá y por aquel beso. Lo habíamos pasado tan bien. Hacía frío en la calle y habíamos quedado a comer y luego tomamos café en aquella mesa pegada al cristal que daba a la calle. Y luego íbamos caminando y paseábamos cerca de su casa y el cielo estaba gris y llevábamos la bufanda apretada y los abrigos abrochados, pero yo me había dejado los guantes y nos estábamos llevando tan bien y había tanta química (La palabra, ahora lo se, no es gratuita. Gases que entran en contacto y reaccionan), que ella me dijo que si subíamos a su casa, que estaría calentita. Entramos puso un disco de algo que parecía bueno pero que terminó siendo aburrido. Uno de esos discos que sueltan dos canciones épicas a las primeras de cambio y luego ocho de poesía de medio pelo. Entonces ella silbó y yo noté algo raro, un olor a globo, a gasolinera y la noté mas flaca, Bien mirado los pómulos mas huesudos, menos elaborados, en las manos mas piel y menos cuerpo. Luego me besó y noté un silbido desde atrás, como los globos pinchados pero que no se deshinchan de golpe sino poco a poco y hacen ruido de trompeta y me dijo algo que no comprendí porque su voz se hizo grave como la de un robot del siglo 27 y, honestamente, se volvió tremendamente fea. Entonces noté poco mas, sólo que me decía entre sonidos de trompeta y un olor como a butano: "Me quedo sin alma. Se me va el alma, amor" y se deshinchó del todo y se quedó aplanada y ausente de gestos y emoción en el sofá donde nos estábamos besando. Y sentí un pinchazo en el alma, un dolor, un punzón, una aguja y noté, claro que lo noté, que perdía peso y que perdía la forma y dije su nombre en voz alta y mi voz fue grave y también me quedé planchado, a su lado y en el último vestigio de alma, en el último gramo de gas a punto de irse de mi, encontré fuerza y cogí su mano y me fui hinchando de nuevo, volví a mi forma, me volvió el alma. La besé así, planchada, pero no reaccionó, pero el esfuerzo me daba aire y me hinchaba el alma y la volví a besar con emoción, con euforia aunque no conseguía nada y tal era mi esfuerzo que la besé y la besé y ella nada, pero yo me hinchaba mas, cada vez mas y si, claro, salí volando de allí y por eso lanzo este papel hasta tu terraza. Mira hacia arriba:

¡¡Ayúdame a bajar!!

sábado, noviembre 07, 2009

Esteárico

Quizá sea el tacto, seguramente sea eso. Me gusta lanzar mis dedos y sentir esas formas de tu piel. También tiene mucho que ver el color variable de esa piel. No hay un tono único, hay una variación que deja ver el principio de varios colores. A veces naranja, por ahí rojizo, marrón, blanco e incluso un azul leve. Me gusta esa forma de fragilidad, si te toco tu piel se hunde, se forma un hueco donde algunas de las tonalidades forman casi una nueva, me gusta porque te hace infinita. Tu forma es siempre variable y es sensible a cada contacto con otro y de cada contacto siempre surge otra forma de ti nueva, que ya no es la anterior, Pero lo que mas me agrada, lo sabes, es lo que siente mi piel cuando toco tu piel, ese tacto único. Esa delicadeza infantil, y no niego que en esta relación todo se mueva bajo esas percepciones infantiles. Pero toco tus formas que coinciden con las que yo te he ido creando con estas caricias, recreo tu cuerpo y también hay algo muy adulto, créeme. Aquí formo tus piernas, aquí tu pecho, aquí, aquí sigo formándote con antojo, aquí giro los dedos con precisión y formo lo que aparece y está, pero es recorriéndote, mientras paso la punta de mis dedos por todas tus formas donde percibo ese tacto único. Es el juego de siempre y te miro y casi te podría oír hablar, casi te puedo ver moviéndote, casi te puedo ver animada, real. Sigo dándote formas. Que no siempre es fácil, porque este material es moldeable, pero complejo. Los colores se mezclan enloquecidos, mi querido muñeco. Es fácil moldearte pero no culminarte, precisar. Y aquí estoy con mis dedos en tu piel, entre la plastilina, creándote, haciéndote casi real y cuando termine te quedarás aquí o te subiré a la estantería donde vivirás en silencio junto a mis otros muñecos de plastilina, mi amor.

jueves, noviembre 05, 2009

Primera frase

El principio siempre tiene enormes complicaciones. La primera frase, inevitablemente, ya va a marcar el curso de lo que vendrá. El texto es como un rio, la metáfora es fácil y mala, pero es a lo que mas se asemeja. Nada sabe ese cúmulo de agua de donde, realmente, irá a terminar. Que geografía recorrerá a partir de ese primer punto de deshielo, pero sin embargo marca trascedentalmente el curso. Se puede jugar al engaño, al despiste. La primera frase puede no tener nada que ver, expulsar para simplemente ya a partir de ahí ir hacia otro sitio, pero siempre marca, siempre condiciona, siempre es lo primero leido. la primera frase es la invitación, la puerta. Se sabe que comienza una ruta, pero ese primer paso nos da la primera imagen de ese paisaje a recorrer. Seguramente no es la que mas se piensa, pero seguro no es la que menos. Se piensa y mucho. Hay frases después que son una tortura, que son imposibles, pero la primera tiene su miga porque también es la que abre el fuego. Te puedes sentar con una idea clara, un argumento, un recorrido, pero sea como sea la primera frase, de algún modo, ya modifica el plan. Altera lo pnesando porque la prímera frase tiene algo de imposible y es siempre inexacta. Nunca es la primera frase la que engloba el principio. Hay mucho mas por detrás, pero eso no lo sabe el que lo lee. Es el juego, los primeros dados lanzados. Hay mucho de poker, se esconden cartas, se falsea, se manipula. Luego viene el resto, de lo que ya se tiene cierto control. La primera fase no, suele tener mucho de libre, de autosuficiente. Nace y lanza la cadena. El punto de partida, la primera luz o el nacimiento de la oscuridad. El principio. Luego está el final, pero ese es mas juguetón y mas domable. El principio es rigido hacia a ti pero libre en su existencia, hace un poco lo que le da la gana. El final obedece, aunque no sea un buen final. Sino siempre te da la opción de poner: FIN

miércoles, noviembre 04, 2009

Este texto

19:22

Lo único que motiva este post son las ganas de escribir, pero tras eso hay vacío. Ganas de escribir, nada mas, ganas sin mas, una fuerza considerable pero sin contenido, o sin imagen aparente. Estas cosas suelen esconder reflejos. Aquí los busco. Arranco este texto sin saber hacia donde va. Es otoño y oigo una conversación lejana, al otro lado de las ventanas. Oigo el ronroneo de la nevera, la luz muy baja de la lámpara que ilumina esta pantalla, estas teclas y algo de la mesa donde se apoya todo esto. No se que coño, en todo esto, me motiva a sentarme aquí a escribir. Hay, creo, un placer difuso, muy abstracto en escribir. Se asemeja a meterte en un laberinto. Como agradable es el tiempo mientras se escribe. Se amolda todo a otra velocidad. Puedes quedarte, como ahora, un buen rato con los dedos quietos, esperando a teclear. Ese gesto, en esa posición, hay algo que me gusta. Se quedan los dedos en el aire, apuntando sin apuntar a unas teclas que tu cabeza aún no ha decidido cuales son, como si los dedos ya supieran cuales fueran a ser esas teclas que se van a pulsar pero tu cabeza lo desconociera. Eso, claro, cambiaría el orden que se sospecha. Son los dedos los que deciden el texto y la cabeza va por detrás, con la lengua fuera. Siguiendo a unos dedos que saben como terminará el texto, mientras la cabeza se detiene a cada frase buscando lo que en realidad los dedos ya saben. Ese gesto, como ahora otra vez, es curioso. Pasan unos segundos con los dedos al aire, colocados indefinidamente sobre ese bosque de teclas. El meñique apunta entre la ñ, la l y la p y la cabeza busca la continuidad, al frase que se cree o se decide que debe ir a continuación. Los dedos avanzan. Tac, tac, tac. Aparecen letras, se va formando este texto que la cabeza persigue. El juego es curioso, porque aparecen las letras y uno sospecha que ha sido la cabeza la que ha decidido esta frase, sin embargo, la palabra aparece cuando yo aún la voy pensando. No pienso: "Escribo esta frase" y la escribo, sino que según escribo "escribo esta frase" voy pensando "escribo esta frase". Claro esto tampoco es del todo cierto, pero como juego me parece gracioso. Quizá es eso el motivo de sentarse cuando ya ha anochecido aquí a escribir, ese sensación de juego. Bien visto escribir tiene algo de disfraz. Al menos en mi caso. Y escribir tiene muchas veces, la forma de una fiesta tranquila. Hay juegos y disfraces. Nadie existe del todo y se puede ser transparente. Se puede ser invisible, como ahora, que miro mis dedos que conocen este texto y miro mis manos y mis pies y no están. No hay, no estoy. Esto aparece mientras me hago invisible, entonces freno este texto y salgo a la calle, quizá a tu casa, quizá a tu ducha. Eso, era, claro. Eso quería hacer cuando comencé a escribir este texto

Banco

Últimos minutos de esta tarde. Tengo la sensación de agua pero estoy lejos del mar, a unos cuantos kilómetros del río, no va a llover por mas que el cielo lleve todo el día grisáceo. Estoy sentado otra vez en el mismo banco. Si a mi me preguntaran este banco es el centro del universo, pero sospecho que cada uno tiene su centro ¿Dónde instalamos nuestro centro espacial? Esto es relativo, el banco lleva siendo mi centro un tiempo, antes habían sido otros, quizá ni siquiera había tenido centros espaciales. Ahora es el banco por muchas cosas, porque veo pasar a la gente por el parque, los corredores, los que pasean a su perro, las parejas perdidas, los turistas irreales y el tiempo no parece hacia adentro, sino que parece de todos, o del parque, de esos árboles, de esos pájaros, del cesped pero no se mueve hacia adentro que es como se mueve el tiempo cuando no estoy en el parque, sino que sale, se desplaza entre las hojas, entre las pisadas de los atletas que pasan a mi lado. Estoy en el banco, sentado como todos estos días de los últimos meses. He visto pasar las últimas estaciones, la variación solar a la misma hora a lo largo de los meses. Estoy en el banco al que no pertenezco. A veces fantaseo con la posibilidad de imaginar quien mas se ha sentado cada día aquí, que conversaciones ha habido mientras yo aún no llegaba, sino que estaba fuera, fuera del parque y aquí una pareja de italianos se han hecho una foto y han hablado de las percepciones de pasear por esta ciudad a la que quizá no vuelvan juntos o quizá si, una pareja que sigue su destino o como quiera que se llame ese juego de casillas invisibles ¿Quién ha pasado por aquí hoy, ayer, todos estos meses? ¿Qué invisibles instantes se han vivido en el banco antes de volverme a sentar a esta hora como todas estas tardes? Ese juego también me gusta del banco, imaginar que soy uno mas en ese vaivén de visitantes fugaces que tiene el banco en su día a día. También me gusta sentarme aquí y ver el parque desde esta posición. Ver a los atletas pasar, a esa niña que juega y lanza la pelota mientras su padre recibe el pase y la devuelve y la pelota se desliza como un planeta por el césped verde y la niña mira al cielo y le dice al padre algo que no alcanzo a entender y el padre la coge de la mano y se van. Me gusta el banco por eso, porque como todo en la vida, como cada cosa, es un extracto, una visión, un instante y todo cambia y gira y sigue. Soy otro visitante momentáneo del banco. Cae del todo la noche y me voy

martes, noviembre 03, 2009

Crónica

18:45

Entran en South Kensington, con la idea de montarse en un tren de la Circular Line dirección Barbican, pero cuando alcanzan el hall de la estación un letrero, escrito a mano, anuncia que durante todo el fin de semana esa línea tiene suspendido en servicio por problemas técnicos. Barajan opciones, calculan posibilidades mientras hacen cola para comprar el ticket que les da acceso al uso del metro. Ella, que en el momento de adelantarse hasta la ventanilla ha sospechado un ritmo interno parecido a una forma de vida, pregunta en un ingles único al tipo que atiende la opción mejor para ir, bajo estas circustancias, hasta Barbican. El espera mientras ve pasar una tipa con las medias rotas y sangrando por la cara, lo que le hace percibir un vestigio de susto, disminuido inmediatamente al recordar que es la noche de halloween, y que el asunto, mas que una tragedia, es un disfraz. Ella se acerca y le comunica a el la opción, entre todas, mas acertada, según el hombre de la ventanilla. Entran al metro. El anden está lleno de muertos vivientes e inmigrantes ilegales. Unos van de fiesta, otros salen de trabajar, una voz feroz, anuncia que esa línea debido a que la otra está averiada, está sufriendo retrasos.

19:10

El tren con dirección King´s Cross aparece. El anden, por el retraso estña reventado de gente, el tren tiene los vagones con mas muertos vivientes y chcias que recuerdan a Carrie. A ella todo eso le recuerda a un video del fallecido Michael Jackson y como buenamente pueden se montan en el tren.

19:25

El mira el reloj en la muñeca de una señora muy rubia, muy blanca y muy gorda que mira, sin mucho interés hacia la nada. El reloj a el le recuerda que lo que era un trayecto sencillo y rápido se ha complicado y que si antes iban con tiempo de sobra, ahora la hora es exacta, no sobran minutos según sus cálculos. Mientras el tren se detiene en medio de un tunel. La cosa podría parecer una comedia, pero si se mira con cierto grado de paranoia, el chiste de los muertos vivientes de repente puede parecer menos gracioso y convertirse en una malísima película de serie B. El tren arranca

19:32

El tren alcanza King´s Cross. Los dos, a paso mas que acelerado comienazan a recorrer el pasillo para cubrir el trasbordo. Cuando llegan al nuevo anden donde deben coger la Metropolitan Line, resulta que también está averiada. La decisión es rápida. Si no cogen un taxi, no llegan al Barbican.

19: 42

Se montan en un taxi negro y solicitan el viaje. En ese momento ella mira hacia afuera, ve una tienda donde un señor compra, tras unas luces de neon verdes, un dulce. A ella el asunto le recuerda que las últimas diez libras las habían gastado en un antojo de dulces un par de horas antes en una tienda del centro que parecía un decorado de una película infantil de los años setenta. Mira rápidamente la cartera y dice en alto:"No nos queda dinero"

19:50

A mitad de trayecto entre King´s Cross y el Barbican Centre cuentan las monedas que tienen entre los dos y suman 8 pounds. Ella le cuenta la notica al conductor del taxi y le solicita que por favor detenga el taxi, que no tienen mas que ocho pounds, el taximetro en ese instante marca: 7,80. El hombre adelanta e inolvidablemente amable, mira hacia atras y pregunta:"Pero ¿Saben ustedes llegar desde aquí al Barbican? La respuesta es inmediata: "No"

19:52

El taxista detiene el taximetro y dice: "No se preocupen, les acercó un poco"

19:55

Casi corriendo atraviesan la calle hasta la puerta del Barbican Centre, a medida que corren muchas manos les van entregando papeles publicitarios para fiestas de la noche de halloween. Ella saca las entradas, en la prímera puerta una chica muy amable les indica hasta que puerta deben ir para entregar las entradas y entrar al recinto. Cruzan esa puerta y ella, que va cargada de papeles, según pasa por una papelera se deshace de todos los papeles publicitarios, sin saberlo también está lanzando a esa papelera de metal, cerrada con llave, las entradas. Siguen y diez metros mas adelante ella le mira a el y dice:"¡¡Acabo de tirar las entradas!!"

19:59

Una mujer de la limpieza, después de varios ruegos aparece con la llave que abre la papelera. Entre millones de papeles, ellos dos, la chica de la limpieza y la chica de la puerta encuentran las entradas, lo que, sin saberse aún, tampoco es cierto, porque según avazan ella mira y descubre que son entradas de un evento, cuyo diseño de entradas es idéntico, pero sucedió dos días antes.

20:01

El la mira, sale corriendo, detiene a la chica de la limpieza mas adelante y le muestra lo que no son sus entradas: "Por dios, abre otra vez la papelera". Abren. Salen periodicos, revistas, entradas, recibos, una piruleta, una foto, publicidad de Halloween, una hoja escrita a mano y al final, entre esa selva imposible aparecen las entradas. Sale corriendo y en el último suspiro entran.

Arranca de ese modo un concierto inolvidable de un grupo inolvidable en un lugar inolvidable. Así y de ese modo ella, el y seguramente Daniela, escuchan ese emotivo concierto de Grizzly Bear.


Por prímera vez para las dos

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